Capítulo 17. Tres cafés #4
—Las llevó a la comisaría el jueves —dijo la señora Fenn desde la puerta—. En la carpeta azul. Una copia. La otra copia la llevaba esta mañana, en la carpeta. Siempre hacía dos copias, con papel carbón. Como su padre.
Owen me miró.
Yo miraba las cajas de Correos en el suelo.
Miraba el póster torcido de los Smiths. Miraba la ventana, desde la que se veía la calle en cuesta y, al fondo, a la izquierda, la marquesina de la parada del autobús, con un banco de madera y una papelera.
Doscientos metros. Cuesta abajo. A las siete y veinte de una mañana de enero, de noche, con la calle vacía.
—¿Ve la parada desde aquí, señora Fenn?
—Sí. —Se acercó a la ventana. Se puso a mi lado—. Le miro siempre desde aquí, hasta que se sube. Desde que era pequeño. Para ver que se sube.
—¿Y esta mañana?
La señora Fenn tardó en contestar. Tenía las manos apretadas delante del pecho. Miraba la parada.
—Esta mañana no —dijo—. Esta mañana se me quemaban las tostadas.
⁂
Volvimos a la comisaría a las doce. Owen había hecho el camino de la casa a la parada tres veces, palmo a palmo, agachado, como si buscara una lentilla.
No había nada. Ni un botón, ni un papel, ni una gota.
El conductor del autobús de las siete y media no se acordaba de ningún chico con abrigo gris; se acordaba de que había subido muy poca gente porque era sábado y hacía mucho frío.
El del quiosco de la esquina abría a las ocho.
Una vecina que sacaba al perro a las siete y veinte había visto pasar un coche despacio por la calle, con los faros encendidos.
No sabía de qué color. Oscuro. O no. Era de noche.
Un coche. En una calle de Morley, a las siete y veinte. Pasan cien al día.
En la sala de incidentes, Whitlock estaba de pie junto a la ventana, con el teléfono en la mano, el cable estirado desde la mesa de Malcolm. Colgó cuando entramos.
—Morley ha mandado cuatro coches —dijo—. La central, otros dos. Están mirando los descampados, el bosque de detrás de la fábrica, los hospitales. —Se volvió hacia Owen—. ¿Bramley?
Owen se mordió el nudillo. Había llamado a la hermana de Beck desde la cabina de la parada de Morley, a las once.
—Beck no estaba en casa esta mañana —dijo—.
La hermana dice que le llamaron por teléfono a las seis y media.
Que le oyó a través de la pared, porque las casas están espalda con espalda y las paredes son de papel.
Que alguien lloraba al otro lado. Un ahijado, dice ella; uno de los que apadrina.
Que Harold se vistió deprisa, cogió la bicicleta y se fue antes de las siete.
Que a veces pasa. Que los borrachos se acuerdan de su padrino a las seis de la mañana, cuando se despiertan con la botella en la mano.
—Owen tragó saliva—. No ha vuelto. Son las doce. La bici no está.
Nadie dijo nada.
—¿Qué ahijado? —dijo Whitlock.
—No lo sabe. Harold no le cuenta nombres. Ni a ella.
Whitlock se quedó mirando a Owen un momento. Luego asintió despacio y se sentó en el borde de la mesa de Malcolm, como si de pronto le pesaran las piernas.
—Que le busquen —dijo—. A Beck. Discreto. A él y a la bicicleta. Las reuniones, los huertos, el canal. —Se frotó los ojos—. Y cuando le encontréis, no le toquéis. Me llamáis a mí.
⁂
A las tres de la tarde estaba otra vez en The Kettle, en la mesa de la ventana, con el cuarto café delante, frío, sin tocar.
No sé por qué volví. Supongo que porque era el sitio donde Toby iba a llegar, y una parte de mí, la parte que no era policía, la que tenía dieciocho años y esperaba en una escalinata, seguía pensando que si me quedaba allí sentado el tiempo suficiente, la puerta se abriría y entraría él, con el abrigo gris de su padre, colorado hasta las orejas, pidiendo perdón por el retraso, con la carpeta azul apretada contra el pecho.
Doreen no me cobró el café. Me trajo un plato con un bollo de canela y lo dejó en la mesa, al lado de la taza, sin decir nada. Luego volvió detrás del mostrador y se quedó allí, quieta, con las manos apoyadas en la madera, mirando la foto de su hijo Kevin, la del lazo negro, junto a la caja.
Por la ventana se veía la comisaría. La tercera planta.
Las ventanas de la sala de incidentes. Detrás de una de ellas, me di cuenta, estaba mi mesa, y desde mi mesa, en los días claros, se veía esta ventana, la de The Kettle, con su rótulo pintado a mano y su vaho en los cristales.
Lo pensé por primera vez aquella tarde, mirando la comisaría desde la cafetería: que una ventana se mira desde los dos lados.
¿Quién te ha visto esta mañana, Sol? Sentado aquí, una hora y cuarto, con tres cafés. Esperando. Desde la calle. Desde un coche. Desde una ventana. ¿Quién te ha visto esperar?
No lo supe. No lo pensé más. Me quedé mirando la puerta.
Y me acordé, por fin, de la frase.
La frase que Toby dijo la noche antes, por teléfono, al final, deprisa, en voz muy baja, casi para él, como quien se quita algo de la boca porque quema.
La que me callé. La que pensé que había entendido, y que entendí de la única manera en que podía entenderla aquel invierno, con un nombre subrayado tantas veces que había roto el papel, con una bicicleta roja, con un chaquetón azul con el ribete gastado y un parche que decía ROYAL MAIL.
—Tengo algo, señor Grey —había dicho Toby—. Del cartero. Del de verdad.