Capítulo 13. Mediodía #3
Dejamos los coches en el camino de tierra, junto al muro de los prismáticos.
A las doce menos cuarto empezamos a bajar por el prado, en fila, despacio, entre ovejas que se apartaban sin prisa y nos miraban con aquellos ojos amarillos y horizontales que no se creen nada.
La hierba estaba empapada. La niebla era tan espesa que no se veía la roca a nuestra espalda ni el árbol delante; solo el muro de piedra seca a la izquierda, que íbamos siguiendo con la mano, como un ciego sigue una pared.
Owen sujetaba a Ashby por el brazo. Ashby no hablaba.
Respiraba por la boca, muy deprisa, con un ruido de silbido, como un hombre que sube una escalera demasiado alta.
El árbol apareció de golpe, a veinte metros, saliendo de la niebla como sale una figura de un sueño: un fresno, solo, en mitad del campo, inclinado hacia el este, con las ramas desnudas, negras, goteando.
Y debajo, tumbada en la hierba, ella.
Owen tuvo que agarrar a Ashby con las dos manos. Ashby gritó. Un grito que no era una palabra, que no era un nombre, que no era nada que yo pueda escribir, y que la niebla se tragó enseguida, como se lo traga todo.
Yo me adelanté. Solo. Despacio. Primero mira.
Estaba como todas. Boca arriba, la cabeza al norte, los pies hacia el valle, hacia el sur.
Los brazos cruzados sobre el pecho, y entre las manos, el girasol.
Las uñas rosas. Los labios rosas. La Polaroid junto a la cadera, en su funda de plástico.
El pelo rubio, largo, cepillado hasta brillar, con la raya a la izquierda, las puntas vueltas hacia fuera a la altura de los hombros, y la diadema de terciopelo negro.
Pero la ropa no era como la de las demás.
No llevaba vestido. Llevaba una rebeca de lana clara, color crema, abrochada hasta arriba, con botones pequeños de nácar.
Una falda gris, de tablas, por debajo de la rodilla.
Medias. Zapatos negros de tacón bajo. Y debajo de las manos cruzadas, debajo del girasol, pegado al pecho, un libro.
Un libro de tapas duras, viejo, sujeto contra el pecho con los dos brazos, como se aprieta algo que alguien te quiere quitar.
Me quedé quieto.
Era la foto. La foto del cajón de mi madre. La chica de diecinueve años sentada en una escalinata de piedra, en agosto, con una rebeca clara abrochada hasta arriba y un libro apretado contra el pecho. Era ella. Solo le faltaba reírse.
Entonces, abajo, en el valle, invisible, una campana empezó a dar las doce.
La primera campanada me llegó amortiguada por la niebla, lejana, como de debajo del agua.
La segunda, más clara. Y a la tercera, la niebla empezó a moverse.
Se levantó desde abajo, despacio, como se levanta una sábana, y se rompió, y por el hueco, entre las ramas negras del fresno, por una ventana abierta en la copa del árbol que miraba al sur, entró el sol.
Un sol bajo, blanco, de diciembre, el primero en una semana.
Y le dio a Charlotte Ashby de lleno en la cara.
Cuatro. Cinco. Seis.
La piel blanca, la sombra de las pestañas en las mejillas, el rosa de los labios, el amarillo del girasol encendiéndose de golpe como una lámpara. Los ojos cerrados vueltos hacia arriba, hacia la luz, como si la estuviera esperando. Como si la hubiera estado esperando toda la noche.
Siete. Ocho.
Miré mi reloj. No sé por qué. Por costumbre, por oficio, porque había que apuntarlo. Las doce en punto.
Nueve. Diez.
No fui el único. A mi lado, Owen miró el suyo, y Ruth, y Whitlock, y uno de los de North Yorkshire, todos a la vez, como se mira el reloj en un andén cuando por fin entra el tren que nadie quería que llegara.
Once.
Doce.
La campana se calló. Detrás de nosotros, Charles Ashby había dejado de gritar. Se había caído de rodillas en la hierba mojada, con Owen abrazándole por detrás, y miraba a su hija en el sol, sin un ruido, con la boca abierta, como se mira un milagro.
⁂
Ruth hizo el inventario de rodillas en la hierba, cuando McCready ya había llegado, cuando el sol había vuelto a meterse detrás de las nubes y la niebla había empezado a bajar otra vez del páramo, despacio, como quien vuelve a correr una cortina. Dictaba en voz alta y Owen apuntaba.
—Rebeca de lana color crema, botones de nácar, etiqueta cortada.
Falda gris de tablas, etiqueta cortada. Medias.
Zapatos negros, número treinta y ocho, nuevos, suela sin desgastar.
Diadema de terciopelo negro, St Michael, como las otras dos.
Girasol. Polaroid, en funda de plástico.
—Le cogió con mucho cuidado el libro de debajo de los brazos cruzados, sin mover los brazos, deslizándolo, como se saca una carta de debajo de un pisapapeles—. Un libro.
Lo giró hacia la luz gris.
— History of the Conquest of Peru . William H.
Prescott. Tomo segundo. —Lo abrió por la primera página—.
Una edición de Londres, de 1890. Tapas de tela verde.
Sin sello de biblioteca, sin nombre, sin dedicatoria.
—Pasó las hojas con el pulgar enguantado, de canto, sin abrirlo del todo—.
Grabados. Hay uno marcado. Con un pétalo de girasol seco.
No me acerqué. No me hacía falta acercarme.
Sabía qué grabado era. Un hombre con plumas en la cabeza, sentado en una silla de mano, rodeado de soldados con armaduras.
Un rey inca. Atahualpa. El grabado sobre el que una chica de diecinueve años se había quedado dormida un sábado de febrero de 1963, en la sala de lectura de la biblioteca central de Leeds, con la mejilla encima de la página, y del que se había despertado con la marca del papel en la cara y muerta de vergüenza.