El Cartero Capítulo 19. El topo #2
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Capítulo 19. El topo #2

Vivía en el último piso de una casa alta de ladrillo, partida en apartamentos, en una calle de árboles desnudos cerca de la iglesia de St Michael, con una escalera de incendios de hierro negro que bajaba por la fachada de atrás como una costilla.

En el escalón de la puerta de la calle había cuatro botellas de leche, con el tapón de aluminio picoteado por los pájaros.

Llamé al timbre de su piso. Nada. Llamé a los otros.

Me abrió un estudiante de la planta baja, con el pelo largo y un jersey de lana de Perú y los ojos de no haber dormido.

—¿La irlandesa? —Se encogió de hombros—. No la he visto desde el fin de semana. El lunes por la mañana, muy temprano, oí la puerta. Pensé que era ella saliendo a trabajar. —Miró las botellas de leche—. Debería avisar al lechero, ¿no?

Subí a su puerta. Cuatro tramos. Llamé con los nudillos. Me agaché y miré por la ranura del buzón, como en Armley, como en mi portal. Vi un recibidor estrecho, a oscuras, un perchero sin abrigos, un felpudo con cartas y propaganda acumulada. Olía a cerrado. A tabaco frío. A nada más.

Me quedé allí, agachado, con la tapa del buzón levantada con un dedo.

Abre. Tira la puerta abajo. Eres policía.

No eres policía. Eres un hombre de cincuenta años al que una mujer ha dejado, mirando por la ranura de su puerta como un…

No terminé la frase. Solté la tapa. Clac.

Bajé la escalera. En la calle, me quedé un momento mirando las ventanas de su piso, las cortinas echadas, y luego miré a los dos lados de la calle, los coches aparcados, los árboles negros, y me di cuenta de que estaba mirando como miraría él.

Buscando el sitio desde donde se veía su ventana.

El coche desde donde se vigilaba su puerta.

Me fui deprisa, casi corriendo, como quien se va de un sitio donde ha hecho algo malo.

⁂

Fui a buscar a Shaw el viernes 26. No hizo falta buscarle mucho.

Desayunaba todos los días en The Kettle, en la mesa del fondo, junto a la máquina de los cigarrillos, con el Courier abierto por su propia página y un huevo frito que no se comía.

Doreen le servía con la cara con que se sirve a un hombre que te ha dejado una propina demasiado grande.

Me senté enfrente sin pedir permiso. Shaw levantó la vista del periódico y sonrió con aquellos dientes blancos de anuncio de dentífrico. Olía a Kouros y a gomina, igual que en octubre.

—Inspector Grey. Qué honor. ¿Quiere un huevo?

—¿Quién te lo ha dado?

—¿El qué?

—Lo de la puerta.

Shaw dobló el periódico. Despacio. En dos. Se limpió los labios con la servilleta de papel.

—Ya sabe que no se lo voy a decir.

—Toby Fenn tenía veintiún años. Le metieron en la tierra hasta el cuello. Le cortaron el cuello y le tiraron al canal en el mismo sitio donde sacaron a su padre. —No levanté la voz—. Y tú vendes periódicos con su carta.

Se le borró la sonrisa. No del todo. Se le quedó a medias, como una persiana atascada.

—No sé quién es —dijo, al cabo de un rato, más bajo—.

De verdad que no lo sé, inspector. Me llama.

Desde una cabina; se oyen los coches y a veces la lluvia contra el cristal.

Siempre de noche. Con la voz tapada, con un pañuelo o algo, no sé.

No da nombre. Dice lo que tiene que decir y cuelga.

—Se encogió de hombros—. Lleva haciéndolo desde el noventa y tres.

Desde lo del apodo. Y no se ha equivocado nunca.

Ni una vez. —Me miró—. ¿Usted rechazaría a una fuente así?

—Sí.

—Ya. Usted. —Shaw se rio, sin ganas—. Por eso usted da clases nocturnas y yo tengo una columna.

Me levanté. Shaw me cogió de la manga de la gabardina, como Penrose en la escalera. Tenía la mano fina, blanda, de no haber cogido nunca nada que pesara.

—Inspector. —Bajó todavía más la voz—. La semana pasada me dijo otra cosa. La voz. Me dijo un nombre. Uno antiguo. Me dijo que se lo preguntara a usted. —Me soltó la manga—. ¿Le dice algo el nombre de Clara Whitfield?

No me moví.

Me quedé de pie junto a la mesa, con la mano en el respaldo de la silla, mirando a Vincent Shaw, y Vincent Shaw me miró a mí, y vi cómo leía mi cara, despacio, como yo había leído tantas, y cómo encontraba en ella lo que había venido a buscar.

—No lo voy a publicar —dijo—. De momento. —Volvió a abrir el periódico—. No tengo nada más que un nombre y una voz en una cabina. Pero me lo guardo, inspector. Me lo guardo.

Salí de The Kettle sin pagar el café que no me había tomado. Doreen no me llamó.

Aquella noche, en mi casa, en el escritorio de mi madre, hice una lista. A mano, con la pluma, en un folio. No sé por qué con la pluma. Las personas que sabían lo de Clara. Las personas que habían leído lo de la puerta. Las personas que sabían lo de los tres cafés.

Las tres listas tenían los mismos cuatro nombres. Owen. Malcolm. Whitlock. Ruth.

Y el mío.

Taché el de Ruth, que estaba en Cork. Taché el de Owen. Taché el de Whitlock. No sé por qué en ese orden.

Me quedó un nombre sin tachar en el folio.

Malcolm. Que había sacado la carpeta de 1963 del archivo un sábado sin firmar nada, que se pasaba el día delante de un ordenador que lo sabía todo, que escuchaba música de órgano en un walkman, y que la noche del jueves 26 de octubre, a las tres y cuarto, cuando alguien me llamó a casa y respiró siete veces sin decir nada, había podido estar despierto, como lo estaba yo.

Que llamaba desde una cabina a las once de la noche teniendo tres teléfonos en la mesa.

Lo miré hasta que se me cerraron los ojos.

⁂

A Toby le enterraron el lunes 29 de enero, en el cementerio de Morley, después de un funeral en la capilla metodista de Fountain Street.

La misma capilla. La misma donde su padre había ido los martes a sentarse en una silla plegable a decir su nombre. La misma por la que un niño de nueve años había apuntado en un calendario de cocina el número de días que su padre llevaba sin beber, y había rodeado los martes con un círculo.

La capilla estaba llena. Había policías de uniforme en dos filas, a los dos lados del pasillo, con los cascos bajo el brazo, de pie, porque no cabían sentados.

Había gente de Morley que no le conocía y que había venido porque era un chico de Morley.

Estaba la señora Moxon, con su gorro de lana mostaza, en el último banco, con un ramo de flores de su puesto que nadie le había pedido.

Estaba Doreen, con un sombrero negro de casquete y los ojos pintados de azul, sola, al lado de la puerta.

Estaba el jefe de policía de West Yorkshire, con su uniforme de gala y sus guantes blancos, y dos hombres de traje gris que no se quitaron el abrigo.

Ruth no estaba.

La busqué. Mientras sonaba el armonio, mientras entraba el ataúd, mientras la gente se ponía de pie, la busqué con los ojos por toda la capilla, banco por banco, cara por cara.

No estaba. La señora Fenn, en el primer banco, en el centro, con el abrigo negro abrochado hasta arriba y el bolso en las rodillas, se volvió una vez, una sola, hacia la puerta, como si también ella esperara a alguien.

Owen llevaba el ataúd. Delante, a la izquierda.

Con el traje negro de los entierros, que le quedaba corto de mangas, y la cara gris, rígida, y la mirada fija en un punto de la pared del fondo, por encima del púlpito, donde había una cruz de madera sin Cristo.

Detrás de él, otros cinco chicos de la academia, de la edad de Toby, con las orejas rojas de frío.

Malcolm estaba en el tercer banco, solo, con un traje negro que le estiraba en los botones, sin auriculares. Se le veía la calva temblar.

Yo me quedé de pie, al fondo, junto a la puerta, al lado de Doreen.

El pastor habló de Toby como hablan los pastores de los chicos que no conocían. Leyeron un salmo. Cantaron un himno que yo no me sabía y que Doreen, a mi lado, cantó entero, bajito, desafinando, con la mano apretada en mi brazo.

Luego habló Whitlock.

Subió al púlpito despacio, apoyándose en la barandilla, con el traje gris planchado y una corbata negra. Estaba tan delgado que el cuello de la camisa le bailaba. Se puso delante del micrófono. Tosió una vez, apartándose, con el pañuelo. Se guardó el pañuelo. Y habló.

Habló cuatro minutos. Con su voz correcta, sin una palabra de más, sin papeles.

Dijo que el agente Tobias Fenn llevaba en la brigada de homicidios menos de tres meses.

Que en ese tiempo había visto más muerte de la que ve un policía en diez años.

Que había vomitado delante de su primer cadáver, como hemos vomitado todos, y que no había vomitado delante del segundo.

Que apuntaba todo en una libreta. Que pedía perdón por todo, y que nunca, en tres meses, había tenido que pedir perdón por nada.

—Fenn quería aprender a mirar —dijo Whitlock, y miró hacia el fondo de la capilla, hacia la puerta, hacia mí—. Y aprendió. Aprendió demasiado deprisa. Y eso, en este oficio, es lo único que no se perdona.

Se calló. Se quedó un momento con las manos en el borde del púlpito, mirando el ataúd. Luego bajó, despacio, apoyándose en la barandilla.

Doreen me apretó el brazo. No dijo nada. No hizo falta.

En el cementerio llovía. Cuando bajaron el ataúd, la señora Fenn no se acercó al borde.

Se quedó atrás, con el paraguas cerrado, mojándose, mirando a los cuatro hombres de la funeraria aflojar las cuerdas.

Al terminar, cuando la gente empezó a irse, se acercó a mí.

Me cogió la mano. La derecha, la de las cicatrices. Me la apretó.

—¿Dónde está la doctora? —dijo—. La de las manos frías. Vino a verme a casa el día después de que le encontraran. Me trajo unas flores y me dijo que hoy vendría.

No supe qué contestar.

—Se fue a Cork —dije—. A ver a su familia.

La señora Fenn me miró un momento. Luego asintió, despacio, como asentía a todo, y me soltó la mano.

Al salir del cementerio, en la verja, Malcolm se me puso al lado. Andaba con dificultad, por el barro, con los zapatos de los funerales, que le hacían daño. No me miró. Miraba al suelo.

—Grey —dijo—. Tengo que hablar contigo.

—Habla.