Capítulo 17. Tres cafés
Lo sé con esa exactitud porque miré el reloj al empujar la puerta, y porque el reloj de la pared de Doreen, uno de plástico con forma de tetera que daba la hora con la tapa, marcaba las ocho menos cinco, y pensé, como pensaba siempre, que todos los relojes de Leeds iban adelantados menos el mío.
Era de noche todavía. En enero, en Leeds, a las ocho de la mañana es de noche, y la luz de la cafetería, amarilla, grasienta, empañaba los cristales desde dentro y dibujaba en la acera mojada un rectángulo caliente, como el de una chimenea vista desde la calle.
Doreen estaba detrás del mostrador, con la permanente recién hecha y las uñas de un rosa nuevo, más oscuro, de Navidad. Me vio entrar y cogió una taza gruesa sin preguntar.
—Pronto vienes tú hoy, cariño.
—He quedado.
—¿Con la doctora? —Me guiñó un ojo por encima de las gafas de la cadenita—. Ya era hora.
—Con Toby.
—Ah. —Se le apagó un poco la sonrisa, no sé por qué. Luego volvió—. Con mi chico de los viernes. Bueno. Ese sí que es puntual.
Me senté a la mesa de la ventana, la de siempre, la de la formica roja con la quemadura de cigarrillo en la esquina, de cara a la puerta.
Doreen me trajo el café. Solo, sin azúcar, como el alma de un recaudador de impuestos.
Lo dejé enfriar un poco. Por la ventana empañada se veía, al otro lado de la calle, el bloque de hormigón de la comisaría, con las ventanas de la tercera planta ya encendidas.
Primer café.
⁂
Para entender por qué me quedé allí sentado hasta el tercero, hay que volver un poco atrás. Tres semanas. Al día de Navidad, a un tarro de mermelada en la nieve.
Los de huellas llegaron a Ilkley a las once, en una furgoneta que patinó dos veces en la cuesta de la iglesia, y cuando llegaron el sol había hecho su trabajo y las huellas del cementerio eran charcos con forma de pie.
Owen había hecho veinte fotos con su cámara.
Sirvieron para saber lo que ya sabíamos: botas de agua de marca corriente, de las que se venden en cualquier tienda de granjeros de Yorkshire, del número once inglés, un cuarenta y cinco o un cuarenta y seis, y una zancada de un hombre que no era tan grande como sus botas.
Las rodadas del camino de detrás del muro eran de un coche cualquiera con ruedas cualquiera.
El tarro de mermelada no tenía huellas. El girasol seco, tampoco.
El Austin Allegro marrón de Edna Pollitt, la hermana de Beck, estaba a las once y media aparcado en la puerta de su casa de Bramley, con escarcha en el parabrisas.
Owen lo comprobó él mismo, volviendo de Ilkley a ciento treinta, y me lo dijo por la tarde por teléfono con la voz de quien ha perdido una apuesta.
Luego, una hora después, volvió a llamar para decirme que la escarcha vuelve a cuajar en una hora en un parabrisas, si hiela, y que aquella mañana helaba.
Beck había pasado el día de Navidad en casa de su hermana. Eso dijo la hermana. Desde las doce. Antes de las doce, no lo sabía.
Y luego, nada.
Así empezó enero. Con nada.
El Cartero se había ido a dormir, como había anunciado, y se llevó el caso con él.
Las cartas dejaron de llegar. Tom no volvió a sentarse junto a ninguna puerta.
Los agentes de paisano de las reuniones volvieron a sus comisarías la primera semana del año, porque en la jefatura alguien había hecho cuentas y le habían salido demasiadas horas extra para un hombre que había dejado de matar.
Charles Ashby llamó al jefe de policía tres veces en Año Nuevo y una vez al ministro del Interior, y la tercera planta se llenó de hombres con traje que subían, miraban el corcho vacío, hablaban con Whitlock con la puerta de cartón cerrada y se iban sin saludar.
A la vigilancia de Beck le quitaron las noches.
Owen siguió yendo por las noches de todos modos, sin cobrarlas, en su Cavalier, con la manta de su casera.
La sala de incidentes se quedó a media luz, como se quedan las casas cuando se va la mitad de la familia.
Malcolm cruzaba datos que ya había cruzado.
Ruth volvió a Wetherby, a sus microscopios y a otros muertos, y venía dos tardes por semana.
Toby pasaba a máquina las listas de Correos.
Whitlock escribía en su despacho, detrás del cartón, y salía poco, y cuando salía estaba más delgado, más gris, con los ojos hundidos como dos monedas en el fondo de un pozo, y tosía en el pañuelo de una manera nueva, larga, que le obligaba a apoyarse en el marco de la puerta.
—Bronquitis —me dijo una tarde, cuando le miré—. Todos los inviernos. Este invierno es más invierno.
Y yo volví a las clases.
⁂
El martes 9 de enero, a las siete de la tarde, volví a subir la escalera del edificio de Ciencias Sociales, saludé a Arthur en la garita, que me llamó inspector y me preguntó por la familia, y le contesté que una vida sencilla, pero completa, y entré en el aula 2.14.
El reloj de la pared seguía cuatro minutos adelantado. Nadie lo había arreglado en todo el trimestre.
Había treinta y un alumnos. Uno menos que en octubre.
El chico de la camiseta de Blur había dejado la carrera; me lo dijo Hannah Lowe al final de la clase, en voz baja, como se dice una muerte.
Hannah estaba en la primera fila, sola, como siempre, con un jersey nuevo, verde, demasiado grande, y cuando entré levantó los ojos de su cuaderno y me miró la mano.
La venda ya no estaba. Quedaban las cicatrices, cuatro rayas rosas en los nudillos que tiraban de la piel cuando cerraba el puño.
No me puse las gafas. Seguían en el cajón de mi madre. Leí las transparencias con el brazo estirado, como mi padre leía el periódico, y nadie se rio.
Aquella noche hablé del enfriamiento. Del tiempo que pasa un asesino entre una víctima y la siguiente, y de cómo ese tiempo no es un descanso, sino otra cosa: una digestión, un recuerdo, una preparación.
Les conté que algunos se paran durante meses, o años, y que nadie sabe nunca si se han parado del todo.
Que la policía, cuando pasa mucho tiempo, empieza a creer que el hombre ha muerto, o se ha ido, o está en la cárcel por otra cosa.
Y que esa es la parte más peligrosa del trabajo. La calma.
En la primera fila, Hannah Lowe levantó la mano. No la levantaba nunca.
—¿Y si no se ha enfriado? —dijo—. ¿Y si solo está esperando?
—¿Esperando qué?
Hannah se puso colorada. Miró su cuaderno.
—No sé. A alguien. —Se encogió de hombros dentro del jersey verde—. Mi abuela decía que los girasoles, en invierno, no están muertos. Que están esperando debajo de la tierra a que vuelva el sol.
Al fondo, en la última fila, bajo el fluorescente que alguien había vuelto a cambiar y que ya parpadeaba otra vez, no había nadie.
⁂
Fue en Nochevieja cuando no encontré el cuchillo.
Me había comprado una barra de pan de la panadería polaca de Burley Road y un trozo de queso de Wensleydale y una botella de vino tinto que no me iba a beber, porque mi madre decía que el año había que empezarlo con algo en la mesa aunque no hubiera nadie para comérselo.
Abrí el cajón de los cubiertos para cortar el pan.
Buscaba el cuchillo grande. El de mi madre.
Un cuchillo de cocina de hoja ancha, de acero de Sheffield, gastado por el centro de tanto afilarlo en el escalón de piedra de la puerta de Chapeltown, con el mango de madera oscura y tres remaches de latón.
Con él cortaba mi madre los ñames y los plátanos y la cabra los domingos, y con él me había cortado yo el pan todas las noches de los últimos siete años.
No estaba.
Lo busqué en el cajón. En el escurridor. En el fregadero, debajo de los platos. En la tabla de cortar. En el armario de debajo del fregadero, por si se había caído detrás de la basura. Lo busqué en el escritorio, porque a veces lo usaba para abrir los sobres. No estaba en ninguna parte.
Me quedé de pie en la cocina, con la barra de pan en la mano, intentando acordarme de la última vez que lo había usado. No me acordaba. Hacía semanas que no cortaba pan. Hacía semanas que no comía en casa nada que hubiera que cortar. Desde noviembre, quizá. Desde antes de la mano.
Lo habrás tirado con la basura. Lo habrás dejado en algún sitio.
¿En qué sitio?
Partí el pan con las manos. No volví a pensar en el cuchillo. Ni aquella noche ni en muchas noches después. Ahora no pienso en otra cosa.
A las doce menos un minuto sonó el teléfono. Lo cogí al primer timbrazo. Al otro lado se oía ruido de calle, gente cantando a lo lejos, una botella rompiéndose, el viento.
—Feliz año, Sol.
—Ruth…
—Te llamo desde una cabina de Headingley. Hay un borracho esperando a que cuelgue para llamar a su madre. —Se oyó, de fondo, la campana de una iglesia dando la primera campanada, lejana, traída por el viento—. Solo quería ser la primera.
—Lo eres.
—Ajá. —Una pausa. La segunda campanada—. Que este año no te sirvas el tercero.
Y colgó. Me quedé con el auricular en la mano, oyendo el tono, mientras las campanadas seguían sonando sobre los tejados de Leeds, cada vez más débiles, como si se alejaran.
Aquella noche no me serví ninguno.
⁂
Empecé a salir de noche la segunda semana de enero.
No lo decidí. Me despertaba a las tres, o a las cuatro, con el radiador golpeando dentro de la pared, y ya no podía volver a dormirme, y me quedaba tumbado mirando el techo en la oscuridad, oyendo la escalera.
Y una noche me levanté, me vestí, me puse la gabardina y salí a la calle. Y la noche siguiente también.