Capítulo 16. Nombres que no existen #5
—Con los girasoles. —Sonrió un poco, con los dientes amarillos—.
Los planta para los pájaros. Para los jilgueros, que vienen en otoño a comerse las pipas.
Nunca los corta. Una vez le pedí uno para mi nieta y me dijo que no.
Que una flor cortada es una flor muerta.
—Levantó la bolsa de las coles—. Es un hombre raro, Harold.
Pero no es mala persona. Me arregló la valla cuando me operaron de la cadera. Sin pedirme nada.
—¿Y la carretilla?
El viejo miró hacia la valla de Beck, donde, apoyada contra un poste, atada con una cadena a una estaca, había una carretilla de hierro, verde, oxidada, de una sola rueda.
—Es suya. La usa para el estiércol. De una cuadra de Horsforth. —Me miró con curiosidad—. ¿Qué ha hecho Harold?
No contesté. Me acerqué a la carretilla. Me agaché. La rueda era de goma negra, maciza, gastada, con un dibujo en la banda de rodadura.
Espiga.
Un dibujo en espiga. Como el que había visto en un surco medio borrado por la lluvia, en el Chevin, saliendo de un hueco en un muro de piedra seca, a cuarenta metros de un roble solo.
Saqué del bolsillo la cinta métrica que llevaba desde octubre. Medí la banda. Ocho centímetros.
Como la mitad de las carretillas de Inglaterra.
Me lo dije porque era verdad. La acción de HOLMES de las carretillas había llegado a mil cuatrocientos puntos de venta, y en los huertos de Kirkstall había veinte carretillas como aquella apoyadas contra veinte vallas. Me lo dije muchas veces, agachado en la nieve sucia.
Antes de irme, cogí un terrón de tierra del borde del bancal de Beck, junto a la valla, donde no hacía falta abrir ninguna verja para alcanzarlo. Era rojizo. Pesado. Se me quedó pegado a los dedos del guante. Lo envolví en el pañuelo y me lo guardé en el bolsillo de la gabardina.
El sij me miró hacerlo. No dijo nada. Cuando ya salía por la verja, me llamó.
—Señor policía.
Me volví.
—Si Harold ha hecho algo —dijo, con la bolsa de coles en la mano—, no lo ha hecho aquí. Aquí no. —Señaló con la mano abierta los diecinueve girasoles muertos, inclinados hacia la nieve—. Un hombre que no corta una flor para una niña no hace daño aquí.
Le di la tierra a Ruth esa tarde, cuando volvió de Wetherby, en el pañuelo. No me preguntó de dónde era.
—Tardaré —dijo—. Es Navidad. Hasta los microscopios se van a casa.
⁂
El domingo 24 por la tarde, la sala de incidentes estaba vacía.
Whitlock nos había mandado a todos a casa a las doce.
Malcolm se había ido a Whitby, a casa de una prima.
Toby se había llevado las cuatro cajas de Correos a Morley, en un taxi que le pagó Owen, para pasarlas a máquina junto a la chimenea mientras su madre le hacía el pavo.
Owen había vuelto a Westover Road, al Escort, con el termo y la manta de su casera; decía que no tenía nada mejor que hacer, y era verdad.
Ruth estaba en Wetherby, con la tierra y la felicitación, hasta las seis.
Yo subí a las cinco a por la bufanda, que me había dejado colgada en el perchero, y la máquina de escribir sonaba detrás del cartón.
Llamé con los nudillos en el marco.
—Pasa, Grey.
Estaba en mangas de camisa, con el abrigo azul marino en el respaldo de la silla y la estufa de aceite encendida a los pies.
La lámpara de la mesa le dejaba media cara en sombra, como la noche de la carpeta.
Tenía delante la Olivetti, un folio en el rodillo, y al lado, en fila, tres bolígrafos, el tubo de caramelos y una taza de té con una nata de leche fría por encima.
Fuera, por la ventana, empezaba a nevar en serio, copos grandes, lentos, que pasaban por delante de la luz de las farolas de la calle como polillas.
—¿No te vas a casa, Graham?
—Esta es mi casa. —No dejó de escribir—. La otra es donde duermo cuando me dejáis.
—Es Nochebuena.
—Lo sé. —Terminó una línea. Tiró de la palanca del carro.
Ding—. Llevo cincuenta y dos Nochebuenas, Grey.
Las primeras veinte las pasé en la iglesia con mi madre, rezando por cosas que no llegaron.
Las siguientes, aquí o en otra comisaría parecida.
—Me miró por encima de la máquina—. ¿Y tú? ¿Con la doctora?
No contesté. Whitlock sonrió un poco, muy poco, con la boca cerrada.
—No es asunto mío —dijo—. Perdona. Vete. Feliz Navidad.
Me di la vuelta. En la puerta, con la mano en el marco del cartón, me paré.
—Graham.
—¿Qué?
—La declaración diecisiete. La que falta en la carpeta de 1963. Era de Penrose. Le habló al sargento Haigh de un chico de Correos que esperaba a Clara los jueves, con el abrigo de ella en el brazo.
Whitlock dejó de escribir. Se volvió hacia mí en la silla.
—¿Penrose te ha dicho eso?
—El miércoles.
—Un chico de Correos. —Whitlock se recostó en la silla—. Beck.
—Puede ser.
—Clasificador en City Square, turno de noche.
Tardes libres. —Asintió despacio—. Treinta años en 1963, casi.
Para un profesor de cuarenta y tantos, un muchacho.
—Se frotó los ojos con dos dedos—. Lo apunto.
Se lo diré a Hartley el martes. Y a Fenn, que está con las cajas de Correos.
Si alguien de City Square se acuerda de un compañero que se iba los jueves por la tarde a la universidad con un abrigo de mujer en el brazo…
—Se encogió de hombros—. Es más de lo que teníamos ayer.
—¿Y la hoja que falta?
—La hoja que falta se la llevó alguien, Grey. En el sesenta y tres, en el setenta y cuatro o hace dos semanas. —Volvió a acercar la silla a la máquina—. Y ese alguien tenía muchas ganas de que nadie leyera lo que ponía. Eso también es más de lo que teníamos ayer.
Asentí. Me quedé un momento más en la puerta. Whitlock volvió a poner las manos en las teclas, pero no escribió.
—Vete, Grey. —No me miró—. Te espera alguien. No la hagas esperar. A mi edad se aprende que eso no se perdona.
Bajé los tres pisos andando. El ascensor seguía averiado. Desde la calle, al levantar la vista, vi la ventana de su despacho iluminada, la única de la tercera planta, la única de todo el edificio, como una vela en una casa vacía. Volvía a sonar la máquina.
⁂
Ruth me esperaba a las once y media en la escalinata de la catedral de St Anne, en Cookridge Street, con el abrigo largo, un gorro de lana y las manos metidas en los bolsillos, dando saltitos para no quedarse helada.
Nevaba. Llevaba nevando desde las cinco y la ciudad se había quedado callada debajo, como se quedan las ciudades con la nieve, con los ruidos envueltos en algodón.
—Mi madre me mataría si supiera que voy a la misa del gallo con un protestante —dijo, en lugar de saludar—.
Y me mataría más si supiera que no voy. Lleva cuarenta años sin saltársela.
Ni el año que se rompió la cadera. Fue en silla de ruedas, empujada por mi tío, que también es protestante y no sabía cuándo había que arrodillarse.
—Yo tampoco sé cuándo hay que arrodillarse.
—Ya lo sé. Tampoco eres irlandés. Ni mujer. Ni de Cork. —Me cogió del brazo sin preguntarme—. No hace falta. Ahí dentro se está caliente y cantan bien. Con eso basta.
Nos sentamos al fondo, en el último banco, junto a la pila del agua bendita, entre una familia polaca con tres niños dormidos y un viejo con un abrigo militar que olía a whisky y lloraba sin ruido.
La catedral estaba llena. Olía a incienso, a abrigos mojados, a cera.
Las velas del altar temblaban a lo lejos, pequeñas, doradas, y cuando empezó el coro, una voz de niño sola, muy alta, en latín, toda la gente dejó de toser a la vez.
Ruth no rezó. Se quedó sentada, con las manos juntas en el regazo, sin cruzarlas, mirando hacia el altar. Pero cuando cantaron Adeste Fideles movió los labios. Sin voz. Toda la letra, de memoria.
Yo miraba las velas. Pensaba en mi madre, que iba a la iglesia metodista de Chapeltown con un sombrero azul que se había hecho ella misma y me llevaba de la mano, y que en el sermón me pellizcaba si me dormía.
Pensaba en Clara, que se había educado con las monjas y se reía de los sermones.
Pensaba en doce chicas que no iban a cantar nada aquella noche, en doce casas de Yorkshire donde alguien estaría poniendo un plato de menos en la mesa, o poniéndolo igual, por costumbre, y quitándolo después.
Pensaba en una felicitación con una iglesia de piedra bajo la nieve.
Cuando sonaron las doce, las campanas de la catedral empezaron a tocar encima de nosotros, tan fuerte que se notaban en el banco, en los huesos, y la familia polaca se despertó entera, y el viejo del abrigo militar dejó de llorar y se puso a cantar. Ruth se volvió hacia mí.
—Feliz Navidad, Sol.
—Feliz Navidad.
⁂
Salimos a la una. Había dejado de nevar.
La ciudad estaba blanca, limpia, sin pisar, como si alguien hubiera tapado con una sábana todo lo que había pasado en ella aquel otoño.
Bajamos por Cookridge Street, por el centro de la calzada, porque no pasaba ningún coche, y nuestros pasos eran los únicos en la nieve, dos líneas negras, una al lado de la otra.
Ruth no me había soltado el brazo desde la escalinata.
—¿Sabes lo que decía mi padre de la Nochebuena? —dijo—. Que es la única noche del año en que los borrachos de Cork y los curas de Cork están de acuerdo en algo. En que hay que estar despierto a las doce.
—¿Y en qué más?
—En nada más. Por eso es una noche tan rara.
Llegamos al Headrow y allí nos paramos, delante del Ayuntamiento.
No lo decidimos. Nos paramos. La torre del reloj estaba iluminada, blanca de nieve en las cornisas, y debajo, la escalinata.
Los leones de piedra, cada uno en su pedestal, con un gorro de nieve en la cabeza y otro en el lomo.
Las columnas. La sombra del pórtico, negra, entre la segunda y la tercera.
No había nadie.
—Aquí fue —dijo Ruth.
—Aquí.