Capítulo 18. Polaroids #4
—La puerta de cartón —dijo Malcolm, desde la oscuridad—.
No ha salido en el Courier . No ha salido en ningún sitio.
La han visto los de esta planta, los de la limpieza, Bill Royce y el que trajo el cartón del almacén.
—Se oyó cómo se hacía crujir un nudillo.
Uno solo—. Y los tres cafés. Alguien vio a Grey en The Kettle a las nueve y diez. Desde la calle. O desde aquí.
Nadie se movió.
Nadie dijo nada durante diez minutos. Los conté.
Lo cuento todo. El reloj de la pared, el redondo, el de la sala de incidentes, el que no adelantaba, fue dando los minutos con un clic pequeño, metálico, cada vez que la aguja grande saltaba.
Diez clics. Diez minutos en los que nadie miró a nadie.
En los que cada uno de nosotros miró al suelo, o a la ventana, o a la carta, o a la pared vacía donde había estado el reloj de las doce chicas, y en los que cada uno de nosotros, lo sé porque yo lo hice, contó a los demás.
Uno por uno. Owen en la mesa de Toby, con los pies colgando.
Ruth junto al radiador. Malcolm en la esquina oscura, junto al fax, donde Toby había recibido su última hoja. Whitlock en la puerta de cartón.
Y yo. Ellos también me contaron a mí. Lo sé. El asesor civil que fue sospechoso de un asesinato idéntico en 1963. El que había quedado con Toby a las ocho. El último que había hablado con él. El que recibía las cartas en casa.
Diez minutos.
Luego Whitlock se separó del marco de la puerta. Dio dos pasos hacia el centro de la sala. Se quedó allí, de pie, bajo el fluorescente que zumbaba, y nos miró a todos, uno por uno, despacio, como yo acababa de mirarlos.
—Escuchadme —dijo.
Le escuchamos.
—Mañana a las ocho suben dos sargentos de Bradford.
Dos que conozco desde hace veinte años y que no han pisado nunca esta planta.
Se encargan de todo lo que entre y salga de esta sala que no sea el Cartero: los teléfonos, el correo, las visitas, la prensa.
Lo del Cartero lo llevamos nosotros. Los cinco.
—Se corrigió. Se le movió algo en la cara—.
Los cuatro. Y Grey. Nadie más. Ni los de la limpieza entran aquí sin que esté uno de nosotros delante.
—Señaló la carta con la barbilla—. Las cartas, las fotos y todo lo que nos mande, a mi caja fuerte. Desde esta noche. La llave la tengo yo.
Sacó algo del bolsillo del abrigo. Una caja de cartón pequeña. La abrió encima de la mesa de Malcolm. Dentro había cinco buscas, negros, de plástico, nuevos, con su pinza para el cinturón, cada uno con un trozo de esparadrapo pegado y un número escrito a bolígrafo.
—Desde mañana, todos con busca. A todas horas. Para ir al baño, para dormir, para ir a misa. —Cogió uno y me lo tendió a mí—. Tú también, Grey. Sobre todo tú. Si ese hombre vuelve a acercarse a tu felpudo, quiero saberlo antes de que termines de agacharte.
Lo cogí. Era pequeño, frío, ligero. Lo miré en la palma de la mano. El esparadrapo decía 5 .
—Jefe. —Era Owen. Se había bajado de la mesa de Toby.
Tenía los ojos hinchados y la voz rota—.
Beck no pudo saber lo de la puerta. Beck no ha pisado nunca esta comisaría.
No pudo ver a Grey desde aquí. —Se mordió el nudillo—.
Y lo de seguirle en bici por la nieve. ¿Nos vio en los huertos, aquella noche, detrás del bidón?
No nos vio. Alguien se lo ha contado todo.
Alguien de dentro. Beck tiene a alguien dentro.
Whitlock le miró un momento largo. Luego asintió despacio.
—Puede ser —dijo.
Fue todo lo que dijo. Pero vi cómo Owen lo cogía, como se coge una cuerda en el agua. Y vi cómo Malcolm, en la esquina oscura, junto al fax, levantaba la cabeza un momento, muy despacio, y la volvía a bajar.
⁂
Volví a casa a la una. A pie. No me importaba ya quién me viera.
En el portal, encendí la luz de la escalera.
Treinta segundos. Miré el felpudo. Vacío.
Subí los veintiocho peldaños contándolos, como siempre, y en el rellano del primer piso me paré, y miré hacia abajo por el hueco de la escalera, al felpudo, al cristal esmerilado de la puerta de la calle, a la naranja de la farola. La luz se apagó.
Me quedé a oscuras en el rellano un minuto entero. Escuchando.
Nada.
En casa me senté en el escritorio de mi madre.
Puse el busca encima del cuero verde, al lado de la libreta azul de Toby.
Encendí el flexo. Y saqué del bolsillo la fotocopia que había hecho de la carta, en la fotocopiadora de la segunda planta, antes de que Whitlock la guardara en su caja fuerte, porque no quería que fuera a ningún sitio donde no pudiera leerla.
No la leí entera. Leí un solo párrafo. El penúltimo. El que no había querido entender en la cocina, a las seis de la mañana, con el sabor del vómito en la boca.
Tenía algo para usted en una carpeta azul. Me lo enseñó a mí primero. No le quedó más remedio.
Me lo enseñó a mí primero.
Me quedé mirando esas seis palabras mucho rato, bajo el flexo verde de mi madre. Toby no le había enseñado aquella carpeta a nadie. A nadie, me había dicho por teléfono. Primero a usted.
Y alguien la había visto antes que yo.
El busca, encima del escritorio, estaba quieto y negro, con su número en el esparadrapo. No sonó en toda la noche.
Pero yo lo miré toda la noche, como se mira a un perro que no conoces.