Capítulo 18. Polaroids #3
Whitlock subió el escalón. Llamó al timbre. Se quitó el sombrero, que no le había visto nunca y que debía de llevar en el coche para estas cosas, y se lo puso contra el pecho.
La puerta se abrió antes de que terminara de sonar el timbre. La señora Fenn estaba allí, con la bata azul, el pelo recogido, las manos apretadas por delante. Llevaba cuatro días detrás de esa puerta. Miró a Whitlock. Miró el sombrero contra el pecho. No hizo falta que él dijera nada.
No gritó. No lloró. Se agarró al marco de la puerta con una mano, despacio, como quien se agarra a la barandilla de un barco, y se quedó así, de pie, mirando a Whitlock, mientras él hablaba.
Él hablaba bajo. No le oí. Le vi mover los labios con cuidado, eligiendo las palabras, con la cabeza un poco inclinada, como escuchan los curas.
Ella asentía. Asentía a todo. Al cabo de un rato, Whitlock le puso la mano en el hombro. Ella no se movió.
Luego la señora Fenn miró por encima del hombro de Whitlock. Hacia la calle. Hacia el coche. Hacia mí.
Bajé la ventanilla. No sé por qué. Ella dejó a Whitlock en el escalón y bajó por el caminito del jardín, despacio, en zapatillas, bajo la lluvia, hasta la verja, y se paró al otro lado, a un metro del coche, y me miró.
Tenía algo en la mano. Una libreta. Una libreta pequeña, de espiral, con las tapas de cartón azul, abarquilladas, y un lápiz metido en la espiral.
—Es la de antes —dijo—. La del otoño. La llenó en Navidad y empezó otra. —Me la tendió por encima de la verja—. Estaba en su mesilla. Se la quería enseñar a usted. Me lo dijo. Decía que un día, cuando fuera inspector, se la iba a enseñar a usted, para que viera que había aprendido.
La cogí. No pude decir nada.
—Llévesela —dijo la señora Fenn—. Yo no sé leerle la letra. Siempre tuvo una letra tan pequeña.
Se dio la vuelta y subió el caminito, despacio, y pasó al lado de Whitlock sin mirarle, y entró en su casa, y cerró la puerta. Whitlock se quedó un momento solo en el escalón, con el sombrero contra el pecho, mirando la puerta cerrada. Luego se lo puso y bajó.
No abrí la libreta en el coche. No delante de nadie. La abrí aquella noche, en mi casa, en el escritorio de mi madre, bajo el flexo.
Estaba llena de mí.
Con una letra muy pequeña, apretada, inclinada hacia atrás, de chico zurdo al que obligaron a escribir con la derecha.
Fechas. Lugares. Y debajo, frases. Mis frases.
Cosas que yo había dicho delante de él, en el depósito, en el coche, en la sala de incidentes, en el porche de una iglesia, y que yo no recordaba haber dicho, o que había dicho sin darme cuenta de que alguien las estaba apuntando para siempre.
18 oct. Depósito. S. G.: «Se aprende a vomitar después».
18 oct. S. G. se desmayó en 1965 delante de McCready. No se lo he dicho a nadie.
5 nov. Bonfire. S. G. tira la silla. Le sostengo las chinchetas. No sé si he hecho bien. Creo que sí.
7 nov. Kirkgate. Le pregunto si tiene hijos. Dice que no. Creo que miente, pero no sé en qué.
24 nov. St Aidan. «No es culpa suya, Toby». Me ha llamado Toby. Primera vez.
24 nov. S. G.: primero se mira. Después ya se verá.
Y en la última página escrita, con fecha del 22 de diciembre, la última antes de empezar la libreta nueva, una sola línea, subrayada dos veces:
Si algún día tengo un hijo, le voy a enseñar a mirar como el señor Grey.
⁂
Aquella noche, a las once, volvimos a la sala de incidentes. No nos había llamado nadie. Fuimos.
Estaban los fluorescentes encendidos a medias, porque alguien había apagado la fila de la ventana, y la sala estaba en una penumbra amarillenta, con las pantallas de HOLMES apagadas y el corcho del reloj todavía en el suelo, contra la pared.
Owen estaba sentado en la mesa de Toby. No en su silla: en la mesa, con los pies colgando, como un crío.
Ruth estaba junto al radiador, con un cigarrillo apagado en la mano, que se había liado hacía una hora y no había encendido.
Malcolm estaba al fondo, en la esquina, junto al fax, a oscuras, sentado en una silla que había arrastrado hasta allí, con los auriculares colgados del cuello.
Whitlock estaba en la puerta de su despacho, con el hombro apoyado en el marco de cartón.
Nadie hablaba.
La carta estaba encima de la mesa de Malcolm, dentro de su bolsa de plástico, con las cuatro hojas extendidas una al lado de la otra. Las Polaroids, al lado, boca abajo. Todas. También la quinta. Ruth les había dado la vuelta a todas.
Llevábamos allí veinte minutos cuando alguien habló. Desde el fondo. Desde la esquina oscura, junto al fax.
—Hay un topo.
Era Malcolm. No levantó la voz. Lo dijo como se dice la hora, sin moverse de la silla, con la cara en la sombra y los auriculares colgándole del cuello.
Nadie le contestó.
—Hay un topo —repitió—. Leed la tercera hoja. El segundo párrafo.
No hacía falta leerla. Nos la sabíamos todos. Llevábamos todo el día sabiéndonosla y sin decirla.
El inspector jefe debería arreglar la puerta de su despacho. El cartón no le favorece.
Y en la primera hoja:
Le tuvo esperando tres cafés, inspector. No se lo tenga en cuenta. A las ocho menos cuarto ya estaba conmigo. Yo le vi a usted el tercero.