Capítulo 19. El topo
La sospecha es como la humedad de las casas viejas de Leeds. No se ve entrar. Un día te das cuenta de que la pared está manchada, y de que lleva semanas manchada, y de que la mancha tiene forma de algo, y ya no puedes dejar de verla.
A la tercera planta le entró a finales de enero, y no salió nunca.
Nadie se miraba a los ojos más de lo necesario.
Owen dejó de traerme el café sin preguntar.
No porque sospechara de mí; eso lo sé ahora.
Porque había dejado de traérselo a nadie.
Se sentaba en su mesa con el anorak puesto, de cara a la pared, y escribía en su libreta con el bolígrafo mordido, y cuando alguien se le acercaba cerraba la libreta.
Malcolm se ponía los auriculares a las ocho y no se los quitaba hasta las seis, y había dejado de gruñir, que era peor que gruñir.
Whitlock pasaba el día detrás del cartón.
Se le oía la máquina de escribir y la tos.
La máquina, cada vez menos. La tos, cada vez más.
Y yo los miraba a todos.
No lo decidí. Era lo único que sabía hacer. Los miraba como había mirado durante veintiséis años a los hombres sentados al otro lado de una mesa: las manos, la boca, el temblor. A quién llamaban. Cuándo salían. Con quién hablaban en el pasillo. Me odiaba por hacerlo. Lo hacía igual.
El viernes 19, a las once de la noche, al salir de la comisaría por la puerta del patio, vi a Malcolm en la cabina de teléfonos de la esquina de la calle de atrás.
La que estaba frente a la parada de taxis, con el cristal roto y el suelo lleno de colillas.
Malcolm tenía un teléfono en la mesa. Tenía tres.
Y estaba en una cabina, a las once de la noche, con el anorak que le quedaba pequeño, hablando con alguien con la mano tapándose la boca y la espalda vuelta hacia la calle.
Me quedé quieto en la sombra de la tapia hasta que colgó. Le vi salir, mirar a los dos lados de la calle, subirse la cremallera hasta la papada y alejarse hacia la parada del autobús de Seacroft con las manos en los bolsillos, deprisa, sin volverse.
No le dije nada. A nadie.
El sábado 20, el Courier abría con un titular a cuatro columnas: EL CARTERO SE BURLA DE LA POLICÍA.
Y debajo, en un recuadro, entre comillas, la frase.
El inspector jefe debería arreglar la puerta de su despacho.
El cartón no le favorece. Según fuentes de la investigación, decía Vincent Shaw. Según fuentes cercanas a la brigada.
Esa carta estaba en la caja fuerte de Whitlock desde el miércoles por la noche. La habíamos leído cinco personas. Y yo tenía una fotocopia en el cajón de mi madre, debajo de las gafas.
⁂
Ruth vino a mi casa por última vez el sábado 20 de enero.
No sabía que era la última. Nunca se sabe. Si se supiera, uno haría las cosas de otra manera, y por eso, supongo, no se sabe.
Llegó a las nueve con una bolsa de papel de la tienda de comida para llevar de Burley Road, la de la señora china que siempre me ponía dos rollitos de más, y con un sobre marrón del laboratorio de Wetherby debajo del brazo.
Se quitó el abrigo. Se sentó en el suelo, donde siempre, con la espalda contra la estantería de las Brontë.
Comimos con los dedos, de los envases de aluminio, sin hablar, como se come cuando no se ha comido en todo el día.
Luego me dio el sobre.
—La tierra de Beck —dijo—. La de tu pañuelo.
Lo abrí. Eran tres hojas de informe, con fotografías de microscopio en blanco y negro, unos granos grises que parecían piedras de un río visto desde un avión, y una tabla con números.
—Se parece —dijo Ruth, antes de que terminara de leer—.
Es arcilla. Roja, plástica, del mismo tipo de suelo que hay debajo de media West Yorkshire, en cuanto escarbas un metro.
Pero no es la misma. La de Beck es tierra de huerto: tiene estiércol de caballo, tiene cal, tiene raíces, tiene huevos de lombriz.
La de las chicas es arcilla limpia, de subsuelo, de dos o tres metros de profundidad, sin nada vivo dentro.
Como la que sacas cuando cavas un pozo. O una fosa.
—Encendió un cigarrillo con el mechero de gasolina, el de la tapa de latón, que se cerraba con un clic—.
No es la misma tierra, Sol. Puede que la saque de otro sitio.
Puede que tenga otro agujero en otra parte. Pero esta no es.
Dejé el informe en el suelo.
—Owen no se lo va a creer.
—Owen no se va a creer nada que no le deje meter a Beck en una celda. —Dio una calada—. No le culpo. Yo tampoco me creería nada, si fuera Owen.
Nos quedamos callados. El radiador golpeó en la pared. Fuera, la señora Pryce sacaba la basura al patio y discutía con el gato del vecino.
—Mi padre se murió con un cuchillo en la mano —dijo Ruth, de pronto, sin mirarme, mirando el humo—. ¿Te lo había contado?
—No.
—En la carnicería. Un sábado por la mañana, en 1984, con la tienda llena de gente esperando los asados del domingo.
Estaba deshuesando un cordero y se le paró el corazón, y se cayó hacia delante encima del tajo, y no soltó el cuchillo.
Tuvieron que abrirle los dedos uno por uno.
—Echó el humo despacio—. Mi madre dice que fue la bebida.
Yo digo que fue el cordero. Que se cansó de deshuesar corderos y se murió de aburrimiento.
—Se rio un poco, sin alegría—. Doce años, el sábado que viene.
Todos los años, ese día, mi madre va a la tumba con un ramo de claveles y le cuenta lo que han subido los precios.
—¿Tú vas?
—Yo no voy. Yo no voy a hablar con los muertos, Sol. Los muertos no contestan. —Me miró—. Eso lo sabes tú mejor que nadie. Te pasas la vida tumbándote a su lado a ver si te dicen algo.
No contesté. Ruth apagó el cigarrillo en la tapa de un envase de aluminio.
—Cuando esto acabe… —empezó.
Se calló. Se quedó mirando la tapa del envase, la colilla aplastada, el rastro negro de la ceniza en el aluminio.
—¿Qué?
—Nada. —Se levantó del suelo. Se puso el abrigo—. Cuando acabe, te lo digo.
En la puerta, se volvió. Me miró un momento, de arriba abajo, como me había mirado en el sótano de Penrose, en la cocina del pasillo, en la escalinata nevada del Ayuntamiento. Como se mira algo que hay que entender antes de tocarlo.
—No te sirvas el tercero, Sol.
—No.
—Ajá.
Y se fue escaleras abajo. La oí bajar los veintiocho peldaños, deprisa, con los tacones de las botas, y la puerta del portal cerrarse, y sus pasos en la acera mojada alejándose hacia la parada de los taxis de Burley Road.
Cuando volví al salón, el mechero de gasolina estaba en el suelo, junto a la estantería, al lado de los envases vacíos. Se le había caído del bolsillo al levantarse. El de la tapa de latón. El que se cerraba con un clic.
Lo cogí. Estaba todavía caliente.
Me lo guardé en el bolsillo de la camisa, a la altura del corazón, donde la primera noche me había guardado las gafas, para dárselo el lunes.
⁂
El lunes 22 de enero, a las siete y media de la mañana, sonó el teléfono.
Estaba dormido. Por primera vez en una semana estaba dormido, vestido, encima de la colcha, con los zapatos puestos, y el timbre me sacó de un sueño sin imágenes, de un pozo negro, y me encontré con el auricular en la mano antes de saber dónde estaba.
—¿Sí?
—Grey.
Era ella.
—Ruth…
—Escúchame, Grey. No tengo mucho tiempo. —Hablaba deprisa, bajo, con una voz plana, sin el acento de Cork que se le subía a la boca cuando estaba cansada o enfadada. Una voz de leer un informe—. Necesito unos días. Me voy a Cork. A ver a mi padre.
—¿A Cork?
—Unos días. No sé cuántos. No me llames. —Una pausa. Algo, al fondo. Un ruido que no supe qué era. Un motor, quizá. O el viento—. No me busques, Grey. Por favor.
—Ruth, espera. Tengo tu mechero. Te lo dejaste el sábado…
—Guárdamelo.
Y colgó.
Me quedé sentado en la cama con el auricular en la mano, oyendo el tono, a oscuras, con la luz naranja de la farola entrando por la ventana. Tenía la boca seca. Me dolía la cabeza del sueño interrumpido.
Grey.
Me había llamado Grey. Tres veces. En mi casa, por teléfono, a solas, a las siete y media de la mañana. Grey, como en la tercera planta, como delante de todos, como antes de Otley, antes del taxi, antes de la Nochebuena.
Lo pensé así, aquella mañana, sentado en la cama.
Que me había llamado Grey. Que se iba. Que no quería que la buscara.
Lo pensé como lo piensa un hombre de cincuenta años al que una mujer acaba de dejar sin haber empezado.
Lo pensé con vergüenza, y con dolor, y con algo parecido al alivio, porque si se iba a Cork no la iba a mirar nadie, ni siquiera él.
Pensé en todo eso. En lo que me había dicho. En cómo me había llamado.
No pensé en lo otro.
Lo tenía delante. Lo había oído. Me lo había dicho dos días antes, sentada en el suelo de mi salón, con el humo subiendo hacia la mancha de humedad del techo.
Y no lo vi.
⁂
—Me ha llamado a mí también —dijo Whitlock aquella mañana, a las nueve, en la puerta de su despacho, con el pañuelo en la mano—.
A las siete y cuarto. Que necesitaba unos días.
Que se iba. —Tosió—. Le he dicho que se tomara los que quisiera.
Lo de Fenn la ha roto, Grey. Le enseñó a hacer la prueba de la sangre. Hizo la prueba de su sangre.
—No contesta.
—Porque no quiere contestar. —Me miró con aquellos ojos hundidos, cansados, de pozo—. Déjala. Está destrozada. Es una mujer adulta y tiene derecho a irse a llorar donde no la vea nadie. Todos tendríamos derecho. —Se guardó el pañuelo—. Yo también me iría, si pudiera.
La llamé esa tarde a su piso de Headingley. Doce timbrazos. La llamé por la noche. Veinte. La llamé el martes por la mañana, y por la tarde, y el miércoles. No contestó nadie.
El jueves fui a su casa.