Capítulo 16. Nombres que no existen #6
Se quedó mirando la escalinata. Yo la miré a ella.
Tenía nieve en el gorro y en las pestañas, y la nariz roja de frío, y los ojos grises muy abiertos a la luz amarilla de las farolas.
Se le había escapado un mechón de pelo por debajo del gorro, castaño, con hebras grises, y le caía sobre la mejilla.
Olía a incienso y a tabaco y a lana mojada.
Se volvió hacia mí. Estaba muy cerca. No me había dado cuenta de lo cerca que estaba. O sí.
Me miró. No dijo nada. Yo tampoco. Levanté la mano izquierda, la buena, y le aparté el mechón de la mejilla, despacio, y se lo metí por debajo del gorro.
Ella no se movió. Se le cerraron un poco los ojos.
Noté su aliento, caliente, en la barbilla, con el olor del tabaco de liar.
Noté sus dedos apretarme el brazo a través de la gabardina. Me incliné.
Y entonces la vi.
No a ella. Detrás de ella. La escalinata.
La sombra entre las columnas, negra, vacía.
Y en la sombra, en el sitio donde en la foto había una mancha pálida sin cara, no había nadie.
No había nadie. Pero yo lo vi. Lo vi como lo había visto en la lupa de Ruth: alto, quieto, de traje oscuro, con los brazos caídos, mirando hacia abajo. Hacia nosotros.
Me paré.
A un centímetro. Me paré a un centímetro de su boca, y me quedé allí, y ella abrió los ojos.
—No —dije.
Ruth no se apartó. Se quedó donde estaba, a un centímetro, mirándome.
—¿No qué?
—No quiero que te mire a ti.
Lo dije muy bajo. Tan bajo que no supe si lo había oído. Pero lo había oído. Le vi en la cara cómo lo entendía, despacio, palabra por palabra, como se entiende algo en un idioma que se sabe a medias. Le vi cómo se le iba el color de las mejillas, y cómo le volvía.
Se apartó. Un paso. Me soltó el brazo.
—Ya me mira, Sol —dijo.
No contesté.
—Me mira desde aquel martes. —Le temblaba la voz, de frío o de otra cosa—.
Desde que dije tu nombre delante de todos.
Desde que me fui contigo en el taxi y me quedé en tu casa y me senté en el suelo con la cabeza en tu rodilla.
Si nos está mirando, que por lo visto le gusta mucho, ya me ha visto.
—Se metió las manos en los bolsillos del abrigo—.
No me vas a proteger no besándome. Solo te vas a quedar sin besarme.
—Ruth…
—No. —Negó con la cabeza, despacio, con una sonrisa pequeña, triste, que no le había visto nunca—. Tienes razón. No esta noche. Esta noche no. Aquí no, delante de esa escalera. —Miró la sombra entre las columnas—. Pero no por él. Por ella.
Paró un taxi. Pasaba uno, el único de toda la noche, con el letrero encendido, despacio, por la nieve. Se subió. No me pidió que subiera.
—Buenas noches, Sol.
El taxi se fue por el Headrow, dejando dos rayas negras en la nieve. Me quedé solo en la esquina, delante de la escalinata, bajo el reloj, que marcaba la una y veinte.
Miré la sombra entre las columnas mucho rato.
No había nadie.
⁂
Owen me recogió en mi portal a las ocho de la mañana del día de Navidad, con el Cavalier, con la calefacción a tope y una bolsa de papel en el asiento de atrás con dos pastelitos de Navidad, de los de fruta y especias, de una panadería que no sé cómo había encontrado abierta.
No se lo había pedido yo. Me llamó él a las siete y media, me dijo que su madre no le perdonaría dejarme pasar la Navidad solo, y cuando le dije que su madre no me conocía, me dijo que por eso, y colgó.
Luego, en el coche, sin mirarme, mientras salíamos de Burley por una carretera blanca que nadie había pisado, me preguntó adónde quería ir.
—A Ilkley —dije.
Owen no dijo nada. Puso el intermitente.
La carretera de Otley estaba helada y casi vacía. Pasamos por debajo del Chevin, blanco, enorme, y no miré hacia arriba, hacia donde estaba el roble. En la radio, bajito, un coro de niños cantaba villancicos. Owen no lo quitó.
Ilkley es una ciudad pequeña de piedra, rica, tranquila, metida en el fondo del valle del Wharfe, con el páramo encima como una ola a punto de romper.
Aquella mañana estaba dormida bajo la nieve, con las calles vacías y las tiendas cerradas y el humo saliendo recto de las chimeneas en el aire quieto.
La iglesia estaba en las afueras, al final de una calle de casas grandes que subía hacia el páramo.
Una iglesia pequeña de piedra oscura, con una torre cuadrada.
La de la felicitación. Exactamente la de la felicitación, con el muro bajo alrededor y la línea blanca del páramo detrás.
La misa de Navidad había terminado. No había nadie. Los coches de los feligreses se habían ido y habían dejado en la nieve de la calle unos rectángulos negros, de asfalto mojado, donde habían estado aparcados.
Owen se quedó en el coche. No se lo pedí. Lo entendió.
Empujé la verja del cementerio. Chirrió.
El camino subía entre las tumbas hacia la iglesia, marcado por dos filas de tejos negros, y la nieve del camino estaba pisada, revuelta, llena de huellas de zapatos de domingo que iban y venían de la puerta de la iglesia.
Pero a los lados del camino, entre las tumbas, la nieve estaba intacta. Lisa. Blanca. Sin una marca.
A la izquierda del camino.
Me salí del camino. La nieve me llegaba al tobillo y se me metía en los zapatos. Fui leyendo las lápidas, despacio, quitando la nieve de las letras con el guante de la mano izquierda. Un farmacéutico de 1890. Una niña de tres años. Un soldado del 17. Un matrimonio. Otro.
Y entonces vi las huellas.
No eran mías. Venían del muro del fondo, del lado del páramo, donde el muro era más bajo y estaba medio caído, y atravesaban la nieve lisa entre las tumbas, en línea recta, sin dudar, hasta una lápida.
Y desde la lápida, volvían. Por el mismo camino.
Pisando en las mismas huellas de ida. Huellas grandes, de botas de agua, con el dibujo de la suela muy marcado, nítido, recién hecho.
La nieve del fondo de cada huella todavía estaba blanca, sin agua, sin hielo.
Me quedé quieto.
Las miré. Me agaché sobre una de ellas. Puse la mano izquierda al lado, abierta, para medirla, como había hecho en Baildon Moor con las de las botas que se alejaban del fresno de Joanne.
Un cuarenta y cinco. Un cuarenta y seis.
Y la distancia entre una y otra. La zancada.
Medí con la mano. Corta. Demasiado corta para unas botas tan grandes.
Como la de un hombre que lleva unas botas que no son de su número. Como la de Baildon Moor.
No vaya todavía. Todavía no está usted listo.
Seguí las huellas hasta la lápida. No pisé en ellas. Caminé a su lado, en la nieve lisa, despacio.
Era una lápida de granito gris, sencilla, con una cruz tallada arriba.
Alguien le había quitado la nieve. No toda: solo la de la cara de delante, la de las letras, con la mano, con cuidado, dejando un marco de nieve alrededor, como se le quita el vaho a un cristal para mirar a través.
Las letras estaban limpias, mojadas, negras.
CLARA MARGARET WHITFIELD
1944 – 1963
Una hija muy querida
Y delante de la lápida, en la nieve, dos huecos redondos, uno al lado del otro. Del tamaño de dos rodillas.
Alguien se había arrodillado allí. Aquella mañana.
Hacía poco. Mientras yo me tomaba el café en Burley y Owen buscaba una panadería abierta, alguien había saltado el muro del fondo con unas botas que no eran suyas, había atravesado el cementerio en línea recta hasta aquella tumba sin necesidad de buscarla, le había quitado la nieve a su nombre, se había arrodillado delante de ella, y se había ido por el mismo sitio.
Junto a la base de la lápida, medio enterrado en la nieve, había un tarro de cristal. De mermelada, sin etiqueta. Dentro, un tallo negro, seco, doblado, con una cabeza encogida y oscura en la punta, del tamaño de un puño, sin un solo pétalo. Un girasol. De septiembre. Del 21 de septiembre.
Me arrodillé.
No lo decidí. Las rodillas se me doblaron solas, y se me hundieron en la nieve, al lado de los dos huecos que había dejado él. A su lado. Exactamente a su lado, como se arrodilla uno en un banco de iglesia junto a un desconocido.
Y lo vi.