El Cartero Capítulo 22. Veredicto #4
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Capítulo 22. Veredicto #4

Habló dos horas. Peter Lunn le dejó hablar.

Contó lo de la máquina del café: Grey enseña asesinos en serie en la universidad.

Qué pena que esté retirado . Contó que le había ido a buscar a la última fila de un aula, una noche de octubre, porque se lo había sembrado en la cabeza su jefe sin que él se diera cuenta.

Contó las acciones de HOLMES. Contó las listas de Correos.

Contó la cabina de la calle de atrás, todas las noches a las once, Malcolm al otro lado, contándole lo que encontraba, y él sin creérselo, sin querer creérselo, hasta la noche del 21 de febrero.

Contó la celda. Las siete palabras. Cellnet.

El teléfono que sonaba y sonaba en un coche aparcado en un sitio que no conocía.

Contó cómo me vio bajar por el camino.

No lloró. Se le notaba el esfuerzo de no llorar en la nuez, que le subía y le bajaba, y en las manos, que tenía cogidas a la barandilla del estrado como si fuera a saltarla.

—El inspector Grey no ha matado a nadie —dijo al final, mirando al jurado, uno por uno, como le había enseñado yo—. Al inspector jefe, sí. Y yo, en su lugar, también. Pero a la doctora Kavanagh, no. Ella era… —Se calló—. Y al señor Beck tampoco. Lo sé. Lo sé como sé que me llamo Owen.

Thorne se levantó. Se colocó la toga. Se acercó al estrado, despacio, sin papeles.

—Sargento Hartley. ¿Estuvo usted en la cabaña de Askwith el día 22 de febrero antes de que llegara la policía de Otley?

—No.

—¿Estuvo en la cocina del señor Beck esa mañana?

—No.

—¿Sabe usted dónde estaba el acusado entre las cinco y las siete y media de la mañana del 22 de febrero?

Owen tardó en contestar.

—En su casa. Durmiendo.

—¿Lo sabe, sargento? ¿O lo cree?

Owen me miró. Le vi la nuez. Le vi las manos en la barandilla.

—Lo creo.

—Gracias. —Thorne dio un paso atrás. Luego se paró, como si se le hubiera ocurrido algo en ese momento, aunque los dos sabíamos que no—.

Una última cosa, sargento. En enero de este año, usted estaba convencido de que el señor Harold Beck era el Cartero.

Lo vigiló durante semanas sin que nadie se lo ordenara.

Pidió usted su detención. Usted le interrogó durante treinta y dos horas. ¿Es así?

—Sí.

—¿Estaba usted seguro?

—Sí.

—¿Se equivocó usted, sargento?

Owen cerró los ojos.

—Sí.

—No hay más preguntas, señoría.

⁂

Malcolm testificó al día siguiente. Duró menos.

Subió al estrado resoplando, con un traje negro que le estiraba en los botones, el del funeral de Toby, y se agarró a la barandilla con las dos manos.

Contó las once acciones de HOLMES cerradas con el código de Whitlock.

La de las floristerías, la doscientos catorce.

La de las carretillas. La de las fincas rústicas, abierta el 10 de octubre de 1995 y cerrada el 14, resultado negativo .

Contó la página cuarenta y tres de las listas de Correos de Toby.

Whitlock, G. Temporero. Turno de noche. Septiembre 1962 – diciembre 1963.

Lo contó con números, con fechas, con los códigos de acceso, con la voz de quien lee una hoja de cálculo, sin mirar a nadie.

Era lo único que sabía hacer. Lo hizo bien.

Thorne no se levantó de su sitio para interrogarle.

—Señor Pike —dijo, desde el banco, con amabilidad—.

Nadie en esta sala discute que Graham Whitlock fuera el hombre al que llamaban el Cartero.

Lo confesó él mismo, en una carta de nueve hojas cuyos detalles ha comprobado la policía uno por uno.

Le agradezco su trabajo, que ha sido extraordinario.

—Una pausa—. ¿Tiene usted algo que decir a este tribunal sobre la muerte de la doctora Kavanagh? ¿O sobre la del señor Beck?

Malcolm abrió la boca. La cerró. Se le empañaron las gafas de culo de botella, como en el cementerio de Morley, y no se las limpió.

—No —dijo.

—Gracias, señor Pike.

Al bajar del estrado, pasó por delante del banquillo. No se paró. No podía pararse. Pero al pasar, sin volver la cabeza, apoyó un segundo la mano abierta en el cristal, a la altura de mi cara, y la quitó.

Y no bastó.

Nada bastó. Ni Owen, ni Malcolm, ni McCready, ni la madre de Ruth, que vino de Cork con un abrigo negro y un rosario en el bolsillo y dijo, en el estrado, con el acento de su hija, que Ruth no había ido nunca, ni una sola vez en doce años, a la tumba de su padre.

Que no se lo podía creer. Que alguien le explicara por qué su hija iba a decir que se iba a ver a su padre.

Thorne se lo explicó. Con mucha delicadeza.

Con la voz baja. Le dijo que a veces la gente que tiene miedo de alguien busca la excusa que tiene más a mano para irse.

Que la doctora Kavanagh había hablado de su padre con el acusado dos días antes, según el propio acusado.

Que quizá, ese año, el del duodécimo aniversario, había decidido por fin ir. O quizá no. Que nadie lo sabría nunca.

La madre de Ruth lloró en el estrado. Luego se secó la cara con un pañuelo y me miró. Una vez. Larga. No sé lo que vio. No supe leerla.

⁂

Testifiqué yo el miércoles y el jueves de la tercera semana. Día y medio.

Lo conté por segunda vez. Igual que a Garside. La tercera es esta, y es la última. Las mismas horas, los mismos nombres, las mismas palabras de Whitlock en el barro. Lo conté mirando al jurado, como se lo había enseñado yo a Owen, uno por uno. Lo conté con la voz de los informes. No se me rompió.

Lo vi en sus caras. Lo vi como se ve una cosa que se sabe que va a pasar y que no se puede parar, como se ve venir un coche por la carretera desde un andén.

Vi a la mujer de las perlas apartar la vista.

Vi al hombre de la corbata de regimiento cruzar los brazos.

Vi a una chica de veintitantos, la más joven, con un jersey de cuello alto, mirarme con miedo.

Un hombre que cuenta así lo que yo estaba contando, sin que se le rompa la voz, no parece un hombre al que le ha pasado.

Thorne me interrogó media hora. No necesitó más. Me hizo preguntas cortas, y yo le di respuestas cortas, y ninguno de los dos levantó la voz.

—¿Cogió usted el revólver del cajón del inspector jefe Whitlock, señor Grey?

—Sí.

—¿Sin guantes?

—Sin guantes.

—Usted, que fue policía durante veintiséis años, casi todos en homicidios. Que ha enseñado a decenas de agentes a no tocar nada en una escena. Que da clases en la universidad sobre la conservación de las pruebas.

—Sí.

—¿Cogió usted el cuchillo del suelo de la cabaña?

—Sí.

—¿Sin guantes?

—Sin guantes.

—¿Disparó usted al inspector jefe Graham Whitlock a quemarropa, en el pecho, con ese mismo revólver?

—Sí.

Thorne se quedó callado. Me miró. Con aquella paciencia de colegio caro, de toga de seda, de voz que no se levanta.

—¿Por qué, señor Grey?

Pensé en mentir. Fue la única vez en todo el juicio que pensé en mentir. Pensé en decir: porque me amenazó, porque se me echó encima, porque temí por mi vida. Habría sido fácil. Habría sido, incluso, casi verdad.

—Porque me lo pidió —dije.

Hubo un ruido en la galería. Un ruido de muchas personas respirando a la vez. Vi a la mujer de las perlas llevarse la mano a la boca. Vi a Ashby, arriba, en la primera fila, cerrar los ojos.

Thorne asintió despacio. Como si yo le hubiera confirmado algo que él ya sabía. Como si le hubiera dado la razón.

—No hay más preguntas, señoría.

⁂

El jurado se retiró a deliberar el martes 26 de noviembre a las tres de la tarde.

Eran doce.

Lo había contado el primer día, al verlos entrar en fila y sentarse en sus dos bancos de madera, a la derecha del juez.

Lo había contado sin querer, como lo cuento todo.

Doce. Siete mujeres y cinco hombres. Doce personas de Leeds y de sus alrededores, de Roundhay y de Headingley y de Horsforth y de Alwoodley y de Wetherby, elegidas al azar del censo electoral, dijo el juez, como si el azar no tuviera dirección.

Bien vestidos. Todos. La mujer de las perlas.

El hombre de la corbata de regimiento. Un señor mayor con chaqueta de tweed y pañuelo en el bolsillo.

Dos mujeres con traje de chaqueta, de las que trabajan en un banco.

Un chico con gafas que tomaba notas en una libreta de espiral, como Toby.

La chica del jersey de cuello alto. Bien peinados.

Bien afeitados. Con los zapatos limpios.

Gente de las casas que limpiaba mi madre los martes y los viernes, con un pañuelo en la cabeza, por tres chelines la hora.

Gente de las bibliotecas de las que se llevaba los libros debajo de las patatas.

Ni uno de Chapeltown. Ni uno de Harehills. Ni uno de Armley ni de Bramley ni de Hunslet. Ni uno negro.

Doce.

Doce girasoles. Doce mediodías. Doce pasos. Doce sillas vacías en doce salones parroquiales. Doce desconocidos bien vestidos sentados en dos bancos de madera, mirándome.

Deliberaron un día y medio.

Me tuvieron en una celda del sótano del Crown Court, con un banco de madera y una bombilla, esperando.

No había ventana. No había reloj. Le pregunté la hora al funcionario cada vez que abrió la mirilla, que fue cada hora, y me la dijo cada vez, con mucha educación.

Las cinco y veinte, señor Grey. Las nueve y diez.

Dormí, por primera vez en meses, la noche del martes, en el catre de la cárcel de Armley, adonde me devolvieron en una furgoneta con las ventanillas tapadas.

Soñé con Ruth. Estábamos en la escalinata del Ayuntamiento, con nieve, y me decía algo que no oía, y yo le decía no te oigo , y ella se reía, y se ponía un dedo en la diadema, y no era Ruth, era Clara, y luego no era ninguna de las dos.

El jueves 28 de noviembre, a las once y cincuenta, el funcionario abrió la puerta de la celda del sótano.

—Han llegado a un veredicto, señor Grey.

Subí por la escalera estrecha que sube desde las celdas directamente al banquillo, con un funcionario delante y otro detrás. Diecinueve peldaños. Los conté.