Capítulo 14. 1963 #4
Ruth me miró tres veces aquel día. La tercera, a media tarde, junto a la máquina del café, mientras le daba la patada de siempre en el costado, me dijo sin volverse:
—Tienes cara de no haber dormido desde el jueves.
—No he dormido desde el jueves.
—Ajá. —Cogió el vaso que soltó la máquina—. ¿Y qué has estado haciendo, en vez de dormir?
Leyendo cómo mataron a la madre de mi hijo, pensé. Viendo cómo la mataban. Bajando a oscuras con un atizador a mirar un felpudo vacío.
—Leer —dije.
Ruth se quedó mirándome por encima del vaso, con aquellos ojos grises, mucho rato. No dijo «ajá». Esa vez no.
—Cuando quieras —dijo, y se fue a su mesa.
Cuando quieras. Lo mismo que me había dicho Whitlock el jueves delante del reloj de las doce chicas. Dos personas en la misma sala, esperando a que yo hablara. Y yo con una carpeta entre los pies y la boca cerrada.
Díselo a ella.
No podía. No sabía por qué no podía. Quizá porque Ruth me miraba como se mira a un hombre, y yo no quería que me mirase como se mira a un sospechoso.
Quizá porque, si se lo contaba a ella, ya no había vuelta atrás, y si se lo contaba a Whitlock, era solo un informe más, a un jefe, en un despacho, con la puerta cerrada.
Un procedimiento. Algo que se podía archivar.
Eso pensé. Que se podía archivar.
⁂
A las diez y media de la noche no quedaba nadie en la sala. Solo la máquina de escribir.
Cogí el maletín. Crucé entre las mesas vacías, entre los ceniceros llenos, bajo el reloj de doce Polaroids del corcho, y llamé con los nudillos al cristal de la puerta.
La máquina se paró.
—Está abierta, Grey. —Ni siquiera había mirado—. Siempre lo está.
Entré. Whitlock estaba sentado detrás de su mesa de roble, en mangas de camisa, con la corbata aflojada por primera vez desde que yo le conocía, con la funda gris de la Olivetti doblada en cuatro a un lado y un folio a medio escribir en el rodillo.
La luz de la lámpara de la mesa le dejaba media cara en sombra.
Tenía la piel del color de la cera vieja.
Se le marcaban los huesos de las sienes.
Me senté enfrente. Abrí el maletín. Saqué la carpeta y la dejé encima de la mesa, entre los dos, con la etiqueta hacia él.
Whitlock la miró sin tocarla. Leyó la etiqueta. Movió un poco los labios, como hacía siempre que leía algo que le importaba.
—Whitfield —dijo.
—Clara Whitfield.
Se levantó. Fue a la ventana y bajó del todo las persianas venecianas, tirando del cordón despacio, lama por lama, hasta que la sala de incidentes desapareció detrás. Volvió a la mesa. Se sentó.
—¿Quieres contármelo —dijo—, o prefieres que lo lea?
—Quiero contártelo.
Asintió. Abrió el cajón de abajo de la mesa, el de la derecha, y sacó una botella de bourbon de tres cuartos y dos vasos bajos, de cristal grueso.
Al abrirlo, vi el fondo del cajón un momento, a la luz de la lámpara: unas carpetas, una caja de grapas, y detrás, al fondo, algo envuelto en un paño de gamuza amarillo, doblado con cuidado, como los que usaba mi padre para sacarle brillo a los zapatos del domingo. Lo cerró con la rodilla.
Sirvió un vaso. Solo uno. Me lo empujó por encima de la mesa.
—Yo no bebo —dijo—. Ya lo sabes. La botella es para los jefes que vienen a gritarme. —Se metió un caramelo nuevo en la boca—. Empieza por donde quieras.
Empecé por la biblioteca.
⁂
Tardé dos horas.
Se lo conté todo. El invierno de 1963 y el radiador que silbaba.
La chica de la diadema en la otra punta de la mesa de roble.
Me miras demasiado. Las cartas sin matasellos.
Mi cartero. Los girasoles de oro de las sacerdotisas del sol, que eran mentira.
La fiesta de mayo, sin contarle la fiesta.
El 6 de julio. Me ocuparé de los dos. El canal, la abadía, la foto en la escalinata entre los leones que no salieron.
Mi cartero ya no me escribe. El 21 de septiembre a las nueve en punto.
Las dos horas de espera. El agente Lacey.
Los calabozos del sótano del Ayuntamiento.
El sargento Haigh y su aliento a whisky.
Apunta. El negrito dice que ha sido el cartero.
Mi padre esperándome en la puerta con la mano quemada.
El entierro visto desde detrás de un muro.
Y luego lo de ahora. La urraca, y el titular, y el frío bajando por la columna.
El girasol del inventario. La estrella en la sien de Clara, la misma que la de los acetatos de Ruth.
El champi echado en falta el lunes 23 de septiembre de 1963, unas horas antes de que me soltaran.
La diadema de terciopelo negro en la cabeza de Joanne.
Las trenzas de Abena. La rebeca de Charlotte y el tomo segundo de Prescott, abierto por el grabado de Atahualpa.
Y lo que Tom había contado en septiembre en el salón de St Aidan, llorando, de pie, delante de una sala entera: la chica de un otoño, el año entero escribiéndole, y el crío de dieciocho años que se la quitó.
Whitlock escuchó sin interrumpirme. Con las manos juntas encima de la mesa, los dedos entrelazados.
No apuntó nada. No me miró a la cara casi en ningún momento; miraba la carpeta, o la lámpara, o un punto de la mesa entre sus manos, como escuchan los curas en el confesionario para que uno pueda hablar.
Dos veces se volvió hacia la pared, de golpe, con el pañuelo en la boca, y tosió, una tos honda, rota, que le doblaba los hombros y le hacía brillar los ojos, y las dos veces dobló después el pañuelo en cuatro, sin mirarlo, y se lo guardó en el bolsillo, y me hizo un gesto con la mano para que siguiera.
La segunda vez fue hacia el final, cuando ya le estaba hablando de Tom.
Solo me interrumpió una vez. Cuando le hablé de las cartas.
—¿Llegaste a leer alguna?
—Una frase. Una sola vez. En la biblioteca, al revés, desde el otro lado de la mesa. Y el sobre.
—¿Reconocerías la letra?
Lo pensé. Lo había pensado mil veces desde la noche de la urraca, con las fotocopias de las cartas de la carpeta de Owen extendidas bajo el flexo, buscando una cara entre treinta y dos años de niebla.
—No como para jurarlo ante un tribunal.
Whitlock asintió despacio. Una vez. Y me hizo otra vez el gesto con la mano. Sigue.