El Cartero Capítulo 20. La obra maestra #5
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Capítulo 20. La obra maestra #5

—Encontró lo de Correos en las cajas, pasándolas a máquina en la mesa de la cocina de su madre, a la luz de una lámpara.

Y luego encontró lo otro. Pidió una nota del Registro de la Propiedad de una finca rústica a nombre de mi padre, por debajo de la mesa, por fax, con un amigo de un amigo.

Tres semanas, Sol. Un chico de veintiún años con una Olympia portátil, en tres semanas, y vosotros no la habíais encontrado en cuatro años.

—Tosió—. Te lo iba a enseñar a ti primero.

A ti. Te llamó a ti. «Del cartero. Del de verdad.

» Le recogí en la parada a las siete y veinte.

Paré a su lado, bajé la ventanilla y le dije: «Suba, Fenn, voy a The Kettle a ver a Grey».

Y subió dándome las gracias. — Hizo una pausa—.

Cuando te estabas tomando el tercer café, iba en el maletero de este coche.

Al otro lado de la calle, a treinta metros de tu mesa.

Aparcado de culo junto a la tapia del patio, como siempre.

Me apoyé en el coche. En el techo. Con la mano izquierda. Era el mismo coche. Era el mismo techo. Toby, ahí detrás, en la oscuridad, donde iban ahora sus cajas, a treinta metros de mí, oyendo quizá el ruido de las tazas, el timbre de la puerta de The Kettle, la voz de Doreen.

—Y Beck —dijo Whitlock.

Le miré.

—Beck está en su cocina, Sol. Desde las seis menos cuarto de esta mañana.

Sentado en una silla, con una taza de té en la mesa y una bala en la cabeza.

Me abrió él. No dormía; nunca dormía, ya le oíste.

Estaba haciendo té y me abrió la puerta de atrás en camiseta, y me reconoció.

—Hizo un gesto con la barbilla, hacia mi mano.

Hacia el revólver—. Con ese. Con una bala de ese. La sexta. La que falta.

Miré el revólver.

Miré la recámara vacía, la que estaba debajo del percutor. Así nos enseñaban a llevarlos.

—En el sesenta y tres, Beck clasificaba en la mesa de al lado —dijo Whitlock—.

Una noche de abril me vio meter un sobre color hueso en la saca de la residencia de Headingley, a las cuatro de la mañana.

No dijo nada. Me miró, y yo le miré, y siguió clasificando.

Treinta y tres años. No me reconoció en todo este invierno, ni en los periódicos ni en la tele.

No me había mirado nunca. —Tosió—. Me reconoció en la sala tres.

Cuando le pregunté por las cartas sin matasellos.

Por eso miró al espejo, Sol. No te miraba a ti. No se atrevía a mirarme a mí.

No sé de qué me habla.

—Le dejaste sin coartada —dije—. El día de Toby. La llamada de las seis y media. El ahijado que lloraba.

—Lloré muy bien. —Asintió despacio—. A Beck le dices por teléfono que alguien está llorando con una botella en la mano y coge la bicicleta y se va a Bradford de madrugada, en pleno enero.

Era un buen hombre. Tenía cara de lo que fue.

—Hizo una pausa—. El viejo de la bicicleta que vio el niño de la calle de Dean, la noche de Bonfire, cuando le dejé la carta a Fairclough.

Con gorra, sin luces, muy tieso, como un cartero.

También era yo. Me pareció justo que se pareciera a él.

⁂

—Dime dónde está.

—Ahora te lo digo.

Se sacó el tubo de caramelos del bolsillo del abrigo, rasgó el papel despacio y se metió uno en la boca. Dobló el trocito de papel en cuatro. Se lo guardó.

—Esta mañana, a las seis y media, he dejado dos cartas —dijo—.

En mano, sin sello, como las otras. Una en el buzón de la fiscalía de la Corona, en Park Square.

Otra en el del Courier , a nombre de Vincent Shaw.

A estas horas ya las han abierto. Las he firmado con los dos nombres.

Graham Whitlock. El Cartero. —Me miró—. Cuento las doce.

Una por una, con sus nombres, con sus fechas, con lo que les hice y dónde.

Cuento lo de Fenn. Y cuento lo de Clara, Sol, todo, desde la conferencia de Penrose. No me dejo nada.

»Y al final digo que la doctora Kavanagh y Harold Beck no son míos. Que pregunten al inspector Grey.

No le entendí. Durante un segundo, no le entendí. Las palabras me llegaron como llegan las de un idioma que uno habló de niño y ha olvidado.

—El Cartero no ha mentido nunca, Sol —dijo Whitlock, con suavidad—. En doce cartas. Ni una vez. Cada fecha, cada hora, cada árbol, cada detalle. Lo has dicho tú. Lo ha dicho Hartley en la tele. Lo dice Shaw todas las semanas en su columna. Lo sabe todo Leeds. El Cartero no miente.

»Beck tiene en la cabeza una bala de ese revólver.

Ese revólver tiene tus huellas. Yo llevaba guantes; tú no.

Tú te has pasado la noche bebiendo solo en tu casa, sin nadie que te vea, y a las dos de la mañana me has llamado gritando, borracho, por una mujer que no te contestaba al teléfono.

Lo sabe la centralita. Pratt ha apuntado a las siete y cincuenta y dos que salías de mi despacho con prisa.

—Se tocó el pecho, la corbata, donde le apoyaba el cañón—.

Y dentro de un rato, cuando me dispares, tendrás la pólvora en la mano.

—No te voy a disparar.

—Sí.

—No.

—Y en la cabaña, al lado de ella, en el suelo, está el cuchillo de tu madre.

—Lo dijo despacio, para que lo oyera bien—.

El de cocina, el de Sheffield, el del mango de madera oscura con tres remaches de latón.

Lo cogí en noviembre de tu cajón de los cubiertos, una noche que te quedaste dormido en el sillón con la puerta sin echar el pestillo.

Tienes que tener más cuidado, Sol. Lo has buscado, ¿verdad?

Lo buscaste hace semanas y no lo encontraste.

No me moví.

—Dos mujeres embarazadas muertas en la vida del inspector Grey —dijo Whitlock—. Eso es lo que va a decir el fiscal. Ya lo verás. Lo he escrito yo antes que él.

—¿Embarazadas?

Me miró. Y entonces le vi la cara que no le había visto nunca, en treinta años. La que había tenido detrás de la cara de siempre, todo ese tiempo, como el papel pintado de flores debajo del humo en las paredes de la granja.

—Te lo voy a contar, Sol. Pero no te voy a contar cómo. Eso te lo vas a contar tú solo, todas las noches, el resto de tu vida, a oscuras. Como yo me contaba la fiesta.

»La saqué de su piso el lunes 22 a las seis y diez de la mañana.

Me abrió ella, en bata, con el pelo suelto.

«¿Inspector jefe? ¿Ha pasado algo?» Le dije que sí.

La llamada a ti la hizo desde una cabina, en un apartadero de la carretera de Ilkley, a las siete y media, con la puerta abierta, el motor de este coche en marcha a un metro y el cuchillo de tu madre en el cuello.

Le dije lo que tenía que decir. Lo dijo bien.

Lo de su padre no me lo esperaba. —Se le movió algo en la boca—.

Me di cuenta después, conduciendo. Tenía la ficha del personal en mi caja fuerte.

Padre: fallecido, 1984. Me reí, Sol. Me reí solo en el coche hasta que me dio la tos. Y luego esperé. A ver cuánto tardabas.

»Un mes. Con su mechero en el bolsillo de la camisa. Lo dijiste por teléfono: «Tengo tu mechero». Yo estaba al lado, oyéndolo.

»Ha sido mía un mes, Sol. Un mes entero. Tú tuviste una noche con Clara. Yo he tenido treinta noches con la tuya.

—Cállate.

—Está embarazada. —No se calló—. De mí. Vomita por las mañanas desde hace dos semanas. Lo supo ella antes que yo. Me lo dijo el domingo, a oscuras, como quien escupe. Para hacerme daño, creo. No sabía que era lo que yo quería.

»En 1963 ella iba a tener un hijo tuyo, y no mío. Hoy la tuya va a tener uno mío. Y no lo va a tener.

—CÁLLATE.

—Y ahora mismo se está desangrando.

Le apunté a la cara.

El brazo no me obedecía. El revólver pesaba como si fuera de plomo macizo, como si tirara de mí hacia el suelo, hacia el barro, y el cañón daba vueltas, pequeñas, rápidas, delante de su cara gris, de su boca, de sus ojos, y el aguanieve me caía en los ojos y no veía, y me limpiaba con el antebrazo y volvía a apuntar.