Capítulo 19. El topo #3
—Aquí no. —Se le empañaron las gafas de culo de botella con la lluvia, y no se las limpió—. Todavía no. Tengo que estar seguro. —Se subió el cuello del abrigo—. Si me equivoco, me cuesta el puesto. Y si acierto…
No terminó. Se fue hacia la parada del autobús, con las manos en los bolsillos, sin volverse, con la calva brillando bajo la lluvia.
No volvió a sacar el tema. Yo tampoco.
Ahora sé que debería haberlo hecho.
⁂
Detuvieron a Harold Beck el martes 30 de enero a las seis de la mañana.
Lo pidió Owen. Lo pidió de pie, delante de la mesa de Whitlock, la misma tarde del entierro, todavía con el traje negro del funeral y los ojos hinchados.
No lo pidió: lo exigió. Y Whitlock, por primera vez desde octubre, no le dijo que no.
Se quedó mirándole un rato largo, con las manos juntas encima de la mesa.
Luego levantó el teléfono y llamó al jefe superior, y estuvo diez minutos hablando con él con la puerta de cartón cerrada.
—Treinta y seis horas —dijo al colgar—. Y si no nos llegan, se las pedimos al juez. Y una orden para la casa y el huerto. El jefe superior quiere a alguien en una celda antes de que el Courier saque otra portada. —Me miró a mí—. No te va a gustar, Grey. A mí tampoco. Pero es lo que tenemos.
Le sacaron de la cama en camiseta de tirantes.
Owen me dijo después que no se resistió.
Que se vistió despacio, delante de dos agentes de uniforme, que se puso la gorra, que pidió que alguien avisara a su hermana para que le diera de comer al gato, y que en el coche no dijo una palabra en todo el camino.
Registraron la casa de Westover Road de arriba abajo.
Encontraron la máquina de escribir, una Imperial de los años cuarenta, en el armario debajo de la escalera, con una funda de hule; tenía la e torcida, efectivamente, y nada más.
Encontraron cuarenta años de boletines del sindicato atados con cordel.
Encontraron unas botas de agua del número cuarenta y tres.
Encontraron, en un cajón de la cocina, debajo de los paños, un sobre con fotografías: Beck de joven, con uniforme de Correos, en una fila de chicos sonrientes delante de una furgoneta roja; una mujer con un vestido de flores en un parque, años cincuenta, sin nombre detrás.
Encontraron una medalla de doce años de sobriedad, de bronce, en una cajita de terciopelo, en la mesilla.
No encontraron nada de Toby. Nada de las chicas.
Ni una diadema, ni un frasco de esmalte, ni un mechón de pelo, ni una cuenta de colores.
En el huerto encontraron la zanja.
Debajo del suelo de tierra del cobertizo verde, en el rectángulo que yo había visto por la rendija, había una zanja de un metro de hondo y dos de largo llena de estiércol de caballo, paja podrida y restos de cocina, tapada con tierra y cal.
Uno de los agentes, que tenía huerto en Garforth, se rio al verla.
—Es para las judías —dijo—. Se hace en invierno. Mi abuelo lo hacía. En primavera se planta encima y las judías crecen como si las regaran con whisky.
⁂
Le interrogaron en la sala tres del sótano. Whitlock y Owen dentro. Yo detrás del cristal.
La sala tres tenía un espejo en la pared del fondo que no era un espejo, y detrás del espejo había un cuarto pequeño, a oscuras, con una silla y un altavoz, donde me senté.
Desde allí se veía la sala entera, iluminada con fluorescentes, como una pecera: la mesa de metal atornillada al suelo, las cuatro sillas, el magnetófono de doble pletina con sus dos cintas girando, el cenicero de chapa.
Y a Beck, sentado de espaldas a la pared, frente al espejo. Frente a mí.
No llevaba la gorra. No se la había visto nunca quitada.
Tenía la cabeza casi calva, con unos mechones grises pegados al cráneo, y una línea más pálida en la frente, donde le apretaba la badana de la gorra, como la marca de un sombrero en un cuadro antiguo.
Sin la gorra parecía más viejo. Más pequeño.
Tenía las manos encima de la mesa, grandes, de huerto, con la tierra metida en las grietas de los nudillos.
A su lado, un abogado de oficio de veintitantos años, con un traje que le venía grande y una cartera de plástico, tomaba notas sin parar.
Owen preguntaba. Whitlock escuchaba, sentado un poco atrás, con las manos juntas encima de la mesa y un caramelo en la boca, y de vez en cuando hacía una pregunta corta, con su voz correcta, y volvía a callarse.
Duró treinta y dos horas, con descansos. No voy a contarlas todas. Contaré lo que importa.
Beck no negó nada que fuera verdad.
Sí, había trabajado en Correos treinta y cinco años.
Sí, de 1955 a 1966 había clasificado cartas de noche en la oficina central de City Square.
Sí, tenía un huerto en Kirkstall con girasoles, y un cobertizo verde, y una carretilla.
Sí, tenía una máquina de escribir con la e torcida.
Sí, en 1979 le habían denunciado por dejarle cosas en el buzón a una chica de su ruta.
—Dulces —dijo, sin que nadie se lo preguntara, con los ojos fijos en el espejo—.
Le dejaba dulces. Caramelos de café. Tenía diecisiete años y un padre que le pegaba con el cinturón, y yo la veía todas las mañanas con la cara hinchada esperando el autobús del colegio.
Le dejaba caramelos de café en el buzón porque no sabía qué otra cosa hacer.
—Se encogió de hombros—. Su padre los encontró.
Su padre puso la denuncia. Luego la quitó, cuando le expliqué que si seguía adelante yo también iba a contar unas cuantas cosas.
—¿Bebía usted entonces? —dijo Owen.
—Como un pez.
—¿Y el miércoles 6 de diciembre? ¿Dónde estuvo?
—En York. En urgencias del hospital del distrito. Con un ahijado que se había cortado las venas con una cuchilla de afeitar en un baño de la estación. —Beck miró a Owen por primera vez—. No le voy a decir cómo se llama, hijo. Ya se lo dije en la puerta de mi casa. Eso no se dice.
—Así no podemos comprobarlo.
—Ya lo sé.
—¿Y el sábado 13? ¿Y la mañana de Navidad? ¿Y la noche del 21 de diciembre, a la una y diez, en su huerto, con una pala?
Beck se rio. Una risa corta, seca, como una tos.
—¿Me estaban mirando? —Se volvió hacia el espejo.
Hacia mí—. Ya me lo parecía. Detrás del bidón del viejo Singh.
—Volvió a mirar a Owen—. Una zanja para las judías, sargento.
Se hace en invierno. Y a la una y diez porque no duermo.
No duermo desde el ochenta y cuatro. Desde la última copa.
Doce años sin dormir más de tres horas seguidas.
—Se frotó la cara con las dos manos—. Cuando no duermes, haces cosas. Unos rezan. Yo cavo.
Owen le enseñó las fotos. Las doce Polaroids, una por una, encima de la mesa. Beck las miró todas, despacio. No apartó la vista de ninguna. Al terminar, se quedó mirando la de Joanne Pickering, la del fresno de Baildon Moor, con la diadema de terciopelo.
—A esta la conocía —dijo—. De los jueves. Me tenía miedo. —Levantó la cabeza—. Hacía bien. A mí me tienen miedo todas. Tengo cara de lo que fui.
Luego Owen le enseñó la de Toby. La quinta. La del suelo de losas. Ya está.
Beck no dijo nada durante mucho rato. Se le movió la nuez en el cuello flaco. Empujó la foto hacia Owen con dos dedos, despacio, por encima de la mesa, como se devuelve una carta que no es para ti.
—Eso no lo hice yo —dijo.
Fue Whitlock quien hizo la pregunta de 1963.
La hizo al final, la segunda noche, a las once, cuando Owen ya tenía la voz rota y el abogado de oficio se había quedado dormido dos veces con la cabeza apoyada en la mano. La hizo sin levantar la voz, desde su silla, un poco atrás, con las manos juntas encima de la mesa.
—Señor Beck. En 1963 usted clasificaba el correo de noche en City Square.
—Ya lo he dicho.
—¿Clasificaba también el de Headingley? ¿El de las residencias de estudiantes?
Beck tardó en contestar.
—Clasificábamos todo. Todo Leeds. Éramos doscientos en el turno de noche.
Chavales de Bramley, de Armley, de Hunslet.
Como todos los chavales de Bramley, entonces: o la fundición, o Correos.
Yo elegí Correos porque no se quemaba uno las manos.
—Se miró las manos, encima de la mesa—. Y estudiantes.
Venían chavales de la universidad a sacarse unas perras en Navidad y en verano. Algunos se quedaban todo el año.
—¿Recuerda cartas sin matasellos? —dijo Whitlock—. ¿Sobres color hueso, con sello, metidos en la saca de la residencia de chicas de Headingley, ya clasificados, sin pasar por la máquina?
Beck se quedó quieto.
Lo vi. Lo vi desde detrás del espejo, con la cara pegada al cristal, a un palmo de su cara. Se le quedaron quietas las manos encima de la mesa. Se le quedó quieta la nuez. Se le quedó quieta la mirada, fija en un punto de la mesa, entre sus manos, durante tres segundos. Cuatro.
Y luego levantó los ojos. No hacia Whitlock. No hacia Owen.
Hacia el espejo.
Hacia mí.
—No sé de qué me habla —dijo.
⁂
Le soltaron el jueves 1 de febrero a las seis de la tarde, cuando se acabó la prórroga que nos había dado el juez, por falta de pruebas.
No había nada. Una zanja de estiércol. Una máquina de escribir con la e torcida que no había escrito ninguna de las cartas, porque las cartas estaban escritas a mano.
Unas botas del cuarenta y tres. Una tierra que se parecía a la arcilla, pero que no era la misma; el informe de Ruth estaba encima de la mesa de Whitlock, firmado por ella el viernes 19, el último papel que firmó en Wetherby.
Un hombre que no dormía y que no decía nombres.
Owen estuvo media hora encerrado en el baño de la tercera planta. Cuando salió, tenía los nudillos de la mano derecha en carne viva, como yo en diciembre, y el espejo del lavabo tenía una raja en estrella.
—Le has visto la cara —me dijo, en el pasillo, sin mirarme—. Cuando el jefe le ha preguntado por las cartas. Le has visto la cara, ¿verdad?
—Se la he visto.
—Es él.
No le contesté.