El Cartero Capítulo 20. La obra maestra #2
86%

Capítulo 20. La obra maestra #2

Whitlock no contestó. Paró en el semáforo de Wellington Street, con las dos manos en el volante, a las diez y diez, como enseñan en las autoescuelas. Se puso verde. Arrancó despacio.

—¿Cómo sabe dónde vives? —dije.

—Como sabe dónde vives tú.

⁂

No fuimos derechos al norte. Lo pidió Whitlock, y tenía razón.

—Primero el huerto —dijo—. Si la carta es para sacarnos de Leeds, quiero haber mirado en el huerto antes de irnos. Tenemos tiempo.

Bajamos por Kirkstall Road con el sol a la espalda.

Los huertos estaban como en diciembre, como en octubre, como siempre: los cobertizos de madera, las cañas de las judías del año anterior atadas en haces, los girasoles muertos, negros, doblados sobre sus tallos como viejos que se han quedado dormidos de pie.

La escarcha brillaba en los surcos. Detrás, entre los árboles desnudos, las ruinas de la abadía, rosadas al sol.

Whitlock se quedó en el coche, con el motor en marcha. Tosía.

—Yo no puedo correr, Grey —dijo—. Mira tú.

Fui solo. Por el sendero de ceniza, entre las parcelas, deprisa, con la mano derecha en el bolsillo de la gabardina, alrededor de la culata del revólver.

La parcela treinta y uno. La cancela de alambre.

El cobertizo verde. El candado no estaba.

La puerta estaba entornada, y se movía un poco con el aire, y chirriaba.

Me paré delante.

Ábrela, Sol.

No.

Ábrela. Ella puede estar ahí. Ella puede estar ahí desde hace un mes, a tres kilómetros de tu casa, debajo de un suelo de tierra, mientras tú abrías y cerrabas su mechero.

La abrí con el pie.

No había nada. El suelo de tierra apisonado, liso, con el rectángulo de la zanja de las judías cubierto de estiércol y paja. La pala colgada en su clavo. La carretilla de rueda de goma, boca abajo. Un saco de cal. Una taza de esmalte con un poso de té helado. Olía a tierra y a caballo y a frío.

Me quedé allí dentro un rato largo, respirando aquel olor, con la mano en el revólver. Luego salí y cerré la puerta, y volví al coche sin correr.

—Nada —dije.

—Me lo imaginaba. —Whitlock quitó el freno de mano—. Pero había que mirar.

Subimos por la carretera de Otley, por Headingley. Pasamos a doscientos metros de la calle de Ruth, de la casa alta de ladrillo, de la escalera de incendios negra como una costilla. Volví la cabeza. Vi la torre de St Michael por encima de los tejados, un segundo, entre dos edificios, y luego ya no.

⁂

Pasado Bramhope, el sol se fue.

No se fue de golpe. Se fue como se van las cosas en Yorkshire, sin avisar y sin despedirse: una nube larga, gris, que venía del oeste por encima del valle, y luego otra, y luego el cielo entero bajó un palmo y se volvió del color del agua de fregar.

La luz se apagó en los campos. Los muros de piedra seca se volvieron negros.

Cuando bajamos la cuesta hacia Otley y vimos el valle del Wharfe abajo, el río y el puente y los tejados, ya no había sombras en ningún sitio.

Otley. La primera vez que había ido allí aquel invierno había sido en octubre, en el Cavalier de Owen, a ver el roble debajo del cual habían dejado a una chica de diecinueve años con un girasol en las manos.

Emma. La camarera. La del calendario de los números.

Cruzamos el puente sobre el Wharfe. El agua bajaba crecida, marrón, con espuma, haciendo ruido contra los pilares.

Cogí el teléfono del coche.

—¿Qué haces? —dijo Whitlock.

—Llamo a Owen.

—Grey.

—A su casa. Solo a su casa. Que sepa alguien dónde estamos.

Whitlock no dijo nada. Siguió conduciendo. Marqué el número de Owen, el de su piso de Chapel Allerton, que me había dado en noviembre apuntado en un posavasos del Black Swan. Sonó. Sonó. Sonó doce veces. No contestó nadie.

Marqué la extensión de Malcolm en la tercera planta. Contestó Hollins, con su voz de Bradford.

—Brigada de Homicidios.

—Soy Grey. ¿Está Pike?

Un silencio. Un silencio un poco largo.

—Pike no puede ponerse, señor Grey.

—¿Por qué?

—El inspector jefe le ha mandado a hacer una cosa.

Colgué. Me quedé con el teléfono en la mano, mirándolo, como si el teléfono tuviera la culpa.

—Te he dicho que no llamaras a nadie —dijo Whitlock, sin enfadarse.

Con cansancio—. Les he mandado a casa de la hermana de Beck.

A Hartley y a Pike. Por si sabe dónde tiene otro sitio.

Una caseta de pesca, una casa de un primo, un trastero.

Lo que sea. Hartley no iba a dejarme ir sin él, y yo no quería tenerle aquí.

No en el estado en que está. Si ve a Beck, le mata.

—Me miró de reojo, un segundo, y volvió a mirar la carretera—.

Y yo le necesito vivo. Le necesito vivo para que diga dónde está ella.

Asentí. Tenía sentido. Siempre tenía sentido.

Dejé el teléfono en su soporte.

Al otro lado del río, la carretera se estrechó.

Primero una carretera de dos carriles, luego de uno, luego un camino asfaltado entre muros de piedra seca, tan estrecho que las zarzas de los lados arañaban las puertas del coche.

Subíamos. Dejamos atrás Askwith, una calle de casas de piedra y un pub con el cartel apagado.

Dejamos atrás una granja, y otra. Ovejas mojadas, con la lana sucia y una marca azul en el lomo, que nos miraban pasar sin dejar de masticar.

Whitlock no miraba el mapa. Llevaba un mapa de carreteras en la guantera, lo vi cuando la abrí para buscar un pañuelo, y no lo sacó. Cogía los cruces sin dudar, a izquierda, a derecha, otra vez a izquierda, por caminos que no tenían cartel.

—¿Conoces esto?

—Un poco. Mi padre me traía a coger moras por aquí arriba, en agosto, cuando era pequeño. —Tosió en el pañuelo, lo dobló en cuatro y se lo guardó—. Todos los niños de Leeds han cogido moras en Wharfedale alguna vez, Grey. Tú también, supongo.

—Yo cogía carbón en las vías de Hunslet.

—Ya.

Empezó a caer aguanieve.

Al principio fueron unas gotas gordas, blandas, que se estrellaban contra el parabrisas y se quedaban pegadas un momento antes de deshacerse.

Luego más. Luego el limpiaparabrisas iba y venía, iba y venía, y empujaba hacia los lados una pasta gris de agua y hielo que se volvía a llenar antes de que volviera.

Las ruedas patinaban en las curvas. Whitlock reducía y no decía nada.

Yo sudaba.

Sudaba a chorros, con la calefacción a tope y la gabardina puesta, con el revólver tirándome del bolsillo derecho y el mechero de Ruth en el bolsillo de la camisa, contra el pecho.

Me corría el sudor por la espalda, por debajo de la camisa limpia, por la nuca.

Me olía a mí mismo: a bourbon de la noche anterior saliendo por la piel, a miedo, a hombre viejo.

Cerré los ojos.

No quería hacerlo. Lo hice. Lo hacía siempre. Era lo único que sabía hacer.

Te despiertas a oscuras.

No sabes qué hora es. No sabes qué día es.

Hace mucho que dejaste de contar, o cuentas todavía y ya no te crees los números.

Hace frío. Huele a tierra mojada y a cal, como en el depósito de McCready, como en el cobertizo de Beck, como en las uñas de todas las chicas a las que les has rascado la arcilla con un palillo para meterla en un frasco.

Tienes las manos atadas. Tienes las uñas rotas.

Lo sabes. Lo sabes mejor que nadie. Has visto doce veces cómo acaba esto.

Lo has medido, lo has fotografiado, lo has escrito en un informe con letra de imprenta.

Sabes lo que es un hematoma en estrella.

Sabes cuánto tarda en morir una persona por la carótida.

Sabes que a las doce las lavó y las peinó y les pintó las uñas de rosa.

Y piensas en él. En Grey. En el hombre que mira.

Piensas: le dije lo de mi padre. Piensas: lo habrá entendido. Piensas: vendrá. Lo piensas el primer día y el segundo y el décimo. Y un día, uno cualquiera, a oscuras, con la tierra en las uñas, te das cuenta de que has dejado de pensarlo.

Abrí los ojos. Tenía la cara mojada. No sé si era sudor.

—Llegamos —dijo Whitlock.

⁂

La granja de Ellercarr estaba al final del asfalto, como decía la carta.

El camino asfaltado se acababa de golpe, sin aviso, en una explanada de barro y piedras sueltas, junto a un muro caído.

A la derecha estaba la granja. O lo que quedaba de ella.

Una casa de piedra negra, de dos plantas, sin tejado, con las ventanas vacías como cuencas y las vigas quemadas asomando por arriba contra el cielo gris, negras, astilladas.

Un incendio, hacía muchos años. En las paredes de dentro todavía se veía el papel pintado de flores, ennegrecido por el humo, despegándose a tiras.

Detrás de la casa había un establo de piedra con el tejado de chapa, un pajar abierto, un abrevadero lleno de agua verde.

Junto al muro caído, al borde de la explanada, había una charca de agua negra de turba, grande como una piscina, con juncos en las orillas y una lámina de hielo sucio en la parte de la sombra.

Más allá, el prado, cuesta arriba, cercado con muros, y en el centro del prado un fresno solo, inclinado hacia el este por el viento.

Un fresno solo.

Y a la izquierda de la explanada, por detrás de una cancela de hierro cerrada con una cadena, un camino de grava seguía subiendo. Subía entre dos muros, recto al principio, luego torcía, y se perdía por encima de la loma, en la niebla, hacia el páramo.

Eran las diez y cuarto.

Whitlock paró el motor. Se quedó un momento con las manos en el volante, mirando el fresno a través del parabrisas lleno de aguanieve.

—Es pronto —dijo—. La carta dice a las doce.

—Me importa una mierda lo que diga la carta.

Abrí la puerta. El frío me dio en la cara como una bofetada. Olía a humo viejo, a oveja, a turba. El viento traía el aguanieve de lado, y me mojó la cara y el cuello antes de que terminara de salir del coche.

Busqué.