Capítulo 14. 1963 #2
No le hice caso. Lo leí solo.
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Era una carpeta de cartón marrón, más fina que la de Emma Lister, con las esquinas blandas de humedad y una mancha de moho verdoso en el lomo, con forma de mapa de un país que no existe.
La goma elástica que la cerraba se había podrido hacía años y se deshizo entre mis dedos como si fuera de ceniza.
En la tapa, una etiqueta mecanografiada en una máquina que ya no escribía bien las emes:
POLICÍA DE LA CIUDAD DE LEEDS. DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN CRIMINAL. HOMICIDIO. WHITFIELD, Clara Margaret (19). 21-9-1963.
Y debajo, con un sello de tinta roja, torcido, desvaído:
SIN RESOLVER.
La abrí a las nueve de la noche del sábado, en el escritorio de mi madre, con el flexo verde, sin gafas. Las gafas estaban en el cajón, encima de la foto. No las saqué.
Hice dos montones. No pude evitarlo; las manos lo hacen solas. A la izquierda, el cuerpo. A la derecha, la vida. El de la derecha lo puse boca abajo.
Primero el muerto.
Primero la muerta, Sol. Es ella. Dilo.
Primero la muerta.
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Había ocho fotografías. En blanco y negro, de las de entonces, brillantes, con los bordes blancos y un número escrito a lápiz en el dorso. Las puse en fila sobre el cuero verde del escritorio, de izquierda a derecha, en orden.
Un cementerio. El viejo cementerio de Woodhouse, pegado a la universidad, el de las lápidas victorianas negras de hollín y los ángeles sin nariz, el que estaba ya medio abandonado en 1963 y por el que Clara cortaba camino cada día para ir de la residencia a clase, porque decía que los muertos eran la única gente de Leeds que no la miraba.
Hierba alta entre las tumbas. Un tejo, enorme, negro, con las ramas bajando hasta el suelo como una falda.
Y debajo del tejo, en la hierba, entre dos lápidas inclinadas, una forma clara.
La segunda foto, más cerca.
La tercera.
Estaba tumbada boca arriba. Recta. Con las piernas juntas, los pies hacia el camino.
Llevaba la rebeca clara de la foto de la escalinata, abrochada hasta arriba, y la falda por debajo de la rodilla, y los zapatos puestos, y la diadema en su sitio, recta, sujetándole el pelo hacia atrás, como si alguien se la hubiera colocado con cuidado después.
Las manos juntas sobre el pecho. Y entre las manos, un girasol.
En la foto era gris. Un círculo oscuro rodeado de pétalos grises, como un sol en un eclipse. Pero yo sabía de qué color era.
La cuarta foto era de la cara.
La miré.
No voy a describirla entera. No puedo. Lo he intentado tres veces en estas páginas y he roto las tres.
Solo diré lo que vi primero, porque es lo que sigo viendo cuando cierro los ojos: que tenía los ojos cerrados, y que alguien se los había cerrado, porque los muertos no cierran los ojos solos.
Y que en la sien izquierda, justo donde empezaba el pelo, debajo del borde de la diadema, había una herida.
Oscura. Hundida. Y alrededor de la herida, en la piel, unas marcas pequeñas, en círculo, como pinchazos.
Como los rayos de un sol pintado por un niño.
Me levanté. Fui hasta la ventana. Volví. Me senté.
Mírala.
La miré.
El informe de la autopsia lo firmaba un tal doctor H.
Pollard, patólogo forense de la ciudad. Debajo, como ayudante, con una firma pequeña y torcida de hombre joven, había otra: E.
McCready. Lo leí dos veces antes de entenderlo.
Dos años después, aquel ayudante escocés me sacaría la cabeza de una bandeja de instrumental, gritándome que le había contaminado las pinzas.
Nunca me dijo que había estado allí. Nunca le pregunté.
Lo leí entero. Despacio. Palabra por palabra, como se lee una carta de alguien que ya no está.
Herida contusa de configuración estrellada en región temporal izquierda, con fractura deprimida de la bóveda craneal y hemorragia subyacente.
Cuatro contusiones de configuración estrellada, de aproximadamente cinco centímetros, en la cara anterior del tórax.
Causa de la muerte: traumatismo craneoencefálico.
Data aproximada: entre las 19:00 y las 21:00 horas del 21 de septiembre.
No se aprecian signos de agresión sexual.
Y al final, en un párrafo aparte, con la misma frialdad de máquina con que se describe el estado de un hígado:
Útero grávido. Feto de sexo masculino, de aproximadamente diecinueve semanas de gestación.
Dejé el papel.
Masculino.
No lo sabía. En 1963 me lo dijeron a gritos, en una sala sin ventanas, a las tres de la madrugada: que estaba preñada, así, con esa palabra, como se dice de una vaca, y que si había sido yo el que la había preñado y el que la había matado para no tener que cargar con un negrito.
Pero nadie me dijo nunca qué era. Treinta y dos años pensando en él sin saberlo.
Y lo había pensado siempre como un chico.
Siempre. Cuando hacía la cuenta que me había prohibido hacer, la hacía con un chico.
Treinta y uno.
Me tapé la boca con la mano. No sé cuánto tiempo estuve así. El radiador golpeó dentro de la pared, tres veces, una pausa, otra vez.
Cuando pude, saqué del bolsillo de la gabardina la fotocopia doblada de la última hoja de acetato de Ruth, la de la estrella entera, la que había calcado en la sala de incidentes con treinta y un hematomas de diez chicas.
La desdoblé y la puse sobre la cuarta foto, sobre la sien izquierda de Clara Whitfield, encima de la herida.
No necesité medir nada. No necesité la regla de Ruth ni la vitrina de Penrose ni las cejas blancas de McCready.
Era la misma estrella.
En el margen del informe, alguien había escrito a lápiz, en 1963, con una letra apresurada de policía: ¿Arma? ¿Herramienta de jardín? ¿Aldaba? Y debajo, con otra letra, más tarde: Ver denuncia robo Dpto. Teología, 23-9-63 (prof. Penrose). Descartado: broma de estudiantes.
Descartado.
Alguien, en 1963, había tenido la pieza en la mano. La había mirado. Y la había dejado caer, porque tenía otra pieza mejor, una que encajaba con todo lo que ya sabía y con todo lo que quería creer: un chico negro de Chapeltown que había dejado preñada a una estudiante blanca de buena familia.
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Di la vuelta al montón de la derecha.
Declaraciones. Veintidós hojas, grapadas en la esquina, a máquina, con correcciones a mano. Una lista en la primera página, un índice, con números y fechas: uno, dos, tres. Las fui leyendo en orden.
La compañera de habitación de la residencia de Headingley, una tal Margaret, de Scarborough: Clara era muy popular.
Siempre tenía chicos alrededor. Había uno que la esperaba a veces a la salida de las conferencias de los jueves, muy educado, no sé cómo se llamaba.
Desde el verano salía con un chico de color de Chapeltown.
Me contó que estaba embarazada. Me hizo jurar que no se lo diría a nadie.
Desde el verano.
No. Desde mayo.
El sábado 18 de mayo de 1963 hubo una fiesta en una casa de estudiantes de Headingley, en una de esas calles de casas altas de ladrillo que bajan hacia el parque.
Clara me lo dijo en la biblioteca, en susurros, con el bibliotecario chistándonos desde el mostrador: El sábado hay una fiesta.
Habrá jazz. Ven. Como quien invita a alguien sabiendo que no va a ir.
Fui. Con el único traje que tenía, uno de Burton’s que me había costado tres semanas de sueldo con el descuento de empleado.
Era el único negro de la casa. Me miraron.
Todos. Desde que crucé la puerta. Y ella, al otro lado del salón, con un vaso de ginebra con naranja en la mano y la diadema torcida, me vio, y cruzó el salón entre la gente, y me cogió de la mano delante de todos, y me llevó a bailar.
En un tocadiscos, en una esquina, sonaba Take Five .
No voy a contar esa noche.
Es lo único que me queda de ella que no ha tocado nadie. Ni un policía, ni un forense, ni un fiscal con peluca, ni un hombre con gorra y barba postiza que escribe cartas con sangre. No la va a tocar tampoco quien esté leyendo esto.
Solo diré que a la mañana siguiente, en una habitación prestada que olía a tabaco y a cerveza, con la luz gris de un domingo entrando por una cortina rota, ella se sentó en el borde de la cama, de espaldas a mí, y se abrochó la rebeca hasta arriba con los dedos temblando, y me dijo sin volverse:
—No se lo digas a nadie, Sol.
Y durante siete semanas no volvió a la biblioteca.
Volvió el 6 de julio. Un sábado. A las dos y cuarto, como siempre. Se sentó enfrente de mí, en la punta de la mesa de roble, sin libros, sin cuaderno, con las manos juntas encima de la madera, y me miró. Tenía la cara más delgada. Tenía ojeras.
—Estoy embarazada —dijo.
El bibliotecario no chistó. No hizo falta. No lo dijo alto.
Yo tenía dieciocho años. Ganaba cuatro libras y diez chelines a la semana cargando rollos de tela en un almacén.
Vivía con mis padres en dos habitaciones de una casa partida en seis.
Era negro, en Leeds, en 1963. Ella era blanca, católica, hija de un farmacéutico de Ilkley, y le faltaban dos años para terminar la carrera.
La miré. Y ella me miró como se mira a alguien que está a punto de levantarse e irse, y que tiene todo el derecho a hacerlo.
—Me ocuparé de los dos —dije.
No lo pensé. No lo decidí. Salió solo, como salió mi nombre en el salón parroquial de Otley treinta y dos años después.
Y ella se echó a llorar. Por primera vez desde que la conocía. Sin ruido, con la cara entre las manos, en la sala de lectura de la biblioteca central, mientras los viejos que iban a calentarse junto al radiador levantaban la vista de sus periódicos.