El Cartero Capítulo 14. 1963 #5
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Capítulo 14. 1963 #5

Le hablé de la declaración diecisiete. Del trocito de papel amarillo que se había quedado en la grapa.

—En el sesenta y tres los expedientes se perdían como los paraguas, Grey —dijo, sin levantar la vista de la carpeta—.

Y en el setenta y cuatro, cuando juntaron las policías, se perdió media ciudad metida en cajas.

Yo estuve en aquella mudanza. Tú también.

Cajas mojadas en los pasillos durante meses.

—Se encogió de hombros—. No te agarres a eso. Agárrate a lo que tienes.

Cuando terminé, eran casi las doce y media. El bourbon seguía en el vaso, intacto. No lo había tocado.

Whitlock se quedó callado mucho tiempo. Luego alargó la mano por encima de la mesa y la puso encima de la carpeta, abierta, con los dedos separados, como se pone la mano sobre una Biblia para jurar.

—¿Quién más lo sabe? —dijo.

—Nadie.

—¿Nadie?

—Malcolm me sacó la carpeta del archivo. No la ha abierto. No sabe lo que hay dentro. —Dudé—. Ruth sospecha algo. Desde el sótano de Penrose. Pero no sabe qué.

Whitlock asintió despacio, mirando la carpeta debajo de su mano.

—Que siga así.

Levantó los ojos hacia mí por primera vez en dos horas.

—Escúchame bien, Grey, porque te lo voy a decir una vez.

Si esto sale de este despacho, mañana a las nueve estás fuera del caso.

Fuera. Un asesor civil que fue sospechoso de un asesinato idéntico en 1963, con el mismo girasol y la misma estrella, metido hasta el cuello en la investigación de doce más.

Charles Ashby te come vivo. Julian Thorne, que cena en su casa los domingos, te come vivo.

El Courier te come vivo, con fotos. Y yo me quedo sin el único hombre de esta comisaría que ha estado cerca de ese hijo de puta, aunque sea hace treinta y dos años.

—Se inclinó un poco hacia delante—. Déjamelo a mí.

Yo sabré cuándo y cómo usarlo. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—¿Quieres que ponga un coche en tu calle? Discreto. Por las noches.

Pensé en el felpudo vacío. En la hoja amarilla pegada al escalón. En el atizador de mi madre cruzado sobre las rodillas hasta el amanecer.

—No —dije—. Si pones un coche, sabrá que tengo miedo.

—Como quieras.

Se levantó. Rodeó la mesa despacio, apoyándose en el borde, con aquel silbido pequeño en el fondo del pecho, y se quedó de pie a mi lado. Me puso la mano en el hombro. La tenía fría, seca, ligera, como la mano de un hombre mucho más viejo. La dejó allí un segundo más de lo necesario.

—Treinta y dos años cargando con esto solo —dijo en voz baja—. Ya no, Grey. Ya no lo cargas solo.

No supe qué contestar. Asentí. Me levanté. Volví a meter la carpeta en el maletín.

En la puerta me volví. Whitlock se había sentado otra vez detrás de la mesa, con la lámpara iluminándole media cara, y estaba mirando el vaso de bourbon que yo no me había bebido. Lo cogió y lo vació en la maceta del rincón, en la tierra seca de un ficus que nadie regaba desde 1990.

—¿Cómo era? —preguntó, sin mirarme—. Clara. Cuando se reía.

Me quedé en la puerta.

—Echaba la cabeza hacia atrás —dije—. Y se sujetaba la diadema con un dedo para que no se le cayera.

Whitlock asintió despacio, mirando el vaso vacío. Le brillaban los ojos. Tosió otra vez, de espaldas, con el pañuelo en la boca.

—Vete a casa, Grey —dijo—. Duerme.

⁂

Dormí.

Por primera vez desde octubre, dormí ocho horas seguidas, de un tirón, vestido, encima de la colcha, sin soñar con girasoles ni con buzones ni con escaleras.

Me desperté a las ocho y media con la luz gris de la mañana en la cara y una sensación que había olvidado y que tardé en reconocer, tumbado boca arriba, mirando el techo.

Alivio.

Alguien lo sabía. Después de treinta y dos años, alguien lo sabía, y no me había mirado como a un sospechoso. Me había puesto la mano en el hombro. Me había dicho que ya no lo cargaba solo.

Me duché. Me afeité. Me hice el café solo y me lo bebí de pie junto a la ventana, mirando la calle mojada, los plátanos sin hojas, la farola apagada. Llegué a la comisaría a las nueve y cinco. Subí los tres pisos andando, porque el ascensor seguía averiado.

A las nueve y diez se abrió la puerta de la sala de incidentes.

Era Bill Royce, el sargento de guardia, con su bigote de morsa y la barriga por delante, sin aliento por la escalera.

Nunca subía. En veinticinco años no le había visto subir a la tercera planta más que dos veces, y las dos había sido para traer una mala noticia que no quería dar por teléfono.

Traía algo en la mano, cogido por una esquina, con dos dedos, lejos del cuerpo, como se lleva un pájaro muerto.

Se paró en la puerta. Buscó con los ojos por la sala. Me encontró.

—Ha venido con el correo de la mañana, Grey —dijo, y la voz le salió rara, más baja de lo que era—. Estaba en el buzón de abajo. Con los demás.

Un sobre. De color hueso.

No hizo falta que me acercara para ver la letra. Inclinada. Antigua. De tinta muy oscura. Una letra de las que ya no se enseñaban ni entonces.

Y en el centro del sobre, en lugar del nombre de una madre, de un padre, de un novio, estaba el mío.