El Cartero Capítulo 15. Para el inspector Grey #3
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Capítulo 15. Para el inspector Grey #3

Toby se agachó delante de mí. Traía un vaso de plástico de la máquina, el café que sabía a cartón. Me lo puso en la mano izquierda y me cerró los dedos alrededor del vaso con los suyos, que estaban helados.

—Perdón —dijo. Y luego se quedó callado, como si se hubiera dado cuenta de que por una vez no tenía nada de lo que pedir perdón.

Owen se había sentado en el borde de una mesa, enfrente, con un rollo de papel higiénico del baño apretado contra la ceja. El papel estaba rojo. Me miraba. No dijo nada.

—Lo siento, Owen.

—No ha sido nada.

—Te he abierto la ceja.

—Me la abrió uno de Bradford en Odsal, en el ochenta y seis, el día que los nuestros quemaron la furgoneta de las patatas fritas. Y aquel no me pidió perdón. —Se quitó el papel, miró la mancha, volvió a ponérselo—. Ya está abierta de antes, señor Grey. Usted solo ha encontrado por dónde.

Malcolm se había vuelto a sentar detrás de sus pantallas. No tecleaba. Tenía los auriculares colgados del cuello, apagados, y se hacía crujir los nudillos, uno a uno, sin mirarme.

—Te dije que no lo leyeras solo —dijo.

—No lo he leído solo. —Me oí reír, una risa corta, rota, que no me gustó—. Me habéis estado mirando todos.

Malcolm no se rio.

Whitlock seguía de pie junto a su puerta.

A sus pies, el cristal roto, y en el marco, los trozos que habían quedado colgando, afilados, con las letras doradas partidas por la mitad: INSPECTOR JE, y nada más.

Tenía las manos en los bolsillos. No se había movido de allí.

No había dicho nada más que mi apellido.

Bebí un trago del café. Estaba dulce. Toby le había echado el azúcar sin preguntarme, como en noviembre.

Y entonces, desde el suelo, con el vaso en una mano y el pañuelo ensangrentado en la otra, les dije que la leyeran.

—Todos —dije—. Leedla. Ya da igual.

⁂

La leyeron por turnos, con los guantes de Ruth, de pie junto a la mesa de Toby, en silencio.

Owen primero. Luego Malcolm, con las gafas subidas a la frente y la hoja pegada a la cara.

Luego Toby, que la leyó moviendo los labios, como leen los niños, y que al llegar a la segunda hoja tuvo que sentarse.

Ruth la leyó la última de los cuatro, deprisa, sin expresión, como se lee un informe.

Whitlock la leyó después. De pie, junto a la ventana, de espaldas a nosotros, moviendo un poco los labios, como siempre.

Cuando terminó, Ruth volvió a guardar las hojas en la bolsa de plástico y se quitó los guantes.

Nadie habló. Todos me miraban. Y yo, sentado en el suelo, contra el archivador, entre las doce chicas caídas, les conté lo que había contado la noche antes, detrás de una puerta con persianas.

Más corto. Sin la biblioteca, sin el canal, sin la escalinata de los leones. Los hechos. Como se dicta un atestado.

—Se llamaba Clara Whitfield. Diecinueve años.

Estudiaba religiones antiguas en la universidad.

La mataron el sábado 21 de septiembre de 1963, entre las siete y las nueve de la tarde, en el cementerio viejo de Woodhouse, de un golpe en la sien izquierda y cuatro en el pecho.

Le dejaron un girasol entre las manos. Estaba embarazada de diecinueve semanas.

—Me paré. Tenía la boca seca—. Era mío. El niño. Era mío.

Nadie se movió.

—A mí me detuvieron al día siguiente. Treinta horas.

Me soltaron porque un agente de uniforme me había apuntado en su libreta dos veces, a las nueve menos veinte y a las once y cinco, en la escalinata del Ayuntamiento, esperándola, y porque no tenían nada más.

El caso no se resolvió. El sargento que me interrogó escribió que lo de las cartas me lo había inventado yo.

—Miré la bolsa de plástico en la mano de Ruth—. No me lo había inventado.

Owen se quitó el papel de la ceja. Había dejado de sangrar.

—En Chapeltown —dijo, muy despacio—. En la puerta de su casa. En Mama Joy’s, con el plátano frito, coño. Me contó lo de su padre. Lo de su madre y los libros debajo de las patatas. Lo de la bici y la farola. —Se miró el papel manchado—. Y esto no.

—No.

—¿Por qué? Tuvo veinte ocasiones.

—Porque me habrías mirado como me estás mirando ahora.

—¿Y cómo le estoy mirando?

—Como a alguien al que hay que cuidar.

Owen no contestó. Bajó la vista al papel higiénico manchado que tenía en la mano. Lo dobló, despacio, una vez, dos, como si tuviera importancia hacerlo bien.

—El primer día —dijo al fin—. En la clase. Le pregunté si un hombre podía matar por amor.

—Y te dije que nadie mata por amor.

—Me dijo que se mata por lo que uno cree que el amor le debe. —Levantó los ojos—. Ya lo sabía, ¿verdad? Esa noche. Antes de abrir la carpeta. Lo sabía desde hacía treinta y dos años.

No contesté.

Toby estaba sentado en su silla, con la libreta cerrada en las rodillas, mirando sus propias manos. No había dicho nada desde que había leído la segunda hoja. Y de pronto habló, sin levantar la cabeza, con una voz muy baja, como se habla uno a sí mismo en una iglesia vacía.

—En Kirkgate le pregunté si tenía hijos.

Le miré.

—Me dijo que no.

—No te mentí, Toby. No llegó a nacer.

Toby levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos.

—¿Cuántos tendría ahora?

No tuve que hacer la cuenta. Llevaba haciéndola desde octubre, cada vez que le miraba la nuca.

—Treinta y uno.

Toby se quedó callado. Movió los labios, como cuando leía.

—Diez más que yo —dijo.

Se le movió algo en la cara. Se volvió hacia la pared.

⁂

—¿Has terminado, Grey?

Whitlock no había levantado la voz. Seguía junto a la ventana, con las manos en los bolsillos. Detrás de él, la lluvia.

—Sí.

—Bien. —Se volvió hacia la sala—. Hartley, cierra la puerta. Que no entre nadie. Si sube alguien, se le dice que estamos reunidos. Si sube alguien de arriba, se le dice que estamos reunidos conmigo.

Owen cerró la puerta de la sala de incidentes. Whitlock esperó a que el pestillo hiciera clic. Ruth le tendió la bolsa de plástico con la carta y él la cogió por una esquina.

—Lo sé desde anoche —dijo—. Grey vino a mi despacho a las diez y media y me lo contó todo. Lo que os ha contado ahora y mucho más. Le dije que lo guardáramos entre los dos hasta que supiera cómo usarlo. —Miró la bolsa de plástico—. Ya no está en mis manos. Lo ha sacado él.

Owen me miró. Fue una mirada corta, de lado, que no le había visto nunca: la de un chico que se entera de que su padre le ha contado algo importante antes al vecino. Luego la apartó.

—Os voy a decir cómo van a ir las cosas, y os lo voy a decir una vez.

—Whitlock dejó la bolsa encima de la mesa de Malcolm, alineada con el borde—.

Lo que se ha dicho en esta sala esta mañana no sale de esta sala.

Ni a HOLMES, ni a la cantina, ni a vuestras mujeres, ni a vuestras madres.

Si el Courier publica que el asesor civil de la Operación Brezo fue sospechoso de un asesinato idéntico en 1963, con su girasol y su estrella, Charles Ashby tiene a Julian Thorne en la mesa de su comedor el domingo, y el lunes Grey está fuera, y el martes estamos fuera todos.

Y ese hombre —señaló la bolsa con la barbilla— habrá conseguido lo que no consiguió en treinta y dos años.

—¿Y el jefe superior? —dijo Malcolm.

—Al jefe superior se lo diré yo. Cuando llegue el momento.

—Whitlock se metió un caramelo en la boca—.

Grey se queda. El Cartero ha escrito doce cartas a doce familias y una a él.

A él. Es el único hilo que tenemos que va directo a la mano que escribe.

No lo voy a cortar por miedo a lo que diga un constructor de Harrogate.

Nadie dijo nada.

—Kavanagh. La tinta.

Ruth ya tenía el maletín abierto encima de la mesa de Malcolm.

Sacó dos frasquitos con cuentagotas y una caja de bastoncillos de algodón.

Abrió la bolsa de plástico solo lo justo.

Humedeció un bastoncillo con agua de un frasco y lo frotó, muy despacio, muy poco, sobre el trazo de una letra, la G de Grey, en el encabezamiento, donde la pluma se había detenido y la tinta era más espesa.

Luego le dejó caer una gota del primer frasco. Luego una del segundo. Esperamos.

—Si se pone rosa, es sangre —dijo Ruth, para Toby, sin mirarle—. En dos segundos.

Pasaron dos segundos. Cinco. Diez.

El algodón siguió blanco. Con una sombra azulada, sucia, de tinta. Nada más.

—Tinta —dijo Ruth—. Solo tinta.

—Lo dice él en la carta —dijo Owen.

—Lo dice él. Ahora lo digo yo.

—¿Y por qué con él no? —Owen se volvió hacia mí—. Con las doce, sangre. Con usted, tinta. ¿Por qué?

—Porque las de entonces tampoco llevaban —dije.

Owen se me quedó mirando. Luego asintió, despacio, y apuntó algo en su libreta.

—Esto no cambia la línea —dijo Whitlock—.

Que nadie se equivoque. Un hombre que mató en 1963 con una maza inca robada de una vitrina, y que treinta años después mata con la misma maza a doce chicas vestidas como las vírgenes de un dios del sol.

Eso es una historia. Y las historias se cuentan.

Se heredan. Se enseñan. Alguien le escuchó contarla, o alguien se la contó a él.

—Jefe, con todo el respeto —dijo Owen—. Esto no lo escribe una secta. Esto lo escribe un hombre al que dejaron.

Whitlock le miró un momento, sin expresión.

—Las sectas están llenas de hombres a los que dejaron, Hartley.

Owen bajó la vista.

—Pero tienes razón en una cosa —siguió Whitlock—.

Hay que abrir 1963. Pike tenía razón hace un mes y yo no le hice caso.

—Se volvió hacia Malcolm—. Ábrelo. Todo.

La residencia de Headingley, las compañeras, los profesores del departamento, los que vivían en aquella casa de la fiesta.

Lo que quede en los archivos de la universidad.

Las declaraciones del expediente, una por una. Las acciones las reparto yo.

Malcolm asintió. Se puso los auriculares, pero no los encendió.

—Señor.

Era Toby. Tenía la mano levantada a medias, como en clase, y la bajó enseguida, avergonzado.

—Dilo, Fenn.