Capítulo 13. Mediodía #4
—Incas otra vez —dijo Owen, apuntándolo. Lo dijo con una especie de alivio cansado, como se dice que por fin ha empezado a llover después de que el cielo haya estado amenazando todo el día—. El jefe tenía razón desde el principio.
Whitlock no dijo nada. Estaba junto al fresno, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando hacia el valle, hacia el oeste, hacia el Chevin, que la niebla había vuelto a tapar.
⁂
Aquella noche, a las once, en la sala de incidentes, había doce Polaroids en el corcho.
Tres filas de cuatro, en orden. De Lorraine Hebden, noviembre de 1991, arriba a la izquierda, a Charlotte Ashby, diciembre de 1995, abajo a la derecha.
Doce árboles. Doce chicas tumbadas con los brazos cruzados y la mancha amarilla entre las manos.
Doce horas escritas en rojo en el margen blanco de doce fotos. Las doce.
Estábamos todos. Nadie se había ido a casa.
Malcolm, con los auriculares colgados del cuello y el walkman apagado.
Toby, sentado en el borde de una mesa, con la libreta cerrada en las rodillas.
Owen, de pie junto a la ventana, con la frente apoyada en el cristal frío.
Ruth, fumando junto al radiador, con los brazos cruzados.
Y Whitlock en la puerta de su despacho, con el hombro apoyado en el marco y un caramelo en la boca.
Yo estaba delante del corcho.
No sé cuánto tiempo llevaba allí. Lo bastante para que Owen hubiera dejado de preguntarme si quería un café.
Empecé a desclavar las Polaroids.
Una por una, con cuidado, guardando cada chincheta en la palma de la mano izquierda.
Nadie me preguntó qué hacía. Nadie dijo nada.
Las fui dejando en orden encima de la mesa, boca arriba, en una fila, de la primera a la última.
Luego cogí la primera, la de Lorraine Hebden, y la volví a clavar en el corcho.
Pero no arriba a la izquierda. A la derecha, un poco por debajo de lo alto, en diagonal.
Donde está la una en la esfera de un reloj.
Luego la de Kelly Ainsworth, un poco más abajo. Las dos.
Yasmin Akhtar. Las tres.
Gemma Doyle. Tracey Nolan. Marcia Campbell, en las seis, abajo del todo, con su diente torcido que no se veía en la foto pero que yo sabía que estaba allí.
Samantha Firth. Natalie Brook. Emma Lister, en las nueve, con el roble del Chevin.
Joanne Pickering, en las diez, con su fresno de Baildon Moor y los cohetes que no salían en la foto. Abena Mensah, en las once.
Y Charlotte Ashby arriba del todo, en el centro. En las doce.
Di un paso atrás.
En el corcho, alrededor del mapa de West Yorkshire, había un reloj. Una esfera hecha de doce chicas muertas bajo doce árboles solos, cada una en su hora. Y en el centro del reloj, donde se juntan las agujas, Leeds.
Nadie habló durante un rato largo.
—Doce —dijo Malcolm, al fin, muy bajo.
—Doce pasos —dijo Toby.
—Las doce —dijo Owen, sin despegar la frente del cristal.
—El reloj está completo —dije yo.
Ruth tiró la ceniza en el cenicero que tenía en la mano. No dejó de mirarme.
—¿Y ahora qué, Grey?
Miré las doce fotos. Miré la de arriba, la de Charlotte, la chica de la rebeca clara y el libro contra el pecho, la única de las doce a la que el sol había tocado de verdad, a mediodía, delante de mí, mientras sonaba una campana.
Y pensé en una frase que me había dicho mi madre muchos años antes, en la cocina de Chapeltown, con un libro robado abierto encima de la mesa: que cuando un reloj da todas sus horas, no se para. Vuelve a empezar.
—Algo ha terminado —dije—. O va a empezar.
Nadie contestó.
En la puerta de su despacho, Whitlock se sacó el caramelo de la boca, lo envolvió en un trozo de papel que sacó del bolsillo, lo dobló y lo tiró a la papelera.
Luego se acercó al corcho, despacio, entre las mesas, y se quedó a mi lado, mirando el reloj.
Tenía la cara cerosa, gris, bajo los fluorescentes.
Respiraba con un silbido pequeño, al fondo del pecho.
No había miedo en su cara. Ni en la de nadie, a aquellas horas. Había cansancio, mucho. El de todos.
—Buen trabajo, Grey —dijo en voz baja, solo para mí—. Como siempre.
Y luego, más bajo todavía, sin volverse, con los ojos fijos en la foto de Charlotte Ashby:
—Tú sabes algo. Lo sé desde la noche de Bonfire. Desde la silla. —Una pausa. El silbido en el pecho—. Cuando quieras contármelo, mi puerta está abierta. Siempre lo ha estado. Veinticinco años, Grey. Veinticinco años.
Se dio la vuelta y volvió a su despacho.
Me quedé delante del reloj. Aquella noche, por primera vez en veinticinco años, pensé en entrar por esa puerta.
Leí la carta a medianoche, en mi mesa, con el flexo.
Primero el muerto. Era la más corta de las doce.
No había casi nada de Charlotte en ella.
Hablaba de un final. De un reloj. Y terminaba con una frase que leí cuatro veces y que me hizo apagar el flexo y quedarme a oscuras, en la sala vacía, con el reloj de doce chicas mirándome desde el corcho.
Esta es la última carta que escribo a un padre.