Capítulo 18. Polaroids
Buscamos a Toby durante cuatro días.
Lo buscamos como se busca a uno de los tuyos, que es como no se busca a nadie más: con rabia, sin dormir, sin pedir permiso.
El sábado por la tarde había seis coches en Morley.
El domingo, veinte, y dos perros de Wakefield, y un helicóptero de la policía de Lancashire que alguien había pedido prestado por teléfono a un amigo de un amigo y que pasó la mañana dando vueltas sobre los bosques de detrás de la fábrica de lana, tan bajo que las ovejas de los prados de alrededor corrían en círculos.
El lunes llegaron los buzos. Dragaron el canal de Aire y Calder desde Knostrop hasta Castleford, y el de Leeds a Liverpool desde la estación hasta Rodley, y sacaron del agua negra cuatro carritos de supermercado, una moto robada, un perro dentro de un saco y una bolsa de deporte con dos kilos de monedas extranjeras que nadie reclamó nunca. No sacaron a Toby.
El lunes por la tarde, la foto de Toby estaba en la portada del Courier .
La de su carné de la academia, con el pelo rapado y las orejas grandes y aquella sonrisa de chico que todavía no sabe que le están haciendo una foto para siempre.
AGENTE DESAPARECIDO. Vincent Shaw había escrito debajo, en letra más pequeña, que el agente en prácticas Toby Fenn, de veintiún años, formaba parte de la brigada que investigaba al Cartero, y que fuentes policiales no descartaban «ninguna hipótesis».
Yo leí la palabra «fuentes» tres veces. No dije nada. Nadie dijo nada.
La señora Fenn vino a la comisaría el domingo, el lunes y el martes.
No pidió hablar con nadie. Se sentaba en un banco de madera del vestíbulo, junto al mostrador de Bill Royce, con el bolso en las rodillas y el abrigo abrochado hasta arriba, y se quedaba allí tres o cuatro horas, mirando la puerta de la calle.
Royce le llevaba té. Ella le daba las gracias y no se lo bebía.
El martes, cuando bajé a buscar un expediente al archivo, me la encontré en el banco y me senté a su lado, y estuvimos así media hora, sin hablar, mirando la puerta, como dos personas que esperan el mismo autobús.
—Siempre fue un niño muy ordenado —dijo al fin, sin volverse—. Desde pequeño. Doblaba los calcetines por pares. Su padre se reía de él.
No contesté. No había nada que contestar.
Beck volvió a su casa el sábado a las diez menos veinte de la noche.
Owen le vio llegar desde el Cavalier, en Westover Road, empujando la bicicleta roja cuesta arriba, despacio, con la gorra calada y el chaquetón mojado.
Le dejó entrar. Le dejó encender la luz de la cocina.
Y luego se bajó del coche, cruzó la calle y llamó a su puerta.
Whitlock le había dicho que no le tocara.
Owen no le tocó. Le preguntó, en el umbral, con la mano en el marco para que no le cerrara, dónde había estado.
—Ayudando a un chaval —dijo Beck.
—¿Qué chaval?
—Eso no se dice, hijo. —Beck le miró con aquellos ojos sin color—. Eso no se dice nunca. Usted no lo entiende.
—Entonces explíquemelo.
—Me llamó a las seis y media llorando. Dijo que estaba en la estación de autobuses de Bradford con una botella en la mano. Fui en la bici. No estaba. Le esperé allí, en un banco, hasta las cuatro. —Se encogió de hombros—. A veces pasa. A veces llaman y luego no están. Se arrepienten. O se lo beben.
—¿Cómo se llama?
—Buenas noches, sargento.
Y le cerró la puerta despacio, sin dar un portazo, con la mano de Owen todavía en el marco, que tuvo que apartarla para que no se la pillara.
Whitlock le gritó a Owen al día siguiente.
Fue la única vez que le oí gritar en todo aquel invierno.
Le gritó con la puerta de cartón cerrada, y el cartón no paraba nada, y le oímos todos: que si quería regalarle un abogado a Beck, que si quería que la próxima vez que se le acercara un policía le recibiera con un juez, que si le había dicho o no le había dicho que no le tocara.
Owen salió del despacho blanco, con las orejas rojas, y se sentó en su mesa, y se quedó un rato largo mordiéndose el nudillo hasta que se hizo sangre.
—Dice que no tenemos nada —me dijo después, en la cocina pequeña del pasillo, en voz baja—.
Que un viejo que va en bici a Bradford un sábado no es nada.
—Se miró el nudillo—. Y tiene razón, señor Grey.
Ya lo sé que tiene razón. Pero Toby estaba en una parada de autobús a las siete y veinte y Beck estaba en una bici a las siete menos cuarto y a las cuatro de la tarde no estaba ninguno de los dos.
Yo no dormía.
Ya no salía a andar. Me quedaba en casa, sentado en el sillón con la gabardina puesta y el teléfono al lado, por si llamaba alguien, por si llamaba él.
Ruth venía por las noches. No se lo pedí.
Llegaba a las diez, con el abrigo mojado y la cara gris de pasarse el día en el canal o en el laboratorio, y se sentaba en el suelo, con la espalda contra la estantería, y fumaba.
No hablábamos mucho. A veces se dormía así, sentada, con la cabeza contra los lomos de las Brontë de mi madre, y yo la tapaba con la manta de cuadros y me quedaba mirándola dormir, oyendo la casa.
El martes por la noche, antes de dormirse, me dijo una sola cosa.
—Le enseñé a hacer la prueba de la sangre. En diciembre. Con los dos frasquitos. Me lo pidió por favor, y lo apuntó todo en la libreta, con dibujitos. —Tenía los ojos cerrados—. Lo hacía mejor que yo, Sol. Tenía mejor pulso.
⁂
Encontré el sobre el miércoles 17 de enero a las cinco y cuarenta de la mañana.
Había salido a andar, por fin, después de cuatro noches sin hacerlo, porque Ruth se había ido a su casa a las dos a ducharse y a dormir un poco y yo no podía estar más tiempo sentado en aquel sillón.
Volví a las cinco y media, por Burley Road, con la ciudad todavía negra y una lluvia fina, helada, que no llegaba a caer.
Abrí la puerta del portal con la llave. Encendí la luz de la escalera, la del temporizador, la que se apagaba sola a los treinta segundos.
Estaba en el felpudo.
Encima del WELCOME medio borrado. Un sobre grande, acolchado, marrón, de los que se usan para mandar libros. Grueso. Sin sello. Sin matasellos. Y en el centro, con la letra inclinada, con la tinta oscura:
Mr S. Grey.
Nada más. Ni la dirección. No hacía falta. Lo había traído en mano.
Me quedé de pie en el portal, con la llave todavía en la mano. La luz de la escalera se apagó. Me quedé a oscuras, con la naranja de la farola entrando por el cristal esmerilado de la puerta, y el sobre en el suelo, a mis pies, como un animal dormido.
Ha estado aquí. Esta noche. Mientras andabas. Ha abierto la tapa del buzón con un dedo, como tú en Armley, y lo ha dejado caer en el felpudo. Ha estado aquí, a un metro de la escalera. A veintiocho peldaños de tu puerta.
¿Y si no se ha ido?
Volví a dar a la luz. Treinta segundos. Miré la escalera, arriba, el primer rellano, la puerta de la señora Pryce.
Nadie. Miré detrás de mí, el cristal esmerilado, la calle.
Nadie. Miré el hueco debajo de la escalera, donde la señora Pryce guardaba un cochecito de niño que no era de nadie y una bicicleta sin ruedas. Nadie.
Me agaché. No toqué el sobre con las manos. Lo cogí por una esquina con el pañuelo, como Bill Royce cogía las malas noticias, y subí los veintiocho peldaños.
⁂
Ruth se había dejado en diciembre un par de guantes de látex en el cajón de los cubiertos, en el sitio donde antes estaba el cuchillo de mi madre.
Me los puse. Me rompí el del pulgar derecho al meterlo, otra vez.
Abrí el sobre encima de la mesa de la cocina, con las tijeras, por el lado contrario a la solapa.
Dentro había un sobre más pequeño, color hueso, cerrado. Y debajo, sueltas, boca abajo, cinco fotografías.
Polaroids. Con su marco blanco, más ancho por abajo que por arriba.
Les di la vuelta una por una. En orden. Como las había dejado él.
La primera era de Toby sentado en una silla de madera, de las de cocina, con el respaldo de barrotes.
Llevaba el traje gris de su padre. La corbata torcida.
Las manos atadas a la espalda, o detrás del respaldo, no se veía.
Los tobillos atados a las patas de la silla con cuerda de cáñamo, de tres cabos, de la buena.
Detrás de él había una pared de piedra desnuda, encalada hacía mucho, con manchas de humedad.
El flash le había dejado la cara blanca, plana, y le brillaban los ojos, abiertos, muy abiertos, mirando a la cámara.
Mirando al que sostenía la cámara. No había terror todavía en aquella cara.
Había otra cosa, peor. Había incredulidad.
La cara de un chico que todavía cree que hay una explicación.
En el margen blanco de abajo, con rotulador rojo, donde a las doce chicas les había escrito una hora, había escrita una palabra.
Perdón.
La segunda era de cerca. Solo la cara. Tenía el labio de abajo partido y un ojo cerrado, hinchado, y en el pómulo izquierdo, por debajo del ojo, una marca oscura, redonda, con el borde lleno de puntitos, como los rayos de un sol pintado por un niño.
Lloraba. Se le veían las lágrimas, brillantes por el flash, bajándole por la cara hacia la oreja.
Perdón.
La tercera era de un agujero en el suelo.
Un agujero rectangular, en un suelo de tierra roja, a la luz del flash.
Y dentro del agujero, hasta el cuello, la arcilla.
Y saliendo de la arcilla, la cabeza de Toby.
Solo la cabeza. Con la boca abierta. Con los ojos abiertos.
Con la tierra roja en el pelo rubio rapado, en las orejas grandes, en las pestañas.
Gritando. No se oye un grito en una fotografía. Aquel se oía.
Perdón.
La cuarta no la voy a describir. Lo he intentado en estas páginas y no puedo, y no voy a poder nunca, y no quiero. Solo diré que en la cuarta Toby ya no estaba en el agujero. Y que en el margen, en rojo, ponía lo mismo.