Capítulo 13. Mediodía
Harrogate está a veinticinco kilómetros de Leeds y a otro siglo de distancia.
Es una ciudad de piedra color miel, de balnearios victorianos donde los ricos de Yorkshire iban a beberse aguas que olían a huevo podrido para curarse de comer demasiado, de hoteles con portero de librea, de tiendas de antigüedades que no ponen el precio en el escaparate porque si tienes que preguntarlo no puedes pagarlo.
En el centro hay ochenta hectáreas de césped, el Stray, que ningún constructor ha podido tocar en doscientos años porque lo prohíbe una ley de los tiempos del rey Jorge, y alrededor del césped, las casas grandes, las de verdad, con verjas de hierro, cedros en el jardín y coches alemanes en la gravilla.
En Harrogate no hay heroína en papel de plata ni chicas en Spencer Place.
Hay salones de té. El más famoso tiene cola en la puerta todo el año, sirve los pasteles en carritos de plata y se llama Bettys, sin apóstrofo, como si no le hiciera falta.
⁂
Whitlock me llamó a las siete y veinte, desde el teléfono del coche. Se le oía el motor por debajo de la voz, y la lluvia contra el parabrisas, y el chasquido de los limpiaparabrisas como un metrónomo.
—Harrogate —dijo.
No dije nada. Oí cómo se metía un caramelo en la boca.
—Charlotte Ashby. Veintiún años. Tercero de Historia del Arte en Leeds. Los miércoles no tiene clase y vuelve a casa de sus padres a montar a caballo. No ha aparecido por la cuadra. No ha aparecido por Bettys, donde había quedado con su madre. Su padre es Charles Ashby.
—¿Tengo que saber quién es Charles Ashby?
—Lo vas a saber dentro de una hora. —Una pausa. El limpiaparabrisas—. Ha llamado al jefe de policía de North Yorkshire a su casa, en mitad de la cena. Y al nuestro. Desde las siete esto es una operación conjunta y el que la lleva soy yo. Paso a recogerte en veinte minutos.
—Te pregunté por Harrogate, Graham.
Otra pausa, más larga. Solo el motor y la lluvia.
—Y yo te dije que era North Yorkshire —dijo al fin—. Me equivoqué.
Colgó. Me quedé con el auricular en la mano, en el recibidor oscuro, oyendo el tono.
En veinticinco años nunca le había oído decir esas dos palabras.
⁂
La casa de los Ashby estaba en el borde del Stray, detrás de una verja negra con las puntas doradas y un camino de gravilla que crujía bajo las ruedas como si mordiera.
Era una casa de piedra de tres plantas, con miradores, con un porche de columnas y un farol de hierro encendido sobre la puerta.
Había dos coches patrulla en la gravilla, uno nuestro y uno de North Yorkshire, y fuera, en la calle, al otro lado de la verja, ya había una furgoneta de la televisión con una antena en el techo y tres o cuatro periodistas fumando bajo los paraguas.
Owen, que había venido en su Cavalier detrás de nosotros, se paró a mirarlos.
—¿Cómo coño se han enterado tan rápido?
—Los ha llamado él —dijo Whitlock, sin volverse, cerrando la puerta del coche—. Para que no podamos dormirnos.
Charles Ashby nos recibió de pie en el vestíbulo, debajo de una lámpara de cristal del tamaño de un coche pequeño.
Tenía sesenta años, el pelo plateado y abundante peinado hacia atrás, una chaqueta de punto de cachemira gris encima de una camisa a rayas, y la cara de un hombre que lleva cuarenta años sin esperar a nadie.
Había construido, me contó Owen después, la mitad de los centros comerciales nuevos de West Yorkshire, y tenía terrenos en todos los sitios donde alguien iba a querer construir algo dentro de diez años.
Tenía un teléfono inalámbrico en la mano. Lo tuvo en la mano toda la noche.
—¿Quién de ustedes es Grey?
Whitlock me miró. Di un paso.
Ashby me miró de arriba abajo. Primero la cara.
Luego la gabardina gastada. Luego los zapatos.
Vi cómo hacía la cuenta, la misma cuenta que yo había visto hacer a cien hombres como él en treinta años, en recibidores como aquel, y cómo llegaba al resultado, y cómo decidía que el resultado no tenía importancia porque en aquel momento necesitaba otra cosa.
—He leído sobre usted —dijo—. El hombre que mira. Lo de Kirkstall. —Me apuntó con la antena del teléfono—. Quiero que mire. Quiero que sea usted quien lo lleve.
—Lo llevamos todos, señor Ashby —dijo Whitlock, con suavidad.
—Me da igual quién lo lleve, inspector jefe, siempre que lo lleve él.
—No apartó los ojos de mí—. He hablado con su jefe de policía.
Y con el de North Yorkshire. Y con Julian Thorne, que es fiscal de la Corona y cena en esta casa todos los domingos desde hace quince años.
Y con el director del Yorkshire Post . Mañana a primera hora va a haber cincuenta mil libras de recompensa para quien me devuelva a mi hija.
—Se le quebró la voz en la última palabra, una sola vez, como se agrieta un cristal sin romperse, y la recompuso enseguida—.
Díganme lo que necesitan. Lo que sea. Lo tendrán esta noche.
Detrás de mí, Owen dijo algo entre dientes que solo oí yo.
—A Hyacinth Campbell le preguntaron si su hija era puta.
No me volví. Pero tenía en la cabeza la voz de mi padre, en la cocina de Chapeltown, con la cara roja de dos pintas: Los ricos nos joden a los pobres como nosotros, hijo.
Y pensé, por primera vez en muchos años, que le faltaba un trozo a aquella frase.
Que a veces a los ricos también les quitan cosas.
Y que entonces, al menos, alguien coge el teléfono.
Diana Ashby estaba arriba, en su dormitorio, sedada por el médico de la familia, que había venido con su maletín de cuero y se había ido sin quitarse el abrigo. No la vimos aquella noche.
A las diez y media, en el vestíbulo, debajo de la lámpara de cristal, Owen se me acercó con el anorak todavía puesto y la cara gris. Habló bajo, de espaldas al comedor, donde Whitlock y Ashby hablaban por teléfono con media Inglaterra.
—He llamado a Bramley —dijo—. Por mi cuenta. A la hermana de Beck.
No dije nada.
—Beck no ha estado en casa en todo el día.
Ni en su casa ni en el huerto. La hermana no sabe dónde está.
Dice que a veces desaparece, que coge la bicicleta y se va por ahí, a las reuniones, a «ayudar», y que vuelve cuando vuelve.
—Se mordió el nudillo del índice, a falta de capuchón de bolígrafo—.
Un miércoles. Todo el día. Y en Harrogate también habrá reuniones de borrachos.
—¿Se lo has dicho a Whitlock?
—Me ha dicho que mañana. Que ahora la prioridad es la chica. —Owen miró hacia el comedor—. Tiene razón. Ya sé que tiene razón.
Pero no se movió de mi lado en un buen rato, mirando la puerta de la calle, como se mira una puerta por la que puede entrar alguien a quien no quieres ver.
⁂
A la que vi fue a Rosario.
La encontré en la cocina, a las once, cuando salí a buscar un vaso de agua para no seguir oyendo a Ashby hablar por teléfono con un ministro.
Era una cocina enorme, con suelo de baldosas blancas y negras como un tablero de ajedrez, una cocina de hierro de las antiguas, verde, que calentaba toda la habitación, y cacerolas de cobre colgadas en fila de mayor a menor encima de la mesa de pino.
Sentada a la mesa, sola, con una taza de café delante y un rosario de cuentas negras enredado entre los dedos, había una mujer pequeña, de sesenta años, con el pelo gris recogido en un moño y un delantal de cuadros encima de un vestido negro.
Se levantó al verme, de golpe, como se levanta el servicio cuando entra alguien de la casa.
—Siéntese, por favor —le dije—. No soy de la casa.
Me miró. Tenía unos ojos oscuros, muy vivos, en una cara redonda y morena, y cuando habló, lo hizo en un inglés correcto, cuidadoso, con un acento que no era de ninguna parte de Inglaterra.
—Usted es el policía negro. El de la televisión.
—Solomon Grey.
—Rosario Seoane. —Se volvió a sentar, despacio—. De Ferrol, en Galicia, en España. Llevo en esta casa veintidós años. Le cambié los pañales a la niña. —Se le fue la voz un momento, y apretó el rosario—. A la niña Charlotte.
Me serví un vaso de agua del grifo y me senté enfrente de ella, al otro lado de la mesa de pino. Ella me miró beber. Luego miró hacia la puerta de la cocina, que había quedado entornada, y bajó la voz.
—La niña no iba a montar a caballo los miércoles.
No dije nada.
—Hace un mes que no va a la cuadra. Lo sé porque las botas de montar están en el armario del cuarto de las botas, abajo, y ya no huelen a caballo. —Dudó—. Huelen a ginebra.
—¿A ginebra?
—Escondía las botellas dentro. Pequeñas, de las de los aviones.
Una en cada bota. Desde el verano pasado.
—Se santiguó, deprisa, sin darse cuenta—.
Yo las encontraba y las tiraba a la basura sin decir nada, y la semana siguiente había otras.
Nunca les dije nada a los señores. El señor no escucha y la señora no quiere oír.
—¿Y los miércoles?
Rosario se metió la mano en el bolsillo del delantal.
Sacó un papel doblado en cuatro, pequeño, arrugado, y lo dejó encima de la mesa, entre los dos, alisándolo con la palma.
Era un folleto. Una hoja doblada, de las que se fotocopian en las parroquias, con un dibujo de un círculo y un triángulo y unas letras grandes: ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS.
Una lista de reuniones de Harrogate y alrededores.
Y una de ellas rodeada a bolígrafo, con un círculo apretado: Salón de St Peter’s. Miércoles, 12:00.
—Estaba en el bolsillo de su abrigo de invierno.
Hace tres semanas. Cuando lo llevé a la tintorería.
—Rosario puso la mano encima del folleto, como para protegerlo—.
No se lo he dado a la policía de la tarde.
No se lo he dado al señor. Se lo doy a usted porque usted es negro y yo soy extranjera, y en esta casa los dos somos de la cocina.
Me quedé mirando el círculo de bolígrafo. Las doce.
Salón de St Peter’s. Miércoles. A mediodía.
—Gracias, señora Seoane.