El Cartero Capítulo 21. Cinco kilómetros #2
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Capítulo 21. Cinco kilómetros #2

Una habitación pequeña, con el suelo de losas de piedra.

Una pared encalada, con manchas de humedad que bajaban desde el techo como lágrimas sucias.

Una chimenea apagada, con ceniza vieja. Una mesa de madera, con una lámpara de parafina encima, apagada, y una taza.

Una estantería en la pared del fondo. Una viga negra, gruesa, de lado a lado del techo, a dos metros y medio del suelo.

Una cuerda colgando de la viga. Floja. Con los dos cabos sueltos, colgando, moviéndose un poco con el aire que había entrado conmigo por la puerta.

Y debajo de la cuerda, en una silla de cocina con el respaldo de barrotes, Ruth.

Conocía la silla. Conocía la pared encalada con las manchas de humedad.

Conocía las losas del suelo. Las había visto.

Las había visto en un sobre acolchado marrón, en el felpudo de mi portal, a las cinco y cuarenta de una mañana de enero.

Toby atado a esa silla. Toby tumbado en esas losas.

Perdón. Perdón. Perdón. Perdón. Ya está.

Estaba sentada. Con la cabeza caída hacia delante, sobre el pecho, y el pelo suelto tapándole la cara. Sin lápiz. La había visto muy pocas veces con el pelo suelto, y siempre de noche. Le pasaba ya de los hombros; le había crecido aquel invierno. Tenía más canas de las que yo creía.

Llevaba el jersey verde musgo. El de las coderas. El del primer día.

Tenía los brazos caídos. Las manos en el regazo, una encima de otra, con las palmas hacia arriba, como se ponen las manos para recibir algo. Las muñecas atadas con un trozo de la misma cuerda, todavía unidas a los cabos que colgaban de la viga.

Y por debajo de la silla, alrededor de la silla, hasta la pared, hasta casi la puerta, hasta casi mis zapatos, la sangre.

Un charco. Negro en el centro, rojo oscuro en los bordes, donde era más fino, con la superficie lisa y brillante como el barniz, reflejando la luz gris de la ventana.

Llenaba las juntas de las losas y se iba por ellas, despacio, en hilos, hacia la puerta, como el agua busca la salida en un suelo inclinado.

En el borde de la silla, en el borde del asiento, entre sus rodillas, se estaba formando una gota.

La vi formarse. Engordar. Colgar.

La vi caer.

No la oí.

⁂

No sé lo que hice primero.

Lo sé, porque me lo han contado. Porque la policía de Otley encontró mis huellas de zapatos en el charco, y las de mis rodillas, y las de mis manos, y reconstruyó con ellas lo que hice, paso a paso, en un plano de la habitación dibujado con regla, con flechas y números, que me enseñaron en una sala de Wakefield y que después vio el jurado. Lo sé por el plano. No lo sé por mí.

El plano dice que crucé la habitación en tres pasos, por encima del charco. Que me arrodillé delante de la silla. Que le levanté la cabeza con las dos manos.

Eso lo recuerdo.

Le levanté la cabeza con las dos manos, apartándole el pelo de la cara, y estaba caliente.

La cara. Todavía caliente. Gris, con los labios de un color que yo conocía, que había visto en treinta años de depósitos, el color de la ceniza con un poco de azul.

Los ojos entreabiertos. Grises. Mirando un punto en el suelo, entre mis rodillas, donde no había nada.

Ruth.

Lo dije. Sé que lo dije. Lo noté en la boca.

No lo oí.

Le busqué el pulso en el cuello, con dos dedos, debajo de la mandíbula, donde se busca. Donde lo había buscado cien veces sabiendo que no lo iba a encontrar, por el protocolo, para poder escribir en el informe que lo había buscado. Lo busqué. Apreté. Cambié los dedos de sitio. Apreté más.

Nada.

Le cogí las muñecas.

Los cortes eran largos. A lo largo, como había dicho él. Desde la base de la mano hasta casi la mitad del antebrazo, dos en cada brazo, limpios, sin marcas de duda. De un solo trazo. Abiertos como bocas. Ya no sangraban. Ya no quedaba nada que pudiera salir.

Tenía la cuerda clavada en la piel, por encima de los cortes, y los nudos eran de los que hacen los marineros y los boy scouts, apretados, mojados, imposibles. Tiré de ellos con los dedos y se me resbalaban. Tiré con los dientes.

El cuchillo estaba en el suelo, junto a la pata de la silla, en el charco.

Lo cogí.

Era el de mi madre. El de Sheffield, el de cocina, el del mango de madera oscura con los tres remaches de latón.

Con el que mi madre cortaba el pan de los domingos en Chapeltown, en la mesa de la cocina, contra el pecho, como se corta en Jamaica, hacia ella, y yo de niño cerraba los ojos porque me daba miedo que se cortara.

Lo cogí del charco, con la mano derecha, sin pensar, como se coge cualquier cosa, y corté la cuerda de las muñecas de Ruth con él.

No pensé en las huellas. No pensé en nada. Era un cuchillo y había una cuerda.

Lo pensé después. Mucho después. En una sala sin ventanas, cuando un inspector de Wakefield con gafas de montura dorada me puso delante una bolsa de plástico con el cuchillo dentro y me preguntó, con mucha educación, si lo reconocía. Entonces lo pensé.

En la cabaña, no.

En la cabaña solté el cuchillo, que cayó otra vez al charco, y le cogí las dos muñecas a Ruth con mis dos manos, y se las apreté, fuerte, con los pulgares encima de los cortes, como me habían enseñado en un curso de primeros auxilios en 1966, para parar una hemorragia.

Se las apreté como si todavía pudiera pararla.

Se las apreté hasta que me dolieron los dedos.

Y me la eché encima. La saqué de la silla.

La tumbé en el suelo, en las losas, en el charco, porque no había otro sitio, y le eché la cabeza hacia atrás con una mano en la frente y otra en la barbilla, y le tapé la nariz y le soplé en la boca.

Una vez. Dos. Le puse las manos en el pecho, en el esternón, una encima de otra, y empujé.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Le soplé en la boca. Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

El plano de la policía de Otley dice que estuve así once minutos. Lo dice por el charco: por cómo estaba removida la sangre alrededor de ella, por las marcas de mis rodillas, por las de mis zapatos al resbalar. Once minutos. Yo no lo sé. Yo no conté. Por primera vez en mi vida, no conté nada.

Sé que en algún momento paré.

Sé que paré porque se me acabaron los brazos. Como a ella.

⁂

Grité.

Estaba de rodillas en el charco, con ella delante, tumbada en las losas, con el pelo suelto abierto alrededor de la cabeza como una mancha oscura en la sangre, y grité.

Lo sé porque me dolió. Me dolió en el pecho y en la garganta y detrás de los ojos, como si me estuviera arrancando algo de dentro con las manos.

Abrí la boca todo lo que podía abrirse y grité, con la cabeza echada hacia atrás, hacia la viga, hacia los cabos de la cuerda que todavía se movían un poco.

No me oí.

No había nada. Ni el grito, ni el viento, ni la aguanieve en la ventana, ni el tictac del reloj en mi muñeca. Nada. Grité en el silencio más grande que he oído nunca. Grité hasta que no me quedó aire y seguí con la boca abierta, sin aire, gritando, sin oírme, como gritan las caras de los cuadros.

Como gritaba Toby en la tercera Polaroid, metido en la arcilla hasta el cuello.

No se oye un grito en una fotografía.

Lo escribí yo, unas cuantas hojas atrás, al contar lo de aquella Polaroid. Que no se oye un grito en una fotografía. Me equivoqué. Se oye. Lo que no se oye es el grito de verdad.

⁂

Cuando dejé de gritar, la cogí.

Me senté en el suelo, en las losas, en la sangre, con la espalda contra la pata de la mesa, y la cogí, y me la puse en las piernas, con la cabeza apoyada en mi brazo izquierdo, como se coge a un niño dormido.

Pesaba muy poco. Había adelgazado mucho.

Tenía los pómulos marcados, la piel de debajo de los ojos de un color casi violeta.

Las uñas rotas, mordidas hasta la carne.

Un hematoma amarillento, viejo, en la sien.

Le aparté el pelo de la cara. Se lo coloqué detrás de la oreja, como se lo colocaba ella cuando se le soltaba del lápiz, con el gesto de siempre, impaciente.

Le cerré los ojos.

Se los cerré como se los había cerrado a Toby bajo el puente de Armley, sin guantes, con dos dedos, despacio. Bien hecho, inspector , había dicho McCready. No había nadie que lo dijera.

Le puse la mano en el vientre, por encima del jersey verde. No sé por qué. No había nada que notar. No había nada que notar todavía. Y ya no iba a haber nada que notar nunca.

Me quedé con la mano allí.

Luego me acordé del mechero.

Lo saqué del bolsillo de la camisa, donde lo había llevado un mes, a la altura del corazón.

El de gasolina, el de la tapa de latón. Estaba caliente, del calor de mi cuerpo, como estaba caliente aquella noche en el suelo de mi salón, cuando se le cayó del bolsillo al levantarse.

Se lo puse en la mano derecha. Le cerré los dedos alrededor, uno por uno, como se los había cerrado Tom a Emma alrededor de una taza de té, en Otley, el tercer martes.

Guárdamelo , me había dicho.

Te lo he guardado.

Cuando esto acabe… Cuando acabe, te lo digo.

Le hablé. No sé cuánto rato. No sé qué le dije.

Le dije que ya había acabado. Que ya se había acabado todo.

Que me lo dijera. Que me dijera lo que me iba a decir.

Que la estaba esperando. Que no me había servido el tercero, mentira, que me había servido el tercero y el cuarto y que la había llamado, como le había prometido, y que no había contestado nadie.

Que había tardado un mes. Que el hombre que mira había tardado un mes en ver lo que tenía delante.

Que lo sentía. Que lo sentía. Que lo sentía.

Le besé la frente.

Estaba empezando a enfriarse.

⁂

En la estantería del fondo había cosas.

Las vi al levantarme, con ella en brazos. No las busqué. Estaban allí, a la altura de mis ojos, y las miré, porque era lo único que sabía hacer, incluso entonces. Primero se mira. Se aprende a vomitar después.