El Cartero Capítulo 20. La obra maestra #6
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Capítulo 20. La obra maestra #6

—Esta noche, cuando colgué tu llamada —dijo Whitlock, sin moverse, mirándome por encima del cañón—, me afeité.

Me puse una camisa limpia. Y fui a verla.

A las tres y media le abrí las venas de las dos muñecas.

A lo largo, Sol, no a lo ancho; tú sabes la diferencia.

Las venas, no las arterias. Y le até las manos con una cuerda que pasa por una viga, por encima de la cabeza.

Mientras tenga fuerzas para tener los brazos en alto, la sangre sale despacio.

Cuando se le cansen, los bajará. —Ladeó la cabeza—.

Es muy fuerte, tu doctora. Muy fuerte. Pero son muchas horas.

Bajé el brazo.

No lo decidí. El brazo bajó solo, como baja la cabeza de un hombre dormido. Me quedé con el revólver colgando a un lado, apuntando al barro, y me di la vuelta, y miré el prado y el fresno y la casa quemada, y grité.

No sé qué grité. No era una palabra. Era un ruido que no sabía que tenía dentro, que me salió del estómago y me rompió algo en la garganta y se fue por encima del muro hacia el páramo, y el viento se lo llevó, y no volvió.

Le di un puñetazo al coche.

Al techo. Con la mano izquierda. Y otro. Y otro. Y con la culata del revólver, en el cristal de atrás, que se estrelló en una telaraña blanca sin romperse. Y otro puñetazo, hasta que la chapa se hundió y la mano dejó de dolerme porque ya no la sentía.

Me volví. Le apunté otra vez.

Whitlock no se había movido. Estaba en el mismo sitio, en el barro, con el abrigo abierto y la corbata negra mojada, con el caramelo en la boca. Me miraba. Con paciencia. Con algo que en otro hombre habría sido ternura.

El cañón le tocaba el pecho. Lo sentí tocar algo duro. El esternón. La corbata. El botón de la camisa.

No podía.

Primero mira.

Mira, Sol. Mira qué te está haciendo. Mira lo que quiere. Mira la cuerda, mira la carta, mira las huellas, mira el cuchillo. Mira lo que vas a ser si aprietas. Míralo, como lo has mirado todo, como te enseñó tu madre: entiende qué le pasó.

No aprietes.

No aprietes.

El dedo en el gatillo. El metal frío y mojado. El temblor.

—Hazlo, Sol —dijo Whitlock. Muy bajo. Casi con cariño—. Por una vez en tu vida, no mires.

Se inclinó un poco hacia delante. Hacia el cañón.

—Hazlo.

Apreté.

⁂

No oí el disparo.

Lo sentí. En la mano, en el codo, en el hombro, un golpe seco que me subió por el brazo hasta los dientes. Y el olor. Pólvora quemada, caliente, dulce, en el aire helado. Y un pájaro, lejos, levantándose del brezo.

Whitlock dio un paso atrás. Uno solo. Chocó con la puerta del coche, y se quedó un momento así, de pie, apoyado, mirándome con cara de sorpresa, como si se le hubiera olvidado algo.

En la camisa blanca, a la izquierda de la corbata, había un agujero pequeño, negro, con los bordes chamuscados.

Luego se puso rojo. Luego el rojo se extendió por la tela, deprisa, como se extiende el vino en un mantel.

Resbaló despacio, con la espalda contra la puerta, hasta quedarse sentado en el barro, con las piernas estiradas y las manos abiertas sobre los muslos. El aguanieve le caía en la cara y se le quedaba en las pestañas.

Me arrodillé delante de él. No sé por qué. Me arrodillé en el barro, con el revólver todavía en la mano.

—¿Dónde está?

Me miró. Tenía los labios rojos. Respiraba con un ruido de agua, un gorgoteo pequeño, al fondo del pecho, donde antes estaba el silbido.

Sonreía.

—¿Dónde está, Graham? ¡¿DÓNDE ESTÁ?!

Levantó la mano derecha. Le costó. La levantó despacio, temblando, como se levanta algo muy pesado, y señaló con un dedo por encima de mi hombro. Me volví. El camino de grava. La cancela con la cadena. Los dos muros que subían hacia la loma y se perdían en la niebla.

—La cabaña… —dijo.

Le salía sangre por la comisura de la boca. Le bajaba por la barbilla y le manchaba la corbata.

—Cinco kilómetros…

Tosió. Un borbotón rojo, brillante, sobre la camisa. Me agarró la manga de la gabardina con los dedos, flojos, fríos, igual que me había agarrado Penrose en la escalera, igual que Shaw en The Kettle.

Y me miró a los ojos. Por última vez. Con aquellos ojos hundidos, de pozo, que ya no tenían fondo.

—Todavía llegas —dijo.

Y sonrió más. Con toda la cara.

Sabía que no.

Lo vi en su cara. Lo vi como lo había visto todo aquella mañana, tarde, demasiado tarde, cuando ya no servía de nada verlo.

Lo sabía. Lo había calculado como calculaba todo, a máquina, con papel carbón, sin una palabra de más: las horas, los brazos, la cuerda, la viga, los cinco kilómetros de un hombre de cincuenta años que fumó cuarenta cigarrillos al día durante treinta años y había bebido media botella esa noche. Lo sabía. Por eso me lo dijo.

Para que corriera.

Para que llegara.

Para que la viera.

Se le soltaron los dedos de mi manga. La cabeza se le fue hacia un lado, despacio, hasta apoyarse en la puerta del coche, en la chapa mojada.

Los ojos se le quedaron abiertos, mirando el prado, el fresno blanco.

La sonrisa no se le borró. No se le borró nunca.

En las fotografías del forense que me enseñaron meses después, en una sala del Crown Court de Leeds, todavía sonreía.

Me levanté.

Me guardé el revólver en el bolsillo de la gabardina. No lo pensé. Me lo guardé como se guarda uno las llaves.

Salté la cancela. La cadena tintineó contra el hierro. Caí del otro lado, en la grava, sobre las manos, y me levanté.

A mi espalda, dentro del coche, empezó a sonar el teléfono.

No me volví.

Eché a correr.