Capítulo 20. La obra maestra
Hay mañanas que uno recuerda enteras, minuto a minuto, como si las hubiera vivido con los ojos de otro.
Esa es una. La he contado muchas veces desde entonces: a dos inspectores de Asuntos Internos, a un abogado de oficio de veintiocho años que tomaba notas con un bolígrafo de propaganda, a un tribunal, a un cura.
La he contado tantas veces que a veces me parece que la estoy recitando.
Pero no me equivoco nunca en el orden. En eso sigo siendo el que era.
A las siete y cuarenta subí la escalera de la comisaría. Cincuenta y seis peldaños hasta la tercera planta. Los conté, como los contaba siempre, como si contarlos sirviera de algo.
Por las ventanas del rellano entraba el sol.
Un sol bajo, blanco, de febrero, que no calentaba nada, que caía de lado sobre los peldaños de terrazo y los hacía brillar como si los acabaran de fregar.
Hacía tres semanas que no lo veíamos. Me acuerdo de que pensé que era una buena señal.
Me acuerdo de que me avergoncé de pensarlo, como se avergüenza uno de rezar cuando no cree.
Pratt estaba en su mesa, junto a la puerta de la sala de incidentes, con el registro de tapas negras abierto y el bolígrafo en la mano. Me miró por encima del bigote. Apuntó la hora sin preguntarme el nombre.
—Buenos días, señor Grey.
—¿Ha llegado el inspector jefe?
—Ha llamado. —Pratt no levantó la vista del registro—. Dice que le espere.
La sala estaba vacía.
No del todo. Había luz en los fluorescentes de la fila del fondo, y las pantallas de HOLMES estaban encendidas, con sus letras verdes temblando en el negro.
Pero no había nadie. La silla de Owen estaba separada de la mesa, girada hacia la puerta, y en el respaldo colgaba su anorak.
El anorak que no se quitaba nunca, ni dentro ni fuera, ni para comer.
En la mesa de Malcolm había una taza de té con la bolsita todavía dentro, el walkman con los auriculares enrollados alrededor, como una serpiente dormida, y una bolsa de patatas de queso y cebolla sin abrir.
Debajo de su mesa, donde habían estado tres semanas las cuatro cajas de Correos de Toby, no había nada. Un rectángulo más limpio en la moqueta, sin polvo.
Me quedé mirándolo.
—¿Y Hartley? —le pregunté a Pratt, desde la puerta—. ¿Y Pike?
—El inspector jefe les ha mandado a hacer una cosa.
Beck , pensé. Han ido a por Beck. Y sentí algo que no era alivio, pero se le parecía.
El busca me sonó en el cinturón.
Me quedé quieto. Un segundo. Dos. Como me quedaba siempre. Luego lo cogí, y lo giré hacia la luz de la ventana, y leí la línea de letras verdes.
LLAMA A WHITLOCK. COCHE. URGENTE.
La puerta de cartón de su despacho estaba entornada.
Entré. Olía a él: a menta, a papel de carbón, a la colonia seca de los hombres que se afeitan antes de que amanezca.
La mesa estaba como siempre, el portalápices alineado con el borde, la máquina de escribir con su funda, el teléfono negro en la esquina.
El ficus seguía en su rincón, muerto desde diciembre, con las hojas amarillas caídas sobre la tierra.
Marqué el número del teléfono del coche, que tenía apuntado en un papel en la cartera desde octubre.
Contestó al primer tono.
—Grey.
—Graham, ¿qué…?
—Escúchame. —Tenía la voz de siempre. Correcta.
Pero más deprisa. Por debajo se oía el motor en marcha y el ventilador de la calefacción—.
Ha llegado una carta. A mí. Esta mañana, en el buzón de mi casa, a las seis.
En mano. Sin sello. —Una pausa, el silbido pequeño—. La tiene él, Grey. Tiene a Ruth.
No dije nada. Me apoyé en la mesa con la mano libre. El portalápices se movió un centímetro.
—Está viva. —Whitlock tosió, lejos del auricular—. Lo dice la carta. Está viva, y dice dónde. A las doce.
—¿Dónde?
—Te la leo en el coche. He mandado una patrulla a Westover Road a las seis y media. No abre nadie. La bicicleta no está en el patio. —Otra pausa—. Beck ha desaparecido esta mañana, Grey. Es Beck.
Es Beck. Lo oí como se oye una sentencia. Con algo parecido a la paz. Por fin alguien lo decía en voz alta, alguien que no era Owen, alguien que no se equivocaba nunca.
—Voy a llamar a…
—No vas a llamar a nadie. —No levantó la voz.
No la levantaba nunca—. Hay un topo en esa planta, ¿te acuerdas?
Si se entera alguien, lo sabe él antes de que arranquemos.
Si se entera el jefe superior, manda tres furgonetas y un helicóptero, y ella está muerta antes de que aterrice.
Vamos tú y yo. Solos. Estoy abajo, en el patio.
—Graham…
—¿Estás en mi despacho?
—Sí.
—El cajón de abajo. El de la derecha. Al fondo.
Me agaché. Tiré del cajón, que se atascaba, como el del escritorio de mi madre. Dentro estaba la botella de bourbon de aquella noche de diciembre, vacía, con el tapón puesto. Los dos vasos, boca abajo. Y al fondo, contra la madera, el bulto envuelto en el paño de gamuza amarillo.
Lo saqué. Pesaba. Lo desenvolví encima de la mesa, con una mano, sin soltar el teléfono.
Era un revólver. Un Webley, de los de la guerra, pavonado, con las cachas de baquelita negra rajadas en una esquina y el cañón largo, de más de diez centímetros. Olía a aceite y a gamuza.
—Graham, esto es…
—Ilegal. Ya lo sé. Era de mi padre. Lo trajo de Francia en el cuarenta y cuatro y nunca lo entregó. —El silbido—. Cógelo.
—Tú no sabes disparar.
—No. Tú sí. —Le oí mover algo; el freno de mano, quizá—. Hiciste el curso en el setenta y seis, en Wakefield. Sacaste la mejor nota de tu promoción y no volviste a tocar un arma. Lo sé porque yo estaba en la fila de al lado, y lo suspendí. Coge el del cajón de mi mesa, Grey. No hay tiempo.
Y colgó.
Me quedé mirando el revólver encima de la mesa de Whitlock, sobre el paño amarillo, junto a la máquina de escribir enfundada. El sol entraba por la persiana a rayas y le ponía una franja de luz encima del tambor.
Lo cogí.
Lo cogí con la mano derecha, la de las cicatrices, sin guantes, como se coge cualquier cosa.
Lo abrí, como me habían enseñado en un hangar de Wakefield hacía veinte años, para ver si estaba cargado.
Seis recámaras. Cinco balas, con los culotes de latón mate, y una recámara vacía, la que quedaba debajo del percutor.
Así nos enseñaban a llevarlos, los viejos instructores del ejército: con la recámara del martillo vacía, para que no se disparara si se caía al suelo.
Pensé que Whitlock no sabía disparar, pero que sabía cargar un revólver como un sargento de 1944.
Pensé que era cosa de su padre. Lo cerré.
Me lo metí en el bolsillo derecho de la gabardina.
Pesaba como una piedra. Me tiraba del hombro hacia abajo.
Dejé el paño amarillo encima de la mesa. No sé por qué. No lo pensé.
Al salir, Pratt levantó la cabeza.
—¿Se va, señor Grey?
—Sí.
Apuntó la hora. Las siete y cincuenta y dos. Lo leí meses después, en una fotocopia de su registro, con su letra redonda de sargento de Bradford. 7:52. Grey sale. Con prisa.
Bajé los cincuenta y seis peldaños. No los conté.
⁂
El Rover gris estaba en el patio, junto a la verja, con el motor en marcha y el humo del tubo de escape subiendo blanco y despacio en el aire helado.
Whitlock iba al volante, con el abrigo azul marino abrochado hasta el cuello, guantes de piel negros y la cara gris a la luz del sol.
Me abrió la puerta desde dentro, inclinándose sobre el asiento del copiloto.
Dentro hacía un calor de horno. Olía a cuero, a caramelos de menta y a la calefacción encendida desde hacía mucho rato.
Entre los dos asientos, en su soporte, estaba el teléfono, un aparato negro del tamaño de un ladrillo con la antena de goma.
En el salpicadero, sujeta con el pulgar enguantado de Whitlock, había una funda de plástico transparente de las de pruebas.
Y dentro de la funda, una hoja color hueso.
—Léela —dijo—. Mientras conduzco.
Arrancó antes de que me pusiera el cinturón.
Reconocí la letra antes de leer nada. La reconocí como se reconoce la cara de alguien en una multitud, de lejos, antes de saber por qué. Inclinada hacia delante. Las mayúsculas enroscadas sobre sí mismas. La tinta oscura, casi negra.
Meses después, en el juicio, supe que la tinta llevaba sangre. Supe de quién.
Inspector jefe Whitlock:
Es la primera vez que le escribo a usted. Le pido disculpas por haber tardado tanto. Usted ha leído todas las demás antes que nadie, una por una, con guantes, y nunca le he dado las gracias por la atención. Se las doy ahora.
La doctora Kavanagh no está en Cork. No ha salido de West Yorkshire. Está conmigo desde el lunes 22 de enero, a las seis y diez de la mañana. Hoy hace un mes. Está viva.
Avisó a Grey. Se lo dijo como pudo, con lo que tenía a mano, que era su padre. Grey no lo oyó. Grey lleva un mes con su mechero en el bolsillo, esperando a que vuelva de un sitio al que no se fue.
Treinta y dos horas en la sala tres, inspector jefe, y nadie preguntó lo único que importaba.
Si la quiere, venga hoy a la granja de Ellercarr, por encima de Askwith, donde se acaba el asfalto. A las doce en punto, a la hora en que las sombras desaparecen. Allí le diré dónde está.
Venga solo. Si viene alguien más, lo sabré antes de que arranquen los coches. Ya sabe usted que yo lo sé todo.
Traiga a Grey. Esta vez le toca mirar a él.
El Cartero
La leí dos veces. La segunda, despacio, con el dedo encima del plástico, línea por línea, como Malcolm repasaba las fotocopias de Toby.
Treinta y dos horas en la sala tres.
Cerré los ojos. Vi a Beck al otro lado del espejo, con la cabeza calva y la marca pálida de la gorra en la frente. Las manos quietas encima de la mesa. La nuez quieta. Los ojos subiendo hacia el cristal. Hacia mí.
No sé de qué me habla.
—Nadie preguntó por ella —dije. No reconocí mi voz—. Le tuvimos treinta y dos horas, Graham. Treinta y dos horas, a un metro de nosotros. Y ella estaba… Y nadie le preguntó por ella.
—Nadie sabía que había que preguntar.
—Yo tenía que haberlo sabido.