El Cartero Capítulo 18. Polaroids #2
76%

Capítulo 18. Polaroids #2

La quinta era de Toby tumbado en un suelo de losas de piedra, boca arriba.

Con el traje de su padre, empapado, oscuro, negro de agua o de otra cosa.

Con los brazos a los costados, no cruzados sobre el pecho.

Sin girasol. Sin las uñas pintadas. Sin peinar.

Con los ojos abiertos. A las doce chicas les había cerrado los ojos.

A Toby no. Toby miraba hacia arriba, hacia el flash, hacia el que sostenía la cámara, con aquellos ojos que ya no creían que hubiera ninguna explicación.

En el margen de la quinta no ponía perdón.

Ponía: Ya está.

⁂

Llegué al fregadero a tiempo. No sé cómo.

Vomité el café de la noche y el bourbon de la noche anterior y algo más, algo que no había comido, algo que me salió de más adentro, y seguí vomitando cuando ya no había nada, con las dos manos agarradas al borde del fregadero, los guantes de látex resbalando en el acero, la frente apoyada en el grifo frío, hasta que me dolieron las costillas y me lloraron los ojos y no supe si lloraba por el vómito o por lo otro.

Se aprende a vomitar después.

Se lo había dicho yo. En el depósito, en octubre, bajo la lluvia, a un chico de veintiún años que acababa de vomitar después de ver su primer cadáver. Se aprende a vomitar después. Y él lo había apuntado en su libreta, con el lápiz de la espiral, inclinándose para que no se mojara la página.

Me enjuagué la boca. Me lavé la cara con agua fría, con los guantes puestos. Me quedé un momento con las manos apoyadas en el fregadero, respirando, mirando el desagüe.

Luego volví a la mesa y abrí el sobre pequeño.

La carta eran cuatro hojas. La letra inclinada, la de siempre. La tinta no era la de siempre. Era más oscura. Marrón. Más espesa en los trazos de abajo de las letras, como la sangre seca en el borde de una herida. No me hizo falta el bastoncillo de Ruth. No me hizo falta nada.

La leí de pie, en la cocina, con la luz del fluorescente del techo, que zumbaba. Una vez. No pude leerla dos.

No la voy a copiar aquí. Está más adelante, entera, donde están las otras, en su sitio.

Él la escribió para que alguien la leyera, y alguien la leerá.

Pero aquí, en esta página, en esta cocina, no.

Aquí solo diré lo que me quedó dentro aquella mañana, de pie junto al fregadero, como se quedan las astillas: que Toby había pedido perdón once veces y que él las había contado.

Que había llorado por su madre, y luego por su padre, y luego, al final, por mí.

Que él había leído la libreta. Que la libreta estaba llena de mí.

Y que me decía dónde estaba.

Llamé a Whitlock a su casa a las seis y cinco. Contestó al tercer timbrazo, despierto, sin voz de sueño.

—Grey.

—Me lo ha traído a casa —dije—. Toby. Me ha traído a Toby.

⁂

A las siete menos cuarto estábamos todos en la sala de incidentes.

Whitlock, con el abrigo azul marino todavía puesto y la cara del color del cemento.

Owen, que había venido desde Westover Road con el Cavalier y se había saltado todos los semáforos de Kirkstall Road.

Malcolm, con un jersey encima del pijama, como la noche de Abena.

Ruth, la última, con el pelo mojado y sin recoger, sin lápiz, y los ojos rojos.

Dejé el sobre grande encima de la mesa de Malcolm. No dije nada. No hacía falta.

Ruth se puso los guantes y sacó las Polaroids.

Las puso en fila, como las había puesto yo, en el orden de él.

Las miró una por una sin cambiar la cara.

Solo le temblaban las manos. Al llegar a la cuarta se paró.

Se quedó un rato mirándola, inclinada sobre la mesa, con las manos apoyadas a los dos lados.

Luego le dio la vuelta, boca abajo, con la punta del dedo enguantado, y siguió con la quinta.

Owen no pasó de la segunda. Se dio la vuelta, fue hasta la ventana y apoyó la frente en el cristal, como la noche del reloj, y se quedó allí, de espaldas, con los hombros temblando dentro del anorak, sin ruido.

Malcolm las miró todas. Despacio. Con las gafas de culo de botella subidas a la frente y la cara a un palmo de cada foto. Al terminar se sentó en su silla, delante de las pantallas apagadas, y se quedó quieto, con las manos en las rodillas. No se hizo crujir los nudillos. No dijo nada.

Whitlock las miró de pie, al lado de Ruth, con las manos en los bolsillos del abrigo. Tardó mucho. Al terminar se sacó el pañuelo y tosió, de espaldas, largo, roto, y se lo guardó sin doblarlo. Fue la primera vez que le vi guardarse el pañuelo sin doblarlo.

Ruth hizo la prueba de la tinta en la última hoja de la carta. El algodón se puso rosa antes de que terminara de caer la segunda gota.

—Sangre —dijo. La voz no le salió. Carraspeó—. Sangre. Su grupo lo sabremos esta tarde. Está en su ficha médica de la academia.

Nadie le preguntó de quién creía ella que era.

Whitlock leyó la carta. La leyó entera, moviendo un poco los labios, de pie, junto a la mesa. Luego la volvió a dejar encima de la bolsa de plástico, alineada con el borde, y se quedó mirando la última hoja.

—Armley —dijo—. Debajo del puente. Donde sacaron a su padre.

—¿Su padre? —dijo Malcolm, desde la silla.

Fui yo quien contestó.

—El padre de Toby se ahogó en el canal en 1987. Un sábado de enero. Le sacaron el lunes, en Armley, debajo de un puente. Con una botella de whisky sin abrir en el bolsillo del abrigo. —Me miré las manos—. Me lo contó Toby. En St Aidan. La noche del cartel de los Doce Pasos.

—¿A quién más se lo contó?

Lo preguntó Ruth. Sin volverse. Mirando la quinta Polaroid, la que decía Ya está .

Nadie contestó.

—Estaba en el Evening Post —dijo Whitlock al fin, despacio—. En 1987. Un hombre de Morley ahogado en el canal. Lo sabía media Morley. Lo sabía su madre, sus vecinos, la gente de la capilla metodista. —Se volvió hacia Owen, que seguía de espaldas, con la frente en el cristal—. Hartley.

Owen no se volvió.

—Hartley. Los buzos. A Armley. Ya.

⁂

El puente era de piedra negra, bajo, de un solo arco, de los que se construyeron hace doscientos años para que los caballos que tiraban de las barcazas pudieran cruzar de una orilla a la otra del canal sin soltar la cuerda.

Al lado había una esclusa con las compuertas podridas y un cartel de la British Waterways con la pintura levantada.

Debajo del arco, el agua estaba quieta, negra, con una capa de hielo fino en las orillas, como el borde de un plato roto, y una espuma amarillenta, de detergente o de algo peor, que giraba despacio en el centro.

Llegamos a las ocho y media. Era de día, o algo parecido. Llovía.

Los buzos habían pasado por debajo de aquel mismo arco el lunes por la tarde.

El lunes no estaba. Esta vez no tuvieron que buscar.

Estaba exactamente debajo del arco, en el centro, a dos metros de profundidad, sujeto al fondo, nos dijeron después, con una cuerda de cáñamo atada a un bloque de hormigón de los de las obras.

Cuando le subieron, la cuerda venía con él, enrollada a los tobillos, y el bloque se quedó abajo, en el barro.

Le sacaron entre dos, por las axilas, y le tumbaron en el camino de sirga, sobre una lona azul, bajo el arco, donde no llovía.

Llevaba el traje gris de su padre. Empapado, negro de agua, pegado al cuerpo, que era más delgado de lo que yo recordaba, de lo que parecía con aquel traje que siempre le había quedado grande.

La corbata torcida. Un zapato. El otro se lo había quitado el agua, o el canal, o él.

Tenía los ojos abiertos. Como en la quinta foto.

Mirando el arco del puente, la piedra negra, los carámbanos que colgaban de las juntas.

Me agaché a su lado. No sé cuándo. Me encontré de rodillas en el camino de sirga, en el barro helado, junto a la lona, y no recordaba haberme agachado.

Primero el muerto.

Le miré. Le miré como me habían enseñado a mirar.

Como le había enseñado yo a él. Las uñas rotas, llenas de una arcilla roja, densa, que el agua no había conseguido sacar.

Las muñecas, en carne viva, con la marca de tres cabos de la cuerda de cáñamo.

El labio partido. La marca del pómulo izquierdo, oscura, redonda, con su corona de puntitos.

Y en el cuello, en el lado izquierdo, bajo la mandíbula, el corte.

Limpio. Sin marcas de duda. De un solo trazo.

Como a ellas. Todo como a ellas.

Salvo los ojos.

Alargué la mano. Sin guante. La mano derecha, la de las cicatrices.

Y le cerré los ojos. Primero uno y luego el otro, con el pulgar, despacio, como se cierra un libro que no se ha terminado.

Los párpados estaban fríos y no querían bajar, y tuve que dejar el pulgar encima un momento, apretando, hasta que se quedaron.

Nadie me dijo nada. McCready, que acababa de llegar y estaba de pie detrás de mí con su maletín, no me dijo nada.

Ruth, a mi lado, con los guantes puestos y la cámara en la mano, no me dijo nada.

Era una prueba. Yo había tocado una prueba sin guantes.

Había contaminado un cadáver. Lo sabía. Lo sabían todos.

—Bien hecho —dijo McCready, en voz baja, con su acento escocés—. Bien hecho, inspector.

Detrás de nosotros, en el camino de sirga, bajo la lluvia, Owen estaba de rodillas en el barro, junto al agua, con las manos en la cara. No hacía ruido. Le temblaba la espalda.

Whitlock estaba de pie a su lado. Le puso una mano en el hombro. La dejó allí. Un segundo. Dos. Más de lo necesario.

⁂

A la señora Fenn se lo dijo Whitlock.

Lo decidió él, en el puente, sin discutir.

«Es mi trabajo», dijo, y nadie le llevó la contraria, porque era verdad, y porque ninguno de nosotros podía.

Le llevé yo en el Escort, porque Owen no estaba para conducir.

Aparqué delante de la casa de la calle en cuesta, junto al enanito de yeso con la pintura saltada, y me quedé dentro del coche, con el motor en marcha y la calefacción encendida, mirando.