El Cartero Capítulo 14. 1963
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Capítulo 14. 1963

Hay un momento, en las investigaciones largas, en que el miedo cambia de sitio.

Durante semanas lo llevas delante. En el corcho, en las fotos, en las caras de las madres, en las cartas que lees con el brazo estirado bajo el flexo.

Es un miedo que se puede mirar, porque está fuera, en otra gente, en otras casas, en otros páramos.

Y una noche, sin que sepas cuándo, sin ruido, se da la vuelta despacio, como se da la vuelta alguien en un banco de la iglesia, y se te pone detrás.

No me acosté. Me senté en el sillón del salón con la luz apagada y la gabardina puesta, sin disco, sin bourbon, con las manos sobre las rodillas, y me quedé escuchando la casa.

Una casa victoriana partida en pisos habla mucho de noche, si uno la escucha.

El radiador golpeaba dentro de la pared, tres golpes, una pausa, otro golpe, como alguien que llama sin muchas ganas de que le abran.

Las tuberías crujían al enfriarse. La señora Pryce, en el bajo, había apagado la televisión a la una y desde entonces solo se oía, de vez en cuando, su tos, a través del suelo, como si tosiera dentro de mi piso.

La lluvia en la ventana. La farola naranja de enfrente, zumbando.

Y el silencio de la escalera, que era lo peor, porque una escalera en silencio es una escalera que está esperando un pie.

Duerme, Sol.

No podía.

Es una chica de Harrogate. Es una chica más. La doce. Ya está. El reloj está completo.

Y si el reloj está completo, ¿qué queda?

Lo pensé así, con esas palabras, en la oscuridad, y en cuanto lo pensé ya no pude dejar de pensarlo.

Doce chicas. Doce cartas a doce padres, a doce madres, a doce novios.

Y la última frase de la última carta, escrita con la sangre de Charlotte Ashby: Esta es la última carta que escribo a un padre.

No que fuera la última carta. La última a un padre.

¿Y a quién vas a escribir ahora, hijo de puta?

Lo supe antes de terminar la pregunta. Lo sabía desde Harehills, desde el porche de St Aidan, desde la voz ronca de Pauline contándome bajo la lluvia lo que Tom había contado llorando: el otoño, la chica, el crío de dieciocho años que se la quitó.

Lo sabía desde la noche de la urraca. Lo había sabido siempre.

Solo que hasta aquella noche lo había sabido como se saben las cosas que les pasan a otros.

A las tres y diez sonó el buzón.

No el mío. El de abajo, el de la puerta de la calle, el único de la casa, una ranura de latón con una tapa de muelle por la que el cartero metía cada mañana el correo de los cinco pisos, que se quedaba desparramado en el felpudo del portal hasta que alguien lo recogía.

Un ruido seco, metálico, corto. Clac. Como el que había hecho el buzón de Dean Fairclough cuando lo solté con el dedo la noche de Bonfire.

Me quedé quieto.

No respiré. Lo noto todavía, mientras escribo esto: el aire parado en el pecho, a medio camino, sin subir ni bajar, y el corazón golpeándome en los oídos tan fuerte que durante un momento no supe si lo que oía después era la escalera o era yo.

Es el viento.

No hacía viento. Llovía recto.

Es un borracho. Un crío. Un repartidor de propaganda que ha perdido la cabeza.

A las tres y diez de la madrugada.

Me levanté. Despacio. El suelo de madera crujió bajo mis pies y me quedé congelado a mitad de un paso, como un niño que juega al escondite, oyendo cómo el crujido bajaba por la escalera delante de mí, anunciándome.

No encendí la luz. No sé por qué. Supongo que porque una luz encendida se ve desde la calle.

Cogí de la chimenea el atizador de hierro de mi madre, el que no había usado nunca porque la chimenea estaba tapiada desde 1970, y salí al rellano descalzo, con el atizador en una mano y la otra en la barandilla, y bajé.

Dos tramos. Veintiocho peldaños. Los conté.

El portal estaba a oscuras. Por el cristal esmerilado de la puerta de la calle entraba el naranja de la farola, sucio, temblando con la lluvia, y dibujaba en el suelo de baldosas un rectángulo de luz enfermiza. Y en el felpudo, debajo de la ranura del buzón, no había nada.

Nada.

Ni un sobre. Ni un folleto. Ni una factura. El felpudo de fibra, gastado, con la palabra WELCOME medio borrada por cuarenta años de pies.

Me quedé allí, de pie en las baldosas heladas, con el atizador en la mano, mirando el felpudo vacío.

Y no supe qué era peor. Si que hubiera habido algo, o que no hubiera nada.

Porque si no había nada, entonces alguien había levantado aquella tapa a las tres y diez de la mañana y no había dejado nada. Solo había mirado.

Me agaché. Despacio. Las rodillas me crujieron, y el ruido me pareció enorme. Levanté la tapa del buzón con un dedo, como había hecho en Armley, y acerqué la cara a la ranura.

La calle. Mojada, vacía, naranja. Los coches aparcados con la lluvia resbalando por los cristales. Las casas de enfrente con las ventanas negras. Nadie en la acera. Nadie en ninguna parte.

Y en el escalón de piedra de la entrada, a un palmo de la ranura, pegada a la piedra por el agua, una hoja amarilla.

Una hoja de plátano de sombra, de los árboles de la calle, grande, de cinco puntas, amarilla, con las nervaduras negras. Una hoja. Había cientos en la acera. Miles, en todo Burley.

Es una hoja.

Me lo dije tres veces. En voz baja, agachado, con la cara pegada a la ranura de latón y el frío de la calle entrándome por los ojos.

Es una hoja. Es una hoja. Es una hoja.

Solté la tapa. Clac.

Subí los veintiocho peldaños de espaldas, sin dejar de mirar la puerta.

Cerré la mía con las dos vueltas de llave y puse la cadena, que no había puesto nunca.

Y me senté en el suelo del recibidor, con la espalda contra la puerta y el atizador de mi madre cruzado sobre las rodillas, y me quedé así hasta que la ventana del salón se puso gris.

Cuando amaneció, bajé otra vez. El escalón estaba limpio. La lluvia, o el barrendero, o el viento que no hacía, se habían llevado la hoja.

⁂

En veintiséis años de policía no pedí nunca el expediente de Clara Whitfield.

Habría bastado con bajar al sótano de la comisaría, al archivo de la antigua Policía de la Ciudad de Leeds, que seguía allí desde que en 1974 juntaron todas las policías de la región en una sola, y firmar un papel.

Lo pensé mil veces. Una vez, en 1971, llegué a bajar la escalera y a ponerme delante del mostrador del archivero, un hombre con manguitos y un lápiz detrás de la oreja, y cuando me preguntó qué quería, le pedí un expediente de un robo de coches de 1968 que no necesitaba para nada.

Hay puertas que uno no abre porque sabe lo que hay detrás.

Y otras porque no lo sabe. Aquella era de las dos clases.

El viernes 8, a las siete de la tarde, cuando la sala de incidentes se quedó medio vacía, me acerqué a la mesa de Malcolm.

Tenía los auriculares puestos y comía patatas de queso y cebolla mirando la pantalla, donde las letras verdes se ordenaban en columnas. Me puse a su lado y esperé. Tardó un rato en darse cuenta. Se quitó un auricular. Sonaba un órgano, otra vez, lejos, como en una iglesia sumergida.

—¿Qué?

—Necesito un expediente.

—Pues pídelo. Hay un formulario. Es verde.

—Del archivo de la Policía de la Ciudad. De 1963.

Malcolm dejó de masticar. Se quitó el otro auricular. Me miró por encima de las gafas de culo de botella, con aquellos ojos enormes de pez que no se perdían nada, y se le quedó la patata a medio camino de la boca, como el día que leyó el fax de Joanne.

—Del sesenta y tres —repitió.

—Un asesinato. Sin resolver. Septiembre.

No dijo nada. Miró hacia la puerta acristalada del despacho del fondo, donde sonaba la máquina de escribir de Whitlock, y volvió a mirarme a mí.

—Y no quieres rellenar el formulario verde.

—No quiero que pase por HOLMES. No quiero que pase por ningún sitio. Quiero que baje alguien al sótano, lo saque y me lo dé. Y que no lo apunte.

—Todo se apunta, Grey. Esa es la gracia de esto. —Dio dos palmadas al monitor, como al cuello de un caballo—. Aquí todo deja rastro.

—Esto no.

Malcolm se quedó callado mucho rato. Se hizo crujir los nudillos de la mano izquierda, uno a uno, despacio, mirándome. Luego los de la derecha.

—¿Es tuyo? —preguntó al fin, muy bajo.

No me preguntó qué era. No me preguntó por qué. Me preguntó eso, solo eso, con una voz que no le había oído nunca, sin sarcasmo, sin nada.

—Sí —dije.

Malcolm asintió despacio. Se volvió a poner los auriculares. Volvió a mirar la pantalla.

—El sótano lo lleva un agente que se llama Dennis y que me debe dinero de una porra de los Mundiales —dijo, sin mirarme, tecleando—. Mañana es sábado. Los sábados Dennis no está y la llave del archivo está en el cajón de Dennis. —Se metió una patata en la boca—. Dame el nombre.

Se lo di.

Lo escribió en un trozo de papel de la bolsa de patatas, con un bolígrafo mordido, y se lo guardó en el bolsillo del chaleco. No lo tecleó.

El sábado 9 de diciembre, a las cuatro de la tarde, sonó el timbre de mi casa.

Bajé. Malcolm estaba en el portal, con un anorak que le quedaba pequeño, el walkman colgado del cuello y una bolsa de plástico de Morrisons en la mano, chorreando.

Había venido en autobús desde el centro.

Era la primera vez que le veía fuera de la sala de incidentes, y me pareció más gordo, más viejo y más solo de lo que me parecía allí, como les pasa a los peces cuando los sacas del acuario.

Me dio la bolsa. Pesaba poco. Demasiado poco para treinta y dos años.

—No lo he abierto —dijo.

—Gracias, Malcolm.

—No me des las gracias. —Se subió la cremallera del anorak hasta la papada—. Me debes patatas de queso y cebolla hasta que me muera, que con lo que como será pronto. —Se dio la vuelta para irse. Se paró en el escalón, bajo la lluvia, de espaldas, sin volverse—. Grey.

—¿Qué?

—Sea lo que sea, no lo leas solo.

Y se fue andando calle abajo, hacia la parada, con las manos en los bolsillos y los auriculares otra vez puestos, y el órgano sonando bajito por fuera de ellos, como una procesión que se aleja.