El Cartero Capítulo 21. Cinco kilómetros #3
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Capítulo 21. Cinco kilómetros #3

Una cámara Polaroid, gris, con el flash montado encima.

Una caja de cartuchos de película, abierta.

Una fila de frascos de esmalte de uñas, todos iguales, rosa pálido, alineados con el borde de la balda, con las etiquetas mirando hacia fuera.

Doce barras de labios, de pie, como soldados.

Un frasco de tinta Quink azul-negra y una pluma estilográfica de capuchón dorado, al lado de un tintero de cristal con un poso oscuro, casi negro, que no era tinta.

Un rollo de cuerda de cáñamo de tres cabos.

Y al final de la balda, apoyada contra la pared, una caja de galletas de lata, vieja, con la pintura gastada, con un dibujo de una casa de campo inglesa con un jardín de rosas, atada con una cinta verde descolorida.

Y encima de la caja, sobre la tapa, como sobre un altar, el champi.

La maza de bronce. La estrella de puntas cortas, verdosa, que cabía en la palma de una mano, en lo alto de un mango de madera casi negra, pulida por las manos.

El arma de un rey inca. Había tenido otra igual en las manos, con guantes de algodón, en el sótano de Penrose, y había pensado que bastaba con levantarla y dejarla caer.

Esta era la que faltaba. La que faltaba desde 1963.

La tenía delante. A un palmo. Con la luz gris de la ventana en las puntas.

No la toqué.

No toqué nada más. Salí con ella en brazos, por la puerta verde, sin cerrarla.

Al pasar junto al cobertizo vi, por la puerta de tablones abierta, el suelo de arcilla roja, y en el centro un rectángulo negro, una fosa, con la tierra amontonada al lado y una pala clavada en el montón. Olía a cal y a tierra mojada. Olía como olían las uñas de todas ellas.

No me paré.

⁂

Bajé por el camino de grava con ella en brazos.

No pesaba. Eso es lo que recuerdo. Que no pesaba nada.

Que había corrido cinco kilómetros con un revólver de un kilo en el bolsillo y me había parecido que pesaba como una piedra de molino, y bajaba ahora con ella en brazos y no pesaba nada, como no pesan los niños dormidos, como no pesan las cosas que uno no está dispuesto a soltar.

La aguanieve seguía cayendo. Le caía en la cara y se le quedaba en las pestañas, y no se derretía. Le puse la solapa de la gabardina por encima, para taparla. No sé de qué. No había ya nada de lo que taparla.

Andaba despacio. Mirando al suelo. Mirando dónde ponía los pies en la grava, para no caerme con ella. Un paso. Otro. El brezo a los lados. La niebla delante. El silencio.

El silencio era total. Era como andar dentro de una fotografía.

No sé cuánto tiempo anduve. El plano de la policía no llega tan lejos.

Las luces aparecieron en la niebla, delante, abajo, mucho antes que el ruido.

No hubo ruido. Primero fue un resplandor azul, intermitente, que encendía la niebla por dentro y la apagaba, y la encendía.

Luego dos faros. Luego otros dos. Un Land Rover blanco de la policía, con el techo cuadrado y las luces azules girando, subiendo despacio por el camino de grava, dando tumbos en los baches, y detrás un coche patrulla, y detrás otro, y detrás, más despacio, una ambulancia, con su cruz y sus luces.

Pararon a veinte metros de mí. Se abrieron las puertas.

Lo supe meses después, en el juicio, por las declaraciones, como supe casi todo lo de aquel día.

A las once y media, en la redacción del Courier , Vincent Shaw había abierto un sobre color hueso dirigido a él, con la letra que conocía todo Leeds y dos nombres al pie, y a las doce menos diez había llamado al jefe superior.

A las doce y cuarto, diez minutos después de que Malcolm gastara su llamada en dictarle siete palabras a una telefonista de la centralita de los buscas, el sargento de guardia del sótano les abrió la puerta de la celda.

Malcolm no subió a la tercera planta. Desde el mostrador del vestíbulo llamó a Cellnet y pidió que localizaran el teléfono del coche de Whitlock: la antena que lo recogía estaba en lo alto del valle, por encima de Otley.

Owen se pasó media hora marcando aquel número desde el coche, sin parar, mientras subían hacia Wharfedale con la sirena puesta.

Era el teléfono que yo había oído sonar a mi espalda al saltar la cancela.

A la una y veinte, un coche patrulla de Otley encontró el Rover en Ellercarr, con el cristal de atrás estrellado, el techo hundido y Whitlock sentado en el barro contra la puerta, sonriendo.

Rompieron la cadena de la cancela con unas tenazas y subieron.

Bajaba gente. Muchos. Uniformes negros, chalecos amarillos, gorras de plato con la cinta a cuadros. Corrían hacia mí. Abrían la boca. Uno levantaba los brazos, con las palmas hacia mí, y movía la boca, despacio, mucho, como se les habla a los sordos o a los locos o a los hombres que tienen un arma.

Seguí andando.

No levanté la cabeza. Miraba la grava. Miraba sus botas, que se paraban delante de mí y luego se apartaban, una por una, a los lados, como se aparta el agua delante de una barca. Miraba la cara de Ruth, debajo de la solapa de mi gabardina, con la aguanieve en las pestañas.

Alguien me tocó el brazo. Seguí andando.

Alguien se me puso delante. Un anorak. Unas zapatillas de deporte, empapadas, llenas de barro, que habían subido por ese camino corriendo, más deprisa que los coches. Unas zapatillas que conocía. Se pusieron delante de mí, en la grava, y no se apartaron.

Me paré.

No levanté la cabeza. Vi sus manos. Las vi venir hacia ella, hacia Ruth, despacio, abiertas, temblando. Las vi pararse a un centímetro de su cara, sin tocarla. Las vi cerrarse.

Luego las vi apartarse. Y las zapatillas se apartaron a un lado, y me dejaron pasar.

Seguí andando hasta la ambulancia.

Las puertas de atrás estaban abiertas. Dentro había luz, blanca, de hospital, y una camilla con una sábana.

Dos hombres con chaqueta verde y las manos enguantadas me esperaban a los lados, sin moverse, sin intentar cogérmela.

Alguien les habría dicho algo. Alguien les habría dicho que me la dejaran a mí.

Subí el escalón de la ambulancia con ella en brazos. La tumbé en la camilla. Le coloqué la cabeza en la almohada, recta, y el pelo, y las manos sobre el pecho, una encima de la otra, con el mechero dentro de la derecha.

Me di cuenta de lo que estaba haciendo cuando ya lo había hecho.

Le había cruzado las manos sobre el pecho.

Me quedé mirándolas. Sus manos cruzadas sobre el jersey verde. Como las de todas. Como las de Clara entre las tumbas, en una fotografía de 1963. Como las de Emma debajo del roble. Lo había hecho yo. Sin pensarlo. Con cuidado.

Le separé las manos. Se las puse a los lados, a lo largo del cuerpo, encima de la sábana. Y me quedé allí, de rodillas en el suelo de la ambulancia, al lado de la camilla, sin tocarla, mirándola.

No levanté la cabeza cuando me cogieron de los brazos.

No levanté la cabeza cuando me sacaron el revólver del bolsillo de la gabardina, con cuidado, con dos dedos enguantados, y lo metieron en una bolsa.

No levanté la cabeza cuando me pusieron las esposas, por delante, con las manos llenas de sangre, de la suya y de la mía, ni cuando un inspector de uniforme al que no conocía me puso la mano en el hombro y movió la boca muy cerca de mi cara, despacio, diciendo algo que conocía de memoria, que había dicho yo cientos de veces a otros, y que no oí.

Solo levanté la cabeza una vez. Al final. Cuando ya me llevaban hacia el coche patrulla, bajando por la grava entre dos agentes, con la aguanieve cayéndome en la nuca.

Owen estaba sentado en el suelo, en medio del camino, en el barro, con el anorak empapado y la cara entre las rodillas. Le temblaban los hombros. A su lado, de pie, con las gafas de culo de botella llenas de aguanieve y sin limpiárselas, estaba Malcolm, con una mano en el hombro de Owen, mirándome.

Malcolm me miró a los ojos. Y movió la boca. Una palabra. Una sola.

No la oí.

Pero la leí. La leí como se leen las palabras que uno lleva esperando toda la vida. La leí en sus labios gordos, temblando, mojados.

Perdón.

⁂

El primer sonido que oí, cuando volvió el mundo, fue el de una puerta.

Una puerta de hierro, pesada, con una mirilla a la altura de los ojos, cerrándose detrás de mí. El golpe del hierro contra el marco de hierro, sordo, definitivo. Y después, la llave. Dos vueltas. Y el cerrojo.

Lo conocía. Lo había oído miles de veces. Desde el otro lado.

Eran las nueve y diez de la noche del jueves 22 de febrero de 1996. Lo sé porque me lo dijo el sargento de guardia de la comisaría de Otley a través de la mirilla, cuando le pregunté la hora, con una voz que no reconocí, la primera palabra que dije y que oí desde la cabaña.

—Las nueve y diez, señor Grey —dijo.

Me senté en el banco de cemento. Me miré las manos. Todavía tenía su sangre en las uñas.

Y en la pared de enfrente, en el rectángulo de luz amarilla que entraba por la mirilla, alguien había rayado con una llave, hacía mucho tiempo, entre otros nombres y otras fechas, un sol pequeño. Un círculo con rayos.

No sé quién lo hizo. No lo he sabido nunca.

Me quedé mirándolo toda la noche.