Capítulo 13. Mediodía #2
—No me dé las gracias. —Se levantó, cogió la cafetera de la cocina de hierro y me sirvió un café sin preguntar, en una taza de porcelana fina con un ribete dorado—. Tráigamela.
No contesté. Me bebí el café. Era el mejor café que había probado en Inglaterra, y tardé mucho tiempo en volver a acordarme de su sabor sin que se me cerrara la garganta.
A las doce y media de la noche, los de North Yorkshire localizaron por teléfono al secretario de la reunión de mediodía de St Peter’s, un dentista jubilado que se negó en redondo a dar ningún nombre hasta que le dijeron de quién se trataba.
Entonces lloró. Sí, Charlotte había ido aquel miércoles.
Había ido los tres últimos miércoles. Se sentaba cerca de la puerta.
Se había ido a la una, al terminar, sola, por el lado del Stray.
Y sí, había un señor mayor que había empezado a ir en noviembre, un señor con barba gris y gorra, muy educado, muy bien hablado, que se había sentado a su lado los tres miércoles y le había traído el té.
En Harrogate no se llamaba Tom.
Se llamaba Peter.
⁂
La carta llegó el jueves 7 de diciembre a las ocho menos cuarto de la mañana. Con el primer reparto.
Un día.
Estábamos todos en la casa. Whitlock había vuelto a las siete y media, después de irse a la una a dormir un par de horas a un hotel de la ciudad; venía afeitado, con el traje gris planchado y una camisa limpia, pero con los ojos rojos y una tos nueva, más honda, que le doblaba por la cintura cada pocos minutos y que le obligaba a darse la vuelta hacia la pared con el pañuelo en la boca.
Owen había dormido en el Cavalier, delante de la verja, con el asiento echado hacia atrás.
Yo no había dormido. Me había pasado la noche en una silla del vestíbulo, debajo de la lámpara de cristal, oyendo a Charles Ashby subir y bajar las escaleras.
La agente de North Yorkshire que estaba en la puerta le cogió el correo al cartero de la mano.
Ashby ya estaba detrás de ella antes de que se diera la vuelta.
Vio el sobre color hueso entre la factura y el catálogo de una tienda de Londres, y se lo quitó de la mano a la agente, y la agente no se atrevió a impedírselo, y lo rasgó con el pulgar, de un tirón, delante de todos, antes de que Whitlock llegara desde el comedor.
Mr C. Ashby. La letra inclinada. Matasellos de Pontefract, del miércoles.
Lo leyó de pie, en el vestíbulo, debajo de la lámpara, con la bata de seda azul marino encima del pijama.
Le vi la cara mientras leía. No se la voy a describir.
Hay cosas que uno no tiene derecho a contar aunque las haya visto, y la cara de un hombre que lee con qué tinta le han escrito es una de ellas.
Yo no la leí. Owen se acercó, con los guantes ya puestos, y le pidió la carta con mucha suavidad, y Ashby se la dio sin mirarle, como se le da el abrigo a alguien en un guardarropa. Owen buscó el final con los ojos.
—«La encontrará donde usted la llevaba los domingos a subir a las rocas, cuando todavía le daba la mano —leyó, en voz baja—. Bajo el fresno que mira al valle. No vaya antes de mediodía. Antes de mediodía no estará lista».
—Almscliffe —dijo Ashby.
Lo dijo sin pensar, como se dice el nombre de un perro que se tuvo de niño.
Luego se quedó callado. Y luego, despacio, le cambió la cara otra vez, y vi cómo se le encendía algo dentro, una cosa terrible y pequeña, que reconocí porque la había visto encenderse en muchas caras antes, en muchos recibidores.
—No estará lista —repitió—. No estará lista. —Se volvió hacia Whitlock, que acababa de llegar a la puerta del comedor—. ¿Lo ha oído? Antes de mediodía no estará lista. Eso quiere decir que todavía no… que todavía está…
—Señor Ashby —empecé.
—¡Está viva! —Me cortó con la mano—. ¡Está diciendo que está viva! ¡Que si vamos antes, no la encontramos! ¡Que si vamos antes, la…!
No terminó la frase. Se quedó con la boca abierta y la mano levantada en el aire.
Whitlock se acercó despacio. Le puso una mano en el hombro, un segundo más de lo necesario.
—Nadie va a hacer nada que ponga en peligro a su hija, señor Ashby —dijo—. Se lo prometo.
—Graham. —Le hablé bajo, a su lado, para que Ashby no lo oyera—. Graham, no está viva. El matasellos es de ayer. Escribe con su sangre. Lleva muerta desde ayer por la tarde.
Whitlock no se volvió hacia mí. Siguió con la mano en el hombro de Ashby, mirándole a los ojos.
—Y si me equivoco yo, Grey —dijo, sin bajar la voz—, y hay una posibilidad entre mil, una entre diez mil, de que ese hombre cumpla lo que dice y esa chica respire todavía en algún sitio, ¿quieres ser tú el que llegue antes de la hora? ¿Quieres explicárselo tú a este hombre después?
Ashby me miró. Con odio. Con un odio limpio, absoluto, que no tenía nada que ver conmigo y que me iba a acompañar el resto de mi vida, aunque aquella mañana todavía no lo sabía. Lo volví a ver un año después, en una galería de madera oscura, por encima de las pelucas.
—Nadie se acerca a ese árbol antes de las doce —dijo Whitlock.
⁂
Almscliffe Crag es una roca. Una montaña de roca negra, de arenisca basta, que asoma de golpe en lo alto de una colina entre Harrogate y Otley, en medio de los prados, como el lomo de una ballena que hubiera salido a respirar en un mar de hierba.
Los domingos sube gente de Leeds a escalarla con cuerdas de colores, y las familias llevan a los niños a trepar por los bloques de abajo y a comer bocadillos en las grietas, protegidos del viento.
Desde arriba, en un día claro, se ve todo Wharfedale.
Y al otro lado del valle, hacia el oeste, el Chevin, la loma larga encima de Otley, donde a doscientos metros de una cantera vieja hay un roble solo.
Aquel día no se veía nada. La niebla había subido del río durante la noche y se había quedado pegada a la colina como un trapo mojado.
A las nueve, mientras Whitlock daba una rueda de prensa en la comisaría de Harrogate, con Charles Ashby sentado a su derecha, con el jefe de policía de North Yorkshire a su izquierda y con veinte cámaras delante, dos agentes de paisano con prismáticos subieron por un camino de tierra hasta un muro de piedra, a cuatrocientos metros de la roca, y miraron hacia abajo, hacia los prados que bajaban hacia el valle.
Entre la niebla, a ratos, cuando el viento la abría, se veía un árbol solo en mitad de un campo.
Y debajo del árbol, una forma. Pálida. Quieta.
No se acercaron. Tenían órdenes.
Yo vi la rueda de prensa desde el fondo de la sala, de pie, junto a la puerta, con Owen a mi lado.
Whitlock habló durante cuatro minutos con su voz correcta, sin una sola palabra de más, sin mencionar la carta, sin mencionar Almscliffe.
Charles Ashby leyó un papel con la voz rota, anunció las cincuenta mil libras, miró a las cámaras y le dijo al hombre que tenía a su hija que le daría lo que quisiera.
Lo que quisiera. Cuando terminó, una mano se levantó en la tercera fila.
—Inspector jefe Whitlock. Vincent Shaw, del Courier . —Shaw sonreía con aquellos dientes blancos—. ¿Es cierto que el Cartero escoge a sus víctimas en las reuniones de Alcohólicos Anónimos?
La sala se quedó en silencio. Los flashes dejaron de disparar un segundo y luego dispararon todos a la vez. Charles Ashby volvió la cabeza hacia Whitlock, despacio, sin entender.
Whitlock no movió ni un músculo de la cara.
—Sin comentarios —dijo.
Owen, a mi lado, apretó los puños dentro de los bolsillos del anorak.
—Hijo de puta —dijo, muy bajo—. Lo sabíamos la brigada y los de paisano de las reuniones. Treinta personas, cuarenta. Y el jefe dijo que ni una palabra.
Cuarenta personas pueden guardar un secreto, le había dicho yo en The Kettle, si treinta y nueve están muertas.
No se lo recordé. Miraba a Whitlock, en la mesa del estrado, recogiendo sus papeles, cuadrándolos contra el tablero con dos golpes secos, alineándolos con el borde, mientras a su alrededor la sala hervía.
⁂
Salimos de Harrogate a las once y cuarto.
Whitlock, Ruth, Owen y yo en un coche; Ashby en el suyo, un Jaguar verde oscuro, con su chófer, porque nadie había conseguido convencerle de que se quedara en casa.
Toby se quedó en la casa del Stray, con Diana Ashby y con Rosario, junto al teléfono, por si acaso.
Por si acaso, dijo Whitlock. No dijo por si acaso qué.
Tardamos un cuarto de hora en llegar al camino de tierra. Antes de bajarme del coche le pedí los prismáticos a uno de los agentes de paisano, un chico de North Yorkshire con las orejas rojas de frío, y me acerqué al muro.
La niebla se movía despacio por el prado, a jirones, como el humo de un incendio que ya no se ve.
Entre dos jirones apareció el fresno, pequeño, negro, inclinado.
Y debajo, la forma. Pálida. Alargada. Quieta.
Volvió la niebla y se la tragó. Volvió a abrirse.
Seguía allí. No se había movido. No se iba a mover.
Lleva ahí toda la noche , pensé. Sola. Con la niebla encima. Con las ovejas oliéndola.
Y nosotros aquí arriba, con prismáticos, esperando a que un reloj nos diera permiso.
Una oveja se acercó al árbol, despacio, rumiando, y bajó la cabeza hacia la forma pálida. Bajé los prismáticos. No quería ver qué hacía. Los volví a subir. La oveja se había ido.
Miré el reloj. Las once y cuarenta y uno. Cada minuto que faltaba me pareció una cosa que le estábamos haciendo nosotros a ella.