El Cartero Capítulo 15. Para el inspector Grey #5
62%

Capítulo 15. Para el inspector Grey #5

—Ya lo sé. Por eso he dicho guapa. Lo otro no se ve en las fotos. —Dejó la foto en el suelo, a su lado, boca arriba, apoyada contra la taza—. ¿Cómo te llamaba?

La miré.

—Lo dice él en la carta —siguió Ruth—. Que ella te puso un nombre. Que él lo sabe y no lo va a escribir. —Bebió un sorbo de té—. En Otley dijiste Sol. Y el día del taxi te pregunté si solo te llamaba así tu padre, y no me contestaste.

—Mi padre me llamaba Sol. Desde pequeño. Solo él, y solo en casa, nunca delante de nadie. —Me miré la venda—. Y luego ella. En la biblioteca. Le dije que mi padre me llamaba así y lo probó en la boca, despacio. «Como el sol», me dijo. «Te voy a llamar Sol».

—Y desde 1963 no te lo había llamado nadie.

—Ni mi padre. Después de aquello dejó de llamármelo. No sé si por ella o por mí. —Me encogí de hombros—. Nadie. Hasta Otley.

—Y hasta hoy. —Ruth dejó la taza en el suelo—. Delante de todos. Y delante de él, si es que nos está mirando, que por lo visto le gusta mucho.

—No me lo has quitado, Ruth.

—No he dicho que te lo haya quitado.

—Lo has pensado.

—Ajá. —Se rozó con el pulgar la base del anular, donde ya no estaba el anillo—. Lo he pensado.

Fuera había oscurecido del todo. La farola zumbaba. En el bajo, la señora Pryce había apagado la tetera y gritaba una respuesta a la televisión, una capital de algún sitio, y fallaba.

—Mi marido quería hijos —dijo Ruth, de pronto, sin mirarme, mirando la foto del suelo—.

Martin. Era profesor de matemáticas en un instituto de los Hermanos Cristianos.

Muy buen hombre. Muy ordenado. Llevaba la cuenta de todo en una libreta, el gas, la luz, los días del mes.

Quería tres. Dos chicos y una chica, y les tenía puestos los nombres antes de casarnos.

—Se encogió de hombros—. No vinieron. Ni uno.

Estuvimos ocho años yendo a médicos de Dublín que te miraban como se mira una vaca en una feria.

Y al final dejamos de ir, y dejamos de hablar de ello, y luego dejamos de hablar.

—Lo siento.

—No lo sientas. Ya no sé si fue que no pudimos o que no quisimos lo bastante.

Hace tiempo que no me acuerdo de cuál de las dos.

—Me miró—. Pero sé lo que es hacer la cuenta.

Te la he visto hacer, Sol. Con Toby. Le miras la nuca y mueves los labios.

Yo también la hago, a veces, con niños que no existen.

Es una cuenta muy tonta. Siempre sale bien y nunca sirve de nada.

No contesté. No había nada que contestar.

Ruth se levantó del suelo. Me quitó la taza vacía de la mano izquierda.

Me quitó, despacio, la gabardina, tirando de las mangas, la izquierda primero y luego la derecha con cuidado por la venda, como se le quita el abrigo a un crío dormido, y la colgó detrás de la puerta, donde goteaba siempre.

Luego cogió la manta de cuadros del respaldo del sofá y se sentó con ella en la silla de mi madre, junto al escritorio, de cara a la puerta.

—Duerme —dijo.

—¿Y tú?

—Yo vigilo.

—Ruth. Hay una cama. Yo puedo…

—No he venido a dormir en tu cama, Sol. —Se tapó las piernas con la manta—. He venido a que no te quedes solo con eso. —Señaló el escritorio con la barbilla—. Duerme.

⁂

No dormí. Me quedé en el sillón, con los ojos cerrados, oyendo la casa. Ruth también la oía; lo supe por cómo respiraba, despacio, a propósito, como respira la gente que no quiere que se note que está despierta.

El radiador golpeó dentro de la pared. Tres golpes. Una pausa. Otro.

—¿Eso pasa siempre? —dijo Ruth, en la oscuridad.

—Todas las noches. A la una y a las cuatro.

—Ajá.

La señora Pryce tosió en el bajo. Una tubería crujió. Un coche pasó despacio por la calle mojada, y el haz de sus faros cruzó el techo de una pared a otra, como un brazo, y se fue.

A las tres menos veinte sonó el teléfono.

Dos timbrazos. Largos, enteros, en el silencio del piso, como dos campanadas. Y luego nada.

No me moví. Ruth tampoco. Oí cómo dejaba de respirar al otro lado del salón.

Esperamos el tercero. No llegó.

—¿Esperas a alguien? —dijo Ruth, muy bajo.

—No.

—¿Pasa a menudo?

Me quedé callado un momento. Luego le conté lo de octubre. La noche del jueves 26, a las tres y cuarto. El teléfono. La respiración tranquila al otro lado, sin una palabra. Siete inspiraciones. Y, de fondo, muy lejos, algo que podía ser un órgano o podía ser un tren. No se lo había contado a nadie.

—¿Siete? —dijo Ruth—. ¿Las contaste?

—Lo cuento todo.

Ruth se levantó de la silla. La oí cruzar el salón descalza, sin encender la luz.

La oí en el recibidor, tocando la cadena de la puerta, comprobando que estaba echada.

Luego volvió, despacio, y no se sentó en la silla de mi madre.

Se sentó en el suelo, junto al sillón, con la espalda contra mis piernas, y se tapó con la manta hasta los hombros.

No dijimos nada más. No hacía falta.

El teléfono no volvió a sonar aquella noche.

Pudo ser cualquiera. Un número equivocado.

Un borracho de Burley llamando a una novia que ya no vivía allí.

Pudo ser nadie. Me lo dije muchas veces, con la cabeza de Ruth apoyada en mi rodilla y la farola naranja dibujando en el techo la ventana entera, con su cruz.

Pudo ser nadie.

⁂

Debí de quedarme dormido al fin, porque cuando abrí los ojos el piso estaba gris y Ruth ya no estaba en el suelo.

Estaba en el escritorio. Sentada en la silla de mi madre, con el flexo verde encendido, inclinada sobre la tapa de cuero, con la manta todavía por los hombros.

Tenía algo en el ojo derecho. Una lupa pequeña, de joyero, de las que usaba para mirar las gotas de sangre.

Y debajo de la lupa, sobre el cuero verde, la foto.

No me oyó levantarme. Me acerqué por detrás.

—No podía dormir —dijo, sin volverse—. Y no me gusta mirar las cosas a medias.

—¿Qué miras?

No contestó enseguida. Movió la foto un milímetro bajo la luz del flexo. Ajustó la lupa.

—¿Dónde la hiciste?

—En la escalinata del Ayuntamiento. Entre los leones.

—Que no salieron.

—Que no salieron. Yo estaba abajo, en la acera. No sabía hacer fotos.

—Ya se nota. —Ruth no se rio—. Está desenfocada por la derecha. Y la mitad de la escalera está en sombra. El pórtico. Las columnas.

—Era por la tarde. El sol entraba de lado.

—Ajá. —Se quitó la lupa del ojo. Me la tendió—. Mira arriba. A la derecha. En la sombra. Entre la segunda columna y la tercera.

Cogí la lupa. Me incliné sobre el escritorio de mi madre. Me puse la lupa en el ojo, torpemente, con la mano izquierda, y busqué.

Clara, primero. Siempre Clara primero. Su risa, la cabeza hacia atrás, el dedo en la diadema, el libro apretado contra el pecho.

La mitad de los escalones blanca de sol.

Y luego, más arriba, la otra mitad, la de la sombra, gris oscura, casi negra, donde la piedra se perdía bajo el pórtico.

Las bases de las columnas. La segunda. La tercera.

Y entre las dos, de pie, en lo alto de la escalinata, en la sombra, había alguien.

Un hombre. Un chico. Alto, delgado, de traje oscuro, quieto, con los brazos caídos.

Desenfocado, como todo aquel lado de la foto.

En el sitio de la cara, una mancha pálida, ovalada, sin rasgos.

Ni ojos, ni boca, ni nada. Solo la mancha.

Vuelta hacia abajo. Hacia el escalón del medio, donde ella se reía.

O hacia la acera, donde estaba yo.

Treinta y dos años la había tenido boca abajo en el fondo de un cajón.

Y la noche que por fin le di la vuelta, en noviembre, solo la miré a ella.

Como la había mirado siempre. Como la miraba aquella tarde de agosto, desde la acera, con una cámara prestada que no sabía usar, sin ver nada más en el mundo.

Usted me tuvo delante en 1963, más cerca de lo que tiene ahora esta hoja, y no me vio.

Bajé la lupa.

—¿Quién es? —dijo Ruth.

Fuera empezaba a clarear. En la barandilla de hierro de la casa de enfrente, una urraca se sacudía la lluvia de las alas.

—No lo sé —dije.

Y era verdad. Esa es la peor parte de esta historia, la que todavía me despierta a las cuatro de la mañana. Que era verdad. Que lo tenía delante, en la palma de la mano, a la luz del flexo de mi madre, mirándome desde lo alto de una escalera desde hacía treinta y dos años.

Y no lo sabía.