El Cartero Capítulo 17. Tres cafés #2
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Capítulo 17. Tres cafés #2

Andaba. Nada más. Burley, Kirkstall Road, el centro, Woodhouse.

Andaba hasta que me dolían los pies y la ciudad empezaba a ponerse gris por el este, y entonces volvía a casa, me duchaba, me hacía el café y me iba a la comisaría.

Leeds de madrugada es otra ciudad. Es una ciudad de camiones de reparto con el motor en marcha, de panaderías con la persiana a medio subir, de borrachos dormidos en los portales de las tiendas de Briggate, de taxis vacíos y de chicas en Spencer Place que te miran desde las esquinas con los brazos cruzados por el frío y te preguntan si quieres algo, y cuando les dices que no, te dicen que entonces qué haces ahí.

Nadie te mira la cara. Nadie te pregunta tu nombre.

La tercera noche llegué al cementerio de Woodhouse.

No sé si fui a propósito. Creo que sí. Creo que llevaba yendo hacia allí desde la primera noche, dando vueltas cada vez más pequeñas, como un perro que da vueltas antes de tumbarse.

Treinta y dos años sin entrar. Treinta y dos años cruzando Woodhouse Lane por la otra acera, mirando al frente, sin volver la cabeza hacia la verja.

La verja estaba cerrada con una cadena. Salté el muro por donde estaba más bajo, junto a la universidad, como lo habrían saltado mil estudiantes borrachos antes que yo.

Ya no era un cementerio. La universidad lo había comprado a finales de los sesenta, cuando dejaron de enterrar allí, y lo había convertido en un jardín, para que los estudiantes se comieran los bocadillos al sol los tres días al año que hace sol en Leeds.

Habían quitado casi todas las lápidas y las habían puesto de pie contra los muros, en fila, apretadas, como gente esperando un autobús que no va a pasar.

Quedaban algunos ángeles sin nariz y sin manos, algunos panteones demasiado grandes para moverlos, caminos de grava, bancos con placas de latón.

La hierba, cortada al ras, estaba helada y crujía bajo los zapatos.

Había latas de cerveza junto a los bancos. Pero el tejo seguía allí.

Lo reconocí de las fotos del expediente.

Enorme, negro, con las ramas bajando hasta el suelo como una falda, como una tienda de campaña, y debajo un hueco oscuro como dentro de un armario.

Treinta y dos años más grande. Los tejos viven mil años.

Para él, treinta y dos años no eran nada.

Para él, aquella noche de septiembre había sido ayer.

Aparté las ramas. Entré.

Dentro olía a tierra y a resina y a algo dulce, podrido, de las bayas rojas del tejo que nadie se come porque matan.

No se veía nada. La luz naranja de Woodhouse Lane se quedaba fuera, en las ramas, y dentro estaba oscuro, tan oscuro que tuve que buscar con las manos.

Las dos lápidas inclinadas de la foto ya no estaban; se las habrían llevado al muro, con las demás.

Pero el hueco seguía allí. Lo encontré con las manos: un trozo de tierra desnuda entre las raíces, donde no crecía la hierba.

Y me tumbé.

Boca arriba, en la tierra helada, con las piernas juntas, los pies hacia el camino, como estaba ella en la tercera foto. Crucé las manos sobre el pecho. Miré hacia arriba, hacia la copa del tejo, negra contra negro.

No vi nada. No había nada que ver.

Pero oí.

Oí el tráfico de Woodhouse Lane, lejos, a cien metros, como lo había oído ella. Oí un perro. Oí mi respiración, que se volvía nube delante de mi cara y subía hacia las ramas. Y oí, o me pareció oír, fuera del tejo, en la hierba helada, un paso.

Uno.

La hierba crujiendo bajo un peso. Y luego nada.

No me moví. No respiré. Me quedé tumbado en el sitio donde la habían matado, con las manos cruzadas sobre el pecho, como un muerto, escuchando. El corazón me golpeaba contra las manos. Esperé el segundo paso.

Hay alguien fuera.

Es un zorro. Es un borracho. Es una rama que se ha partido con el hielo.

Está ahí fuera, mirando el tejo. Esperando a que salgas. Como esperó a que saliera ella.

No llegó el segundo paso.

No sé cuánto tiempo estuve allí. Cuando por fin aparté las ramas y salí, con la gabardina mojada y la espalda helada y tierra en el pelo, el jardín estaba vacío, gris, con la primera luz del día subiendo detrás de la torre de la universidad.

No había nadie. En la escarcha de la hierba había huellas.

Muchas. De zorro, de perro, de estudiante borracho, de mil noches. Y mías.

No sé si había otras. No las busqué.

No quise saberlo.

⁂

Toby cambió en enero.

No mucho. No como cambia alguien a quien le pasa algo.

Como cambia alguien que está pensando en algo y no quiere que se le note.

Llegaba a la comisaría con los ojos rojos de dormir poco, porque se pasaba las noches pasando a máquina las listas de Correos en la mesa de la cocina de su madre, en una Olympia portátil que había sido de su padre, y llegaba con los folios en una carpeta de cartón azul que no soltaba nunca, ni para ir al baño.

Hablaba menos. Pedía perdón menos. Se quedaba a veces quieto delante de su mesa, con la libreta abierta y el lápiz en la mano, mirando la pared vacía donde había estado el reloj, y cuando alguien le hablaba daba un respingo, como si le hubieran despertado.

El jueves 11, a media tarde, le oí preguntarle a Malcolm, en voz muy baja, junto a la impresora, cómo se pedía al Registro de la Propiedad una nota de una finca. De una finca rústica. En el campo.

—Con un formulario, chaval —gruñó Malcolm, sin levantar la vista de la pantalla—. Y paciencia: tardan semanas. A no ser que conozcas a alguien en la oficina del registro que te lo mande por fax por debajo de la mesa. ¿Para qué quieres tú una finca rústica?

—Para nada. —Toby se puso colorado hasta las orejas—. Para una cosa. Perdón.

Y se fue a su mesa con la carpeta azul apretada contra el pecho.

No le di importancia. Pensé en Beck. En un cartero jubilado que quizá tenía, además del huerto, un cobertizo en algún sitio, una casa de un tío muerto, un trozo de tierra en el páramo heredado de alguien.

En la propiedad aislada en un entorno rural del perfil de octubre.

Pensé que el chico estaba haciendo su trabajo. Que estaba aprendiendo.

El viernes 12, por la tarde, le vi en el fax.

A las seis y media, cuando ya no quedaba casi nadie en la sala.

Estaba de pie junto a la máquina, en la esquina del fondo, mirando cómo el aparato escupía una hoja con aquel chirrido de dientes.

Cuando terminó, la arrancó, la leyó allí mismo, de pie, y se quedó quieto, mirándola, mucho rato, como se mira una carta que no se esperaba.

Luego la dobló por la mitad y la metió en la carpeta azul.

Se volvió, me vio mirándole y sonrió. Una sonrisa rara, nerviosa, de crío que ha hecho una travesura.

—Buenas noches, señor Grey.

—Buenas noches, Toby.

Le vi ponerse el abrigo, el de su padre, de lana gris, que le quedaba grande como el traje. Le vi meter la carpeta azul debajo, contra el pecho, y abrocharse los botones por encima. Le vi salir.

Esa fue la última vez que le vi entero.

⁂

Me llamó a las doce menos veinte de esa misma noche.

Yo estaba despierto, sentado en el sillón, con la gabardina puesta, a punto de salir a andar. El teléfono sonó y lo miré sonar dos veces antes de cogerlo, porque ya no cogía el teléfono de noche sin mirarlo antes, como se mira a un perro que no conoces.

—¿Señor Grey? —Hablaba bajo, muy bajo, como se habla en una casa donde alguien duerme—. Perdón. Perdón por la hora. Soy Toby. Toby Fenn.

—Ya sé quién eres, Toby.

—Perdón. —Se le oía respirar deprisa. Detrás, muy bajo, el tictac de un reloj de cocina y el zumbido de una nevera—. Es que… tengo una cosa. Tengo algo. Llevo toda la semana… y hoy… —Se calló—. No quiero decirlo por teléfono.

—¿Por qué no?

—Porque no estoy seguro. Porque si me equivoco… —Tragó saliva—. Me equivoqué con lo del calendario de Emma. Me callé y me equivoqué. Y no quiero volver a equivocarme, señor Grey. Ni callándome ni hablando. Quiero que lo vea usted primero. Que me diga si estoy loco.

—¿Es Beck?

Silencio. El tictac del reloj de la cocina. Uno. Dos. Tres. Cuatro.

—Mañana —dijo Toby—. A las ocho. En The Kettle. Se lo enseño todo. Lo tengo aquí, en la carpeta.

—¿Se lo has dicho a alguien? ¿A Owen? ¿Al jefe?

—No. A nadie. —Lo dijo muy deprisa—. Primero a usted. Usted me dijo que primero se mira. Que después ya se verá.

—De acuerdo. A las ocho.

—A las ocho. —Le oí soltar el aire, como se suelta una mochila al llegar a casa—. Gracias, señor Grey. Perdón. Gracias.

Y antes de colgar, en voz todavía más baja, casi para él, dijo una frase más. La dijo deprisa, como quien se quita algo de la boca porque quema. La oí. La entendí, o creí entenderla.

No la voy a escribir todavía. Me la callé aquella noche, y me la callé al día siguiente, durante mucho tiempo. A veces pienso que si la hubiera repetido en voz alta a tiempo, a alguien, a cualquiera, todo habría sido distinto.

Colgué. No salí a andar aquella noche. Me quedé en el sillón, con la gabardina puesta, hasta las siete.

⁂

Segundo café.

Las ocho y veinte. Doreen me lo trajo sin que se lo pidiera y se llevó la taza vacía. Miró la silla de enfrente, la vacía, y no dijo nada.

Fuera empezaba a clarear. Un gris sucio que salía de los tejados como el humo de una colilla mal apagada.

La calle se llenaba despacio: un hombre con un perro, dos policías de uniforme que cruzaron hacia la comisaría con los cascos bajo el brazo, una mujer con un carrito de la compra de cuadros escoceses.

El autobús de Morley paraba en la esquina, a cincuenta metros.

Lo vi llegar a las ocho y veinticuatro. Bajaron cinco personas.

Ninguna llevaba un abrigo gris que le quedara grande.

Toby no llegaba tarde nunca. Nunca. Llegaba a la comisaría a las ocho menos diez, aunque entrara a las ocho, y se quedaba en la puerta, en la acera, hasta las ocho menos cinco, para no parecer un pelota. Me lo había contado Owen. Era de esos chicos.