Capítulo 22. Veredicto #2
No le dije nada. No era culpa suya. Es lo que hay en los cajones de las oficinas de los abogados de oficio de Leeds: bolígrafos que regalan los que pueden permitirse regalarlos.
Me venía a ver los martes. Se sentaba al otro lado de la mesa de la sala de visitas, con la cartera de piel en las rodillas, y me iba contando lo que tenían.
Lo que había encontrado la acusación. Lo que iba a decir en el juicio el fiscal de la Corona.
Me lo contaba con la cara de los médicos jóvenes que tienen que dar una mala noticia y no saben todavía cómo se hace.
Yo le escuchaba. Y lo veía. Lo veía todo, por fin, entero, pieza a pieza, como se ve un mecanismo de relojería cuando alguien le quita la tapa. Como lo había montado él. A máquina. Con papel carbón. Sin una palabra de más.
El revólver era un Webley Mark IV de calibre 38, de los que se repartieron a millares en la guerra.
Tenía el número de serie limado. Limado hacía mucho, dijeron los peritos, años, con una lima fina, con cuidado, hasta dejar el metal liso como un espejo.
No había forma de saber de quién había sido.
Tenía mis huellas en la culata, en el gatillo, en el tambor.
Solo las mías. La bala que mató a Harold Beck había salido de él. La que mató a Graham Whitlock, también.
El cuchillo tenía mis huellas y la sangre de Ruth.
Yo tenía en la mano derecha restos de pólvora. En la gabardina, sangre de Ruth, de Whitlock y mía. En los zapatos, barro de Ellercarr y del páramo y de la cabaña. En las rodillas de los pantalones, la sangre del charco, empapada hasta la piel.
No había salido ninguna patrulla a Westover Road aquella mañana.
Lo comprobaron en el registro de la sala de transmisiones.
Nadie la había pedido. Nadie había llamado a la puerta de Harold Beck a las seis y media para ver si estaba la bicicleta en el patio.
La bicicleta, por cierto, la encontraron en abril en el canal, debajo del puente de Bramley Fall, a dos kilómetros de su casa. Nadie supo nunca quién la había tirado.
Harold Beck había muerto, según el forense, entre las cinco y las nueve de la mañana. Cuatro horas. No se podía afinar más. La taza de té de la mesa estaba fría y nadie había apuntado a qué hora se enfría una taza de té en una cocina de Bramley en febrero.
Yo no tenía coartada para ninguna de esas cuatro horas.
Pasada la una de la madrugada había llamado al piso de Ruth, veinte timbrazos, y a las dos y siete, a casa de Whitlock.
Lo decía la compañía telefónica, en una hoja con columnas.
A las siete y cuarenta había entrado en la comisaría y a las siete y cincuenta y dos había salido del despacho del inspector jefe, con prisa , según el registro del sargento Pratt, dejando encima de la mesa un paño de gamuza amarillo vacío.
Pratt lo había encontrado allí. Lo había metido en una bolsa él mismo, con guantes, aquella misma tarde, cuando le dijeron lo que había pasado.
En la caja fuerte del despacho de Whitlock, la de las cartas, la de la llave que solo tenía él, encontraron una carpeta de cartulina gris con mi nombre en la etiqueta. Escrito a máquina. GREY, S.
Dentro había catorce hojas. Escritas a máquina, con papel carbón, con las copias grapadas detrás de cada original, con fecha y hora en el margen. La primera era del 13 de octubre de 1995. La última, del 22 de febrero de 1996, a las 2:15 de la madrugada.
Peter Lunn me trajo una fotocopia. La leí en la sala de visitas, con él delante, sin decir nada.
13-10-95. Hartley propone consultar a S. Grey, inspector retirado. Lo autorizo con reservas. Antecedentes: 1963.
17-10-95. Grey se incorpora como asesor. Huele a alcohol. Lo apunto por si acaso.
5-11-95. Bonfire. Grey reacciona de forma desproporcionada ante la diadema. No da explicaciones.
12-12-95. Grey rompe con el puño el cristal de la puerta de mi despacho delante del equipo. Hartley y Fenn lo presencian. No tomo medidas por el momento. Responsabilidad mía.
Mi puñetazo. La estrella en el cristal. INSPECTOR JE .
24-12-95. Grey y la Dra. Kavanagh, solos en la escalinata del Ayuntamiento. Me preocupa. Ella es vulnerable y él no está bien.
16-01-96. La Dra. Kavanagh pasa las noches en casa de Grey. Me lo dice ella. Le aconsejo que no lo haga.
22-01-96. La Dra. Kavanagh me llama a las 7:15. Se va unos días. Está asustada. No me dice de qué. Lo apunto.
25-01-96. Grey va al piso de la Dra. Kavanagh en Headingley. Entra en el portal sin permiso y mira por la ranura del buzón. Se va casi corriendo.
Aquella tarde, en la acera de Headingley, yo había buscado con los ojos el coche desde donde se vigilaba su ventana. No lo vi. Estaba allí.
16-02-96. Sigue bebiendo. Huele a alcohol en la reunión de las nueve.
Y la última. La de las dos y quince de la madrugada del 22 de febrero, la única que estaba escrita a mano, con bolígrafo, con letra de médico, la letra que él decía tener para no tener que escribir nunca a mano:
2:07. Grey me llama a casa. Muy bebido. Grita. Dice que la Dra. Kavanagh no está en Cork. Dice que lo sabe. Le cito a las 8:00 en mi despacho. Mañana se lo comunico al jefe superior. Temo por ella.
Temo por ella.
Me quedé mirando aquellas tres palabras mucho rato. Peter Lunn no dijo nada. Se le oía respirar.
La había escrito a las dos y cuarto. Después de colgarme. Antes de afeitarse. Antes de ponerse una camisa limpia. Antes de coger el coche e ir a verla, a la cabaña, con un cuchillo de cocina de Sheffield con tres remaches de latón.
Temo por ella.
⁂
El juicio empezó el lunes 4 de noviembre de 1996 en la sala número uno del Crown Court de Leeds.
Era una sala moderna por fuera y antigua por dentro, como si la hubieran construido en los ochenta copiando una de cien años antes: madera oscura en las paredes, en los bancos, en el estrado del juez, en la barandilla del banquillo; un escudo real dorado detrás del juez, con el león y el unicornio; lámparas de globo blanco colgando del techo.
Las pelucas. Las togas negras. El murmullo de papeles.
El banquillo era una caja de madera y cristal en el centro de la sala, a la altura del estrado de los testigos, de cara al juez, y yo me sentaba dentro, entre dos funcionarios de prisiones, en una silla de plástico, con traje y corbata.
Mi traje de siempre. El de los codos brillantes.
Me lo había llevado Owen a Armley en una bolsa de una tintorería de Headingley, planchado.
La galería del público estaba arriba, a la izquierda, detrás de una barandilla de madera, como el gallinero de un teatro.
El primer día la vi llena. Periodistas, en la fila de delante, con sus libretas; Shaw en el centro, con un traje nuevo, sin mirarme.
Gente de Leeds que había hecho cola desde las siete en la acera de Oxford Row para ver al hombre que mira.
Las familias. Reconocí a la madre de Emma Lister, con un pañuelo en la cabeza.
A Dean Fairclough, con el pelo rizado cortado al cero.
A los Mensah, los tres, el padre con su Biblia en las rodillas.
Y en el centro de la primera fila, con un abrigo de cachemir azul marino y las manos cruzadas sobre el puño de un paraguas, Charles Ashby.
Le recordaba en un vestíbulo de Harrogate, con una lámpara de cristal encima, con bata de seda, mirándome con un odio limpio, absoluto, que no tenía nada que ver conmigo. Me miró igual. Exactamente igual. Un año no le había cambiado la cara. Solo el pelo, que tenía ahora completamente blanco.
El hombre que había matado a su hija estaba muerto.
Se había muerto sonriendo, en el barro, sin pasar por un juzgado, sin que nadie le leyera los cargos, sin que nadie le mirara a la cara mientras doce desconocidos decían una palabra.
Charles Ashby no había podido sentarse en ninguna galería a ver condenar a Graham Whitlock.
Necesitaba a alguien vivo. Alguien a quien mirar.
Me miró a mí todos los días del juicio. Diecisiete días. Desde la misma silla. No faltó ni uno.
Dos filas más atrás, en una esquina, junto a la columna, con el abrigo negro abrochado hasta arriba y el bolso en las rodillas, se sentaba la señora Fenn. Tampoco faltó ni un día. A su lado, a veces, Doreen, con su sombrero de casquete.
⁂
El fiscal de la Corona se llamaba Julian Thorne.
Era alto, delgado, de unos cincuenta años, con la cara larga y pálida de los hombres que han ido a colegios donde se aprende a no levantar nunca la voz, y una toga de seda que crujía un poco cuando se movía.
Hablaba despacio. Con frases largas y redondas, sin una palabra de más, sin un papel en la mano.
Miraba al jurado como se mira a doce personas a las que se respeta mucho y a las que se va a pedir un favor pequeño.
Me recordaba a alguien. Tardé una hora y media en darme cuenta de a quién.
El primer día, a las once y diez, se levantó, se colocó la toga sobre los hombros con un gesto de las dos manos, se volvió hacia el jurado, y empezó.
Habló una hora y media. No voy a contarlo entero.
Contó lo que he contado yo en estas hojas, pero al revés, como se cuenta una historia desde el otro lado de un espejo.
Contó a un hombre solitario, retirado, bebedor, obsesionado con un caso que no era suyo.
Contó a una mujer que le había dicho por teléfono no me busques .
Contó a un hombre que la buscó, y que llegó hasta ella antes que nadie, el mismo día en que el Cartero había escrito que estaba viva.
Contó un revólver, un cuchillo, una taza de té fría en una cocina de Bramley, un charco de sangre en el suelo de una cabaña.
Contó una carta de nueve hojas en la que no había una sola palabra que no fuera verdad.
Y luego se quitó las gafas, que no se había puesto en toda la mañana más que para eso, y las dejó encima del atril, y se volvió despacio hacia el banquillo. Hacia mí.