Capítulo 19. El topo #4
Pero aquella noche, en casa, en el escritorio de mi madre, con el busca encima del cuero verde y la libreta de Toby al lado, repasé la cara de Beck mil veces.
La nuez quieta. Las manos quietas. Los tres segundos, los cuatro.
Y los ojos subiendo hacia el espejo. Hacia mí.
Como si supiera que yo estaba allí detrás.
Como si me lo estuviera diciendo a mí, y solo a mí, por encima de las cabezas de los dos policías que le interrogaban.
No sé de qué me habla.
Mentía. Lo supe como se saben las cosas en el oficio, con el estómago. Mentía. Sabía algo de aquellas cartas sin matasellos. Sabía algo de 1963.
Y lo que yo sabía de 1963 era que un chico de Correos esperaba a Clara los jueves en la escalera, con su abrigo en el brazo.
Aquella noche estuve casi seguro.
Casi.
⁂
Febrero fue el mes más largo de mi vida.
No pasó nada. Esa es la verdad, y es lo peor que puedo decir de él.
No llegaron cartas. Tom no volvió a sentarse junto a ninguna puerta.
Beck volvió a su huerto y a su bicicleta y a sus jueves en St Bartholomew, y Owen volvió a seguirle por las noches sin cobrar, y no pasó nada.
Los días se alargaron. Primero un minuto.
Luego dos. A mediados de mes ya no se encendían las farolas de Burley hasta las cinco y cuarto, y la luz de la tarde, cuando no llovía, entraba por la ventana del salón de lado, amarilla, enferma, y caía sobre el escritorio de mi madre como había caído sobre la escalinata del Ayuntamiento en una foto de agosto de 1963.
El sol también duerme en invierno. Volverá cuando los días se alarguen.
Los días se alargaban. Y yo lo notaba en la nuca, cada tarde, como se nota a alguien que se acerca por detrás.
Ruth no llamó. Su teléfono sonaba en un piso vacío de Headingley.
Las botellas de leche desaparecieron del escalón de su portal; alguien, el estudiante del jersey de Perú, supongo, había avisado al lechero.
Llevaba su mechero en el bolsillo de la camisa.
Lo sacaba a veces, por las noches, y abría la tapa de latón con el pulgar, clic, y la cerraba, clic, y olía a gasolina, y a ella.
En la tercera planta, Malcolm se volvió raro.
Más raro. Llegaba antes que nadie y se iba el último.
Se pasaba horas delante de la pantalla de HOLMES, con los auriculares puestos y el walkman apagado, porque yo me acerqué una vez por detrás y no sonaba nada, ni órgano ni nada.
Tecleaba, se paraba, miraba, volvía a teclear.
Imprimía hojas que no dejaba en la bandeja, que arrancaba de la impresora antes de que terminaran de salir y doblaba y se metía en el bolsillo del chaleco.
Había pedido a los de Bradford que le subieran del almacén las cuatro cajas de Correos de Toby, que habían traído de Morley después del funeral, y las tenía debajo de su mesa, y a veces, a última hora, cuando creía que no le veía nadie, sacaba un montón de fotocopias y las repasaba con el dedo, línea por línea, con las gafas subidas a la frente y la cara pegada al papel.
Un martes por la tarde, a mediados de mes, se volvió de pronto en la silla y me miró.
—Grey.
—¿Qué?
—La acción de los girasoles. La doscientos catorce. La de las floristerías, en el noventa y tres, después de Gemma Doyle. —Se quitó las gafas—. ¿Tú te acuerdas de quién la cerró?
—Yo no estaba en el noventa y tres, Malcolm. Estaba en mi casa, jubilado, viendo crecer una mancha de humedad.
—Ya. —Se volvió a poner las gafas. Se volvió otra vez hacia la pantalla—. Nadie estaba.
Y no dijo nada más. Pero aquella tarde, al irse, a las siete, le vi pararse un momento en la puerta de la sala, con el anorak puesto y el walkman colgando, y mirarnos.
A todos. Uno por uno. A Owen, de cara a la pared.
A la puerta de cartón. A los dos sargentos de Bradford, que apuntaron en su registro la hora a la que salía. A mí. Como yo los miraba a ellos.
Y se fue.
Le vi otra vez en la cabina de la calle de atrás aquella noche, a las once. Con la mano tapándose la boca. De espaldas a la calle.
No le dije nada. No se lo dije a nadie.
Ahora sé que a quien llamaba era a Owen.
⁂
A Whitlock le vi la sangre el viernes 16 de febrero.
Fue en la reunión de las nueve, la de todos los viernes, delante de la pared vacía donde había estado el reloj.
Estaba hablando de las acciones de la semana, de pie, con la carpeta en una mano, y le dio la tos.
La tos de aquel invierno, la larga, la honda, la que le doblaba.
Se volvió hacia la pared con el pañuelo en la boca.
Tosió diez, quince segundos. Y cuando apartó el pañuelo para doblarlo en cuatro, como siempre, lo vi.
Una mancha roja. Del tamaño de una moneda de diez peniques. En el centro del pañuelo blanco. Brillante.
Lo dobló en cuatro, encima de la mancha, sin mirarlo, y se lo guardó. Siguió hablando de las acciones de la semana.
Le esperé en la puerta de su despacho al terminar.
—Graham.
—Bronquitis —dijo, antes de que le preguntara nada. Pasó por mi lado y se sentó detrás de su mesa—. Ya te lo dije. El médico dice que es de fumar.
—Tú no has fumado nunca.
—No. —Se metió un caramelo en la boca. Me miró, y se le movió algo en la cara, por debajo de la piel cerosa, algo que en otro hombre habría sido una sonrisa—. Habrá sido de respirar el tuyo, Grey. Treinta años. Cuarenta al día. En comisarías sin ventanas.
—Graham…
—Cierra al salir.
⁂
La noche del miércoles 21 de febrero me serví el tercero.
No sé a qué hora. Tarde. Después de las doce, porque recuerdo que la televisión de la señora Pryce se había apagado hacía rato y que el radiador ya había dado sus golpes de la una.
Estaba sentado en el sillón, con la gabardina puesta y la luz apagada, con la botella de bourbon en el suelo, a mi lado, con la farola naranja entrando por la ventana.
El primero me lo había bebido despacio. El segundo, deprisa.
Y entonces me di cuenta de que tenía el vaso vacío en la mano y de que la otra mano, la izquierda, estaba cogiendo la botella.
Me serví el tercero.
Me quedé mirándolo, en la mano, a la luz de la farola. Dos dedos de bourbon, quietos, temblando un poco con el pulso. Si un día me sirvo el tercero, te llamo.
Dejé el vaso en el suelo. Cogí el teléfono. Marqué el número de su piso de Headingley. Me lo sabía de memoria. Sonó. Una vez. Dos. Diez. Veinte. Sonaba en un piso vacío, a oscuras, con el felpudo lleno de cartas y propaganda, en una calle de árboles negros cerca de la iglesia de St Michael.
Colgué.
Me bebí el tercero. Luego el cuarto.