Capítulo 20. La obra maestra #4
—Le escribí al día siguiente. Y todas las semanas, durante un año.
Ya lo sabes; te lo conté yo, en la carta de la comisaría.
Las metía en la saca de su residencia a las cuatro de la mañana, ya clasificadas, con su sello, y por la mañana se las llevaba el cartero con las demás.
Era fácil. Nadie mira lo que ya está clasificado.
—Me miró—. Y luego iba a buscarla a la salida de las conferencias de los jueves, y le llevaba el abrigo, y ella me las leía.
Mis cartas. A mí. Riéndose. «Mi cartero.
» «¿No serás tú mi cartero?», me decía, delante de Penrose.
Y yo le decía que los de Correos no escribimos cartas, que bastante tenemos con clasificarlas.
El chico de Correos. Con el abrigo de ella en el brazo.
Beck no. Él.
—Un año, Sol. Un año entero. Y tú tuviste una noche.
Lo dijo sin rencor. Lo dijo como se dice la hora.
—Una noche. En una fiesta. Ella borracha y tú con dieciocho años y la camisa de tu padre.
Y se quedó embarazada de ti. De ti, que no le habías escrito nunca ni una línea, que no sabías ni cómo se llamaba el templo de Coricancha.
—Se le movió algo en la cara, por debajo de la piel cerosa—.
Me lo contó en julio. En un banco de Woodhouse Moor, comiéndose un helado.
Ya te lo había contado a ti, y tú le habías dicho que ibas a ocuparte de los dos.
Me lo dijo así. «Se va a ocupar de los dos, Graham. » Como si yo tuviera que alegrarme.
—Discutisteis —dije. No sé por qué lo dije. Me salió solo. La voz del interrogador, la que no se apaga nunca.
—Discutimos. —Asintió—. Le dije cosas que no debía. La agarré del brazo. Le dejé una marca, aquí. —Se tocó el antebrazo izquierdo con dos dedos—. Ella no te lo contó nunca. No te habló nunca de mí. Nunca, Sol. Ni una vez en todo aquel verano. Como si yo no existiera.
»El 21 de septiembre hacía un año que nos habíamos sentado juntos en la conferencia de Penrose.
Le pedí que nos viéramos en el cementerio de Woodhouse, ya de noche, porque allí íbamos a veces a leer en los bancos.
Iba a decírselo. Que el cartero era yo. Iba a darle un regalo.
—Me miró—. Una maza de bronce en forma de estrella, del tamaño de un antebrazo, que había sido de un rey inca y que estaba en una vitrina del sótano de Penrose con la llave puesta.
La cogí el jueves, después de la conferencia.
No la echaron en falta hasta el lunes, el día del cumpleaños del viejo.
Y tú has creído todo este invierno que la robaron cuando ella ya estaba muerta.
»Llegó a las ocho y media. Con la diadema.
Le di la maza envuelta en papel de estraza y se rio, y me preguntó si me había vuelto loco.
Y antes de que pudiera decirle nada, antes de que pudiera decirle lo de las cartas, me dijo que iba a tener el niño.
Que se iba a casar contigo. Que había quedado contigo a las nueve, en la escalinata del Ayuntamiento, para decírtelo, y que no podía llegar tarde.
Se calló. Tosió. Esta vez tardó mucho en terminar. Cuando apartó el pañuelo, la mancha era grande, del tamaño de una mano de niño. No la dobló. Se lo guardó así, abierto, en el bolsillo del abrigo.
—Llegó tarde —dijo.
No dije nada.
No podía. Tenía la boca abierta y no me salía nada, ni aire.
Estaba otra vez en la escalinata del Ayuntamiento, entre los leones de piedra, a las nueve en punto de una noche de septiembre de 1963, con dieciocho años y la camisa planchada, mirando el reloj de la torre.
Las nueve y diez. Las nueve y media. Las diez. Las once. Esperándola. Mientras él…
—La dejé con cuidado —dijo Whitlock—. Le crucé las manos sobre el pecho.
Le puse un girasol entre los dedos, porque le gustaban.
Había un puesto de flores en la esquina de Woodhouse Lane, y en septiembre todavía tenían.
Le arreglé la diadema. Le cerré los ojos.
—Hizo una pausa—. Y luego volví a casa andando y me lavé las manos en la pila de la cocina, y mi madre me preguntó si quería té, y le dije que sí.
El domingo por la mañana entré en su residencia por la puerta de la lavandería y saqué de debajo de su cama la caja de galletas con mis cartas.
Las tengo todas, Sol. Atadas con su cinta verde.
»A ti fueron a buscarte el domingo, a casa de tus padres.
Lo sé porque fui a mirar. El lunes por la tarde te vi salir de los calabozos del Ayuntamiento, con la cara hinchada, y a tu padre esperándote en la puerta con la mano quemada.
Me quedé en la acera de enfrente, al lado de la parada del autobús.
Tu padre me miró. Un segundo. Y no me vio.
—El sargento Haigh —dije.
—Haigh era un borracho y un animal. No me hizo falta nada.
Bastó con que tú fueras negro. —Whitlock se encogió de hombros—.
La declaración diecisiete, la de Penrose, la del chico de Correos con el abrigo en el brazo, la saqué yo de la caja en el setenta y cuatro, en la mudanza, cuando nos mandaron a media brigada a cargar cajas al sótano.
Te lo dije a la cara en diciembre, Sol. En mi despacho.
«Yo estuve en aquella mudanza.» Te lo dije. Y no lo oíste.
Tosió.
—Entré en la policía en el sesenta y cinco.
Un año después que tú. Para estar cerca.
Para verte caer. Porque un chico negro de Chapeltown que había estado en un calabozo por la muerte de una chica blanca no podía durar mucho en la policía de Leeds.
Eso pensaba. Pensaba que se iban a encargar ellos.
Que no iba a tener que hacer nada. —Se rio, bajito, y la risa se le rompió en tos—.
Y no caíste. Te hiciste inspector. Te hiciste el hombre que mira.
Kirkstall, en el setenta y nueve. Yo llevaba cuatro meses con aquello y tú llegaste y lo cerraste en dos semanas con una caja de cerillas de un hotel de Harrogate.
Salió tu foto en el Post . «El hombre que mira. » Yo la recorté. La tengo todavía.
»Y luego, en el noventa y uno, el médico me enseñó una radiografía a contraluz y me dijo que tenía cáncer de pulmón.
A mí. Que no he fumado un cigarrillo en mi vida.
Y tú, que fumabas cuarenta al día en comisarías sin ventanas, delante de mí, durante treinta años, echándome el humo a la cara, tú te habías jubilado el año antes, con una fiesta, con una placa, con tus clases nocturnas y tus discos de jazz.
Sano. Tranquilo. «Una vida sencilla. Pero completa.
» Te lo oí decir en la fiesta, con un vaso de bourbon en la mano.
Lo dijiste con los ojos cerrados, Sol. Como si fuera verdad.
Me miró.
—Así que te escribí.
—A mí no —dije. Tenía la voz rota—. A ellas. Les escribiste a ellas. A sus madres, a sus padres…
—A ti. —Lo dijo con una paciencia infinita—.
Todas eran para ti. ¿Todavía no lo has entendido?
Doce chicas. Doce girasoles. Doce mediodías.
¿De verdad creías que le rezaba a un dios inca, Sol?
¿De verdad creías que me importaban Inti y las vírgenes del sol y los templos de Cuzco?
Eso era para ellos. Para Hartley y para Pike y para los periódicos.
Para que tuvieran algo que perseguir. —Dio un paso hacia mí.
El cañón del revólver le tocó la corbata—.
Los girasoles miran al sol, Sol. Lo dijo una alumna tuya, en tu clase, en primera fila; me lo contaste tú, en octubre, en mi despacho.
Las doce del mediodía es la hora del sol.
Te estaba llamando a ti. Durante cuatro años, cada vez, te estaba llamando a ti. Y tú no venías.
»Así que le dije a Hartley, un día, en la máquina del café, como quien no quiere la cosa, que Grey daba clases de asesinos en serie en la universidad.
Qué pena que estuviera retirado. Fue solo, Sol.
Un chico listo. Fue a buscarte él solo, y te trajo, y tú subiste aquellos cincuenta y seis escalones contándolos, como siempre, y entraste en mi sala, y miraste mis Polaroids.
—Sonrió otra vez—. Todo era para llamarte a ti.
El aguanieve caía entre los dos. Le caía a él en la cara y no parpadeaba.
—Tom —dije.
—Tom. Con una gorra, una barba postiza y unas gafas de concha que me compré en Bradford. Doce años sin beber, les decía. Sin haber bebido nunca. —Tosió—. Las chicas como Emma no buscan a un hombre, Sol. Buscan a un padre que no grite. Yo sé no gritar. Lo sé mejor que nadie.
»La filtración a Shaw era yo. El apodo se lo di yo, desde una cabina, porque lo soltó Pike en la sala y me gustó.
Era el nombre que me puso ella. Las acciones de HOLMES que se me acercaban las cerraba yo, con mi código, porque las acciones las reparto yo.
Las floristerías, las carretillas, las fincas rústicas.
Pike terminó de encontrarlo anoche. Once acciones.
Y encontró mi nombre en las listas de Fenn, en la página cuarenta y tantos, entre los temporeros del turno de noche de City Square: Whitlock, G.
, 1962-63 . Pike no sabe salir de HOLMES sin dejar huella.
Yo sí sé leerla. —Se encogió de hombros—.
Él y Hartley iban a ir esta mañana al jefe superior, a las ocho y media.
Lo tenían hablado desde la cabina de la calle de atrás, todas las noches, a las once.
Las llamadas que tú veías, Sol, desde la sombra de la tapia, sin decírselo a nadie.
Yo también las veía. Y las apunté en un informe, con fecha y hora, como sospechas de revelación de secretos.
A las siete menos cuarto los he mandado al sótano.
Pratt y Hollins. Por orden mía. Les he ahorrado el viaje.
—Señaló con la barbilla la parte de atrás del coche—.
Las cajas de Fenn van ahí, en el maletero.
—Toby —dije.
Fue lo único que pude decir. El nombre.
Whitlock se quedó callado un momento. Miró hacia el fresno del prado, blanco de aguanieve.
—Fenn era un entrometido —dijo.
Lo dijo así. Sin más. Como se dice de un vecino que mira por la ventana.