El Cartero Interludio IV
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Interludio IV

Interludio IV

Señor Ashby:

Esta carta será corta. Usted es un hombre ocupado y yo tengo poco tiempo, y casi todo lo que podría contarle de su hija ya se lo contó ella a otros, o se lo calló a usted.

Le diré solo dos cosas. Que escondía la ginebra en las botas de montar, en botellitas de las de los aviones, una en cada bota, y que la mujer que le cambiaba los pañales lo sabía y usted no. Y que los miércoles no iba a la cuadra. Iba a buscar a alguien que la escuchara. Me encontró.

No sufrió mucho. Ya no había tiempo para que sufriera mucho. Lo siento por ella: se habría merecido más.

Le escribo con ella, como escribí con las otras once.

Doce chicas. Doce cartas. Doce árboles. Un reloj, señor Ashby.

Usted, que ha levantado tantas cosas, ¿sabe cuánto se tarda en construir un reloj que dé bien la hora?

Hay que ir pieza a pieza, con paciencia, sin que nadie lo vea.

Hay que esperar. Yo empecé hace mucho, un otoño, antes de que usted pusiera su primer ladrillo y antes de que naciera su hija.

Cuando lea esto, faltarán pocas horas para que dé la última campanada.

Después de las doce no hay más horas. Hay otra cosa.

Ahora descansa. Descansa en la luz, la única que he conseguido darle.

La encontrará donde usted la llevaba los domingos a subir a las rocas, cuando todavía le daba la mano. Bajo el fresno que mira al valle. No vaya antes de mediodía. Antes de mediodía no estará lista.

Esta es la última carta que escribo a un padre.

El Cartero