El Cartero Capítulo 15. Para el inspector Grey
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Capítulo 15. Para el inspector Grey

Nadie se movió.

Bill Royce se quedó en la puerta con el sobre cogido por la esquina, lejos del cuerpo, y la sala de incidentes se quedó quieta a su alrededor como se queda quieta una habitación cuando alguien deja caer un vaso y todavía no ha terminado de romperse.

Malcolm con los dedos encima del teclado.

Toby a medio levantarse de la silla. Owen con el capuchón del bolígrafo entre los dientes.

Ruth junto al radiador, con el pitillo sin encender en la mano.

Y los doce árboles del corcho, en círculo, mirándonos.

Lo que recuerdo de aquel momento no es el sobre. Es el ruido de la máquina de escribir del fondo, que siguió sonando dos, tres segundos más, tac, tac, tac, como un corazón que todavía no se ha enterado de que el resto del cuerpo se ha parado. Y luego se paró también.

—Déjalo en la mesa, Bill —dijo Whitlock desde la puerta de su despacho—. En la de Grey. Sin tocarlo más.

Royce cruzó la sala entre las mesas como se cruza una iglesia, sin hacer ruido con los zapatos, y dejó el sobre encima de mi mesa, sobre el cartapacio, despacio, como si pudiera despertarse. Luego se limpió los dedos en el pantalón sin darse cuenta.

—Gracias, Bill.

—No he visto nada, inspector jefe. —Royce se atusó el bigote de morsa—. En veinticinco años no he visto nada.

Y se fue escaleras abajo, y oímos sus pasos bajando los tres pisos, cada vez más lejos, hasta que ya no los oímos.

Me acerqué a la mesa. No me senté.

Era como los otros. Papel bueno, grueso, color hueso.

La letra inclinada, antigua, de las que se aprendían en los colegios con plumilla y tintero, con aquellas mayúsculas que se enroscaban sobre sí mismas como un helecho.

Un sello de primera clase con la cara de la reina, puesto recto, con cuidado, a la misma distancia de los dos bordes.

Y en el centro, donde en los otros doce había estado el nombre de un padre, de una madre, de un novio:

Inspector S. Grey. Brigada de Homicidios. Tercera planta.

Inspector. Casi nadie me llamaba inspector desde 1990, salvo Arthur, el conserje, y Arthur lo hacía por cariño.

—Leeds —dijo Owen. Se había acercado sin que le oyera y miraba el matasellos por encima de mi hombro, sin tocar—. Matasellos de Leeds. Del lunes. Es la primera vez que la echa en Leeds.

—El centro del reloj —dijo Malcolm, desde su mesa, muy bajo.

—Sabe en qué planta estamos —dijo Toby.

Lo dijo como se dice algo que da miedo decir en voz alta, y luego se puso colorado, como si hubiera dicho una tontería. Malcolm resopló sin volverse.

—Lo sabe medio Leeds, chaval. Salimos en la tele la semana pasada, cuando lo de Ashby. Con el ascensor estropeado y todo. —Se hizo crujir un nudillo—. Lo sabe hasta mi madre, y mi madre lleva muerta desde el ochenta y dos.

Nadie se rio.

—Kavanagh —dijo Whitlock.

Ruth ya se estaba poniendo los guantes. Los sacó del bolsillo de la rebeca, un par de guantes de látex de los suyos, finos, de color carne, y se los puso tirando de cada dedo con un chasquido.

Sacó de su maletín un bisturí desechable en su funda y una bolsa de plástico de pruebas.

Se inclinó sobre la mesa. Levantó el sobre por los bordes, lo miró a contraluz contra la ventana, le dio la vuelta.

Luego deslizó la hoja del bisturí por el doblez de arriba, de un extremo a otro, despacio, sin tocar la solapa engomada, como se abre a un paciente.

Dentro había tres hojas, dobladas en tres.

Las sacó con dos dedos y las dejó sobre la mesa, todavía dobladas. Me miró.

—¿Quieres que la lea yo?

—No.

—Grey…

—Dámela.

Ruth no discutió. Sacó otro par de guantes del bolsillo y me lo tendió. Me los puse. Eran de su talla, no de la mía, y el látex se me rompió en el pulgar derecho al meterlo, con un ruido pequeño, como un globo que se pincha en otra habitación. No me los quité.

Cogí las hojas y me fui a la ventana.

No la leas aquí. Llévatela. Léela en casa, sola, con el flexo.

No me moví de la ventana. Fuera llovía sobre los tejados del centro, sobre las grúas paradas y la torre del Ayuntamiento, y en el cristal se veía la sala entera detrás de mí, pálida, al revés: cinco personas de pie, mirándome la espalda.

Primero el muerto.

Ya lo había visto. El sábado.

Desdoblé las hojas.

⁂

Inspector Grey:

Sé que ya no lo es. Lo leí hace cinco años en una esquina de la página once del periódico, entre un concejal y una subasta de ganado: «Se retira el hombre que mira».

Pero para mí ha sido inspector desde mucho antes de que se lo llamara nadie.

Desde los dieciocho años. Desde que la miraba a ella desde la otra punta de una mesa como miran ustedes, como si lo que miran les debiera algo.

Esta carta no lleva sangre. No se ofenda. A las familias les escribo con sus hijas porque es lo único que les dejo, y usted no es familia de nadie. A usted le escribo con tinta, como entonces. A ella no le escribí nunca con otra cosa.

Voy a contarle 1963. Usted cree que lo conoce porque estuvo allí. No estuvo. Llegó tarde, como llegan ustedes siempre, cuando ya no queda nada que hacer más que mirar.

Me habló por primera vez el 21 de septiembre de 1962.

No le diré dónde. Le diré que se mordía las uñas cuando algo le interesaba de verdad, y que aquella tarde se las mordió hasta hacerse sangre en el meñique.

Le dije que un día se las pintaría yo, de un rosa muy pálido, del color de dentro de las conchas, para que le diera vergüenza mordérselas.

Se rio. Me dijo que no me dejaría. Que las uñas eran lo único suyo que no le había elegido su padre.

No me dio tiempo. Con las otras, sí.

Le escribí todas las semanas durante un año.

Algunas semanas, dos veces. Sobres color hueso, sin remite, con esta misma letra.

Usted lleva treinta y dos años preguntándose cómo llegaban sin matasellos.

Siga preguntándoselo. Ella las guardaba en una caja de galletas de lata, debajo de la cama, atadas con una cinta verde, y a veces me las leía en voz alta.

A mí. Riéndose. Sin saber. Me llamaba «mi cartero».

Me lo llamaba a mí, a la cara, sin saber que me lo llamaba a mí.

No sabe usted lo que es eso, inspector. Que la mujer que quieres te lea tus propias cartas y se ría de lo bonitas que son y te pregunte quién crees tú que se las escribe.

Usted apareció en febrero. Un chico de Chapeltown con el abrigo mojado, que no sabía dónde poner las manos. Ella me habló de usted como se habla de un perro que te sigue por la calle: con gracia, con un poco de pena. «Me mira demasiado», me dijo. Me lo dijo a mí.

En mayo hubo una fiesta. Yo estaba en aquella casa, inspector.

Usted no me vio. Nadie mira al que sostiene los abrigos en la puerta del salón.

Les vi bailar Take Five, que no se puede bailar, y ustedes la bailaron.

Vi cómo se la llevaba usted escaleras arriba.

Vi la puerta. Me quedé abajo, con los abrigos de todos en los brazos, hasta que se hizo de día.

Cuando bajó, por la mañana, con la rebeca abrochada hasta arriba, me dio las gracias por guardarle el suyo.

En julio me lo contó. Que estaba embarazada.

Que era suyo. Que usted le había dicho que se ocuparía de los dos.

Me lo contó en un banco, con la cara iluminada, como se le cuenta una buena noticia a un amigo.

Era su amigo, inspector. Era el mejor amigo que tenía.

Le dije lo que pensaba, que es lo que hacen los amigos.

Me dijo cosas que no voy a repetir porque no eran suyas, eran de la rabia, y la rabia no es de nadie.

Esa semana dejé de escribirle. No se le escriben cartas a una mujer que ya no las lee.

El 21 de septiembre hacía un año. Fui a decírselo.

Que el cartero era yo. Le llevaba un regalo de un sitio donde nadie lo echaría de menos hasta el lunes.

Quedamos donde quedábamos cuando no quería que nos viera nadie, en el único sitio de Leeds donde nadie la miraba.

Llegó con la rebeca abrochada hasta arriba porque refrescaba, y antes de que yo abriera la boca me dijo que no podía quedarse.

Que a las nueve tenía que ver a alguien en la escalinata del Ayuntamiento.

Que iba a tener al niño. Que se iba a casar. Con usted.

Le dije lo de las cartas. Se rio. Creyó que era una broma.

Luego vio que no lo era y dejó de reírse, y me miró como no me había mirado nunca: como se mira a un desconocido.

Un año de cartas, inspector, y me miró como a un desconocido.

Y se puso la mano en la tripa. Sin darse cuenta.

Como si yo pudiera hacerle daño al niño solo con mirarlo.

Le pedí que no dijera su nombre. Lo dijo.

No le voy a contar el resto como se lo cuento a los padres.

A los padres les debo la verdad entera. A usted le debo otra cosa.

Le diré solo que se cayó hacia delante, que no gritó, que las manos se le fueron a la tripa y no a la cabeza, y que tuve que apartárselas.

Con mucho cuidado. Fue lo único que no quería hacer, y fue lo que hice con más cuidado.

Después la dejé bonita. La peiné con los dedos.

Le puse la diadema derecha, por una vez en su vida.

Le cerré los ojos, porque los tenía abiertos, mirando el tejo, y no me gustaba lo que había en ellos.

Le puse en las manos sus flores preferidas.

Usted sabe cuáles y sabe por qué. Me lo contó a mí primero.

Al día siguiente recogí mis cartas. No le diré cómo.

Eran mías. Usted les habló de ellas a los que le tenían en aquel sótano; lo sé porque nadie vino nunca a preguntarme por ellas.

Nadie le creyó. Yo no tuve que mover un dedo, inspector.

La policía de esta ciudad hizo mi trabajo por mí, y después le abrió a usted la puerta y le dio una placa.

Siempre me ha parecido lo más gracioso que ha pasado nunca en Leeds.