El Cartero Interludio V
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Interludio V

Interludio V

Inspector Grey:

Esta vez no le escribo con tinta. Ya sabe usted con qué. No hace falta que su doctora moje el algodón; puede guardarse los frasquitos. Se lo enseñó a él, ¿verdad? Lo tenía apuntado en la libreta, con dibujitos. Esta tinta es suya. No se la enseñe a su madre.

Le tuvo esperando tres cafés, inspector. No se lo tenga en cuenta. A las ocho menos cuarto ya estaba conmigo. Yo le vi a usted el tercero. Se lo bebió frío, de un trago, y se le quedó la taza a medio camino de la mesa. Ahí lo supo. Usted lo sabe siempre, pero lo sabe siempre tarde.

Le tuve tres noches. No como a ellas. A ellas las preparaba; a él no había que prepararle para nada. Pero quise que supiera lo que habían sentido. Me pareció justo, con lo que le gustaba apuntarlo todo: que lo apuntara por dentro, una vez, donde no se borra.

El lunes le metí en la tierra hasta el cuello.

No más. No le iba a hacer renacer: no era mío.

Gritó como gritan todos, hasta que se dio cuenta de que allí no le oía nadie, y entonces hizo lo que hacía siempre.

Pidió perdón. Pidió perdón once veces en tres noches.

Las conté. A usted también le gusta contar.

Lloró por su madre. Luego por su padre, que es una cosa que hacen los hijos de los borrachos cuando ya no les queda nadie más. Y al final, el martes, cuando ya no le quedaba voz, lloró por usted. Le llamó señor Grey hasta el final. Era un chico muy educado.

Ustedes dragaron el canal el lunes. Yo le llevé el martes. Llegan siempre tarde y siempre al sitio equivocado, contando chinchetas en un mapa, interrogando a druidas, siguiendo a viejos en bicicleta por la nieve. El inspector jefe debería arreglar la puerta de su despacho. El cartón no le favorece.

Leí su libreta. La tenía llena de usted. «Primero se mira.» «Se aprende a vomitar después.» No le dio tiempo a aprender lo segundo. Lo primero, sí. Lo primero lo aprendió demasiado bien.

También tenía apuntada una cuenta. La suya. «Tendría treinta y uno. Diez más que yo.» Con la fecha y subrayado. No le pinté las uñas, inspector. No le peiné. No le puse flores ni le cerré los ojos. No era mío. Era suyo.

Tenía algo para usted en una carpeta azul. Me lo enseñó a mí primero. No le quedó más remedio.

Le encontrará donde sacaron a su padre: en el canal, en Armley, debajo del puente de piedra, junto a la esclusa. Le he dejado el traje. Era lo único que le quedaba de él.

El Cartero