Capítulo 20. La obra maestra #3
Busqué como no había buscado nunca. Como se busca a alguien que es tuyo.
En la casa quemada, primero, saltando por encima de las vigas caídas, entre los cascotes y las ortigas secas, con el revólver en la mano, gritando su nombre.
¡Ruth! El eco me lo devolvía de las paredes sin tejado, más pequeño.
Subí por una escalera de piedra hasta el primer piso, que no tenía suelo, solo las vigas, y miré desde allí arriba.
Nada. Bajé al sótano, un agujero con tres escalones y agua negra hasta los tobillos, y palpé las paredes a oscuras, y me corté la mano con un cristal. Nada.
En el establo había pesebres de piedra, una rueda de carro, un saco de pienso reventado y lleno de cagadas de rata.
En el pajar, paja vieja, gris, podrida, que levanté con las manos a puñados, desesperado, como un perro que escarba, hasta el fondo, hasta la piedra.
Nada. Miré dentro del abrevadero. Metí el brazo en el agua verde hasta el hombro. Nada.
Crucé el prado hasta el fresno.
Tardé mucho. El prado estaba encharcado, con matas de juncos y montículos de nieve vieja, sucia, en la sombra de los muros. Me hundía hasta los tobillos. Se me salió un zapato y volví a buscarlo con la mano en el barro. Cuando llegué al fresno, jadeaba. Me apoyé en el tronco.
Debajo del fresno no había nadie.
Hierba aplastada por la nieve. Una piedra. Excrementos de oveja. Ni un girasol. Ni una diadema. Ni la tierra removida. Nada.
Me di la vuelta y miré hacia abajo, hacia la granja, hacia el coche.
Whitlock estaba de pie junto al Rover, con el abrigo azul marino, apoyado en el capó, con el paraguas negro de golf abierto. No se había movido. Miraba hacia mí. Desde allí arriba parecía un hombre que espera un autobús.
Volví a bajar. Busqué otra vez. En el establo, en la casa, detrás del muro caído, en un cobertizo de chapa que no había visto la primera vez, con una segadora oxidada dentro y un nido de golondrinas vacío en la viga.
Grité su nombre hasta que me quedé ronco.
Una urraca se levantó del muro, sola, blanca y negra contra el gris, y se fue volando hacia el páramo, por encima del camino de grava.
Una para la pena.
Me paré delante de la cancela de la cadena. Miré el camino que subía.
—¿Qué hay ahí arriba?
—Páramo —dijo Whitlock desde el coche. Tuvo que levantar la voz por el viento, y le dio la tos—. Brezo hasta el Washburn. Ni una casa en diez kilómetros. Las granjas de arriba se abandonaron en la guerra.
Miré el reloj.
Las doce menos cuatro.
Me quedé allí, delante de la cancela, con la mano cortada sangrándome dentro del bolsillo, alrededor de la culata del revólver, mirando el reloj. Las doce menos tres. Menos dos. El aguanieve me caía por el cuello. Menos uno.
Las doce.
No pasó nada.
No se oyó nada. Ni un coche. Ni un motor. Ni una voz. Solo el viento en el muro caído y el agua goteando de las vigas quemadas, y a lo lejos, por encima de la loma, un pájaro del páramo que gritaba algo que en inglés suena a vuelve, vuelve, vuelve .
A la hora en que las sombras desaparecen. No había sombras. No había sol. El cielo estaba blanco y bajo, y el mundo entero tenía la misma luz sin dirección de los quirófanos.
Las doce y cinco.
Las doce y diez.
Volví al coche. Despacio. Ya no corría.
Whitlock había cerrado el paraguas. Estaba apoyado en la puerta del conductor, con el abrigo desabrochado, sin guantes. Debajo llevaba el traje gris, la camisa blanca, la corbata negra del funeral de Toby. Tenía el pelo blanco mojado, pegado a la frente. Me miraba venir.
—No viene —dije.
—No.
—No va a venir, Graham. Nos ha traído aquí para… Mientras nosotros estamos aquí, él está… —Me apoyé en el techo del coche con las dos manos. Estaba helado—. Ella está…
El busca me sonó en el cinturón.
Me quedé quieto. Un segundo. Dos.
Lo saqué. Lo giré para que la luz blanca del cielo diera en la pantallita. Tenía las manos mojadas, temblando, y la sangre del corte se me había secado en la palma, y tuve que limpiar el cristal con el pulgar para poder leer.
WHITLOCK NOS HA ENCERRADO. CUIDADO. DONDE ESTAS
Lo leí una vez.
Lo leí otra vez.
Las letras verdes temblaban un poco, como tiemblan siempre en esas pantallas, como si respiraran.
WHITLOCK NOS HA ENCERRADO. Sin signos de interrogación, porque los buscas de entonces no los tenían.
Me acuerdo de que pensé eso. Me acuerdo de que lo primero que pensé, de pie junto al coche, con el aguanieve cayéndome en la nuca, fue que faltaba una interrogación.
Levanté la vista.
Whitlock me estaba mirando. Apoyado en la puerta del Rover, con las manos en los bolsillos del abrigo, tranquilo, con la cara gris y los ojos hundidos, de pozo. Me miraba como me había mirado treinta años. Correcto. Un poco frío.
—Pike —dijo—. ¿Verdad?
No contesté.
—Tenía derecho a una llamada. —Sacó el pañuelo, tosió en él, lo dobló en cuatro—. Siempre ha sido muy reglamentario.
⁂
—¿Qué es esto, Graham?
Lo dije bajo. Sin moverme. Con el busca todavía en la mano izquierda.
Whitlock se guardó el pañuelo. Se apartó del coche. Dio un paso hacia mí, uno solo, y se quedó quieto en el barro, con el aguanieve cayéndole en el pelo blanco.
—Es la verdad, Sol.
Sol.
Nunca. En treinta y un años. Ni en Kirkstall, ni en la fiesta de mi jubilación, ni en el bar de abajo, ni en su despacho con las persianas bajadas y la corbata aflojada mientras yo le contaba lo de Clara. Nunca. Grey. Siempre Grey. En la comisaría todo el mundo me había llamado Grey.
Me habían llamado Sol tres personas en mi vida. Mi padre. Clara. Ruth.
Y él lo dijo como lo decían ellos. Con la ele suave, al final, apoyándose en ella. Como quien lo ha dicho muchas veces. Como quien lleva treinta años diciéndolo a solas, en voz baja, para sí mismo, delante del espejo.
Y entonces se me cayó todo encima.
No en orden. No como se cuenta. Todo a la vez, de golpe, como se cae una estantería entera cuando cede la balda de arriba y arrastra a las demás.
La una y diez de la madrugada, en la sala de incidentes, la noche de Abena, y él entrando afeitado, con camisa blanca y la corbata anudada.
A mi edad, Hartley, uno duerme poco y mal.
La hoguera de Roundhay, la noche de Bonfire.
Con los cohetes no se oye el busca. El hotel de Harrogate, la noche de Charlotte, adonde se había ido a dormir dos horas.
La lista de las reuniones de Alcohólicos Anónimos, pasada a máquina, con la grapa paralela al borde.
La tarjeta de Tom, la del monedero de Joanne, con el nombre y el teléfono escritos a máquina, como un contable .
Los caramelos de menta. El pañuelo doblado en cuatro.
¿Llegaste a leer alguna? ¿Reconocerías la letra?
La declaración diecisiete, la que se perdió en una mudanza.
Yo estuve en aquella mudanza. Tú también.
La mano en mi hombro, un segundo de más. Ya no lo cargas solo.
Las acciones las reparto yo.
Siempre el sol. Llevo meses diciéndoselo a esta gente.
Los girasoles. Doce girasoles, girados hacia el cielo. Doce Polaroids, cada una con su hora en rojo, las doce. El reloj completo, clavado en el corcho, con Leeds en el centro.
El sol.
Sol.
—No —dije.
—Sí.
—No. —Di un paso atrás. Choqué con el coche—. No. No, Graham.
—Me gustaría que me miraras, Sol. —Lo dijo con mucha suavidad. Con paciencia. Como se le habla a un alumno que no entiende algo sencillo—. Tú, que miras tanto. Mírame una vez. Llevo treinta y tres años esperando a que me mires.
Saqué el revólver.
Lo saqué del bolsillo sin pensarlo, como se saca la mano para no caerse. Le apunté. Al pecho. A la corbata negra. El brazo me temblaba tanto que el cañón dibujaba círculos en el aire, pequeños, rápidos.
Whitlock lo miró. Luego me miró a mí. No se movió.
—Bien —dijo—. Para eso te lo di.
—¿Dónde está?
—Viva. Todavía.
—¿DÓNDE ESTÁ?
—Si me disparas ahora, no lo sabrás nunca.
—Ladeó la cabeza—. Si me pegas, tampoco.
Si me tiras al barro y me pones la rodilla en el cuello, tampoco, y además me matarías, que estoy muy flaco.
—Sacó algo del bolsillo del abrigo. Las llaves del Rover, con su llavero de cuero.
Las balanceó un momento, delante de mí, colgando de un dedo—. Y esto no lo vas a necesitar.
Las lanzó por encima de mi hombro, hacia el muro caído. Las oí caer en la charca. Un ruido pequeño, sordo, en el agua negra. Plop.
—Me vas a escuchar diez minutos, Sol. Diez minutos, después de treinta y tres años. No es mucho pedir.
—Graham, por Dios…
—Por Dios, no. —Sonrió. Por primera vez desde que le conocía, le vi sonreír de verdad, con toda la cara, con los ojos—. Ni por Dios, ni por Inti. ¿Todavía no lo has entendido?
⁂
Me lo contó allí, de pie en el barro, junto al coche, con el aguanieve cayéndonos encima a los dos.
Sin prisa. Con su voz correcta, sin una palabra de más, como dictaba los informes.
De vez en cuando le daba la tos, y se volvía hacia un lado, y escupía en el pañuelo, y lo doblaba en cuatro, y seguía.
Yo no bajé el revólver. Él no lo miró ni una vez.
Lo he escrito muchas veces, en estas mismas hojas, y lo he roto muchas veces. Lo escribo ahora tal como lo oí. No sé hacerlo de otra manera.
—Yo la conocí primero —dijo—. Eso quiero que lo sepas antes que nada.
En septiembre de 1962. En una conferencia abierta de Penrose, en el aula grande de Arquitectura, un jueves, sobre los templos del sol de Cuzco.
Yo tenía diecinueve años y trabajaba de noche en City Square clasificando cartas, porque mi padre decía que antes de estudiar Derecho tenía que saber lo que era ganarse un sueldo.
Ella se sentó a mi lado porque no quedaban sitios.
Llevaba una diadema ancha, de terciopelo negro, y se la sujetaba con un dedo cuando se reía, para que no se le cayera.
Se rio de algo que dijo Penrose y me miró para ver si yo también me reía.
Y yo me reí. Fue la primera vez que me reí de algo que no tenía gracia.
Tosió.