Capítulo 17. Tres cafés #3
Habrá perdido el autobús. Habrá cogido el siguiente. Se habrá quedado dormido, después de pasarse la noche en vela con la carpeta.
Me bebí el café.
Doreen puso Radio 2. Sonaba una canción de Simply Red que no le gustaba a nadie.
Una chica de la mesa del fondo se reía con su novio de algo que había en el periódico.
El olor del bacon. El vaho en los cristales.
Los dedos me golpeaban el muslo por debajo de la mesa, tap, tap, y me di cuenta de que no estaba pensando en el tabaco.
El siguiente autobús de Morley paró a las ocho y cuarenta y cuatro. Bajaron tres personas. Ninguna era Toby.
⁂
Tercer café.
Las nueve y diez. Doreen me lo puso delante sin decir nada y se quedó un momento de pie junto a la mesa, con la cafetera en la mano, mirando por la ventana conmigo.
—No es propio de él —dijo.
—No.
—Los viernes viene a por un bollo de canela para su madre, antes de ir al puesto de flores de la señora Moxon. —Se tocó la permanente—. Ayer no vino.
La miré.
—Ayer era viernes —dijo Doreen—. Y no vino a por el bollo.
No contesté. Doreen volvió al mostrador.
Y entonces me enfadé.
Me acuerdo bien del enfado, porque me avergüenzo de él más que de casi nada de lo que hice aquel invierno.
Fue una ira pequeña, mezquina, de viejo.
Me subió del estómago a la cara mientras me bebía el tercer café, frío ya, de un trago, y me encontré pensando, con las palabras exactas, como si las estuviera diciendo en voz alta en la sala de incidentes, que aquel crío me había tenido una hora y cuarto sentado en una cafetería como un idiota.
Que me había sacado de la cama a las doce de la noche con sus misterios de novela barata, «tengo algo», «no lo quiero decir por teléfono», y que luego se había dado la vuelta en la cama y se había quedado dormido.
Que la gente joven ya no tenía palabra. Que no había aprendido nada.
Que era un niñato sin valores, como todos los niñatos de su edad, que pedían perdón por todo para no tener que hacerse responsables de nada.
Lo pensé así. Un niñato sin valores.
Y en cuanto lo pensé, se me quedó la taza quieta a medio camino de la mesa.
Porque no era verdad. Porque Toby Fenn no era así.
Porque Toby Fenn era el chico que le traía flores a su madre todos los viernes porque se lo debía su padre, que iba a comprarle un bollo de canela antes, que llegaba a la comisaría con diez minutos de adelanto y esperaba en la acera para no parecer un pelota.
Que había apuntado durante tres años en el calendario de la cocina el número de días que su padre llevaba sin beber.
Que me había sostenido la caja de chinchetas, en silencio, la noche de Bonfire, mientras yo recogía del suelo las Polaroids que había tirado.
Que había ido seis días seguidos a un sótano lleno de ratones a copiar mil ciento cuarenta y dos nombres.
Toby Fenn no faltaba a una cita. No faltaba. No había faltado a nada en su vida.
Dejé la taza. Dejé un billete de cinco libras encima de la formica roja, que era tres veces lo que costaban los cafés, y me levanté tan deprisa que la silla se fue hacia atrás y la chica del fondo dejó de reírse.
—¿Cariño?
No contesté a Doreen. Fui al teléfono de pared que había junto a la puerta de la cocina, el de monedas, con la guía de teléfonos colgando de una cadena, y busqué Fenn, Morley.
Había tres. Llamé al segundo, el de la calle que Toby había dicho alguna vez, y me equivoqué de número dos veces porque me temblaban los dedos.
Contestó una mujer. Una voz cansada, educada, con la tele de fondo.
—¿Señora Fenn? Soy Solomon Grey. Trabajo con Toby. ¿Está en casa?
—¿Toby? —La mujer se quedó un momento callada—. No, señor Grey. Toby salió a las siete y cuarto. Me dijo que había quedado con usted.
No dije nada.
—Salió a las siete y cuarto —repitió ella—, a coger el autobús de las siete y media. Estaba todavía de noche. Le dije que se pusiera la bufanda. —Se le oyó tragar saliva al otro lado—. ¿No ha llegado?
—Todavía no, señora Fenn. Habrá perdido el autobús.
—Toby no pierde los autobuses. —Lo dijo con una calma terrible, la de una mujer que ya ha recibido una llamada así una vez en su vida, un lunes de enero, nueve años antes—.
Llevaba la carpeta. La azul. Estuvo escribiendo a máquina hasta la una.
Me desperté y le oí. Y esta mañana estaba contento.
Muy contento. Me dio un beso en la puerta y me dijo: «Mamá, creo que he hecho algo bien».
Me apoyé en la pared. Los azulejos estaban fríos y grasientos y olían a fritura.
—Señora Fenn, voy a llamar a la comisaría. Seguramente no es nada. Seguramente…
—No me diga que no es nada, señor Grey. —No levantó la voz—. A mí ya me dijeron una vez que no era nada.
⁂
Crucé la calle sin mirar. Un taxi me pitó y frenó a un metro de mis piernas, y el taxista me gritó algo por la ventanilla que no oí.
Entré en la comisaría por la puerta del patio de atrás, la de los coches, porque estaba más cerca.
El patio estaba casi vacío, como todos los sábados: dos furgones de uniforme, el Escort de la brigada con una rueda baja, y al fondo, junto a la tapia, el Rover gris de Whitlock, aparcado de culo, como siempre, para salir deprisa.
Subí los tres pisos corriendo. El ascensor seguía averiado.
Llegué arriba sin aire, con la boca abierta, y me tuve que agarrar al marco de la puerta de la sala de incidentes, como se agarraba Whitlock cuando tosía.
La sala estaba vacía. Malcolm no trabajaba los sábados. Owen, tampoco, aquel sábado. Las pantallas de HOLMES estaban apagadas. El fax, en su esquina, tenía la luz verde encendida y la bandeja vacía.
Detrás del cartón, sonaba la máquina de escribir.
Abrí la puerta sin llamar. Whitlock estaba en su mesa, en mangas de camisa, afeitado, con la corbata anudada, con una taza de té y el tubo de caramelos y los tres bolígrafos en fila. Levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos, la piel tirante, gris, como un papel mojado que se ha secado mal.
—Grey. —Me miró de arriba abajo—. ¿Qué te pasa? Parece que te persigue alguien.
—Fenn.
—¿Fenn qué?
—¿Le has visto? ¿Ha venido?
—Hoy no le tocaba. —Dejó las manos encima de las teclas—. ¿Por qué?
—Había quedado conmigo a las ocho. En The Kettle. No ha venido. Su madre dice que salió de casa a las siete y cuarto para coger el autobús de las siete y media. No ha llegado.
Whitlock se quedó quieto. Luego se quitó las manos de las teclas, despacio, y las juntó encima de la mesa, los dedos entrelazados, como la noche de la carpeta.
—¿Quedado contigo para qué?
—Me llamó anoche. A las doce menos veinte. Dijo que tenía algo. Que me lo quería enseñar a mí primero.
—¿Algo de qué?
—No me lo dijo. No quería decirlo por teléfono.
Whitlock asintió despacio. Tosió. Se volvió hacia la pared, con el pañuelo en la boca, y la tos le dobló, larga, honda, rota, y cuando terminó dobló el pañuelo en cuatro, sin mirarlo, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.
—Un chaval de veintiún años que pierde un autobús un sábado por la mañana —dijo, con la voz ronca—. Que se ha encontrado con un amigo. Que se ha ido a ver a una chica. —Me miró—. Eso es lo que te diría a ti cualquier sargento de guardia, Grey. Y tú le dirías que esperara veinticuatro horas.
—Él no.
—Ya lo sé. —Se levantó. Cogió la chaqueta del respaldo—.
Él no. Llama a Hartley. Que vaya a Morley y haga el camino de la casa a la parada, palmo a palmo.
Que hable con los vecinos, con el conductor del autobús de las siete y media, con el del quiosco.
Yo llamo a la comisaría de Morley y a la central.
Y a la madre. —Se puso la chaqueta. Le costó meter el brazo izquierdo en la manga—.
Y llama también a Bramley. A la hermana de Beck.
Quiero saber dónde estaba Beck a las siete y media de esta mañana.
⁂
Owen llegó a la comisaría en veinte minutos, con el pelo mojado de la ducha y la camisa abrochada mal, y tardamos otros cuarenta en llegar a Morley en el Cavalier. Whitlock se quedó en la comisaría, al teléfono.
La casa de los Fenn era una casa adosada de piedra, pequeña, al final de una calle en cuesta que bajaba hacia una fábrica de lana cerrada.
Tenía un jardincito delantero del tamaño de una mesa, con un rosal podado a ras y un enanito de yeso con la pintura saltada.
La señora Fenn nos abrió antes de que llamáramos.
Tenía cincuenta años y parecía de setenta.
Pelo gris recogido, una bata de casa azul, las manos cogidas por delante, apretadas.
Detrás de ella, en el recibidor, en la pared, había una foto de un hombre con bigote y traje gris, el traje de Toby, de pie delante de la puerta de una fábrica, sonriendo.
—Pasen —dijo—. No toquen nada de su cuarto, por favor. Lo ha dejado ordenado.
El cuarto de Toby estaba en el piso de arriba, al fondo.
Era un cuarto de niño que no había terminado de ser cuarto de hombre: una cama estrecha con una colcha del Leeds, una estantería con novelas de Agatha Christie y libros de texto de la academia de policía, un póster de los Smiths torcido en la pared, y en un rincón, en la mesa de la ventana, debajo de una funda de plástico, la máquina de escribir de su padre.
Al lado, en el suelo, en fila, las cuatro cajas de cartón de Correos.
Owen levantó la funda de la máquina. No había ningún folio en el rodillo.
La mesa estaba limpia. En la papelera de mimbre, debajo, había bolas de papel arrugado.
Owen se puso los guantes y las desdobló una por una encima de la colcha.
Eran listas. Nombres a máquina, en columnas, con errores tachados con equis.
ABBOTT, J. ACKROYD, R. ADAMS, P. Hojas que Toby había empezado y había tirado porque se había equivocado de línea, o de nombre, o porque la cinta de la máquina había manchado.
Ninguna pasaba de la be.
—¿Y el resto? —dijo Owen—. ¿Las buenas? Dijo que las había terminado.