El Cartero Capítulo 16. Nombres que no existen #7
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Capítulo 16. Nombres que no existen #7

Es 21 de septiembre. Todos los años. Treinta y dos años.

Llegas a media tarde, cuando el sol baja por detrás del páramo y alarga las sombras de las lápidas sobre la hierba.

Traes un girasol. Uno solo, envuelto en papel de periódico para que no te miren.

Saltas el muro del fondo porque por la verja te vería el párroco.

Vienes en línea recta, sin buscar, porque sabes el camino de memoria, como se sabe el camino a casa.

Te arrodillas. Sacas del tarro el girasol del año anterior, negro, seco, y pones el nuevo.

Y le hablas en voz baja. Le cuentas cosas.

Y esta mañana has vuelto. Fuera de fecha, por primera vez en treinta y dos años, con la nieve.

Has saltado el muro con unas botas que no son tuyas.

Le has quitado la nieve a su nombre con la mano, despacio, letra por letra.

Y le has contado que ya van doce. Que les has pintado las uñas a todas, como le prometiste a ella.

Que una era de Chapeltown, del barrio de él.

Que la última llevaba su rebeca y un libro contra el pecho, y que le dio el sol en la cara a mediodía.

Y le has contado que él está dentro. Que por fin le tienes donde querías.

Y te has ido antes de que llegara. Porque sabías que iba a venir.

Abrí los ojos. Tenía las manos en la nieve, delante de mí, abiertas, a cada lado del tarro. Las dos. También la vendada. La venda se había empapado y estaba fría.

Oí la verja chirriar detrás de mí. Pasos en el camino, deprisa, resbalando. Owen.

—Señor Grey…

Se paró a mi lado. Miró la lápida. Miró los dos huecos en la nieve. Miró el tarro. Miró las huellas que venían del muro y volvían. Le vi entenderlo, en tres segundos, todo, como lo entiende un buen policía.

—¿Cuándo? —dijo, en voz baja.

—Esta mañana. La nieve dejó de caer a la una. Las huellas están limpias. Ni una gota de agua en el fondo. —Me levanté. Me costó. Tenía las rodillas empapadas—. Hace menos de dos horas.

Owen siguió las huellas con los ojos hasta el muro del fondo. Luego echó a correr. No por encima de ellas: a su lado, como yo, por la nieve lisa, resbalando, con el anorak abierto. Saltó el muro donde estaba caído. Le perdí de vista.

Volvió a los cinco minutos, sin aliento, con la cara roja y nieve hasta las rodillas.

—Hay un camino detrás —dijo—. Un camino de tierra que sube al páramo.

Las huellas bajan hasta el camino. Y en el camino…

—Se apoyó en una lápida, jadeando—. En el camino ha estado parado un coche.

Con el motor en marcha. Hay un círculo sin nieve, de tierra mojada, debajo de donde estaba el tubo de escape, y las rodadas de las ruedas, que se van hacia abajo, hacia la carretera.

—Me miró—. Ha venido en coche. Ha dejado el coche en marcha, ha saltado el muro, ha venido hasta aquí, se ha arrodillado, y se ha ido.

—Mientras nosotros veníamos por la carretera de Otley.

—Mientras nosotros veníamos. —Owen tragó saliva—. Nos hemos podido cruzar con él, señor Grey. En la carretera. Hemos podido cruzarnos con él.

No dije nada. Pensé en los coches que nos habíamos cruzado en la carretera de Otley aquella mañana. Tres. Cuatro. Uno rojo, con una familia y un árbol de Navidad en la baca. Una furgoneta de la leche. Dos que no había mirado.

No los había mirado.

—Beck no tiene coche —dijo Owen, de pronto, como si se le acabara de ocurrir, y le vi la cara cambiar, apagarse, como se apaga una cerilla—.

Beck no tiene coche, señor Grey. Y yo me fui de Westover Road anoche a las once.

Le dejé con la luz de la cocina encendida y me fui a casa a dormir, porque era Nochebuena y porque el jefe me dijo que me fuera.

Se quedó callado. Luego levantó la cabeza.

—Pero su hermana sí. —Lo dijo despacio, como quien se agarra a algo—. La hermana de Beck tiene un Austin Allegro marrón aparcado en la puerta. Lo he visto toda la semana. Tiene las llaves colgadas en un clavo de la cocina. Lo he visto por la ventana.

No contesté. Miré el tarro de mermelada, el girasol negro, la cabeza encogida, sin pétalos.

Owen se agachó junto a una de las huellas. La miró mucho rato. Luego sacó la libreta del bolsillo del anorak y el bolígrafo mordido, y empezó a dibujarla, con cuidado, el dibujo de la suela, las rayas, el tacón, con la lengua entre los dientes, como dibuja un niño.

—Voy a por la cámara —dijo—. Está en el maletero. Y voy a llamar al jefe desde la cabina de la plaza. Que manden a alguien de huellas antes de que salga el sol y se derrita todo.

Se fue corriendo por el camino. La verja chirrió.

Me quedé solo delante de la tumba de Clara, con la nieve hasta los tobillos, mirando los dos huecos que había dejado él al arrodillarse. Y los dos que había dejado yo, al lado. Iguales. Del mismo tamaño. A la misma distancia de la piedra.

Fuera del cementerio, en la calle, alguien había empezado a quitar la nieve de su puerta con una pala. El ruido llegaba hasta allí, limpio, regular, en el aire quieto. La pala entrando en la nieve. Saliendo. Entrando.

Por detrás del páramo, el sol de Navidad empezaba a asomar, bajo, blanco, sin fuerza, y alargaba hacia mí la sombra de la cruz de la lápida.

Era el 25 de diciembre. Desde el viernes, los días habían empezado a alargarse. Un minuto. Dos.

Me quedé allí hasta que la sombra me llegó a los pies.