El Cartero Capítulo 16. Nombres que no existen #2
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Capítulo 16. Nombres que no existen #2

—Es demasiado —dije.

—¿Demasiado qué?

—Demasiado todo. Correos, el huerto, los girasoles, la carretilla, la máquina de escribir, la denuncia, la hermana, la madre de Joanne a tres calles. —Me encogí de hombros—. Es como si alguien hubiera hecho una lista de lo que buscamos y le hubiera puesto un nombre al final.

Owen se volvió hacia mí, despacio.

—Con todo el respeto, señor Grey. A veces el que tiene toda la pinta es el que es.

—A veces.

—Hartley tiene razón —dijo Whitlock, sin levantar la voz—.

No todo es una caja de cerillas, Grey. —Se sacó el tubo de caramelos del bolsillo y lo miró, sin abrirlo—.

Pero tú también la tienes. Por eso no le vamos a tocar hasta que estemos seguros.

—Rasgó el papel del tubo y se metió uno en la boca—. Mañana, Hartley. Empieza mañana.

⁂

El martes 19, a las ocho menos cuarto de la mañana, llamaron a mi puerta.

No al timbre. A la puerta. Tres golpes con los nudillos, pequeños, educados.

Estaba en la cocina, en camiseta, con la mano vendada en alto, lejos del grifo, intentando lavar la taza del café con la izquierda. Me quedé quieto. El agua siguió corriendo. Nadie llamaba a la puerta de mi piso. Para llegar a ella había que abrir la del portal, y la del portal tenía llave.

No abras.

Cerré el grifo. Crucé el salón descalzo. Me acerqué a la puerta sin hacer ruido, pisando por el borde de la alfombra, por donde la madera no crujía, y miré por la mirilla.

La señora Pryce.

Con la bata acolchada de color melocotón, los rulos debajo de un pañuelo de gasa y unas zapatillas de borla. Tenía algo en la mano. Un sobre.

Quité la cadena. Abrí.

—Buenos días, señor Grey. —Me miró la venda, luego la camiseta, luego otra vez la venda, con una curiosidad que no se molestó en disimular—.

Perdone que suba. Es que el cartero ha venido temprano y he salido a por lo mío, y estaba esto suyo en el felpudo, y como el del primero pisa todo con las botas del trabajo…

—Me tendió el sobre—. Una felicitación. Qué detalle, ¿verdad?

Yo ya no recibo ninguna. Mi hermana de Bridlington, y porque se le olvida que ya me la mandó el año pasado.

Lo cogí.

Era un sobre cuadrado, de los de felicitación, de papel color hueso.

La letra, inclinada. Antigua. La tinta muy oscura.

Mr S. Grey , y mi dirección completa, con el número del piso y el código postal, y el nombre de la calle bien escrito, cosa que no hacía nadie.

Un sello navideño, de los de ese año, con un petirrojo encima de una rama nevada.

—¿Se encuentra bien, señor Grey? Se ha puesto usted pálido. Bueno, no pálido, ya me entiende…

—Estoy bien, señora Pryce. Gracias.

—Es que con esa mano… —No se movió del rellano—. ¿Quiere que le suba un poco de caldo? Tengo hecho.

—No, gracias. De verdad.

Cerré la puerta. Puse la cadena. Me quedé de pie en el recibidor, con el sobre en la mano izquierda, mirándolo, oyendo cómo la señora Pryce bajaba la escalera despacio, peldaño a peldaño, con sus zapatillas de borla, y cómo murmuraba algo sobre la gente que no sabe aceptar un caldo.

No lo abrí. Esta vez no. Me puse los guantes de lana, que era lo único que tenía, y lo metí en una bolsa de plástico del supermercado, y me fui a la comisaría andando, bajo una lluvia que se estaba convirtiendo en aguanieve, con la bolsa dentro de la gabardina, contra el pecho, como había llevado Owen la carpeta la primera noche.

⁂

Lo abrió Ruth, encima de la mesa de Malcolm, con su bisturí, con los mismos gestos del martes anterior. Nadie se acercó tanto como aquella vez. No hizo falta. Estábamos todos alrededor.

Era una felicitación de Navidad.

Una cartulina doblada, de las que venden en las papelerías a cincuenta peniques, con un dibujo en la portada: una iglesia pequeña de piedra oscura, con una torre cuadrada, bajo la nieve, con las ventanas encendidas en amarillo y un muro bajo alrededor, y detrás, en el fondo, la línea blanca de un páramo.

Encima, en letras doradas en relieve, Season’s Greetings .

Por detrás, en letra pequeña, el nombre de una imprenta de Bradford y el de la iglesia del dibujo.

Ruth leyó el nombre en voz alta. Era una iglesia de Ilkley.

Nadie dijo nada. Ruth abrió la cartulina con la punta del bisturí.

Dentro, a mano, con la letra inclinada, en tinta, había dos líneas. Solo dos. Sin encabezamiento, sin firma.

El sol también duerme en invierno.

Volverá cuando los días se alarguen.

Ruth le dio la vuelta al sobre. El matasellos era de Ilkley. Del lunes.

Hizo la prueba de la tinta en la cola de la v, con el bastoncillo y los dos frasquitos, delante de todos, sin decir nada. El algodón se quedó blanco. Lo enseñó, sin levantar la vista, y lo tiró a la papelera.

—Ha estado allí —dijo Owen—. En Ilkley. El sábado o el domingo. En la iglesia de su… —Se calló. Me miró—. En la iglesia.

—O ha comprado la felicitación en una papelería de Leeds y la ha echado al buzón en Ilkley el lunes, al pasar —dijo Malcolm—. Hay trenes cada media hora.

—Ha estado allí —repitió Owen—. Habría que poner a alguien en ese cementerio.

Whitlock no había dicho nada. Estaba de pie junto a la mesa, con las manos en los bolsillos, mirando la cartulina abierta. Leyó las dos líneas moviendo un poco los labios. Luego se volvió hacia la ventana, donde el aguanieve resbalaba por el cristal en regueros grises.

—Esta semana es el solsticio —dijo—. La noche del jueves es la más larga del año.

A partir de ahí, los días empiezan a alargarse.

Un minuto. Dos. —Se volvió hacia nosotros—.

Nos está diciendo que se va a dormir. Que nos vayamos a casa, que comamos pavo, que nos olvidemos de él.

Y que cuando nos hayamos olvidado, volverá.

—Miró a Owen—. Y a Ilkley no va a volver, Hartley.

No nos ha mandado nunca a un sitio donde fuera a estar él.

—¿Para qué? —dijo Toby.

Whitlock no contestó. Me miró a mí. Fue una mirada larga, cansada, de hombre que no ha dormido. Luego se dio la vuelta y se metió en su despacho, y cerró la puerta del cartón, y al cabo de un momento oímos la máquina de escribir.

Ruth guardó la felicitación en una bolsa de pruebas. Escribió la fecha en la etiqueta. Me miró por encima de la bolsa.

—¿Te la ha subido una vecina? —dijo, muy bajo, para que solo lo oyera yo.

—La señora Pryce. Del bajo.

—¿Y ella la ha cogido del felpudo?

—Sí.

—Ajá.

No dijo nada más. No hizo falta. Los dos estábamos pensando lo mismo: que él sabía dónde vivía.

Que lo sabía con el número del piso y con el código postal y con el nombre de la calle bien escrito.

Que si había querido que la felicitación llegara por correo, con su matasellos y su sello del petirrojo, era porque había querido que yo supiera que podía haberla traído en mano.

Como a Dean.

⁂

El miércoles 20 fui a ver a Penrose. Ruth vino conmigo. No se lo pedí.

Había nevado durante la noche, poco, lo justo para que los tejados de Lyddon Terrace amanecieran blancos y las aceras se convirtieran a media mañana en una papilla gris que se metía en los zapatos.

La puerta verde seguía sin timbre. Bajamos la escalera estrecha que olía a polvo y a tabaco de pipa, y llamamos fuerte, y la voz aguda de lechuza nos gritó desde dentro que estaba abierto, que siempre estaba abierto, que quién iba a querer robarle nada a un viejo.

Penrose no se levantó. Estaba detrás de su mesa, entre las torres de libros, con la rebeca de las quemaduras y una estufa eléctrica de dos barras encendida a los pies, y nos miró entrar por encima de las gafas. El audífono silbó.

—El inspector y la doctora —dijo—. Siéntense donde quepan. ¿Han encontrado ya a sus druidas?

—No hay druidas, profesor.

—Ya lo sé. Se lo dije. —Se quitó las gafas y se frotó los ojos—. Les vi en el periódico. Cuatro columnas sobre vírgenes del sol y una foto de Stonehenge. Stonehenge, inspector. Que está en Wiltshire.

Me senté en una silla de enea con una pila de revistas encima, que Ruth me quitó y dejó en el suelo. Ella se quedó de pie junto a la puerta, al lado del perchero de la gabardina color barro y la gorra de paño gris, y de la foto de grupo.

No sabía cómo empezar. Lo había pensado en el autobús y no lo sabía. Al final no empecé. Saqué del bolsillo interior de la gabardina, con la mano izquierda, la foto de la escalinata, la mía, dentro de un sobre de plástico, y se la dejé encima de la mesa, entre los papeles, de cara a él.

Penrose no la tocó. Se volvió a poner las gafas. Se inclinó.

Tardó mucho. El audífono silbó dos veces. La estufa zumbaba. Por el ventanuco del sótano, a la altura de la acera, pasaban pies con botas manchadas de nieve sucia.

—Clara Whitfield —dijo al fin.

—Sí.

—En la escalinata del Ayuntamiento. —Pasó el dedo por encima del plástico, sin tocar, por el borde de la diadema, como había hecho Ruth—.

Era muy guapa riéndose. Más que seria. Hay mujeres a las que la risa les estropea la cara y otras a las que se la arregla.

—Levantó los ojos hacia mí—. La foto se la hizo usted.

No era una pregunta.

—Sí.

—Ya. —Se quitó las gafas otra vez y las dejó encima de la foto—. Le dije en noviembre que le conocía, inspector. Y usted me dijo que me confundía. Los dos sabíamos que no me confundía.

—¿De qué me conoce?

—Del entierro. —Lo dijo sin pausa, como se dice la hora—.

En Ilkley. Una mañana de lluvia. Yo fui con dos alumnas del seminario, en el autobús, porque el padre no quería a nadie de la universidad y las chicas tenían miedo de ir solas.

Había un chico negro detrás del muro del cementerio.

Subido a una piedra, entre unos arbustos, con un traje empapado que le quedaba grande.

No se movió en toda la ceremonia. Cuando bajaron el ataúd, saltó de la piedra y ya no le vi más.

—El audífono silbó—. No se ven muchos chicos negros en Ilkley, inspector.

Ni ahora ni entonces. Y uno no olvida la cara de alguien que mira un entierro desde detrás de un muro.

No dije nada. Ruth, junto a la puerta, se había quedado muy quieta.