El Cartero Capítulo 19. El topo #5
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Capítulo 19. El topo #5

No recuerdo bien lo que hice después. Recuerdo que en algún momento estaba sentado en el escritorio de mi madre, con el flexo verde encendido.

Recuerdo que tenía delante un folio en blanco y la pluma de mi madre, la que usaba para escribir a Kingston los domingos, cargada con la tinta azul-negra que yo seguía comprando por costumbre en la papelería de Burley Road.

Recuerdo que empecé a escribir. Una carta.

Para ella. Para Ruth. No sé qué le decía.

Que tenía su mechero. Que no me había servido el tercero, mentira.

Que cuando todo acabara. Que no quería que la mirara nadie. Que la estaba mirando yo.

Escribí dos hojas. Con la pluma de mi madre. Despacio. Con buena letra.

Y cuando terminé, la levanté hacia el flexo para leerla, y me vi la letra.

Inclinada.

No la mía de siempre, la pequeña, la ordenada, la que me enseñaron a palmetazos en una escuela de Kingston.

Otra. Inclinada hacia delante, deprisa, con las mayúsculas enroscándose sobre sí mismas, con la tinta oscura, casi negra, más espesa en los trazos de abajo, donde la pluma se había detenido.

Una carta de dos hojas, escrita de noche, con pluma, a una mujer que no contestaba.

Solté el folio. Se me cayó encima del cuero verde, boca abajo.

Mírate, Sol.

Mírate. Escribiéndole cartas a una mujer que no te contesta. A las dos de la mañana. Con buena letra. Con tinta. ¿Cuánto tiempo, Sol? ¿Una semana? ¿Un mes? ¿Un año entero, todas las semanas, sin firma?

¿Cuánto te falta para ser él?

Rompí las dos hojas. En cuatro, en ocho, en dieciséis, hasta que no pude romperlas más, y las tiré a la papelera, y me quedé mirando la papelera con las manos temblando encima del escritorio.

Y entonces, sin quererlo, como se cuela una corriente de aire por una ventana mal cerrada, me acordé de la voz.

Me voy a Cork. A ver a mi padre.

Me quedé quieto.

Mi padre se murió con un cuchillo en la mano. En la carnicería. Un sábado por la mañana, en 1984. Doce años, el sábado que viene.

Me lo había dicho el sábado 20. Sentada en el suelo de mi salón, con el humo subiendo hacia el techo. Y el lunes 22, a las siete y media de la mañana, por teléfono, con aquella voz plana, de leer un informe, sin una gota de acento de Cork, me había dicho que se iba a ver a su padre.

A su padre, que llevaba doce años muerto.

A su padre, al que ella no iba a ver nunca, porque los muertos no contestan.

Y me había llamado Grey.

Tres veces.

Me levanté tan deprisa que la silla de mi madre se cayó hacia atrás.

No la levanté. Me quedé de pie en medio del salón, con el corazón golpeándome en los oídos, a oscuras, con la farola naranja entrando por la ventana, y lo oí todo otra vez, entero, como si estuviera sonando el teléfono en ese momento.

Grey. Escúchame, Grey. No tengo mucho tiempo.

Necesito unos días. Me voy a Cork. A ver a mi padre.

No me llames. No me busques, Grey. Por favor.

Y al fondo, detrás de su voz, aquel ruido que no supe qué era. Un motor. El viento.

No me había dejado.

Me lo estaba diciendo. Me lo había dicho, con las únicas palabras que le habían dejado decir, con la voz de leer un informe, para que yo lo entendiera.

Para que el hombre que mira mirara. Y yo había estado un mes entero con su mechero en el bolsillo de la camisa, a la altura del corazón, sintiéndome abandonado.

Un mes.

Cogí el teléfono. Me equivoqué al marcar. Volví a marcar. El número de la casa de Whitlock, que me sabía de memoria desde 1979.

Contestó al segundo timbrazo.

—Grey.

—Ruth no está en Cork. —No reconocí mi voz—. Graham, Ruth no está en Cork. Su padre lleva muerto desde 1984. Me lo contó. Me lo contó ella, dos días antes. Y por teléfono me dijo que se iba a ver a su padre. Me llamó Grey. Me estaba avisando. Lleva un mes…

—Despacio.

—¡Lleva un mes, Graham! ¡Un mes!

—Despacio, Grey. —La voz de Whitlock, al otro lado, era tranquila, correcta, como siempre. Se le oía respirar, el silbido pequeño, al fondo del pecho—. Respira. Siéntate. ¿Has bebido?

No contesté.

—Has bebido. —No era una pregunta—. Escúchame.

Mañana a primera hora, en mi despacho. A las ocho.

Lo vemos juntos. Llamo a Cork, a la Garda, a su madre, a quien haga falta.

Mando a alguien a forzar la puerta de su piso.

Lo que haga falta. —Una pausa. El silbido—.

Pero esta noche no puedes hacer nada, Grey.

Esta noche, a las dos de la mañana, con media botella dentro, no puedes hacer nada más que equivocarte.

Y no nos podemos permitir que te equivoques. Ella no se lo puede permitir.

No dije nada. Me temblaba el auricular en la mano.

—A las ocho —dijo Whitlock—. Duerme, Grey. Intenta dormir.

Y colgó.

No dormí.

Me quedé de pie junto a la ventana hasta que se hizo de día, con el mechero de Ruth en la mano, abriéndolo y cerrándolo. Clic. Clic. Mirando la calle vacía, la farola, los coches aparcados, la barandilla de enfrente donde se había posado la urraca la primera tarde.

A las seis y media dejó de llover. A las siete, por primera vez en tres semanas, el cielo se abrió por el este, por encima de los tejados de Burley, y salió el sol. Bajo, blanco, de febrero. Me dio en la cara a través del cristal.

A las siete y cuarto me afeité. Me puse una camisa limpia y la corbata. Me puse la gabardina. Me guardé el mechero de Ruth en el bolsillo de la camisa, y el busca en el cinturón.

Era jueves, 22 de febrero de 1996.

Los días ya eran casi tan largos como en octubre.