El Cartero Capítulo 15. Para el inspector Grey #2
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Capítulo 15. Para el inspector Grey #2

Le he ido leyendo en los periódicos treinta años, como todo el mundo.

Kirkstall y su caja de cerillas. El hombre que mira.

Me he reído mucho con ese nombre. Usted me tuvo delante en 1963, más cerca de lo que tiene ahora esta hoja, y no me vio.

No ve nunca lo que tiene delante. Por eso tiene que tumbarse en el suelo donde estuvieron los muertos: porque con los vivos no le alcanza.

Ella le puso un nombre. Usted sabe cuál. Yo también lo sé: me lo dijo ella, en julio, en aquel banco, como quien enseña un anillo. No voy a escribirlo. No me corresponde. Algún día se lo diré a la cara, y ese día lo entenderá todo.

Las chicas se han terminado. Doce. Ya no me hacen falta. Ahora solo quedamos usted y yo, como en 1963, aunque entonces usted no lo supiera.

Ella descansa en Ilkley desde hace treinta y dos años, en el cementerio de la iglesia, a la izquierda del camino, bajo una lápida que pagó su padre y que dice que era una hija muy querida. Usted no ha ido nunca. Lo sé porque yo voy todos los años, el 21 de septiembre, y nunca le he encontrado allí.

No vaya todavía. Todavía no está usted listo.

No estaba firmada.

Como las de entonces.

⁂

No sé cuánto tiempo estuve en la ventana.

Owen me dijo después que fueron seis minutos.

Que leí las tres hojas y luego volví a la primera y las leí otra vez, entera, sin moverme, y que en esos seis minutos nadie en la sala dijo una palabra, ni se sentó, ni encendió un cigarrillo.

Que lo único que se oía era la lluvia y el zumbido de los terminales de Malcolm.

Yo no oía nada.

Las uñas.

Doce chicas con las uñas rotas de arañar la arcilla, y encima, sobre la carne viva, sobre el hueco donde había estado la uña, un esmalte rosa muy pálido, aplicado con un pincel diminuto y una paciencia de miniaturista.

El color de dentro de las conchas. Lo había leído en doce informes de autopsia.

Lo había visto en el depósito, en la mano de Emma Lister, bajo la luz azul de McCready.

Y nunca, ni una sola vez, se me había ocurrido pensar que alguien pudiera estar cumpliendo una promesa.

Con las otras, sí.

Yo estaba en aquella casa.

Eso fue lo que me rompió. No lo del tejo.

No las manos. Lo del tejo lo había visto yo, el sábado, con los ojos cerrados, a oscuras, en la silla de mi madre: la mano en la tripa, las manos apartadas con cuidado, como se aparta a un niño de algo que no debe tocar.

Lo había visto exactamente así. Y él lo había escrito exactamente así, el lunes, mientras yo dormía o fingía que trabajaba, con la misma pluma, con las mismas palabras casi, como si me hubiera estado mirando por encima del hombro mientras lo imaginaba.

O como si yo le hubiera estado mirando a él.

Pero eso, al menos, lo había ido a buscar yo.

La fiesta no.

La fiesta era lo único. Lo único de ella que no había tocado nadie en treinta y dos años: ni el sargento Haigh, ni el doctor Pollard con su bata, ni los periódicos, ni Whitlock en su despacho la noche antes.

Lo había guardado como se guarda una cosa pequeña en el fondo de un bolsillo, apretada en el puño, para que no la viera nadie.

Y él había estado allí. En la puerta del salón, con los abrigos en los brazos.

Nos había visto bailar. Había visto la escalera. Había visto la puerta.

Y por la mañana ella le había dado las gracias por guardarle el abrigo.

Y sin quererlo, de pie en la ventana, con las tres hojas en la mano, lo vi desde la puerta.

Estás en la puerta del salón. Tienes los brazos llenos de abrigos, de lana mojada, de bufandas de la universidad, y nadie te mira, porque nadie mira al que sostiene los abrigos.

Huele a tabaco y a ginebra y a la colonia barata de los chicos de Headingley.

En el tocadiscos de la esquina suena Take Five , y ella cruza el salón entre la gente, con un vaso en la mano y la diadema torcida, y le coge la mano a un chico negro con un traje de Burton’s que le queda grande, delante de todos, y se lo lleva a bailar.

Y tú aprietas los abrigos contra el pecho.

Fuerte. Como se aprieta algo que alguien te quiere quitar.

Y la miras. La miras con una atención entera, sin parpadear, como no la ha mirado nunca nadie.

Y ella no te ve.

Y entonces te das cuenta de que el chico del traje tampoco te ve. De que solo la mira a ella. Igual que tú.

Me aparté de la ventana como quien se aparta de un espejo.

Doblé las tres hojas en tres, por sus mismos dobleces.

Las dejé encima de mi mesa, sobre el sobre abierto, con los bordes alineados.

Me quité los guantes, dedo por dedo, el del pulgar roto primero, y los dejé al lado.

Lo hice todo muy despacio, con mucho cuidado, porque era una prueba, y las pruebas no se tocan con las manos desnudas, y yo había sido policía veintiséis años.

Luego me di la vuelta.

⁂

No recuerdo el orden. Lo he intentado reconstruir muchas veces y no puedo, y es lo único de toda esta historia que no consigo poner en fila. Recuerdo trozos. Como se recuerda un accidente de coche.

Recuerdo la mesa. La mía. Recuerdo que la cogí por el borde y que no pesaba nada, y que se volcó hacia el pasillo con todo lo que tenía encima, el cartapacio, el flexo, el teléfono, las bandejas de papeles, y que el teléfono salió despedido del cable y siguió sonando un momento en el suelo, un timbrazo corto, ridículo, como si alguien hubiera llamado para preguntar qué pasaba.

Las tres hojas no. Las tres hojas las había apartado antes, no sé cuándo, no sé cómo.

Me las encontraron después encima de la mesa de Toby, dobladas, intactas. El policía, hasta en eso.

Recuerdo el corcho. El reloj. Recuerdo que metí los dedos por detrás del marco y tiré, y que el corcho entero se despegó de la pared con un ruido de tela rasgada, con el mapa de West Yorkshire y las chinchetas rojas y las doce chicas, y que las doce chicas volaron, todas a la vez, como vuelan las palomas de una plaza cuando alguien da una palmada, y que fueron cayendo por toda la sala, debajo de las mesas, sobre los teclados, en la papelera, boca arriba, boca abajo, con sus árboles y sus girasoles y sus horas en rojo.

Recuerdo mi voz. No era la mía. No era tampoco la de mi padre, como en Bonfire. Era otra cosa. Era la de un chico de dieciocho años en un sótano sin ventanas.

—¡Treinta horas! ¡Treinta horas en un sótano con la cara contra una mesa! ¡Preguntándome por qué le había puesto la flor! ¡A mí! ¡Y él fuera! ¡Fuera, recogiendo sus cartas! ¡Guardando abrigos!

Recuerdo a Owen. Me agarró por detrás, por los brazos, con fuerza, con esa fuerza de chico alto que no sabe que la tiene, y me dijo algo al oído, señor Grey, señor Grey, por favor, y yo me lo quité de encima.

No sé cómo. Con el codo. Con el hombro. Recuerdo el ruido que hizo contra el archivador metálico, un golpe sordo y luego otro más agudo, el de la esquina del cajón, y que se quedó sentado en el suelo con la mano en la ceja y la sangre saliéndole entre los dedos, mirándome con la boca abierta, sin entender.

Recuerdo la puerta del despacho de Whitlock.

El cristal esmerilado con las letras doradas.

Recuerdo que fui hacia ella. No sé para qué.

No había nadie detrás; Whitlock estaba fuera, de pie, a un metro, mirándome.

Recuerdo el puño. Recuerdo que el cristal no se rompió a la primera.

A la segunda, sí. Se rajó en estrella desde el centro, una estrella grande, blanca, con las puntas hacia los cuatro lados, y a la tercera se vino abajo entero, en una lluvia de trozos que sonaron en el suelo de linóleo como una bandeja de vasos.

Recuerdo que no me dolió.

Recuerdo la sangre en el puño. Mucha. Goteando sobre los cristales, sobre una Polaroid caída boca arriba, sobre la cara de Gemma Doyle.

—Grey —dijo Whitlock.

No le oí. O le oí y no me importó. Me volví hacia la sala con el puño abierto, chorreando, buscando algo más que romper, y la sala entera estaba quieta, mirándome: Malcolm de pie detrás de sus pantallas, con las manos levantadas a la altura del pecho, como quien se encuentra un perro suelto; Toby pegado a la pared, blanco, con la libreta apretada contra el estómago; Owen en el suelo, sangrando por la ceja.

Y la máquina del café. Fui hacia la máquina del café.

Recuerdo que pensé, con una claridad absurda, que aquella máquina llevaba dos meses necesitando una patada para funcionar y que nadie se la había dado nunca con ganas.

—Sol.

Me paré.

No lo había dicho alto. Lo había dicho como se dice el nombre de alguien en una habitación a oscuras, para saber si está despierto.

Ruth. Estaba de pie entre la máquina y yo, a dos metros, sin acercarse, con los brazos caídos a los costados y los guantes de látex todavía puestos, y me miraba.

No con miedo. No con pena. Me miraba como había mirado la estrella en los acetatos a las tres de la mañana: como se mira algo que hay que entender antes de tocarlo.

—Sol —repitió—. Ya está.

Nadie dijo nada.

Lo había dicho delante de todos. En la tercera planta. Donde yo había sido Grey durante veintiséis años.

Me llevé la mano izquierda, la que no sangraba, al entrecejo. El índice y el pulgar. Cerré los ojos. Bajé la cabeza.

—Despacio —me oí decir—. Primero mira. Primero mira.

Lo dije cuatro veces. Ruth me lo contó después. Yo creía que lo había dicho una.

⁂

Cuando abrí los ojos estaba sentado en el suelo, con la espalda contra el archivador donde se había golpeado Owen, entre Polaroids y cristales, con la mano derecha envuelta en un pañuelo que no era mío. No sé de quién era. Nunca lo pregunté.

Alguien había levantado mi mesa. Alguien había vuelto a colgar el teléfono. La sala tenía otra vez algo parecido a una forma, como la tiene una casa después de que se ha ido la policía.