Capítulo 14. 1963 #3
Aquel verano nos enamoramos. Así, tan sencillo y tan imposible.
Paseábamos por el camino de sirga del canal, donde no iba nadie, hasta Kirkstall, hasta la abadía en ruinas, y hablábamos del niño, de nombres, de dónde viviríamos, de cómo se lo diríamos a su padre.
En octubre, decía ella. Cuando empiece el curso.
Antes no, que mi padre se muere. En agosto le hice la foto en la escalinata del Ayuntamiento, entre los leones, con una cámara que me prestó un compañero del almacén, y no salieron los leones.
Y un día de finales de agosto, en el canal, mirando el agua, me dijo:
—Mi cartero ya no me escribe.
—¿Desde cuándo?
—Desde julio. Desde que se lo… —Se calló—. Desde julio. Se habrá cansado de mí.
Se rio, pero no se reía. Yo me alegré. Que Dios me perdone, me alegré.
Nunca le pregunté qué iba a decir antes de callarse.
⁂
La declaración número nueve era la mía.
El sospechoso, varón de color, de 18 años de edad, empleado de almacén, residente en Chapeltown, declara que mantenía relaciones con la víctima desde el mes de mayo.
Declara que la víctima le había citado a las 21:00 horas del sábado 21 en la escalinata del Ayuntamiento y que no acudió a la cita.
Declara que esperó hasta las 23:00. El sospechoso alega que la víctima recibía desde 1962 cartas anónimas de un admirador al que ella llamaba «su cartero».
No se han hallado dichas cartas entre las pertenencias de la víctima.
Se considera una invención del sospechoso.
Firmado: Sargento W. Haigh.
No se han hallado dichas cartas.
Un año de cartas. Una cada semana, cada dos.
Clara las guardaba en una caja de galletas de lata, debajo de la cama de la residencia, atadas con una cinta; me lo dijo una vez, riéndose.
Y cuando la policía registró su habitación, el lunes 23 de septiembre, la caja no estaba.
Nadie preguntó dónde estaba. Nadie preguntó quién había entrado en aquella habitación entre el sábado por la noche y el lunes por la mañana.
Habían decidido ya que yo me lo había inventado.
Recuerdo al sargento Haigh. Lo recuerdo como se recuerda un olor.
Grande, colorado, con el pelo pegado con brillantina y el aliento a whisky y a tabaco negro.
Recuerdo la sala. No estaba en ninguna comisaría: estaba en los calabozos del sótano del Ayuntamiento, donde tenía la policía de la ciudad sus celdas en 1963, debajo de la misma escalinata de piedra donde yo la había esperado dos horas la noche antes.
Me tuvieron allí treinta horas. Recuerdo la bombilla.
Recuerdo la mesa de metal atornillada al suelo.
Recuerdo que a las tres de la madrugada del lunes el sargento Haigh se inclinó sobre mí, con la cara a un palmo de la mía, y me preguntó por qué le había puesto el girasol.
—¿Es cosa de vuestra brujería, negro? ¿De la selva?
Y recuerdo que yo, que llevaba veinte horas sin dormir, que acababa de enterarme de que estaba muerta, de que estaba muerta de verdad, de que la habían encontrado entre las tumbas con un girasol en las manos, le hablé de su cartero.
De las cartas sin matasellos. De la letra inclinada.
Se lo conté todo, llorando, como un crío.
Y él se rio. Se rio en mi cara. Y se volvió hacia el agente joven que tomaba notas en la esquina y le dijo: Apunta. El negrito dice que ha sido el cartero.
Me soltaron el lunes a las seis de la tarde.
No porque me creyeran. Porque apareció la libreta de un agente de uniforme, el agente Lacey, que la noche del sábado había hecho la ronda por el centro y había escrito en ella, con su letra de colegio, a las 20:40: Varón de color merodeando escalinata del Ayuntamiento.
Advertido. Y a las 23:05: Sigue allí. Advertido de nuevo.
Se retira. No era una coartada entera, y el sargento lo dejó escrito; pero sin arma y sin testigos no le alcanzó para retenerme más.
La fotocopia de esa página estaba en el expediente, grapada a mi declaración.
Me salvó un policía que me había echado de la escalera dos veces por ser negro y estar quieto.
Mi padre me esperaba en la puerta del Ayuntamiento, con el uniforme de conductor de autobús, porque había venido directamente desde la cochera.
No me dijo nada. Me puso la mano en la nuca, la izquierda, la de la quemadura de la fundición, áspera como papel de lija, y me la dejó allí todo el camino hasta Chapeltown, cuarenta minutos andando, sin decir una palabra.
A su entierro no me dejaron ir. Fue en Ilkley, el sábado siguiente.
Su padre llamó a la policía para asegurarse de que no me acercaba.
Lo vi desde fuera, desde el otro lado del muro del cementerio, bajo la lluvia, subido a una piedra, entre unos arbustos, con el traje de Burton’s empapado.
No vi nada. Solo paraguas negros. Muchos.
⁂
Había una cosa más en el montón de la vida. La vi al final, cuando ya iba a cerrar la carpeta.
El índice de la primera página tenía veintitrés números. Veintitrés declaraciones, con su fecha. Yo había contado veintidós hojas. Las volví a contar. Veintidós. Repasé el índice con el dedo, línea por línea, comparando.
Faltaba la diecisiete. En el índice decía solo: 17. 24-9-63. Declaración de testigo (varón). Y en la carpeta, entre la dieciséis y la dieciocho, no había nada. Solo, en la grapa de la esquina, un trocito de papel amarillento, triangular, arrancado, todavía sujeto.
Alguien la había sacado. Hacía mucho, o hacía poco. Tirando fuerte.
Treinta y dos años de archivos, de traslados, de fusiones de policías, de cajas que se mojan y se pierden. Me lo dije. Es lo que pasa. Se pierden hojas. Se pierden carpetas enteras.
Me lo dije. No me lo creí.
⁂
Eran las tres de la madrugada cuando apagué el flexo.
No me levanté. Me quedé sentado en la silla de mi madre, a oscuras, con las ocho fotos en fila sobre el escritorio y la luz naranja de la farola entrando por la ventana y cayendo sobre ellas, y cerré los ojos.
No lo decidí. Nunca lo decido. Es lo único que sé hacer, lo que me hizo famoso y me dejó solo: me tumbo donde estuvo el muerto y miro lo que miraba.
Lo había hecho bajo el roble del Chevin con Emma.
Lo había hecho en el brezo helado de Baildon Moor.
Y aquella noche, con los ojos cerrados, sin quererlo, lo hice con ella.
Es sábado. Son las siete y media de la tarde y ya casi es de noche, porque es septiembre y en Leeds en septiembre la noche baja deprisa, como una persiana.
Llevas la rebeca clara abrochada hasta arriba, porque refresca, y la diadema, y los zapatos de tacón bajo que te hacen daño en el talón izquierdo.
Has quedado conmigo a las nueve en la escalinata del Ayuntamiento.
Vas a decirme algo. No sé qué. No lo sabré nunca.
Pero antes tienes que ver a alguien.
Cruzas el cementerio por el camino de siempre, entre las lápidas negras, porque es más corto, porque los muertos no te miran.
Huele a hierba mojada y a hojas. Se oye, lejos, el tráfico de Woodhouse Lane, y un perro, y nada más.
Ya no se ven los nombres de las tumbas. Llegas al tejo.
Debajo del tejo está oscuro como dentro de un armario.
Y alguien está esperándote.
No gritas. Eso es lo que me ha dicho el expediente, aunque no lo diga: que no gritaste, porque nadie oyó nada, y en Woodhouse Lane, a cien metros, a las ocho de un sábado, había gente.
No gritas porque le conoces. Porque es alguien que te ha esperado otras veces, a la salida de otras cosas.
Le sonríes, quizá. Quizá le dices algo amable, con esa voz que ponías para no hacer daño a nadie.
Le dices lo del niño.
Lo sé. No sé cómo lo sé, pero lo sé, como se saben las cosas en los sueños. Se lo dices con la mano en la tripa, sin darte cuenta, como la llevabas siempre aquel verano, como si ya pudiera oírte. Le dices que en octubre se lo vas a contar a tu padre. Le dices mi nombre.
Y él no dice nada.
No le ves levantar el brazo. Está oscuro debajo del tejo.
Solo oyes algo, un roce de tela, el aire moviéndose, y luego un ruido que no es un ruido, que es un golpe dentro de tu cabeza, en la sien izquierda, justo debajo de la diadema, un golpe blanco, sin dolor todavía, como cuando te das con el canto de una puerta a oscuras. Y la hierba sube hacia ti muy deprisa.
Estás en el suelo. Tienes hierba mojada en la boca. Algo caliente te baja por la oreja, por el cuello, por dentro de la rebeca. No puedes mover las piernas. Las manos, sí. Las manos se te van solas a la tripa. No a la cabeza, que es donde te duele. A la tripa.
Y entonces él se arrodilla a tu lado. Despacio. Con cuidado. Y te aparta las manos de la tripa, una y otra, con mucha delicadeza, como se aparta a un niño de algo que no debe tocar.
Y vuelve a levantar el brazo.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Abrí los ojos.
Estaba de pie. No recordaba haberme levantado. Estaba de pie en medio del salón a oscuras, temblando, empapado en sudor frío, con la silla de mi madre tirada en el suelo detrás de mí y las ocho fotos desparramadas por la alfombra. Tenía las dos manos apretadas contra el estómago.
Y por la ventana, en la calle, bajo la farola naranja, no había nadie.
Me lo dije.
No había nadie.
⁂
El lunes 11 de diciembre pasé el día entero en la sala de incidentes sin hacer nada.
Fingía. Movía papeles. Leía declaraciones de druidas que ya había leído.
Contestaba que sí cuando Owen me preguntaba si quería un café.
Y miraba la puerta acristalada del fondo, con las persianas a medio bajar, detrás de la cual sonaba la máquina de escribir de Graham Whitlock, regular, sin pausa, como un corazón que no se cansa nunca.
La carpeta de 1963 la llevaba en el maletín, debajo de la mesa, entre los pies. La notaba allí todo el rato, como se nota un animal dormido debajo de la cama.