Capítulo 15. Para el inspector Grey #4
—Es una pregunta para el señor Grey. —Se volvió hacia mí, colorado—. Perdón. Las cartas de entonces. Él dice que llegaban sin matasellos. ¿Llevaban sello?
—Sí —dije—. Ella me lo contó. Con sello y sin matasellos. Con el correo de la mañana, con las demás cartas de la residencia. Decía que era como si se las trajera alguien en persona.
—Pero no se las traía nadie en persona. —Toby se mojó los labios—.
Si las hubiera llevado él a la residencia, en mano, no les habría puesto sello.
¿Para qué? Las metía alguien en el reparto.
Ya clasificadas, ya en la saca, para que el cartero las repartiera con las otras sin mirarlas.
Alguien de dentro. —Se miró las manos—. Alguien de Correos.
Hubo un silencio.
Vi a Owen levantar la cabeza muy despacio.
Vi cómo se le quedaba quieta la mano encima de la libreta, con el bolígrafo mordido.
Vi cómo me buscaba con los ojos por encima de las mesas, por encima de las Polaroids caídas, y supe en qué estaba pensando, porque yo estaba pensando lo mismo.
En un chaquetón azul descolorido con el ribete rojo gastado.
En una bicicleta roja apoyada en la verja de una iglesia.
En un nombre subrayado tantas veces que había roto el papel.
—¿Sabes cuánta gente trabajaba en Correos en Leeds en 1963, Fenn? —dijo Whitlock.
—No, señor.
—Yo tampoco. —Whitlock se metió las manos en los bolsillos—. Averígualo.
Toby se puso colorado hasta las orejas. Apuntó algo en la libreta. Lo subrayó.
—Hartley, la carta a Wetherby. En mano. Hoy. Que la miren los de documentos además de los de química; quiero saber si la pluma es la misma, si el papel es del mismo lote, todo. Y no le cuentes a nadie de allí lo que dice. —Me miró a mí, por fin—. Grey.
—¿Qué?
—Vete a casa. Lávate esa mano. Y esta vez no te voy a preguntar si quieres un coche en tu calle. Lo voy a poner.
—No.
—Grey…
—Si pones un coche, sabrá que tengo miedo. —Me levanté. Me costó. Las rodillas me crujieron sobre los cristales—. Y tendrá razón.
Whitlock me sostuvo la mirada un momento. Tenía la cara gris bajo los fluorescentes, la piel pegada a los pómulos, y el silbido pequeño al fondo del pecho.
—Entonces no te quedas solo —dijo.
—Me quedo yo.
Era Ruth. Estaba cerrando el maletín, de espaldas a nosotros, y no se volvió al decirlo. Cerró los dos cierres, clic, clic, y entonces sí, se volvió.
Whitlock la miró. Luego me miró a mí. Luego otra vez a ella.
—Doctora, no creo que…
—No le estoy pidiendo permiso, inspector jefe. —Ruth se colgó el maletín del hombro—. Le estoy diciendo dónde voy a estar si me necesita.
⁂
Me curó en la cocina pequeña del final del pasillo, la del fregadero de acero y el calentador que goteaba, donde los de la brigada se hacían el té cuando no se fiaban de la máquina.
Me sentó en una silla de plástico, junto a la ventana, y me puso la mano encima de un trapo limpio, en la encimera, abierta, con la palma hacia abajo.
Tenía cuatro cortes en los nudillos. Tres pequeños.
Uno largo y hondo, en el del medio, que se abría como una boca cuando cerraba el puño.
Ruth sacó de su maletín unas pinzas finas, de las que usaba para recoger fibras, y una lupa, y una botella de suero, y empezó a sacarme trocitos de cristal de la carne, uno a uno, dejándolos caer en un platillo de café con un tintineo muy pequeño.
—Esto lo hago todas las semanas —dijo—. Pero normalmente el dueño de la mano ya no se queja.
—No me estoy quejando.
—Ya. Por eso me preocupa.
Tin. Otro trocito al platillo.
Miré su cara mientras trabajaba. La tenía muy cerca, inclinada sobre mi mano, con la lupa en el ojo derecho y el izquierdo cerrado, y el pelo se le había soltado del lápiz por un lado y le caía sobre la mejilla.
Olía a tabaco de liar y a látex y, por debajo, a algo que no supe nombrar, como a lana al sol.
Tenía una arruga fina entre las cejas, la de la gente que mira mucho de cerca. Los dedos, fríos como siempre.
—Me has llamado Sol —dije.
—Ajá.
—Delante de todos.
—Era el único nombre que tenías puesto en ese momento. Grey no estaba. —Tin—. Grey no rompe cristales.
—¿Y Sol sí?
—Sol tiene dieciocho años y está en un sótano.
—No levantó la vista de la mano—. Lo he leído en la carta.
Lo has gritado tú. Lo ha oído toda la tercera planta.
—Me echó suero en el corte largo y escoció, por fin, de golpe, como si el dolor hubiera estado esperando en la puerta a que alguien le abriera—. ¿Te molesta?
—¿El suero?
—Que te llame así.
Lo pensé. Ella esperó, con las pinzas en el aire.
—No —dije.
Ruth asintió y siguió trabajando. Me cerró el corte largo con tres tiras de esparadrapo, tirando de los bordes con cuidado para juntarlos, y luego me vendó la mano entera con una venda de gasa, dando vueltas, firme, hasta la muñeca, como se venda a un boxeador.
Cuando terminó, se quedó un momento mirando la venda, con mi mano todavía en las suyas.
—En el cristal había sangre de impacto —dijo, sin soltarme—.
Gotas de un centímetro, redondas, con la corona un poco dentada.
Caída libre desde unos cuarenta centímetros.
Y un patrón de proyección en abanico hacia la izquierda, de cuando sacudiste la mano.
—Me miró por fin—. No lo puedo evitar. Lo veo.
—Ya lo sé.
—La sangre no quiere nada, Sol. Te lo dije en el Chevin. —Me soltó la mano—. Pero la tuya hoy ha dicho muchas cosas.
Se sacó la petaca de cuero del bolsillo y se lio un cigarrillo, deprisa, con los dedos amarillos, y se lo puso entre los labios sin encenderlo. Mis dedos empezaron a golpear el muslo. Los de la mano izquierda, porque la derecha ya no podía.
Ruth lo vio. Se quitó el cigarrillo de la boca y lo dejó encima de la encimera, junto al platillo de los cristales.
—Vámonos —dijo.
⁂
Cogimos un taxi en la parada de la puerta.
Ruth le dio la dirección sin preguntármela, y me di cuenta, cuando ya íbamos por Kirkstall Road, de que nunca se la había dicho.
Lo pensé y no le dije nada. Estaba en mi ficha.
Estaba en la de todos. En aquella sala todo el mundo sabía dónde vivía todo el mundo.
Subimos los dos tramos de escalera, por delante de la puerta de la señora Pryce, que tenía la televisión a todo volumen y una tetera silbando, y Ruth se paró un momento en el rellano del primer piso a mirar el felpudo del portal desde arriba, por el hueco de la escalera, con el WELCOME medio borrado.
No dijo nada. No le había contado lo del jueves.
Abrí la puerta del piso con la mano izquierda, torpemente, y me aparté para dejarla pasar.
Entró despacio, como se entra en un sitio donde ha muerto alguien.
Se quedó de pie en medio del salón, con el abrigo puesto, y miró.
No lo disimuló. Miró como miraba ella, de cerca, de lejos, en orden: el sillón junto a la ventana, con la marca de mi cuerpo en el cojín; el tocadiscos y los discos de ska de mi padre en su caja de fruta; la estantería con los libros de mi madre, las Brontë, Dickens, las tapas rotas pegadas con celo; la botella de bourbon a medias; la farola de la calle, encendida ya a las tres y media de la tarde por lo oscuro que estaba.
Y el escritorio. El escritorio de caoba con la tapa de cuero verde, y encima, en dos montones, uno boca arriba y otro boca abajo, la carpeta de 1963.
Se acercó. No tocó nada.
—Los dos montones —dijo.
—El cuerpo a la izquierda. La vida a la derecha.
—Ya. —Miró el montón de la izquierda—. Lo hiciste aquí. Solo.
—Sí.
—Malcolm te dijo que no lo leyeras solo.
—Malcolm dice muchas cosas.
—Malcolm no dice casi nada, Sol. Por eso hay que hacerle caso cuando habla.
Se quitó el abrigo. Lo dejó en el respaldo de la silla de mi madre.
Fue a la cocina, que era un rincón del salón con una cocina de gas de dos fuegos y un fregadero, y abrió armarios sin preguntar hasta que encontró la tetera y el té, y puso agua a hervir.
Yo me senté en el sillón. No me quité la gabardina.
Me quedé mirándola moverse por mi cocina, abrir mis armarios, coger mis tazas, con la naturalidad con que se mueve una mujer en una cocina que no es suya y que, aun así, entiende enseguida.
Hacía muchos años que nadie hacía eso. Desde mi madre.
Me trajo el té. Fuerte, con leche, con dos de azúcar, como se lo toman los irlandeses cuando alguien se muere. Se sentó en el suelo, delante de mí, con la espalda contra la estantería y las piernas cruzadas, con su taza entre las manos. No en la silla de mi madre. En el suelo.
—¿Tienes alguna foto de ella? —dijo.
No contesté. Me levanté. Fui al escritorio. Tiré del cajón de la derecha hacia arriba y hacia fuera, con el golpe seco, con la mano izquierda, y se abrió con su quejido. Saqué las gafas, que estaban encima, y las dejé en la mesa. Y saqué la foto.
Se la di.
Ruth la cogió por los bordes, como cogía todo, y la miró mucho rato. A la luz de la farola. Luego a la luz de la lámpara de pie, que encendí. No dijo nada. Le dio la vuelta y leyó el dorso a lápiz. Para S., que me mira demasiado. Agosto de 1963. Le volvió a dar la vuelta.
—Charlotte iba vestida así —dijo.
—Sí.
—La rebeca. La falda. El libro contra el pecho. —Pasó el pulgar, muy cerca de la superficie, sin tocarla, por el borde de la diadema—. Y Joanne. Y Abena. Las está vistiendo de ella.
—Desde la diez. Desde que supo que yo estaba dentro.
Ruth levantó la vista de la foto.
—¿Qué quieres decir?
—Que las nueve primeras no llevaban diadema.
Ni rebeca. Ni el pelo así. —Me senté otra vez en el sillón.
Me dolía la mano, ahora sí, a latidos—. La diez fue Joanne.
El treinta y uno de octubre. Dos semanas después de que yo entrara por la puerta de la comisaría.
Hasta entonces las vestía para él. Desde entonces las viste para mí.
Ruth no dijo nada. Volvió a mirar la foto.
—Era guapa —dijo al fin.
—Era más que eso.