Capítulo 16. Nombres que no existen
Tom no existía.
Al lado de cada nombre, Malcolm había escrito una palabra con rotulador rojo. La misma en los quince.
DESCARTADO.
—Nombres que no existen —dijo Malcolm, sin volverse, con el rotulador todavía en la mano—.
Se sienta en una silla, dice que se llama Tom, y Tom se levanta y se va y no queda nada.
Ni una huella en una taza, porque las tazas se friegan.
Ni un apellido, porque allí no hay apellidos.
Ni una dirección. Nada. —Le puso el capuchón al rotulador, despacio—.
Es como perseguir a alguien que solo existe mientras le estás mirando.
Nadie dijo nada. Fuera, contra la ventana, caía una lluvia fina que a ratos se volvía nieve y a ratos se arrepentía.
La sala había cambiado en seis días. El corcho del reloj seguía en el suelo, apoyado contra la pared, con el marco partido por una esquina, y las doce Polaroids estaban guardadas en una caja de zapatos encima de la mesa de Malcolm, en orden, con una goma.
Nadie las había vuelto a clavar. Nadie lo había propuesto.
La puerta del despacho de Whitlock tenía, en lugar del cristal, un cartón grueso sujeto con cinta americana, y alguien, Owen, sospecho, había pegado encima con celo un trozo de papel escrito a bolígrafo: INSPECTOR JEFE.
Yo llevaba la mano derecha vendada hasta la muñeca y Owen una tira de esparadrapo en la ceja, en forma de mariposa.
Nos mirábamos poco. Cuando nos mirábamos, nos sonreíamos un poco, como se sonríen dos hombres que han tenido un accidente de coche juntos y han salido andando.
Nadie me había mirado como a un sospechoso.
Lo esperé durante seis días. Esperé la mirada, la conocía, la había echado yo mil veces sobre mil hombres sentados al otro lado de una mesa: esa que no te mira a los ojos, sino un poco más abajo, a la boca, a las manos, buscando el temblor.
No llegó. Malcolm me siguió gruñendo como siempre.
Toby me siguió pidiendo perdón por todo.
Owen me siguió llamando señor Grey y siguió trayéndome el café sin preguntar.
Y Ruth me siguió llamando Grey en la tercera planta, delante de todos, con la misma voz seca de siempre, como si el martes no hubiera pasado nada.
Fuera de la tercera planta, no.
—Tom no existe —dijo Owen, delante del folio, con los brazos cruzados—. Peter no existe. Vale. Entonces vamos a buscar a los que sí existen.
⁂
La idea fue suya, y era buena.
Si el hombre que se hacía llamar Tom no era nadie, quizá había que buscar entre los que eran alguien.
No a los que se inventaban un nombre para sentarse junto a una chica de veinte años con las manos temblando, sino a los que de verdad estaban allí cada semana, con su nombre de pila verdadero y sus años verdaderos sin beber, sirviendo el té, apilando las sillas, abriendo la puerta del salón con la llave del sacristán.
Los de siempre. Los que lo veían todo. Los padrinos de verdad.
Los agentes de paisano tenían sus nombres apuntados en las libretas. Malcolm los metió en HOLMES. Cuarenta y siete hombres. Todos con un nombre que no se habían inventado, todos con años de sobriedad que podía jurar media sala.
Y Toby llegó el lunes por la tarde con los suyos.
Llevaba seis días bajando al sótano de la oficina de clasificación nueva de Wellington Street, donde Royal Mail guardaba en estanterías metálicas, en cajas de cartón con la fecha escrita a rotulador, todo lo que quedaba de la vieja oficina central de City Square: libros de nóminas, partes de turno, registros de personal, encuadernados en tela gris, con las esquinas comidas por los ratones.
Había subido con las manos negras de polvo, con un catarro que no se le quitaba y con cuatro cajas de fotocopias que dejó encima de su mesa con cuidado, como quien deja un bebé.
—Mil ciento cuarenta y dos —dijo, sin aliento—.
Todos los que cobraron un sueldo de Correos en Leeds entre septiembre de 1962 y diciembre de 1963.
Carteros, clasificadores, conductores, chicos de los telegramas, temporeros de Navidad.
—Se sonó con un pañuelo de tela que había sido de su padre—.
Perdón. Están escritos a mano, con letra de oficinista, y hay nombres que no se leen.
Algunos tienen la dirección y otros no. Algunos solo tienen la inicial.
—¿Y? —dijo Malcolm.
—Y que no sé qué hacer con ellos, señor Pike. —Toby se puso colorado—. Son mil ciento cuarenta y dos.
Malcolm se hizo crujir los nudillos de la mano derecha. Luego los de la izquierda. Luego se acercó a las cajas de Toby, cogió el primer montón de fotocopias, lo hojeó con el pulgar como se hojea una baraja y lo dejó otra vez en su sitio.
—Yo sí sé —dijo—. Dame dos horas.
Tardó tres. A las siete y diez de la tarde, con la sala medio vacía y el ruido del tráfico de la hora punta subiendo por las ventanas, la impresora de HOLMES empezó a chirriar en su esquina, y Malcolm se quedó mirándola con los auriculares colgados del cuello, sin levantarse, mientras sacaba el papel continuo línea por línea, con aquel ruido de dientes de sierra.
Cuando terminó, arrancó la hoja por la línea de puntos, la leyó, y no dijo nada. Se la dio a Owen.
Owen la leyó de pie. Le vi cambiar la cara. Le vi buscar la libreta en el bolsillo del anorak, abrirla por una página que tenía marcada con la esquina doblada, mirar algo, volver a mirar la hoja. Luego me la tendió a mí.
Era una sola línea. Un solo nombre que estaba en las tres listas: en la de los cuarenta y siete padrinos de verdad, en la de los mil ciento cuarenta y dos de Correos de 1963, y en la de los trescientos doce repartidores con antecedentes que Malcolm había sacado de HOLMES en octubre, cuando todavía buscábamos a un hombre de veinte a treinta y cinco años con una furgoneta de mensajería.
BECK, Harold.
⁂
A las ocho, Whitlock nos reunió delante de la pared donde había estado el reloj.
Malcolm lo leyó en voz alta, de pie, con la hoja de papel continuo en una mano y la otra metida en el bolsillo del chaleco de punto, como se lee un parte meteorológico.
—Harold Beck. Nacido en Bramley en marzo de 1934.
Sesenta y uno. Soltero. Cartero de Royal Mail desde 1955 hasta su jubilación en 1990, treinta y cinco años.
De 1955 a 1966, clasificador en la oficina central de City Square, turno de noche.
De 1966 a 1990, reparto: Bramley, Armley, Rodley.
—Pasó el dedo por la hoja—. Vive solo en una casa adosada de Bramley, en Westover Road, a tres calles de la madre de Joanne Pickering.
Tiene una parcela en los huertos municipales de Kirkstall, junto a la abadía, la treinta y uno, alquilada al ayuntamiento desde 1971.
—Levantó los ojos hacia mí—. Con un cobertizo verde.
No dije nada. Me acordé de un autobús, un lunes de noviembre por la mañana, y de una fila de girasoles muertos, negros, con la cabeza colgando, y de un hombre mayor con un chaquetón azul empujando una carretilla de estiércol, que se paró a mirar el autobús al pasar.
Que me miró a mí, o eso me pareció entonces. Llevaba gorra.
—Denuncia de 1979 por molestar a una chica de diecisiete años en su ruta de reparto —siguió Malcolm—.
Esperarla en la puerta. Seguirla. Dejarle cosas en el buzón.
Archivada: la familia la retiró. Coartada para el 7 de octubre, el sábado de Emma: su hermana, Edna Pollitt, viuda, que vive en la calle de al lado y dice que estuvieron toda la tarde viendo la televisión.
El 6 de diciembre, el miércoles de Charlotte Ashby, no estuvo en casa ni en el huerto en todo el día; según la misma hermana, «se fue por ahí con la bicicleta, a ayudar».
—Malcolm dobló la hoja—. Y es padrino en St Bartholomew, en Armley.
Desde hace ocho años. Solo apadrina a hombres. Y desde noviembre va todos los jueves.
—Desde Joanne —dijo Owen.
—Desde Joanne.
—¿Algo más? —dijo Whitlock.
Malcolm se rascó la calva.
—Una cosa que no está en HOLMES. Toby ha llamado esta tarde al sindicato de Correos, a la sección de Leeds, para preguntar si alguien se acordaba de él. —Miró a Toby, que se encogió en la silla como si le hubieran llamado a la pizarra—. Díselo tú, chaval. Es tuyo.
—Que hacía el boletín —dijo Toby, muy deprisa—.
El de la sección de Bramley. Durante quince años.
Un boletín de dos hojas, todos los meses, escrito a máquina.
Lo escribía en casa. En una máquina suya.
—Se miró las manos—. El del sindicato dice que era una máquina muy vieja, que tenía la e torcida.
Que todo el mundo se reía de la e de Harold.
Nadie se rio.
Whitlock se quedó mirando la pared vacía donde había estado el reloj. Tenía las manos en los bolsillos del traje. Se le oía respirar, el silbido pequeño, al fondo.
—Hartley —dijo al fin.
—Jefe.
—Es tuyo. Quiero saber dónde va, a qué hora, con quién habla, qué compra.
Discreto. Muy discreto. Si se entera de que le miramos, se mete en casa y no vuelve a salir hasta que nos cansemos, y nos cansaremos antes que él.
—Se volvió hacia Owen—. No le detengas. No le hables.
No le toques. Lo que tenemos es una lista de casualidades, y con una lista de casualidades un abogado de oficio nos saca los colores en veinte minutos delante de un juez.
Lo que quiero es una sola cosa que no sea una casualidad.
—Sí, jefe.
—Fenn, tú sigue con las cajas de Correos. Si trabajó en City Square de noche en 1963, quiero saber con quién. Qué turnos. Quién le conocía. Si alguno de los mil ciento y pico sigue vivo y se acuerda de él.
—Me las iba a llevar a casa en Navidad, señor. —Toby se puso colorado—. Para pasarlas a máquina. Con las listas a máquina se ve mejor. Mi madre dice que no le importa.
Whitlock le miró un momento.
—Llévatelas —dijo.
Luego me miró a mí.
—¿Grey?
Tardé en contestar. Miraba el folio de Malcolm clavado en la pared, los quince nombres tachados en rojo, Tom, Tom, Tom, Peter. Y debajo, el papel continuo de la impresora, con su única línea.