Epílogo. Una para la pena
Epílogo. Una para la pena
Escribo esto con las gafas puestas.
—Para que escriba usted —me dijo, por el teléfono del locutorio, al otro lado del cristal—. Lo que sea. Lo que pasó. Malcolm dice que hay que tenerlo todo escrito.
Lo que pasó.
Son las cuatro y veinte de la tarde del martes 21 de octubre de 1997.
Lo sé porque lo pone el reloj que tengo encima de la mesa, uno de pulsera con la correa rota, que me dejan tener.
Escribo en una mesa de formica atornillada a la pared, debajo de una ventana alta, con barrotes, por la que entra, a esta hora, una luz de otoño de color de té.
La celda mide dos metros y medio por tres y medio.
La he medido. Tiene una cama, una mesa, una silla, un lavabo, un váter de acero sin tapa y una estantería con once libros. Los he contado.
Es una celda de la prisión de Wakefield.
Los periódicos la llaman la Mansión de los Monstruos.
Aquí están los hombres que han hecho las cosas que yo me pasé veintiséis años mirando.
Los que mataron a niños. Los que guardaban cabezas en neveras.
Los que escribían cartas. Me cruzo con ellos en el pasillo, a la hora del economato, y nos miramos, y ellos saben quién soy, y yo sé quiénes son, y no nos decimos nada.
A algunos los metí yo aquí. Uno de ellos, un hombre de setenta años al que detuve en 1982 en una casa de Beeston, me saludó el primer día con la cabeza, muy educado, como se saluda a un vecino de escalera.
Me han dado la biblioteca.
Por las mañanas. Cuatro estantes de libros donados, con las tapas rotas y los sellos de bibliotecas municipales de pueblos que ya no existen.
Los ordeno, los apunto en un cuaderno, los presto, los recojo.
Hay dos chicos de Bradford, de veintipocos años, que no sabían leer cuando llegaron y que ahora vienen los jueves a sentarse conmigo media hora.
Uno ya va por la mitad de Cumbres borrascosas .
Dice que Heathcliff es un hijo de puta. Le he dicho que sí, que lo es, pero que antes de juzgarle tiene que entender qué le pasó.
Mi madre se habría reído.
⁂
Lo he escrito todo. Está aquí, en estos dos cuadernos de tapas azules y en otros cuatro que me trajo Owen después, apilados en la estantería, con las hojas escritas por las dos caras y numeradas en la esquina, con mi letra de siempre.
La pequeña. La ordenada. La de la escuela de Kingston, la que me enseñaron a palmetazos.
No la otra. Lo he comprobado cada noche, al terminar, mirándola a la luz de la bombilla, con miedo. No se me ha inclinado nunca.
He tardado seis meses. He roto muchas hojas. Las de la confesión, en el barro, las he escrito once veces. Las de la cabaña, no las he podido escribir más que una, de un tirón, una noche de junio, y no las he vuelto a leer.
No sé para qué lo he escrito. Owen dice que para la comisión.
Hay una comisión nueva, desde abril, en Birmingham, que revisa las condenas que pueden estar mal, y Malcolm ha llenado ya tres cajas de papeles para ella, con sus números y sus fechas y sus códigos de HOLMES, y viene a verme el primer sábado de cada mes con una bolsa de patatas de queso y cebolla que no le dejan pasar y que se come él en el aparcamiento, antes de entrar, para no tirarla.
Dice que hay cosas. El ahijado de Beck, el de York, que se cortó las venas en la estación en diciembre, ha aparecido, vivo, en un centro de Scarborough, y se acuerda de Harold.
Un lechero de Bramley que hacía la ruta de Westover Road a las seis menos cuarto se acuerda, ahora que alguien se lo ha preguntado, de un Rover gris aparcado de culo junto a la acera aquella mañana, con el motor en marcha y nadie dentro.
Hay un niño de la calle de Dean, en Armley, que ahora tiene once años, y que vio a un viejo en bicicleta una noche de Bonfire, y que, si le enseñan fotos, a lo mejor.
Dice Malcolm que hay cosas.
Yo le escucho. No le digo que no. Le dejo hablar, al otro lado del cristal, con las gafas de culo de botella empañadas y las manos gordas apoyadas en la repisa, y le miro, y pienso que es el mejor policía que he conocido, y que no lo ha sido nunca.
No sé para qué lo he escrito. Quizá para que alguien lo mire.
⁂
Me visita la señora Fenn. Una vez al mes, el segundo martes, en dos autobuses desde Morley, con su abrigo negro abrochado hasta arriba y una tarta de limón envuelta en papel de aluminio que tampoco le dejan pasar.
Se sienta al otro lado del cristal y me cuenta cómo va la capilla, y el tiempo, y lo cara que está la carne.
No hablamos de Toby. A veces se queda callada un rato largo, mirándome, con el bolso en las rodillas, y luego dice: Abríguese, señor Grey, que aquí hace frío . Y se va.
Doreen me manda postales. Siempre de sitios a los que no ha ido: Blackpool, Scarborough, la isla de Man. Por detrás escribe lo mismo, con su letra de comandas: Te guardo la mesa, cariño .
Shaw ha publicado un libro. Se llama El hombre que mira .
Tiene en la portada la foto de 1979, la de los juzgados, y se vende muy bien en las estaciones de tren.
No lo he leído. Owen dice que en el último capítulo Shaw se pregunta si alguien como yo pudo hacer lo que hice, y que no se contesta.
Que lo deja ahí, como una puerta entornada. Que se le da bien eso.
Charles Ashby construyó en primavera una urbanización de casas pareadas en unos terrenos al norte de Otley, en Wharfedale, junto al río.
Le puso el nombre de su hija. Charlotte Gardens .
Lo vi en el periódico. En la foto de la inauguración, Ashby cortaba una cinta con unas tijeras enormes, sonriendo para la cámara con la boca, no con los ojos.
La cabaña la derribaron en mayo. Con una excavadora, por orden del condado, después de que la policía científica la desmontara piedra a piedra y se llevara en cajas todo lo que había dentro.
Llenaron la fosa del cobertizo con cemento.
Owen fue a verlo. Dice que ahora no hay nada.
Brezo. Un círculo de barro al final de un camino de grava.
Dice que una tarde, sentado en el capó del coche, oyó cantar a los pájaros del páramo, los pardos, los que gritan vuelve, vuelve , y que se tuvo que ir.
La caja de galletas con las cartas a Clara está en un almacén de pruebas de la policía de West Yorkshire, en Wakefield, a tres kilómetros de esta celda. Doce meses de cartas. Una cada semana. Dicen que son preciosas. No las he leído nunca. No las voy a leer.
A Ruth la enterraron en Cork, en el cementerio de St Finbarr, al lado de su padre.
No fui, claro.
Su madre me escribió en agosto. Una hoja, con letra temblorosa, en papel azul de avión, como el de las cartas de mi madre a Kingston. No la voy a copiar aquí. Es lo único de todo esto que es solo mío.
⁂
El 21 de septiembre, hace un mes, se cumplieron treinta y cuatro años.
Le pedí a Owen que fuera a Ilkley. Al cementerio de la iglesia, a la tumba de la izquierda del camino. Que llevara un girasol. Uno solo. En un tarro de mermelada, con agua.
Lo hizo. Me lo contó el sábado siguiente, por el teléfono del locutorio, al otro lado del cristal, mirándose las manos.
Que el girasol lo había comprado en el mercado de Kirkgate, en un puesto de la entrada, a una mujer con un gorro de lana mostaza que no le quiso cobrar.
Que en la tumba no había nada. Ni flores, ni tarro, ni huellas.
Solo la hierba, y la lápida, y el nombre.
Que dejó el girasol y se quedó un rato. Que hacía sol.
—No sabía qué decir, señor Grey —me dijo—. Así que no dije nada. ¿Hice bien?
—Hiciste bien.
Treinta y cuatro años. La primera vez que el girasol se lo lleva alguien que la quiere bien. O que me quiere bien a mí, que para el caso es lo mismo.
Es lo único que he podido quitarle.
⁂
Son las cinco menos diez. La luz de la ventana se ha vuelto naranja. Dentro de un rato pasará el carrito de la cena, y luego cerrarán, y luego apagarán las luces del pasillo, y me quedaré a oscuras, con la bombilla de la celda, escribiendo, o no.
Esta es la última hoja.
Lo sé porque no queda nada más que contar. Todo lo demás ya lo he contado, y lo que no he contado no se puede contar, o no es mío. Sé que esta es la última porque llevo una hora con la pluma de mi madre en la mano sin escribir nada, mirando la ventana.
Hay una urraca en la ventana.
Ha llegado hace un momento. Se ha posado en los barrotes, por fuera, a medio metro del cristal, con un ruido de alas como de paraguas que se cierra.
Blanca y negra. La cola larga, con ese brillo verde, metálico, de las plumas de las urracas cuando les da el sol de lado.
Me mira. Ladea la cabeza, primero a un lado, luego al otro, como me miró aquella otra, hace dos años, en la ventana del salón de Burley, la tarde en que se me cayó la carpeta y leí la palabra girasol .
Me mira con un ojo. Negro. Redondo. Brillante como una cuenta de cristal.
Mi madre se reía de la canción de las urracas.
Decía que los ingleses tenían miedo de todo lo que no se podía meter en una taza de té.
Pero se la sabía. La había aprendido en las cocinas de Roundhay, de las cocineras de las casas que limpiaba, y a veces, los domingos por la tarde, mientras escribía a Kingston en el escritorio de caoba, la canturreaba sin darse cuenta, bajito, y mi padre levantaba la vista del periódico y le decía que eran supersticiones de blancos, y ella se reía y seguía.
Una para la pena. Dos para la alegría.
Una.
Me quedo quieto. No quiero asustarla. No respiro. La miro, y ella me mira, a medio metro, con el cristal en medio, y fuera, detrás de ella, por encima del muro de la prisión, se ve una franja de cielo de Yorkshire de color naranja que se va volviendo gris.
Espero a la segunda.
No ha venido nunca. Ni aquella tarde en Burley, ni ninguna de las tardes de estos dos años en las que una urraca se ha posado en una ventana mía. Siempre una. Siempre sola. Siempre mirándome.
Pero yo espero. Con las gafas puestas. Con la pluma de mi madre en la mano, sin tinta ya en el plumín, seca.
Espero, y miro.
Es lo único que sé hacer.
«Primero se mira».