Capítulo 22. Veredicto
Entero, de principio a fin, sin dejarme nada, lo he contado tres veces.
Se lo conté todo. Desde la urraca. Desde la carpeta en el escritorio de mi madre.
Doce horas, con descansos, con té en vasos de plástico y bocadillos de queso que no me comí.
No me dejé nada. Les dije las horas, los nombres, las distancias, los colores.
Les dije lo que había dicho Whitlock en el barro, palabra por palabra, porque me lo sabía palabra por palabra, porque lo había oído una sola vez y no se me iba a olvidar nunca.
Lo dije con la voz de los informes, la de toda mi vida, la que no se rompe.
No se me rompió. Me acuerdo de que pensé que eso era malo.
Que un hombre que cuenta así lo que yo estaba contando, sin que se le rompa la voz, no parece un hombre al que le ha pasado. Parece un hombre que lo ha preparado.
Al terminar, Garside cerró el cuaderno. Se quitó las gafas, las limpió con la corbata, se las volvió a poner. Abrió una carpeta que tenía al lado, encima de la mesa, y sacó una bolsa de plástico transparente con una etiqueta blanca.
Dentro estaba el cuchillo de mi madre. Con la sangre seca en la hoja, marrón, y en los remaches de latón.
—¿Lo reconoce, señor Grey?
—Era de mi madre.
—¿Dónde lo guardaba usted?
—En el cajón de los cubiertos. En mi cocina. En Burley.
—¿Cuándo lo vio por última vez?
—En noviembre. —Me miré las manos—. Lo eché en falta en Nochevieja. No lo denuncié.
Garside asintió, despacio. Apuntó algo en el cuaderno. Luego sacó otra bolsa. Unas hojas de papel fotocopiadas, dobladas en tres.
—Esto llegó ayer a la fiscalía de la Corona —dijo—. En mano, sin sello, a las seis y media de la mañana, según el portero. Y otra igual a la redacción del Leeds Evening Courier . Supongo que ya sabe lo que dice.
—Sé lo que me dijo él que decía.
—Léala, por favor.
La leí.
⁂
A la Fiscalía de la Corona. Al señor Vincent Shaw, del Leeds Evening Courier. A quien corresponda.
Me llamo Graham Whitlock. Soy inspector jefe de la Brigada de Homicidios de la Policía de West Yorkshire, y durante cuatro años y tres meses he sido también el hombre al que ustedes llaman el Cartero. El nombre que me pusieron ustedes me lo había puesto antes otra persona.
Cuando lean esto, estaré muerto o a punto de estarlo. No me busquen. Me encontrarán.
No les pido que me crean por mi palabra. Les doy lo que solo yo puedo darles.
No la copio entera. Ocupaba nueve hojas, a mano, con la letra inclinada, con la tinta azul-negra de siempre.
Sin sangre: esa vez, no. Seguían doce párrafos, uno por cada una de ellas, con su nombre y su fecha.
Lorraine Hebden. Kelly Ainsworth. Yasmin Akhtar.
Gemma Doyle. Tracey Nolan. Marcia Campbell.
Samantha Firth. Natalie Brook. Emma Lister.
Joanne Pickering. Abena Mensah. Charlotte Ashby.
Y en cada párrafo, una cosa. Una sola. Algo que no había salido nunca en ningún periódico, que no estaba en ningún informe, que solo podían saber ella y él.
La canción que cantaba Marcia mientras la enterraba.
La palabra en twi con la que Abena llamó a su madre la última noche.
Lo que había en el bolsillo de la rebeca de Charlotte y que no le quitó.
La policía los comprobó uno por uno durante el mes de marzo, con las familias, con los informes, con los efectos personales guardados en cajas. Todos eran verdad.
Después venía Toby. Un párrafo corto. La parada del autobús, el maletero, la cabaña, la arcilla, el puente de Armley. Era un buen chico. Se metió donde no le llamaban.
Después venía Clara. Una hoja entera. La conferencia de Penrose, las cartas sin matasellos, el cementerio de Woodhouse a las ocho y media de la tarde del 21 de septiembre de 1963.
La maza de bronce, que encontrarán ustedes en la cabaña de mi padre, encima de una caja de galletas .
La declaración diecisiete, sacada de una caja en la mudanza de 1974.
Al inspector Grey le detuvieron por ella a los dieciocho años. Le pido disculpas por eso. Fue lo único que no hice yo. Lo hizo el sargento Haigh, y lo hizo el color de su piel.
Y al final, en la última hoja, después de un espacio en blanco, con la letra un poco más grande, un poco más despacio, como se escriben las cosas que uno quiere que se lean dos veces:
He contado doce, y a Toby Fenn, y a Clara. No me he dejado a nadie. Nunca he mentido en una carta. Tampoco en esta.
La doctora Ruth Kavanagh y el señor Harold Beck no son míos.
Pregunten al inspector Grey.
Graham Whitlock
El Cartero
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Dejé la fotocopia encima de la mesa.
—¿Tiene algo que decir, señor Grey? —dijo Garside.
—Miente.
—¿En qué?
—En las dos últimas líneas.
Garside me miró por encima de las gafas doradas. Con mucha educación. Con la paciencia de un hombre que lleva treinta años oyendo a otros hombres decir eso mismo al otro lado de una mesa atornillada al suelo.
Yo también lo había oído. Treinta años. Desde el otro lado.
—En la página ocho —dijo Garside—, el señor Whitlock describe el nudo con el que ató los tobillos del agente Fenn al bloque de hormigón del canal.
Un nudo de marinero, doble, con el cabo metido por dentro.
No ha salido en ningún periódico. Lo tengo en el informe del forense, aquí, con un dibujo.
Es ese nudo. —Cerró la carpeta—. Llevo toda la noche leyendo cartas de ese hombre, señor Grey.
Diecisiete, contando la tarjeta de Navidad.
No hay una sola palabra en ninguna de ellas que no sea verdad.
Usted mismo lo ha dicho más de una vez, me consta.
—Lo sé.
—Entonces entenderá mi problema.
Lo entendía.
Me acusaron formalmente el domingo 25 de febrero a las once de la mañana, en una sala de la comisaría de Millgarth, delante de un sargento de guardia al que había enseñado a rellenar un parte de detención en 1979.
Asesinato de Harold Beck. Asesinato de la doctora Ruth Kavanagh.
Y homicidio del inspector jefe Graham Whitlock, que fue lo único que no negué.
Dos asesinatos. Lo dijo el sargento de guardia sin mirarme, leyendo de un papel, con la voz plana.
Doble asesinato. Como lo diría el Courier al día siguiente, en la portada, a cuatro columnas, debajo de una fotografía mía de 1979, más joven, con el pelo todavía negro, saliendo de los juzgados de Leeds después del caso de Kirkstall. El hombre que mira.
El martes me llevaron a la cárcel de Armley, en prisión preventiva.
Armley. A menos de un kilómetro del puente de piedra, de la esclusa, del sitio donde sacaron a Toby del canal, y donde sacaron a su padre nueve años antes.
Desde la ventana de mi celda, si me subía a la cama y me ponía de puntillas, se veía la chimenea de una fábrica de lana cerrada y, detrás, una franja gris de cielo de Leeds.
No me subía a la cama.
⁂
Pasé nueve meses en Armley esperando el juicio.
No voy a contarlos. No hay nada que contar de nueve meses en una celda, y lo poco que hay no le importa a nadie.
Un expolicía negro en una cárcel de Yorkshire en 1996 dura poco en el patio, así que me pusieron en el ala de los que hay que proteger de los demás, con los violadores y los chivatos y un concejal de Bradford que había robado a una residencia de ancianos.
Comía solo. Paseaba solo, una hora al día, en un patio de cemento con una red por encima.
Una vez, en la cola de la ducha, alguien me escupió en la nuca, y no me volví.
Una vez, por la noche, alguien me pasó por debajo de la puerta un girasol de papel, recortado de una revista, con una palabra escrita a bolígrafo en el centro. No la voy a escribir aquí.
Dormía poco. Casi nada. Me tumbaba en el catre con los ojos abiertos, mirando la bombilla protegida por una rejilla, y oía Armley: las puertas de hierro, las llaves, los gritos de los que gritaban por la noche, los que lloraban, los que hablaban solos, el carrito del desayuno a las seis y media. Y por debajo de todo, a veces, la voz.
Duerme, Sol.
No era la mía. Ya no era la mía.
Me escribía Owen. Una carta cada semana, a mano, con su letra de chico que se ha saltado clases, con faltas de ortografía y frases que empezaban y no terminaban.
Me contaba cosas que no importaban. El Leeds, que iba mal.
Su madre, que tenía artritis. Que le habían dado una baja de tres meses y la había devuelto a las dos semanas porque en casa se volvía loco.
Que Malcolm había dejado el walkman en un cajón y no lo había vuelto a sacar.
Que pensaba en mí. Al final de cada carta ponía siempre lo mismo, subrayado dos veces: No ha sido usted. Lo sabemos. Lo vamos a demostrar.
Me escribía la señora Fenn. Una postal al mes, con la iglesia metodista de Fountain Street en la foto y tres líneas detrás, con su letra redonda de mujer que ha escrito poco. Rezo por usted. Toby también lo haría. Abríguese.
Me escribía Doreen, que no sabía escribir bien y lo hacía igual, en hojas de la libreta de las comandas de The Kettle. Cariño, te guardo la mesa de la ventana.
Ruth no me escribía.
Eso es lo peor que puedo decir de aquellos nueve meses.
Que había noches en que me olvidaba, un segundo, al despertarme, de que estaba muerta, y pensaba en escribirle, y pensaba en lo que le iba a decir, y luego me acordaba.
Y me quedaba en el catre, a oscuras, con las manos en el pecho, en el bolsillo de la camisa donde ya no tenía nada, y me volvía a enterar.
Cada mañana me volvía a enterar.
⁂
El abogado de oficio se llamaba Peter Lunn.
Tenía veintiocho años, el pelo rubio cortado a la moda, y una cartera de piel que le había regalado su padre al terminar la carrera.
Era listo, trabajador, honrado, y estaba aterrado.
Llevaba su primer caso de asesinato. Tomaba notas con un bolígrafo de propaganda que había cogido en algún sitio, un bolígrafo de plástico azul con letras doradas en el costado.
Tardé tres visitas en leer lo que ponía.
Ashby Homes. Construimos su futuro.