Capítulo 22. Veredicto #3
—Miembros del jurado —dijo—. En septiembre de 1963, una muchacha de diecinueve años llamada Clara Whitfield apareció muerta entre las tumbas del cementerio de Woodhouse.
Estaba embarazada. El padre de esa criatura era el acusado, que entonces tenía dieciocho años y que fue detenido y retenido treinta horas como sospechoso de su muerte.
No estoy diciendo que el acusado matara a Clara Whitfield.
Graham Whitlock lo ha confesado, y yo le creo, como le creo en todo lo demás.
—Hizo una pausa. Larga. Perfecta—. Pero les pido que tengan presente, a lo largo de este juicio, un hecho sencillo.
Un hecho que no está en discusión. Dos mujeres embarazadas han muerto de forma violenta en la vida del inspector Grey.
Y entonces se hizo el silencio.
No en la sala. En la sala había ruido: un murmullo en la galería, un periodista que tosía, el juez que apuntaba algo con una pluma que rascaba.
El silencio se hizo dentro de mi cabeza.
El mismo silencio de la cabaña. De golpe, entero, blanco, como si alguien hubiera cerrado una puerta de hierro entre el mundo y yo.
Vi a Thorne volverse hacia el jurado. Vi moverse su boca.
No le oí. Vi a la mujer de la primera fila del jurado, la de las perlas, mirarme de reojo y apartar la vista.
No la oí. Vi a Ashby, arriba, en la galería, inclinarse un poco hacia delante sobre el puño del paraguas.
Y en medio del silencio, sola, clara, con aquella voz correcta, la oí a él.
Dos mujeres embarazadas muertas en la vida del inspector Grey. Eso es lo que va a decir el fiscal. Ya lo verás. Lo he escrito yo antes que él.
Lo había escrito él.
Palabra por palabra. Nueve meses antes. En el barro de Ellercarr, con la aguanieve en el pelo blanco y el cañón de un revólver apoyado en la corbata.
Lo había escrito él, como lo escribía todo, y ahora lo leía en voz alta, para doce desconocidos, un hombre alto con una toga de seda que no le había conocido nunca.
Qué hijo de puta.
Lo pensé así. Con esas palabras. Con la voz de mi padre.
Qué hijo de puta.
No con odio. Con algo peor. Con algo que se parecía, Dios me perdone, a la admiración.
La misma que había sentido mil veces, en treinta años, delante de un mecanismo bien hecho.
Delante de un crimen perfecto. Delante de alguien que había visto lo que yo no había visto, y lo había visto antes, y lo había visto mejor.
Era a él a quien me recordaba Thorne.
⁂
Los testigos de la acusación desfilaron durante ocho días.
El sargento Pratt, de Bradford, con su bigote y su traje marrón, leyó su registro con voz de recitar la lista de la compra.
7:40, Grey entra. 7:52, Grey sale. Con prisa.
Dijo que el inspector jefe Whitlock le había llamado aquella mañana a las siete y media desde el coche para preguntarle si había llegado el señor Grey.
Que sí, que el inspector jefe había ordenado la detención del sargento Hartley y del señor Pike a las seis cuarenta y cinco, por sospecha de revelación de secretos, con un informe escrito a máquina que le enseñó, y que él la había ejecutado porque era una orden.
Que lo sentía. Lo dijo mirando a Owen, sentado en el banco de los testigos que esperaban, y no a mí.
El inspector de Otley que me detuvo en el camino describió cómo me encontró: bajando por la grava con el cuerpo de la doctora en brazos, sin levantar la cabeza, con un revólver en el bolsillo de la gabardina.
Dijo que no opuse resistencia. Que no dije una palabra.
Que parecía no oír nada. Lo dijo con cuidado, con honradez, mirando sus notas.
Y el jurado le escuchó y vio lo que tenía que ver: a un hombre con un arma en el bolsillo y una mujer muerta en los brazos.
Un perito de la policía científica explicó el plano. Mis huellas en el charco. Mis rodillas. Once minutos.
—¿Es compatible —preguntó Thorne— lo que encontró en esa habitación con una maniobra de reanimación, como sostiene el acusado?
—Es compatible.
—¿Es compatible también con otras cosas?
El perito se quedó callado un momento.
—Con varias, señor.
Y McCready.
Subió al estrado de los testigos con su traje de tweed y sus cejas blancas de escocés, y se puso las gafas, y le leyó al jurado la autopsia de Ruth con la voz de siempre, la de las mañanas del depósito, la de los treinta años.
Muerte por exanguinación. Dos incisiones longitudinales en cada antebrazo, desde el pliegue de la muñeca, de nueve a once centímetros, sin marcas de duda, de un solo trazo.
Marcas de ligaduras antiguas en tobillos y muñecas, de varias semanas.
Un hematoma en la sien izquierda, de siete a diez días.
Lesiones compatibles con agresiones sexuales repetidas, sin restos biológicos utilizables.
Un embarazo de unas seis semanas. El embrión, demasiado pequeño para cualquier prueba de paternidad que se pudiera hacer en un laboratorio de Inglaterra en 1996.
Peter Lunn se levantó para interrogarle, con el bolígrafo de Ashby Homes en la mano.
—Doctor McCready, usted hizo también la autopsia de las doce víctimas del llamado Cartero. Y la del agente Fenn.
—Las de once. La de Charlotte Ashby la hizo un colega de Harrogate. Pero las he leído todas.
—¿Hay alguna semejanza entre los cortes que encontró en la doctora Kavanagh y los que encontró en aquellas víctimas?
McCready se quitó las gafas. Me miró. Por primera vez desde que había subido al estrado, me miró, por encima del banquillo, con aquellos ojos azules de escocés viejo que habían visto más muertos que yo.
—La misma mano, en mi opinión —dijo—. Sin marcas de duda. De un solo trazo. Una mano que sabía exactamente lo que hacía y que lo había hecho muchas veces. En treinta y un años de profesión, he visto esos cortes catorce veces. Doce chicas, el agente Fenn y la doctora Kavanagh.
Hubo un murmullo en la galería. Peter Lunn se sentó, colorado, con las manos temblando.
Thorne se levantó despacio.
—Doctor McCready. Usted ha trabajado treinta años con el acusado.
—Veinticinco.
—¿Estuvo presente el acusado en alguna de esas autopsias? ¿En las de este último invierno, por ejemplo?
—En varias.
—¿Vio de cerca esos cortes? ¿Los midió? ¿Los fotografió?
McCready tardó en contestar.
—Sí.
—Un inspector de homicidios con treinta años de experiencia, que ha visto de cerca, medido y fotografiado esos cortes, ¿sería capaz de reproducirlos, doctor?
McCready me volvió a mirar. Mucho rato. Le vi apretar la mandíbula y juntar las cejas blancas.
—Sí —dijo—. Supongo que sí.
—Gracias, doctor.
⁂
Y luego vino el viejo Singh.
No me lo esperaba. Peter Lunn me lo había dicho en Armley, en septiembre, que había un testigo nuevo, un vecino de los huertos de Kirkstall, pero no me había dicho su nombre, o yo no lo había oído.
Subió al estrado despacio, apoyándose en un bastón, con un turbante azul marino y una barba blanca recogida en una redecilla, con un traje gris de los domingos y una medalla de la guerra prendida en la solapa.
Juró sobre su libro, en panyabí, con la mano en el pecho.
Dijo que la mañana del jueves 22 de febrero, hacia las ocho y veinte, estaba en su parcela, la treinta, al lado de la del señor Beck, quitando la escarcha de los cristales de su invernadero.
Que vio llegar a un hombre negro, alto, con una gabardina gris, por el sendero de ceniza.
Deprisa. Con la mano derecha metida en el bolsillo de la gabardina, apretada, como quien lleva algo que pesa y no quiere que se le vea .
Que el hombre se paró delante del cobertizo verde del señor Beck.
Que abrió la puerta con el pie. Que estuvo dentro mucho rato.
Que salió despacio y se fue por donde había venido, sin correr, sin mirar a los lados.
—¿Vio usted a alguien más con él, señor Singh? —preguntó Thorne—. ¿Un coche? ¿Otro hombre?
—No, señor. Solo a él.
—¿Reconoce usted a ese hombre en esta sala?
El viejo Singh se volvió hacia el banquillo. Me miró. Tenía los ojos claros, casi grises, tristes, como los de un perro viejo.
—Es él —dijo—. Le conozco. Le vi en diciembre, por la noche, detrás de mi bidón, vigilando el huerto del señor Beck. —Se le movió la barba—. El señor Beck era un buen vecino. Me regalaba judías.
Primero el huerto. Si la carta es para sacarnos de Leeds, quiero haber mirado en el huerto antes de irnos.
Yo no puedo correr, Grey. Mira tú.
El Rover se había quedado en el camino de atrás, detrás del seto de espinos, con el motor en marcha. Desde la parcela treinta no se veía. Lo sabía él. Había estado allí. Había aparcado justo donde no se veía.
Y Westover Road estaba a dos kilómetros. Veinte minutos andando. Y Harold Beck había muerto entre las cinco y las nueve.
Me había llevado al huerto para que alguien me viera.
Para que el viejo Singh, que no dormía tampoco, que se levantaba a quitar la escarcha de los cristales de su invernadero a las ocho de la mañana todos los días de invierno desde que le operaron de la próstata, me viera entrar solo en el cobertizo de un muerto con la mano en el bolsillo, alrededor de la culata del revólver que acababa de matarlo.
No sentí nada. Esta vez no hubo silencio. Lo oí todo: la tos de la galería, el rascar de la pluma del juez, la respiración de los dos funcionarios de prisiones a mis lados. Lo oí todo y no sentí nada.
Solo pensé, otra vez, muy despacio, con la voz de mi padre:
Qué hijo de puta.
⁂
Owen testificó el lunes de la tercera semana.
Subió al estrado con un traje azul marino que le quedaba bien, el primero que le había visto que le quedaba bien, y una corbata negra, y sin anorak. Se había cortado el pelo. Había adelgazado. Juró con la mano derecha levantada, y le temblaba la mano, y él lo vio, y la bajó deprisa.