Capítulo 21. Cinco kilómetros
Para un hombre de cincuenta años, con zapatos de suela de cuero, por un camino de grava cuesta arriba, con aguanieve, con media botella de bourbon de la noche anterior todavía en la sangre y un revólver de un kilo tirándole del bolsillo de la gabardina, no lo sé.
No lo he calculado nunca. No he querido.
Sé que salí de la cancela a las doce y treinta y uno. Miré el reloj al caer en la grava, sin querer, como lo miraba siempre.
Y sé a qué hora llegué.
⁂
Los primeros quinientos metros los corrí como se corre cuando se cree que se va a llegar.
Deprisa, demasiado deprisa, con los brazos y las piernas y la cabeza por delante, con los zapatos resbalando en la grava suelta y el agua de los charcos saltándome hasta las rodillas.
El camino subía recto entre los dos muros de piedra, y los muros pasaban a los lados, negros, mojados, con musgo, con alambre de espino oxidado en lo alto, como pasan las paredes de un túnel.
Delante, la loma. Detrás de la loma, la niebla.
Todavía llegas.
Lo oía. Lo oía con su voz, con aquella voz correcta, en cada zancada. Todavía llegas. Todavía llegas. Y lo creía. Dios me perdone, lo creía. Lo creía porque lo había dicho él, y él no se equivocaba nunca.
A los quinientos metros me falló el aire.
No poco a poco. De golpe. Como si alguien me hubiera cerrado una mano alrededor de los pulmones y apretado.
Abrí la boca y no entraba nada. Me paré, doblado, con las manos en las rodillas, y el aire entró por fin, frío, con aguanieve, con un ruido de silbato roto, y me quemó por dentro hasta el estómago, y tosí, y escupí algo espeso en la grava.
Treinta años. Cuarenta al día. En comisarías sin ventanas.
Habrá sido de respirar el tuyo.
Me enderecé. Volví a correr. Más despacio. Con la mano derecha apretando el bolsillo de la gabardina para que el revólver dejara de golpearme la cadera a cada paso.
⁂
Coroné la loma a los diez minutos, o a los quince, no lo sé. Arriba se acababan los muros.
Allí empezaba el páramo. El camino seguía, una cinta de grava gris, más estrecha, sin muros a los lados, entre el brezo, y se perdía delante en la niebla, que estaba ahora tan cerca que no veía a cincuenta metros.
Brezo negro, mojado, a los dos lados, hasta donde se acababa el mundo.
Matas de hierba amarilla. Charcos de turba.
Piedras grises que salían del brezo como lomos de animales dormidos.
Y la aguanieve, cayendo de lado, sin ruido, sobre todo.
No había nada más. Ni una casa. Ni un árbol. Ni una oveja.
Brezo hasta el Washburn. Ni una casa en diez kilómetros.
Me paré otra vez. No porque quisiera. Porque las piernas se pararon solas.
Me quedé en medio del camino, jadeando, mirando la niebla, y por primera vez se me ocurrió que me había mentido.
Que no había cabaña. Que el camino seguía así, brezo y niebla, hasta el Washburn, hasta Pateley Bridge, hasta el fin del mundo, y que él lo sabía, y que había muerto sonriendo por eso.
Para que corriera hasta reventar detrás de una cabaña que no existía, mientras ella estaba en otro sitio, en otra viga, bajando los brazos.
El Cartero no ha mentido nunca.
No. Nunca. Ni una vez. Ni en doce cartas. Lo había dicho yo.
Corrí.
⁂
Fue en el páramo donde empecé a acordarme de ella.
No lo elegí. Venía sola, como viene el sueño cuando uno ha dejado de esperarlo. A trozos. Sin orden. Cada trozo con su sonido, como si me los estuvieran poniendo uno detrás de otro en el tocadiscos de mi padre.
Ruth en la sala de incidentes, la primera noche, con el jersey verde musgo de coderas y el lápiz atravesado en el moño, sin apartarse de la ventana.
La sangre. Miente menos. La franja pálida en el dedo anular, donde había estado un anillo que tiró al río Lee desde un puente de Cork, y que ella se frotaba con el pulgar cuando pensaba.
Ruth junto a la máquina del café, con el vaso de plástico en las manos frías. ¿Qué pasó en septiembre de 1963, Grey? Se te ha ido toda la sangre de la cara. Y yo de sangre sé un poco.
Ruth bajando conmigo por Roundhay Road bajo la lluvia, en diciembre, y resbalando en la acera de Spencer Place, y agarrándose a mi brazo, y no soltándolo hasta Sheepscar. Buenas noches, Sol. La primera vez. Desde la ventanilla de un taxi, con el pelo mojado.
Ruth en el suelo de mi salón, con la espalda contra la estantería de las Brontë, comiendo con los dedos de un envase de aluminio. Ruth diciendo ajá . Ruth diciendo ajá de cuarenta maneras distintas, y yo aprendiéndomelas todas, una por una, como se aprende un idioma.
Ruth en la escalinata del Ayuntamiento, la Nochebuena, con nieve en el pelo, entre los leones de piedra, a un palmo de mi cara. No quiero que te mire a ti , le dije. Ya me mira, Sol.
Ya me mira.
Me caí.
El pie derecho se me fue en una piedra suelta y caí de bruces en la grava, con las manos por delante, y me abrí las palmas, y la culata del revólver me golpeó en la cadera como una patada.
Me quedé un momento así, a cuatro patas, con la frente casi tocando el suelo, mirando las piedrecitas grises, mojadas, a un palmo de los ojos.
Mirando cómo la sangre de las manos se mezclaba con el agua de la aguanieve y se volvía rosa.
Rosa pálido. Como el esmalte.
Me levanté.
⁂
Fue en el páramo, también, donde empezó a irse el sonido.
No me di cuenta enseguida. Al principio solo noté que el viento hacía menos ruido.
Que había dejado de oírlo silbar en el brezo, aunque seguía viendo cómo lo doblaba, cómo lo peinaba hacia un lado, en olas, como se peina el pelo mojado.
Luego dejé de oír la grava bajo los zapatos.
Corría, y veía los zapatos caer en la grava, y veía saltar las piedrecitas, y no las oía. Luego dejé de oírme respirar.
Seguía respirando. Lo notaba. Lo notaba en el pecho, el fuego, el silbido roto, la boca abierta, el sabor a sangre en la garganta. Pero no lo oía.
Era como correr debajo del agua.
Un pájaro se levantó del brezo, a mi izquierda, a dos metros, uno de aquellos pájaros pardos de los páramos que gritan vuelve, vuelve . Lo vi abrir el pico. Lo vi gritar. Lo vi irse volando bajo, rozando las matas, hacia la niebla.
No lo oí.
Todavía llegas.
Eso sí lo oía. Era lo único que oía. Por dentro, con su voz.
⁂
No sé cuánto tiempo corrí por el páramo.
He intentado reconstruirlo muchas veces, con los mapas del juicio, con las fotografías aéreas que sacó la policía, con las declaraciones de los guardas del páramo y de un pastor de Askwith, que me vio desde lejos, a las doce y cuarenta, con su perro, y pensó que era un loco.
Con el informe del forense, que dijo a qué hora había muerto ella, con un margen de error que nadie quiso explicarme.
No me sirve de nada. Los números no me dicen nada de aquel camino.
Recuerdo que en algún momento dejé de correr y andaba, y que en algún momento volví a correr.
Recuerdo que vomité, sin pararme, de lado, sin dejar de andar, y que no me salió más que agua y bilis amarilla.
Recuerdo que me quité la gabardina porque pesaba como si estuviera mojada de plomo, y que la tiré en el brezo, y que al cabo de diez pasos volví a por ella, porque tenía el revólver en el bolsillo y no podía dejar el revólver en el brezo, porque era una prueba, porque yo era policía, porque los policías no dejan pruebas tiradas en el brezo.
Recuerdo que me la volví a poner. Que me reí, o lloré, no lo sé, sin oírme.
Recuerdo que hablaba. Que le hablaba a ella. Que le decía, en voz alta, sin oírme, con la boca llena de aire helado:
Aguanta. Aguanta, Ruth. Ya voy. Los brazos arriba. Arriba. Ya voy.
Y que en algún momento, en el brezo, a medio camino de ninguna parte, me di cuenta de que levantaba los brazos yo. Mientras corría. Los dos. Por encima de la cabeza. Como si pudiera sujetarle los suyos desde allí.
⁂
La cabaña apareció de golpe, como aparecen las cosas en la niebla. No estaba y estaba.
Al final del camino. Donde la grava se acababa en un círculo de barro y el brezo se levantaba alrededor como el borde de un plato.
Una casa pequeña, de piedra negra, baja, con el tejado de pizarra cubierto de musgo y una chimenea de ladrillo en un lado, sin humo.
Una ventana pequeña, con los cristales sucios y una cortina de cuadros por dentro, corrida.
Al lado, pegado a la pared, un cobertizo de tablones con el tejado de chapa ondulada.
Delante del cobertizo, un generador de gasóleo, verde, con una lona encima, sujeta con piedras.
Y la puerta.
Una puerta de madera, pintada de verde. De un verde que había sido bonito hacía muchos años, el verde de las puertas de las casas de campo de los calendarios.
Descascarillado. Con la pintura levantada a escamas y la madera gris asomando debajo, como la piel de un viejo debajo de una costra. Con un picaporte de hierro negro.
Estaba entornada.
Me paré delante. A tres metros. No sé por qué me paré. Llevaba no sé cuánto tiempo corriendo hacia aquella puerta y me paré a tres metros, en el barro, con el pecho reventado, y me quedé mirándola.
Una rendija. Dos dedos. Oscuridad dentro.
Primero mira.
No quería mirar.
Por primera vez en mi vida, delante de una puerta, no quería mirar.
Miré el reloj.
No sé por qué lo hice. Lo he pensado mil veces y no lo sé. Es lo único de aquel día que no me perdono, y no sé por qué. Levanté la muñeca y miré el reloj, como lo miraba siempre, en cada escena, al llegar, para apuntar la hora en la libreta. Llegada a la escena, 13:14.
La una y catorce.
Empujé la puerta.
⁂
Dentro estaba oscuro, y luego no.
La única luz era la de la ventana pequeña, gris, colada por la cortina de cuadros, y la que entraba conmigo por la puerta. Tardé un segundo en ver. Un segundo en el que solo olí.
Hierro. Hierro caliente, dulce, espeso, el olor de las carnicerías y de los mataderos y de las cocinas de las casas donde ha pasado algo. Y debajo, cal. Y tierra mojada. Y parafina. Y menta.
Menta.
Luego vi.