Capítulo 16. Nombres que no existen #4
No encendió la luz del pasillo. Salió a oscuras, despacio, con el chaquetón azul y la gorra, con algo grande al hombro, un saco, de los de patatas, de arpillera, lleno a medias.
Cerró la puerta sin ruido. Dejó el saco en el suelo.
Se agachó junto a la bicicleta, quitó la cadena, la guardó en la cesta, encima de la nieve.
Se puso las pinzas en los bajos del pantalón, despacio, gruñendo, como en la puerta de St Bartholomew.
Se colgó el saco a la espalda con una cuerda.
Y se subió a la bicicleta, y se fue cuesta abajo, sin luces, haciendo eses en la nieve, hacia el fondo de la calle, hacia el canal.
Owen ya tenía la mano en la llave del contacto.
—Espera.
—Señor Grey…
—Espera a que doble la esquina. Sin luces. Despacio.
Le seguimos. Era fácil y era imposible a la vez: fácil porque iba despacio y su rastro en la nieve se veía a la luz de las farolas como un hilo negro; imposible porque en Bramley, a la una de la madrugada, un coche que va a diez por hora detrás de una bicicleta sin luces es lo más visible del mundo.
Owen se quedaba atrás, se paraba en las esquinas, esperaba.
Beck bajó hasta Leeds and Bradford Road, la cruzó sin mirar, se metió por un callejón entre dos naves, y salió al camino de sirga del canal.
Y allí le perdimos. Un coche no cabe por el camino de sirga del canal de Leeds a Liverpool.
—Mierda. —Owen dio un golpe en el volante—. Mierda, mierda.
—Va al huerto.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque por el canal se llega a Kirkstall en veinte minutos sin cruzar una sola calle. —Lo sabía porque había recorrido aquel camino de sirga muchas veces, treinta y dos años antes, de la mano de una chica que tenía miedo de que la vieran conmigo—. Vamos por Bridge Road. Déjame en la abadía.
⁂
Los huertos de Kirkstall estaban a oscuras.
Cuarenta o cincuenta parcelas estrechas, una detrás de otra, separadas por somieres y alambre, entre la carretera y el río, al pie de las ruinas de la abadía, que se recortaban contra el cielo naranja de la ciudad como un barco hundido puesto de pie.
La nieve lo cubría todo con una capa fina, azulada, y en ella se veían las cosas oscuras: las casetas de chapa, los bidones, un espantapájaros con gorro de lana, los palos negros de los girasoles muertos.
Entramos por la verja del lado de la carretera, que no tenía candado. Owen delante, con la linterna apagada en la mano. Yo detrás, con la mano vendada metida en el bolsillo para que no se me viera lo blanco.
No hizo falta buscar la treinta y uno.
Había luz en el cobertizo verde.
Una luz pequeña, amarilla, temblona, de vela o de quinqué, que se escapaba por las rendijas de las tablas y dibujaba en la nieve de alrededor unas rayas finas, paralelas, como los barrotes de una celda.
La bicicleta roja estaba tumbada en la nieve junto a la puerta.
Y desde dentro, muy bajo, llegaba un ruido.
Un ruido de algo que se arrastra. De tierra. De una pala.
Nos quedamos quietos detrás de un bidón, a quince metros. No respirábamos.
Una pala. Entrando en la tierra. Saliendo. La tierra cayendo a un lado, con un golpe blando. Otra vez. Despacio. Con método. Como cava un hombre que sabe cavar y que no tiene prisa.
Una fosa de arcilla en el suelo de un cobertizo.
No.
Es un huerto. Es un viejo en su huerto. Los viejos cavan.
A la una y media de la madrugada. En diciembre. Con la tierra helada.
Owen tenía la mano en la linterna, apretándola tanto que le crujía el plástico.
Le vi la cara a la luz naranja del cielo.
Tenía los dientes apretados y la mandíbula le temblaba, y supe lo que estaba pensando, porque yo estaba pensando lo mismo.
Que si había alguien ahí dentro, alguien con los ojos abiertos en la oscuridad, con las manos atadas, oyendo la pala, oyendo la tierra caer…
Estás tumbada en el suelo. No sabes dónde.
Está oscuro y huele a tierra mojada y a algo blanco, áspero, que te pica en la nariz.
Tienes las muñecas atadas a la espalda y la cuerda se te clava.
Oyes una pala. Cerca. Muy cerca. Oyes cómo entra en la tierra y cómo sale.
Y cuentas. Uno. Dos. Tres. Porque contar es lo único que puedes hacer, y porque mientras cuentas no piensas en para qué es el agujero.
—Señor Grey. —Owen, al oído, sin voz—. Voy a entrar.
—No.
—Si hay alguien…
—Si hay alguien, ya lo sabremos. Si no hay nadie y entras sin orden, se acabó. Se acabó para siempre, Owen. No volvemos a acercarnos a él a menos de cien metros sin que su abogado nos lo eche en cara delante de un juez.
—Me la suda el juez.
—A mí también. Pero a ella no.
No sé a quién me refería. Owen tampoco lo supo. Pero se quedó quieto.
La pala paró a los veinte minutos. La luz se apagó.
La puerta del cobertizo se abrió con un chirrido de bisagra, y Beck salió, solo, a oscuras, sin el saco.
Echó el candado. Lo comprobó dos veces, tirando de él.
Levantó la bicicleta de la nieve. Y se quedó un momento quieto, en la puerta de su parcela, con la gorra puesta y la bicicleta de la mano, mirando hacia donde estábamos. Hacia el bidón.
No nos movimos.
Beck escupió en la nieve. Se subió a la bicicleta. Y se fue por el camino, despacio, hacia la verja, hacia el canal, haciendo eses, sin luces, hasta que la oscuridad se lo tragó como se lo había tragado la de Town Street.
Owen llamó a Whitlock desde una cabina de Kirkstall Road a las dos y veinte. Yo le esperé fuera, en la acera, con la nieve cayendo otra vez, fina, y le vi por el cristal empañado de la cabina hablar deprisa, gesticular, morderse el nudillo. Whitlock contestó, me dijo luego, al primer timbrazo.
—Dice que no hagamos nada —dijo Owen al salir, con la cara gris—.
Que lo apunte todo. Que mañana pide la orden.
Que un viejo que va a su huerto de noche con un saco no es una orden de registro, pero que un viejo que cava a la una de la madrugada en tierra helada quizá sí, si el juez tiene un buen día.
—Se metió las manos en los bolsillos—. Que nos vayamos a dormir.
No nos fuimos a dormir. Volvimos a Westover Road y nos quedamos en el coche hasta las seis, hasta que se encendió la luz de la cocina de Beck y le vimos, por la ventana, en camiseta de tirantes, poniendo la tetera al fuego como cualquier viejo de Bramley una mañana de diciembre.
A las nueve fue a por el periódico y a por tabaco.
El juez no tuvo un buen día. El viernes por la tarde, Whitlock salió del juzgado de Leeds con la cara cerrada y un caramelo en la boca, y nos dijo que el magistrado había leído la petición dos veces y le había preguntado si en la brigada de homicidios de West Yorkshire no había nadie que tuviera un huerto.
⁂
Volví a los huertos el viernes por la mañana, solo, a la luz del día. Owen dormía en el coche, en Westover Road. Ruth estaba en el laboratorio. Nadie sabía dónde estaba yo, y no se lo dije a nadie.
De día era otro sitio. Un sitio triste y normal, de viejos y de coles.
La nieve se había derretido a medias y la tierra de las parcelas asomaba por debajo, oscura, en terrones.
Había un hombre en la parcela de al lado de la de Beck: un sij de setenta años con un turbante naranja, un chaquetón militar y unas botas de agua, que arrancaba unas coles de Bruselas congeladas con mucha paciencia y las metía en una bolsa del Morrisons. Me saludó con la cabeza. Le saludé.
La parcela treinta y uno estaba más cuidada que las demás.
Tenía los caminos marcados con tablas, los bancales en fila, las herramientas colgadas por dentro de la valla, cada una en su clavo.
Al fondo, el cobertizo verde, con la pintura levantada en escamas, el candado nuevo, de latón, brillante.
Y delante del cobertizo, en fila, los girasoles.
Quince o veinte. Los conté. Diecinueve. De dos metros, secos, negros, con los tallos gruesos como palos de escoba, doblados todos por el cuello hacia el mismo lado, hacia el suelo, con las cabezas colgando, grandes como platos, vacías, picoteadas por los pájaros hasta dejarlas como panales de una colmena muerta.
Uno se había partido y tenía la cabeza en la nieve, boca arriba, mirando al cielo.
Me acerqué al cobertizo. No toqué nada. Las tablas tenían rendijas de un dedo. Me agaché y miré.
Oscuridad. Formas. Sacos apilados contra la pared del fondo, de arpillera, hinchados.
Una mesa de tablas con macetas. Una pala apoyada en la esquina, con la hoja oscura, sucia de tierra.
Un bidón. Y en el suelo, de tierra apisonada, un rectángulo más oscuro que el resto, del tamaño de…
no sé del tamaño de qué. De una puerta tumbada.
De un hombre. Tierra removida. Recién removida.
Y el olor. Por la rendija salía un olor que conocía. Áspero, seco, blanco, que pica al fondo de la nariz.
Cal.
Me levanté. Demasiado deprisa. Me mareé y tuve que apoyarme en la pared del cobertizo con la mano vendada, y me dolió, y me alegré de que me doliera.
—Es para la tierra.
Me volví. El sij me miraba desde la valla, con la bolsa de las coles en la mano.
—La cal —dijo, en un inglés lento, con un acento de Punjab que cuarenta años de Leeds no habían conseguido borrar—. Harold echa cal en invierno, para la tierra. Para que no esté ácida. Todos echamos. —Señaló con la barbilla su propia caseta—. Yo también tengo. Tres sacos. ¿Quiere uno?
—No. Gracias.
—Usted es policía.
No lo negué.
—Harold no está —dijo el viejo—. Viene a las diez. Hoy no ha venido. Estará cansado. Ayer vino de noche. —Se encogió de hombros—. Los viejos no dormimos. Yo vengo a veces a las cinco, en verano, y le veo aquí. Regando los girasoles. Habla con ellos.
—¿Habla con ellos?