El Cartero Capítulo 16. Nombres que no existen #3
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Capítulo 16. Nombres que no existen #3

—Y antes —siguió Penrose—. Antes también le conocía, aunque no le hubiera visto.

Ella me habló de usted. En mi despacho, un jueves, después del seminario.

Se quedó a ayudarme a recoger las sillas y me dijo, riéndose: «Profesor, hay un chico en la biblioteca central que me mira como si yo fuera un libro que no le dejan sacar».

—Se le movió algo en la cara, por debajo de las arrugas—.

No se me ha olvidado la frase. Me pareció muy bonita.

Me pareció que ella estaba muy contenta de que la mirara así.

Tuve que apartar la vista. Miré la estufa, las dos barras rojas.

—Profesor —dijo Ruth, desde la puerta—. ¿Clara tenía otros amigos? ¿Alguien que la esperara? ¿Que la acompañara?

Penrose se volvió hacia ella. Se le quedó mirando un momento, con los ojos entornados, como si estuviera buscando algo en una estantería muy alta.

—Tenía muchos amigos. Era de esas. La gente se le pegaba.

—Se rascó un mechón blanco—. Pero había uno…

Los jueves. Uno que no era del seminario.

No entraba casi nunca, o entraba al final y se quedaba de pie en el fondo, junto a la puerta.

La mayoría de las veces la esperaba fuera, en la escalera, con su abrigo.

—¿Con su abrigo?

—Con el abrigo de ella. En el brazo. Doblado.

—Penrose hizo el gesto, con el antebrazo delante del pecho—.

Ella lo dejaba en el perchero al entrar, y cuando salía, él ya lo tenía en el brazo, esperándola, para que no se le arrugara entre los de los demás.

Me hacía gracia. Me parecía una cosa de otra época. De mi época, no de la suya.

No me moví. Noté el frío nacer en la nuca. Lo noté bajar, despacio, vértebra a vértebra, como la noche de la urraca.

Nadie mira al que sostiene los abrigos.

—¿Cómo se llamaba?

—No lo sé. No me lo dijo nunca, o yo no se lo pregunté.

—Penrose negó con la cabeza—. Ella le llamaba «mi amigo de Correos».

Así, en broma. «Es mi amigo de Correos, profesor; trabaja de noche clasificando cartas en la oficina grande, por eso tiene las tardes libres para venir a aburrirse conmigo». Algo así.

Ruth me miró. Yo no la miré a ella.

—De Correos —dije.

—De Correos. —Penrose se encogió de hombros—.

Ella bromeaba con eso, delante de él. Le decía: «¿No serás tú mi cartero?

». Y él se reía y le decía que los de Correos no escriben cartas, que bastante tienen con clasificarlas.

—El audífono silbó—. Era un muchacho. Alto.

Muy educado. Muy callado. De esos que se ponen siempre detrás de alguien, en las fotos y en la vida.

—Señaló con la barbilla, sin volverse, la foto de grupo de la pared, junto a Ruth—.

Ese podría ser él. El de arriba, el que se mueve.

No lo sé. No le vi nunca bien la cara. Siempre estaba en la escalera, en la sombra, con el abrigo en el brazo.

Ruth se volvió hacia la foto. Yo no tuve que volverme. La tenía en la cabeza desde noviembre: la fila de arriba, el chico más alto que los demás, de traje oscuro, medio vuelto, con la cara tapada por la cabeza del que tenía delante.

Y en el bolsillo, dentro de un sobre de plástico, la otra. La de la escalinata. El chico alto de traje oscuro, en la sombra, entre la segunda columna y la tercera, con una mancha pálida donde debería estar la cara.

—¿Un muchacho? —dijo Ruth—. ¿De qué edad, profesor?

—Ah. —Penrose sonrió, por primera vez—. Doctora, yo tenía entonces cuarenta y seis años. Para mí todo el que no tuviera canas era un muchacho. Veinte. Veinticinco. Treinta. —Abrió las manos—. Un muchacho.

Treinta, pensé. Veintinueve. Un clasificador de la oficina central de City Square, del turno de noche, con las tardes libres.

—¿Se lo contó a la policía, profesor? En 1963.

—Claro que se lo conté. —Penrose me miró con extrañeza—.

Vino un sargento a verme el martes siguiente.

El veinticuatro. El día después de mi cumpleaños, que fue el día que echamos en falta el champi.

Un sargento grande, colorado, que olía a whisky.

Me preguntó si la chica tenía novio. Le dije que tenía muchos amigos y ninguno serio, que yo supiera.

Y le hablé del muchacho de Correos y del abrigo.

Lo apuntó. —Se encogió de hombros—. Fue lo único que apuntó en toda la visita.

Lo del champi no lo apuntó. Le pareció una tontería.

Me quedé muy quieto.

17. 24-9-63. Declaración de testigo (varón).

Y en la carpeta, entre la dieciséis y la dieciocho, nada. Un trocito de papel amarillento, triangular, arrancado, sujeto todavía en la grapa.

Alguien la había sacado. Tirando fuerte.

—¿Inspector?

Penrose me miraba. Ruth me miraba. Me di cuenta de que llevaba un rato sin decir nada.

—Gracias, profesor —dije. Recogí la foto de la mesa, en su plástico, y me la guardé—. Nos ha ayudado mucho.

—No le he ayudado nada. —Penrose volvió a ponerse las gafas—. Si le hubiera ayudado, le habría ayudado en 1963. Y no lo hice. Le dije a un sargento borracho lo que vi y me volví a mis incas. —Me miró por encima de los cristales—. Treinta y dos años, inspector. Yo también los he contado.

En la escalera, esta vez, no me cogió de la manga.

⁂

—Falta una declaración en la carpeta de 1963 —le dije en la calle, bajo la nieve sucia, mientras esperábamos el autobús—. La diecisiete. Del 24 de septiembre. De un testigo varón. En el índice está; en la carpeta no. Solo queda un trozo de papel en la grapa.

Ruth se quedó mirándome.

—La de Penrose.

—Sí.

—Y en la diecisiete estaba el chico de Correos con el abrigo en el brazo.

—Sí.

—Y alguien la arrancó.

No contesté.

—En 1963 —siguió Ruth— o en 1974, en aquella mudanza de la que habló Whitlock, cuando se perdió media ciudad en cajas.

O hace dos semanas. —Se subió el cuello del abrigo—.

Me lo contaste tú: Malcolm sacó la carpeta del archivo un sábado, sin firmar nada, en una bolsa de supermercado.

Te la llevó a casa. Dijo que no la había abierto.

La miré.

—No estoy diciendo nada, Sol. —Ruth no apartó los ojos—. Estoy diciendo lo que diría cualquiera que no le conociera. Que es lo que dirá el abogado de Beck, si llegamos a tener a Beck delante de un juez. Que la carpeta pasó por muchas manos antes de llegar a las tuyas.

El autobús llegó. Nos subimos. Nos sentamos arriba, al fondo, como me sentaba yo siempre. Delante, en la primera fila, junto al cristal, un hombre con abrigo oscuro y gorra de paño leía el Courier , de espaldas a nosotros.

No le quité los ojos de la nuca hasta que se bajó, en la parada de Merrion Street. Era un hombre de setenta años con un audífono y una bolsa de la compra. Le vi cruzar la calle despacio, con cuidado de no resbalar.

Ruth me puso la mano en la rodilla, un momento, y la quitó.

—Lo sé —dijo—. Yo también le estaba mirando.

⁂

La noche del jueves 21 de diciembre fue la más larga del año. La pasé dentro del Escort de la brigada, aparcado en Westover Road, en Bramley, con el motor apagado, con Owen.

No me lo pidió. Le llamé yo a las seis, porque estaba sentado en el sillón con un bourbon delante y el teléfono mudo en la mesa y la farola zumbando, y porque me di cuenta de que llevaba media hora mirando la puerta.

Owen me recogió a las diez. Traía un termo de té, dos bocadillos de huevo envueltos en papel de aluminio que le había hecho su casera, y una manta escocesa que olía a perro.

—Es de mi casera —dijo—. El perro también, pero ese no ha querido venir.

Westover Road era una calle de casas adosadas de ladrillo rojo ennegrecido, todas iguales, en cuesta, con los cubos de basura en fila delante de cada puerta y las cortinas de encaje en todas las ventanas de abajo.

La de Beck era la del número cuarenta y tantos, a la mitad de la cuesta.

Tenía la luz de la cocina encendida, al fondo, y una bicicleta roja de reparto atada con una cadena a la tubería del canalón, junto a la puerta, con la cesta de hierro llena de nieve.

Nos pusimos treinta metros más abajo, en la acera de enfrente, entre una furgoneta de fontanero y un Mini sin ruedas apoyado en ladrillos.

—Lleva así tres días —dijo Owen—. Sale a las nueve a por el periódico y a por tabaco.

Va al huerto a las diez, con la bici, y vuelve a la una.

Come. Duerme la siesta, creo, porque a las tres se le apaga la luz de arriba.

A las cinco va a casa de la hermana, aquí al lado, y vuelve a las siete.

Cena. Ve la tele hasta las once. Se acuesta.

—Se sirvió té del termo en el tapón—. Esta tarde ha ido a la reunión de Armley, la de los jueves.

Ayer no hizo nada. Es el hombre más aburrido de West Yorkshire, señor Grey.

—Eso también lo decían de Christie.

—¿De quién?

—De un hombre de Londres que escondía mujeres en la despensa y debajo del suelo de su casa. Sus vecinos decían que era muy tranquilo. —Bebí té. Estaba demasiado dulce—. Todos lo son, Owen. Hasta que no.

Owen se rio un poco, sin ganas, y se quedó mirando la luz de la cocina de Beck.

Pasaron las horas. Hablamos poco y luego mucho, como se habla en los coches de noche, sin mirarse, con los ojos en la misma ventana.

Owen me habló de su padre, que no le llamaba por su cumpleaños desde el ochenta y cuatro, y de su madre, que le llamaba todos los domingos a escondidas desde la cabina de la plaza de Castleford para que su padre no la oyera.

Me habló del Leeds, de Yeboah, de que este año ganaban la Copa de la Liga, que se lo decía él.

Me preguntó por mi mano. Me preguntó si me dolía. Le dije que solo cuando la cerraba.

A la una menos cuarto se apagó la luz de la cocina de Beck.

—Ya está —dijo Owen—. A la cama.

A la una y diez, la puerta de Beck se abrió.